martes, julio 20, 2010

Tía Charito


Todos en la familia -esa rama de mi familia paterna- estaban preocupados por el bienestar y el futuro de Charito. A mis siete u ocho años notaba la atención que cada persona prestaba a su estado civil, su situación presente y su porvenir, convirtiéndose en tema principal de discusión, preguntas y buenos deseos a quemarropa cada vez que ella, Charito, aparecía por casa, generalmente en Navidad, fecha que coincidía favorablemente con el cumpleaños de su padre y patriarca, don Manuel.

Una pariente especialmente extrovertida, cuñada de la protagonista y madre de dos hijas con fama de “las mejores en todo”, solía ser quien canalizaba los parabienes que el respetable no siempre se atrevía a manifestar en voz alta. Así pues, quedó un episodio cincelado entre mis recuerdos más nítidos, una vez que don Manuel calló un largo minuto, tal vez dos, antes de apagar 70 velas. Supuse que para inspirar suficiente aire, pero los adultos se empeñaban en afirmar que el ya anciano, aunque aún fuerte, pensaba en un deseo.

Y el deseo de esa ocasión fue, según la pariente espontánea, ¡un nieto de Charito! Más una sonora carcajada acompañada de risas ahogadas y un murmullo incómodo. Charito calló y sonrió. Don Manuel le dio la mano y se la apretó fuerte. Las eses fueron desapareciendo hasta que una llamada perfectamente vocalizada las ahogó por completo, era hora de servir la cena especial. Con la sonrisa contagiada en la cara, me acerqué a papá y mamá, que conversaban serios y apartados.

Les miré relajando el gesto, pues en casa nunca fue buena cosa mostrarse contraria al estado de ánimo de los adultos. Uno de los dos dijo: "Ha sido una falta de respeto".

Años después, entendí porqué.

Un día, hace mucho tiempo, decidí que quería parecerme a tía Charito, aunque pronto comprendí que no estaba bien encaminada. Ella perteneció a una familia de mayores recursos que la mía. Pudo aprender idiomas y hacer carrera en universidades de Lima, donde las relaciones siempre son más eficientes que en provincia. No tuvo que trabajar mientras sacaba los exámenes, y toda su atención juvenil pudo ir orientada a sus estudios y su realización profesional. Es un mérito grande para ella, sí señor, en el sentido de que supo aprovechar muy bien cada oportunidad que sus padres pudieron brindarle. A los 28 ya estaba empleada en la oficina peruana de Naciones Unidas y desde allí le fue posible acceder a mejores puestos. Trabajó en París y posteriormente fue enviada a La Haya, en Holanda, y viajó constantemente a diferentes sedes europeas. Se retiró hace algún tiempo y hoy, según sé, vive de sus rentas en Brasil, con la familia de su hermana, habiendo ya atendido y enterrado a sus padres en Sullana.

Nunca fui cercana a tía Charito. De ella recuerdo que siempre estaba lejos y solía traer chocolates rellenos con licores aromáticos, blusas de telas finísimas y las joyas más bonitas que una adolescente podía usar. Mi padre la quería mucho, tal parece que, al ser la menor de la familia, solía despertar ternura y afán de protección, sobre todo entre los hermanos y primos ligeramente mayores.
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Toda admiración generalizada, sin embargo, vino siempre acompañada de una sutil compasión, exteriorizada por esa constante mención a su “soledad”. Y es que tía Charito no se casó, ni tuvo hijos. Eso sí, tenía un gato y me atrevería a decir que nunca careció de amantes. Muchas veces presencié tertulias donde respetables padres y madres de familia intentaban dilucidar los motivos que habían convertido a Charito en una soltera redomada; los más despiadados le llamaban egoísta, por haber dado la espalda a su instinto maternal a cambio de brindar mayor atención a su carrera (y un salario de Naciones Unidas, claro); los mesurados democráticos pedían respeto por su elección; las aves de mal agüero le vaticinaban una vejez triste, en el más absoluto olvido; las feministas embrionarias sospechaban -sospechábamos- que tal vez así como ella vivía, se vivía mejor.

Cumplí 30 años hace 40 días. Pronto iré a Perú y espero terminar mis trabajos de diseño y proyectos antes de subir al avión, para no dejar muchos pendientes y llevarme lo justo y necesario. Sólo serán dos meses. Veré a mi madre, hermanos, amigas. Tendré boda familiar y tal vez un trekking Choquequirao – Machu Picchu, amigo guía mediante. Una oficina de Naciones Unidas en el País Vasco me ha escogido como becaria y en cuanto la entidad financiadora haga el correspondiente desembolso, quizás hacia finales de noviembre, viajaré a Ciudad de Guatemala y permaneceré allí un año o dos. Ay... De salir todo bien, alquilaré un mini-depa con un librero enorme y conseguiré un gato o una gata. Por fin podré empezar a pagar deudas.

