jueves, noviembre 25, 2010

Lengua materna

A veces, casi siempre antes de alguna granizada, hace ese frío seco que no cala los huesos, pero hiere la piel. Entonces duele en el alma quitarse los guantes de lana y beber agua en la fuente de uno de tantos parques preparados para niños modernos: columpios con revestimiento de plástico, piso recubierto de caucho multicolor, etcétera.

Ya casi es mi turno. Una pareja de novios adolescentes espera delante de mí que un grupo de sudorosos niños terminen. A esas edades no bastan dos o tres tragos para calmar la sed y la conducta normalizada consiste en turnarse los sorbos, una y otra vez.

Cuando por fin me dejan sola con el grifo y presiono el botón para dejar salir el agua, noto una presencia amigable y transparente al lado. Miro hacia abajo. Un paquetito sonriente, le pondría un par de años. Tiene finas fibras de cabello color polen y ojos azules almendrados. Ha colocado su manito justo debajo del chorro y, a juzgar por la humedad de las mangas de su abrigo, lleva buen rato entreteniéndose allí.

Habiendo pasado una infancia llena de cuidados extremos, calcetines gruesos, baños de agua tibia y constante riesgo a contraer bronquitis, un niño tan pequeñito con las manos mojadas, y en un lugar frío, me resulta difícil de comprender. Temo por él, por su salud y por alergias que quizás no padece. Cierro el grifo, no bebo agua, ¿dónde está tu mamá?

Miro alrededor. No parece vasco, es demasiado blanco. ¿Será uno de esos rusos adoptados? Empiezo a creer que sí. ¿Dónde está tu mamá, bonito? ¿Dónde está tu mamá?

No hay respuesta. ¿Podría ser Ama? Non da ama?

Nada. Seguramente lo estoy haciendo muy mal, pero insisto:

Non da ama?

Sonrisas. Entonces, “amatxu”. Todos los niños y niñas de este pueblo saben qué es “amatxu”.

Non da amatxu?

Sigue mirando hacia arriba, el paquetito. Estira insistente la mano debajo del grifo y muy bajito, muy bajito, me dice:

“More”.

viernes, noviembre 19, 2010

Cerrando

Casi me voy, pero todavía. De hecho, aún estoy aquí y quedan pendientes varias despedidas. No quiero despedirme, prefiero fingir que no pasa nada, tomar un tren, un bus y, cuando nadie esté mirando, subirme al avión. Pero es seguro que no podré evadirme esta vez, pues, muy a mi pesar y gracias a Dios, no estoy sola.

miércoles, noviembre 17, 2010

Mamadou

Conozco un africano de cuarenta años. Se llama Mamadou, el nombre del Profeta Mahoma en wólof, idioma nativo de Senegal y otros países de África Subsahariana. Guardo como recuerdos suyos varios pares de calcetines, un anillo barato y un par de conversaciones sanas en el tren al Nunca Jamás. Es parte de aquello que más echaré de menos cuando deje Bilbao (además del novio, amigas y amigos).

Mamadou habla (y lee) perfectamente tres idiomas: francés, wólof y árabe. Ha aprendido español en dos años y empieza a intentar el inglés (calcetines se dice socks). Me gusta, es bueno, sabe mucho, nunca intenta ligar. Tiene más cultura, educación y humildad que cualquier vasco promedio, pero es un paria. No tiene papeles.

Espero poder ver sus ojos limpios y sus incisivos separados (como los del Profeta) una vez más. Tal vez si pienso en no encontrármelo, me lo encuentre por casualidad.

viernes, noviembre 12, 2010

¿De qué color pintamos nuestra piel?

No sé los niños y niñas de ahora, pero cuando yo era pequeña solía pintarme rosa. Al menos en los dibujos de los primeros años, de doce colores fundamentales en cajitas de cartón. Una vez tuve acceso a un estuche plástico de veinticuatro plumones, todo un lujo. Vi nuevos tonos entre el rosa y el marrón, escogí un naranja “acanelado” (por llamarlo de algún modo) y, desde entonces, empecé a usarlo para mí y otros seres humanos de mi entorno. Fue tal vez el primer momento en que tuve conciencia de eso llamado raza.

Recordé recientemente todo este proceso porque Lucas, un niño sueco de 5 años, hijo de una querida amiga peruana, nos mostró este dibujo de sí mismo:

Pensé, con sorpresa: ¡Se pinta marrón!, y admiré de inmediato esa capacidad de percibirse diferente, sin sentirse por ello extraño. He observado a Lucas, sueco de nacimiento y herencia paterna, jugar juegos suecos con otros niños suecos, en sueco. Lucas es un sueco-peruano cobrizo que también habla español y se dibuja marrón. Yo soy una peruana cobriza y de niña me dibujaba rosa, porque nadie se atrevía a corregir ese error.