sábado, octubre 30, 2010

A puertas de fin de año

Éste será el cuarto año consecutivo que no paso la navidad en casa, con mi familia. Lejos de sentir nostalgia (a estas alturas no, quizás ya en los días previos), tengo curiosidad por saber dónde me tocará esta vez.

martes, octubre 26, 2010

La foto del candil

Mis amigos españoles no saben mirar esta foto. Creen que deben ponerse tristes y renegar de sus riquezas o defender con argumentos antropológicos y socioeconómicos su tan preciado bienestar. A mí han empezado a divertirme esas reacciones, una vez adquirida la costumbre, claro está.

No culpo a mis amigos españoles. Ellos no saben -no tienen por qué saber- que esta foto es la ilustración de una noche cercana, olor a leña, comida abundante y hortalizas frescas, lavadas bajo un chorro de agua fría, sin potabilizar.

Ellos piensan, al verla, cuánto sufre esta pobre gente, y yo les explico con paciencia y tolerancia: “son gente pobre, según las estadísticas económicas oficiales, pero no son pobre gente”. Sé que para entenderlo tendrían que estar allí, tendrían que escuchar a la mayor de las hermanas comentando sus aventuras escolares y sus proyectos, al padre y sus cuatrocientos libros leídos con linterna, entre cosecha y cosecha, a la madre y su preocupación por la educación superior de las hijas, a la abuela y esa sabia humildad con que sobrelleva sus males.

Tal vez, si profundizo más en esto, dirán que filosofo sobre la vida, sobre la inocencia indígena y los tópicos típicos del subdesarrollo. Yo no podré quitarles esas ideas de la cabeza (ni me apetece intentarlo) porque sé que no es fácil comprender lo que se desconoce. Me limitaré a decirles que no soy una observadora externa de ese entorno, sino parte de él. Que yo también estoy sentada con ellas, junto al candil. Que les ayudé a colorear. Que intenten mirales a través de mí.

Mis amigos españoles, si me quieren, comprenderán en vez de compadecer a otras personas que también me quieren. Entonces podré contarles que llegué a ese lugar luego de un entretenido viaje en autobús, lleno de curvas y baches, que el chófer iba bebiendo cerveza con dos colegas y yo debí hacerme inyectar una intravenosa en el centro de salud, porque pillé un mal de altura nunca antes padecido (aquí, el estómago se me ha vuelto débil). Y, estoy segura, conseguiré emocionarles cuando les diga que una de las niñas se lanzó a mi cuello apenas verme, gritando: ¡Madrina, madrina!, mientras su joven madre contenía las lágrimas y la risa nerviosa pues, aunque contenta, no se lo podía creer.

Las adolescentes de esta foto son capaces de sentir dolor por las personas que sufren injusticia y violencia porque, mira tú, ellas no se perciben sufriendo. Aceptan con humildad su realidad, pero se enfrentan con esfuerzo y decisión al determinismo histórico del país. Se permiten soñar.

Mis amigos españoles no saben mirar esta foto. Creen que deben ponerse tristes. A mí me alegra el corazón.

sábado, octubre 23, 2010

Un hombre de nombre convencional

He de admitir que la desconfianza me ha hecho cobarde y he optado por conservar cerca de mí a personas que conozco y reconozco buenas, pero me he enamorado caprichosamente (qué es enamorarse sino un capricho bioquímico) de un individuo cuya mirada dulce (otra vez la mirada, los vampiros and nothing else matters) me indujo a soñar y soñar con sucesos nunca ocurridos y que jamás, jamás tendrán lugar en esta incierta realidad que en pocos días será otra y otra y otra.

Él, por su parte, ha optado por alejarme de sí, colocando sus sentimientos y sus temores en una bandeja de cristal. Porque me voy. Porque deseo irme. Porque tengo ya un compañero en este viaje y no quiero que me recuerde dándole la espalda.

El hombre de nombre convencional rehuye mis miradas y contesta con cortesía a mis preguntas, evadiéndome, convirtiéndome en colectivo, “me gustó mucho que estuvierais en casa, sois personas agradables”. Así, bien. Yo querría abrazarle, agradecerle por ese miedo a la posibilidad de amarme, por esa manera tan limpia de restituirme al podio de las mujeres mujeres, mujeres que merecen ser amadas con formalidad, pese al hedonismo, la modernidad, el carnet de extranjería y demás.

Dice que no quiere una novia ausente. Lo entiendo. Comparto su miedo, celebro su sentido común. Lo que no es, no es. Duele, pero aún así, qué bonito... Qué bonito.

jueves, octubre 14, 2010

Desconocidas

Libre parafraseo de dos conversaciones recientes.