Ahora mismo vivo con dos colombianas de mucho carácter y mucha bondad, y el hijo de cinco años de una de ellas. Cuido a los niños pequeños de una limeña con gran necesidad de dar órdenes a subordinadas sumisas en el servicio doméstico y ya que pretendo ser una persona culta, tengo la obligación de comprender y callar. Además, los críos son encantadores y sólo serán tres semanas más. Eso sí, he establecido un límite y espero de corazón que no sea transgredido. Los años de exilio me han enseñado a valorar aún más la amistad, pero también a responder con firmeza ante cualquier maltrato o abuso, sobre todo si se trata de mí. No podré defender a otras personas si soy incapaz de reclamar respeto para mí misma -y hacerlo efectivo. La renuncia al “yo” es incompleta en los misioneros (pues tiene como fin último la contemplación de Dios y la salvación del propio espíritu) y falsa entre los cooperantes (sin comentarios).

Algunas mujeres de mi entorno han empezado a preguntarse por mi aislamiento, asumiendo éste, por supuesto, como condición inalienable de mi “ya evidente” tendencia a la soltería. Agradezco de buena gana su preocupación, pero entiendo a la perfección que ha empezado a sucederme lo que a tía Charito: me he convertido en culpable de mi supuesta soledad. Soy quien ha escogido el exilio y la inestabilidad, por tanto, he de comprender a los hombres, buenos hombres, pobres hombres, pues ninguno de ellos está dispuesto a atarse a una mujer que, al parecer, no desea ataduras. Soy quien prefiere trabajar para mejorar las dotes profesionales y pagar gastos familiares, que comprar una casa donde acogeré a los hijos que no tengo y al marido que no conozco. Soy la egoísta que, a la pregunta ¿qué quieres ser?, responde con naturalidad: una buena educadora y una periodista aún mejor. Y no ha reparado en su rango de edad, que la vida no espera, que las mujeres “se secan” por dentro y no pueden ser madres, que es antinatural no desear tener una criatura “sangre de mi sangre”, en vez de esa tontería de adoptar temporalmente a mis ahijadas de Chalaco y por tiempo indefinido a algún bebé ya nacido y desamparado (porque lo “propio” siempre es mejor).

Por cierto, quienes se atreven a pensar y sentir de este modo son mujeres que se consideran afortunadas progenitoras y estables madres de familia, o acaban de encontrar a un buen ser humano a quien llamar “el hombre de sus vidas”. Por fin han alcanzado sus atalayas y desde allí, nos observan con dulce piedad.

El mundo está lleno de formas de pensar peligrosas, que criminalizan lo diferente y generan discriminación.

Yo admiro a mis amigas solteras, amigas novias, amigas esposas y amigas madres. Y estoy segura de que ellas me admiran a mí (sus motivos han de tener). Ningún tipo de amor es posible sin una buena dosis de recíproca y sana admiración.

¿Es tan complicado pensar un poco antes de hablar y juzgar? Por lo visto, la “felicidad” no ha de existir para nadie: dicen que no existe para Charito, pues pese a ser una reputada profesional, nunca se casó. Y, por supuesto, no existe para las firmes familias que siempre la criticaron, pues pese a sus inmensas felicidades, tenían tiempo para envidiar. Envidia disfrazada de compasión y respetabilidad, que es aún peor. Envidia clara, pura y dura. Envidia soberbia. Envidia asesina. Envidia, sin más.

martes, julio 13, 2010

Gente, jodida gente...


Acaba de suceder algo desagradable, justo lo que necesitaba un agobiante mediodía de verano y luego de la semana pasada, que fue movida a más no poder.

Primero, el contexto: a finales del mes de junio recibí la llamada de una peruana que vive y trabaja en Bilbao. Está casada con un sudamericano de otra nacionalidad y tienen un niño y una niña, aún pequeños. Necesitaba una canguro, que es como llaman a las niñeras por acá.

Les conocí hace varios meses, en una comida intercultural. Me hablaron de la posibilidad de cuidar a sus niños en un futuro, pero la conversación no pasó a mayores. Hacia abril, ella me llamó para comentarme que en junio necesitaría que yo la reemplazara con una nena a la que suele cuidar y quedamos en que así sería. Llegó la última semana de mayo y nada, intenté llamarla varias veces, sin éxito. Supuse que el trabajo no saldría y me dediqué a seguir organizando mi vida.

Así, hasta la fecha en que por fin se puso en contacto conmigo para encargarme el cuidado y la protección de sus hijos durante el verano, para empezar al día siguiente. La propuesta me vino tan bien como mal. El dinero contante y sonante siempre es necesario, pero estaba ya metida en bastantes berenjenales. Ella, entre broma y en serio, me dijo “pero yo ya te había reservado para el verano”, y yo, con amabilidad, le expliqué que ya había hecho otros planes, que me iba a Perú la última semana de agosto, etcétera.