Primera: a propósito de esa tendencia tan familiar e irrespetuosa de hacer sentir culpables a las mujeres por no tener marido. Luego de soportar sonriente una serie de recomendaciones de tías, primas y demás fauna ya biológicamente trascendida (o en proceso), me topé con la única persona que, aún sin haberse privado de preguntar, fue capaz de comprender.

Piura. Calor. Polvo. Esperaba el autobús a Sullana. Una bebé (tiene aproximadamente 4 meses) monitorea por sobre el hombro de su mamá, va de persona en persona, se detiene en mí algunos segundos, continúa su recorrido visual.

Cola, control de metales, buenas tardes señorita, buen viaje. Busco mi asiento, mira qué bien, me toca justo al lado de la madre. Ya de tan cerca puedo notar lo joven que es.

La niña no soporta la inmovilidad, se estira, llora. Llevo cartulinas, improviso un abanico, le doy aire mientras la madre le canta e intenta darle pecho. Algunos minutos de tranquilidad. Observo, en voz alta, que tiene 4 meses. Acierto. ¡Sabes mucho de niños! ¿Tienes hijos? No, pero me ha tocado cuidar. ¿No tienes hijos? Bueno, se te nota muy chiquilla. ¿Cuántos años tienes? Treinta. ¡Treinta! Entonces ya has de estar casada. No, no lo estoy. ¿Y novio, tienes novio? No, no tengo novio. ¿No tienes novio? ¿Y por qué?

Porque ya he tenido.

Se me queda mirando con los ojos muy abiertos. Observa luego a la hija, que mama absorta en una realidad ya lejana al vaivén del autobús. La madre sonríe, vuelve a mí, sí, es mejor que no tengas novio, los hombres suelen portarse mal.

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Segunda: en la cocina de un cuarto piso, con la compañera de alquiler de una amiga vasca, luego de las presentaciones formales, a propósito de la situación económica actual, el trabajo para inmigrantes y mi beca.

  • La compi: ¿Vosotras os conocéis de la oficina?
  • La vasca: Sí, pero Lucía llegó desde mucho antes que yo, sólo que estaba allí de manera... se podría decir “voluntaria”.
  • La compi: ¿Voluntaria? ¿Y todo este tiempo no te ofrecieron un trabajo allí?
  • Lucía: Lo cierto es que he estado trabajando para ellos, en servicios puntuales y por cuenta propia, cuestiones de comunicación...
  • La compi: Ya, pero yo me refiero a un contrato.
  • Lucía: Contrato, no. La posibilidad de enviar mi CV a convocatorias, sí. Pero un contrato, en plan: "mira, necesito a alguien con tu perfil, firma aquí", no.
  • La vasca: Ya, es algo que yo no he entendido todo este tiempo...
  • Lucía: Bueno, es que las convocatorias vienen de la central, en Madrid, y de allí definen si hay recursos para contratar a alguien nuevo. También está el tema de los requisitos, en Euskadi exigen saber euskara.
  • La compi: Bah, pero para cuestiones técnicas y si lo haces bien, qué más les da, ¿no?
  • Lucía: Vale, pero ten en cuenta también que es un rollo hacerle contrato a una extrajera con permiso de Estudiante, necesitas personas totalmente dispuestas a comerse el trámite y esperar tu permiso administrativo durante tres meses, sin cobrarte luego “el favor”.
  • La compi: ¡Joder con los trámites! ¡Al final es una pescadilla que se muerde la cola!
  • La vasca: Tal cual.
  • Lucía: Salvo que lleves aquí tres años, entonces es posible conseguir un contrato de trabajo, pedir arraigo y cambio de permiso, de Estudiante a Trabajadora.
  • La compi: ¿Y cuántos años llevas aquí?
  • Lucía: Pues... acabo de cumplir tres.
  • La compi: Vaya, o sea que si quisieras...
  • Lucía: Podría, sí.
  • La vasca: Pero no lo hará, se va a Centroamérica, becada, por un año o dos.
  • La compi: ¿Y el tiempo acumulado lo pierdes?
  • Lucía: Sí.
  • La compi: Y no te importará perderlo si ya tienes esa beca, ¿verdad?
  • Lucía: Siendo honesta, no.
  • La compi: ¿Es una buena beca?
  • Lucía: Bastante buena, sí.
  • La compi: ¡Pues mucho ánimo! ¿Ves? Por algo no te salieron cosas que te comprometieran con esto, ahora te vas y te vas contenta, te vas bien.

viernes, octubre 01, 2010

Resistencias


Acabo de tirarle la puerta a una usurera. No fue a la cara, sino al darse la vuelta luego de su último comentario: “Dile a tu mamá que por favor me pague, que no le estoy cobrando intereses y debió pagarme hace varios días”. No fue grosera (la grosera fui yo), pero intentó venderme el cuento aquél de “es que mis hijos están esperando que les lleve comida”. ¿Qué clase de prestamista informal no tiene dinero para la comida?

Intenté tener paciencia en tanto contenía la rabia. ¿Por qué mi madre necesitó meterse en tantas deudas? ¿En qué momento de mi historia familiar las relaciones se volvieron dependientes de los proveedores de recursos, y de nada sirvieron tantos años trabajando para el ministerio de educación, ni pequeñas empresas quebradas, ni una miserable (y empeñada) pensión de viudez, ni un carajo?

¿Qué me irritó tanto de esta mujer, la de la puerta? Como dije antes, no fue grosera, aunque sí contenía esa frustración que contienen las personas que deben cobrar aquí y allá para obtener ganancias. Me ha pasado, hasta cierto punto la entiendo. En España, en Bilbao, vivo sometida a los resultados de mis trabajos, siempre con el afán de cobrar para vivir, pero mi negocio no es entregar dinero a cambio de altos intereses (nunca he prestado con intereses).

No voy a valorar la moralidad de la usura, pero he de reconocer aquello que me hizo dejar en evidencia mi protesta: la actitud victimista de la señora, su enfado reprimido y la sugerencia de que, encima, nos está haciendo un favor.

Estoy cansada de damas bien educadas que apelan a sus posturas “finas” para enlodar a los demás. También estoy cansada de no reaccionar en el momento oportuno, de quedarme callada o salir huyendo. Cuando Ele Apellidoscastizos, una empresaria emergente del mundo de la cooperación, me dijo en la oficina (último día de empleo en precario, había renunciado la semana anterior): “Dame ese CD que te estás llevando a escondidas, porque seguramente me estás robando información confidencial”, yo tendría que haber sacado el CD de mi bolso, romperlo en pedazos y decirle: “¡De aquí no me muevo hasta que me pagues todo lo que me debes!”.

¿Mostrarle el CD, si no tenía nada que ocultar? ¿Y mi dignidad, qué? ¿Habría sido más conveniente humillarme ante el poder de una vasca sólo porque, hasta el momento, “me hacía el favor de tenerme trabajando”, y dejarle darse contra sus propios temores, al no encontrar nada más que documentos personales?

Pero fui suave, observé, en mi defensa, su falta de respeto. Y me fui. Debí tolerar amenazas e insultos por e-mail, constantes reproches y esa mala costumbre tan común entre las personas decentes: sacar en cara.

Dejó de acosarme vía Internet cuando le mencioné que me acusaba sin pruebas y que, por el contrario, yo estaba acumulando todo un historial de difamación. Tardó tres meses en pagarme sólo la tercera parte de lo acordado por un último trabajo, y lo hizo cuando le dije que estaba consultando al asesor legal de un sindicato (en España, la presencia sindical es importante). Toda la transacción se hizo a través de un gestor que siempre le advirtió acerca del "peligro" de contratar extranjeras. Por cuatro perras firmé un documento donde constaba que se había acabado mi “colaboración” con su empresa y me comprometía a “no reclamar ningún tipo de pago o beneficio a futuro”.

Necesitaba el dinero, por más miserable que haya sido la cantidad. Y me lo había ganado. Era mío.

A veces me pregunto por qué extraño orden supra natural me mantuve -entera- tanto tiempo en Bilbao y, lo más curioso, cómo es que he conseguido buenos recuerdos de allí.

Ninguna persona es un fracaso si tiene amigos…

¿Por qué no la denuncié? Porque estuve en shock hasta mucho tiempo después de ocurrida la ofensa y me costaba comprender cómo había sido ella capaz de. Extraña mezcla de complejo de mujer maltratada y Síndrome de Estocolmo. Además, me había encariñado con su familia. Por entonces, la mujer estaba haciendo un service para un importante organismo gubernamental. Mal asunto, pésima oportunidad, hasta una sudamericana que todo lo ha aprendido “a la peruana” sabe mantener la clase.

Me fui de esa empresa porque, además de estar a disgusto y entristecida, mi trabajo no servía para ayudar a personas realmente necesitadas.

Escribo esto porque me hace falta una catarsis. Y porque haré un viaje interoceánico urgente, contra mi voluntad. Y porque quiero que quede escrito. Y porque ya me da igual.