De todos modos, y dada la urgencia, acepté, aunque no acordamos costos. Ella y su marido calcularon que por la primera semana (jueves, sábado y domingo, 12 horas en total) me pagarían 50 euros. Es decir, a 4,1 euros la hora. Creí que, para empezar, estaría bien, pero sería necesario revisarlo de nuevo. Anteriormente, cuando he debido fungir de canguro con hijos de españolas, he recibido 6 euros/hora, tratándose, además, de un solo crío.

La semana pasada le comenté eso y ella me dijo que nunca jamás en su vida, cuando fue canguro, cobró por hora, a lo que yo agregué que a lo mejor lo de las horas servía para calcular el precio final, por semana o mes. Se quejó de una colega suya, que una vez le sacó 50 euros en un solo día (10 euros la hora, que no está mal) y quedamos en que yo haría mis cuentas y hablaríamos.

Lo hice, saqué cuentas, con la tarifa siguiente:
  • Por menos de 3 horas: 5 euros la hora.
  • Por 4 horas: 15 euros en total.
  • Entre 5 y 6 horas: 20 euros en total.
  • Por incremento sobre 6 horas fijas: 5 euros/hora.
  • Fines de semana: 5 euros/hora.

Dejé estos números en versión digital, con una nota que decía CLARAMENTE: “Es mi tarifa y está bastante ajustada, porque ya sé que ustedes no pueden pagar mucho por esto. Les pido por favor que la revisen con calma y me digan si tienen alguna observación, si les parece o no. Conversamos. Muchas gracias.”

Nunca me tocaron el tema y como sólo fui dos días la semana pasada, tampoco yo lo hice. Pensaba hacerlo esta mañana, al darme ella el pago correspondiente. Empezó a sacar dinero y me dijo: “¿Tú, que todo lo apuntas y vas llevando cuentas, no sabes cuántas horas hiciste la semana anterior? Creo que sólo viniste un día, ¿verdad?”. No fue un día, fueron dos. ¿Leyeron la nota que les dejé en el ordenador? “Sí, y mi marido se ha quedado bastante cabreado con eso”…

Empezó la cantaleta: “¿Cómo es posible que nos dejes notas, acaso no tienes confianza? Nos ha sentado mal. Si no estabas contenta con algo, dinos a la cara. Si no eres capaz de decir las cosas a la cara, no vas a llegar muy lejos. Yo no quiero que la gente que viene a mi casa se sienta incómoda, has tenido oportunidad de hablar, de llamarnos por teléfono, de decirnos que no estabas contenta con el pago. En vez de eso, dejas una nota. Tú hablas de que estás haciendo un servicio, pero nosotros no lo vemos así. Sabemos que necesitas el dinero, pero esas no son formas…”

Y así hasta el infinito. Intenté explicarle, en buen plan primero, pero cada vez más fastidiada, que no fue mi intención molestar, que suelo trabajar con presupuestos de ese tipo (¡Dios mío, debieron ver cómo le ofendió escucharme decir “presupuesto”!), que si lo dejé por escrito era para que lo mirasen con calma y luego hablar en torno a ello, que la semana pasada fue un caos para mí y pensé que si no había comentarios al respecto era porque estaban de acuerdo. Fue inútil, no entendió. O, lo que es peor, no quiso entender. Me consideró a la defensiva y, a manera de colofón, señaló que no conseguiría convencerla de nada de lo que le estaba diciendo, que era mejor dejar las cosas así.

Pero claro, mañana debo volver a su casa, a las 8.15, en punto, no en “horario latino”, y seguir paso a paso sus indicaciones respecto al cuidado de sus hijos, todas las horas que me pueda quedar. Pero no, no se trata de un trabajo, no señor.

Me pregunto una cosa: si lo que querían era una “tía postiza” que cuidara de los pequeños, a cambio de lo que ellos consideren adecuado pagar, ¿por qué no dejarlo claro desde el principio? ¿Por qué creer, de manera tan descarada, que cualquier persona es capaz de dedicar entre 3 y 6 horas al día, de lunes a domingo, haciendo un servicio que, al menos aquí, se paga hasta a los amigos, y yo no soy amiga de ninguno de los dos? Y, por último, ¿por qué habiendo dejado yo las cartas sobre la mesa (el escritorio de SU portátil) y las cuentas claras, no son capaces de discutir sin hacerse los indignados?

Para rematar la estupidez: me entregó 55 euros de mala gana, porque a partir de esa fatídica nota su marido había deducido que yo estaba cobrando 5 euros la hora, punto pelota. Le dije que, según mis cuentas, no me debía 55, sino 30, más los 10 que quedaron debiéndome de la semana anterior. Se negó a recibir el vuelto. Enfadada, me dijo que eso lo restara de los próximos días.

Ya ni siquiera sé cómo llamar a esta actitud... Ay, pobres hijos.