martes, mayo 25, 2010

La maldita primavera

Una vez estuve enamorada profundamente de un chico decente, de buena familia y brillante futuro, el tipo de elegante caballero que las mujeronas rancias suelen llamar “buen partido”. Lo quise tanto, tanto, que llegué a creérmelo: era un buen partido para mí, certeza a primera vista inocente, contenedora, sin embargo, de una construcción social excluyente, cargada de valoraciones basadas en posesión material, casta y antropocentrismo: lo peor de todos los mundos, mala herencia.

Él solía contarme que yo, por referencias, le caía muy mal a la señora del servicio que trabajaba en casa de su abuela. Eso me entristecía, pues temía que la buena mujer se hubiese quedado encantada con la anterior novia del “señorito”, al punto de rechazarme aún sin conocerme. Supuse, por cómo él me hablaba de ella, que se trataba de una empleada antigua y respetada en la familia, con autoridad suficiente para dar su opinión y condicionar las decisiones de los más jóvenes. Aquello me causaba satisfacción, dado que estaba amando a quien no reproducía estúpidas diferencias sociales; a la vez, me preocupaba pensar que podría no ser bien recibida en aquella casa, sin saber la razón.

Llegó el día en que me tocó enfrentar la difícil situación. El chico actuó mal al condicionarme negativamente hacia ella, pues estuve un poco asustada y tuve dudas. Dudar en un momento crítico es peligroso. La vi y no noté en ella la presencia importante que imaginé al hacer mis conjeturas, actuó como cualquier señora del servicio en una familia medianamente clasista: permaneció en la cocina y cuando tuve el impulso de acercarme para darle un beso, se echó un poco para atrás, sólo un poquito, un par de casi imperceptibles centímetros. Noté su incomodidad, que aumentó la mía. Opté por sonreír, conversar de las cuatro tonterías de siempre y pasar al salón, con la familia.

Rato después, a solas, le comenté al buen partido que me habría gustado actuar de otro modo, quizás más segura, acercarme de manera contundente a darle un beso, porque tal vez mi lentitud la ofendió (lo veía lógico: no reaccioné rápido y con naturalidad, quizás eso la hizo sentir menospreciada). Él, mirándome muy serio (como solía hacer cada vez que procedía a darme una lección) me dijo: Nunca se saluda con beso a las personas del servicio, les hace olvidar cuál es su lugar.


Mira qué lindo, tú. Yo, para variar, muda. Es que estaba muy tonta. Ay, el amor.


Un vídeo de la nieta de Violeta Parra -y su banda- que me ha hecho recordar todo lo anteriormente contado:

lunes, mayo 24, 2010

io ricordo...

Aunque el entorno sea adverso y las personas emigradas nos veamos repetidas veces obligadas a aprender oficios y adaptarnos al medio, nunca debemos olvidar de dónde venimos. Recordar cómo sabemos lo que sabemos es una práctica importante que nos ayudará a conservar raíces, firmeza e identidad.

Estaba pensando en eso y en la efervescencia de autoestima que me ha embargado los últimos meses. Un par de amigos han intentado “llamarme la atención” sobre aquellos brotes de egocentrismo, pero no les he hecho mucho caso, por una sencilla razón: me los merezco, no está mal sentirse a gusto de vez en cuando, satisfecha del trabajo bien hecho.

Humildad ante todo, sí señor. No se trata en absoluto de vacuo engreimiento. La vida enseña técnicas, pero también tácticas. Estas últimas son necesarias para administrar con sabiduría nuestros -siempre mejorables- conocimientos adquiridos. Es lo que entiendo por “experiencia”.

Alguien preguntó a qué se debía el “subidón”. Daba por hecho que la concesión de una beca de cooperación (es decir, una motivación externa) había traído consigo un incremento acelerado de amor propio. ¡Qué va!, le contesté enérgica, ¡No fue por becas o ligues! Sucedió, simplemente, que llegué al fondo de todo y la única opción que me quedaba era empezar a andar hacia arriba. Andar es un eufemismo, he debido escalar roca maciza.

El año pasado un buen hombre empezó a confiarme trabajos de diseño gráfico. No soy Diseñadora Gráfica profesional y mi dominio de programas informáticos ad hoc era bastante básico, pero el instinto de conservación me hizo aceptar el reto y en poco tiempo conseguí aprender “nuevas tecnologías” al servicio de mi afán de "supervivencia con dignidad" (contradictio in terminis, lo sé, lo sé).

Tampoco soy una profesional de la imagen, no poseo equipos sofisticados de fotografía, nunca he hecho exposiciones artísticas, etcétera. Sólo una cosa tengo a mi favor: el buen gusto. Así dicho, se lee frívolo, pero el buen gusto, o el gusto, o el estilo, para ser menos pretenciosa, tiene un porcentaje mesurado de inspiración y mucho de “lo aprehendido”. Y no hablo de técnica, hablo de vida.

Aquí es cuando empezamos a valorar los aportes de las demás personas, su influencia sobre nuestro yo, todo eso externo que ha pasado a formar parte de nuestra identidad. Empecé a recordar, durante mi escalada, la cantidad de veces que mi madre me obligó a tener ordenados los cuadernos del colegio, el margen derechito, el marco de los mapas, colorear con lógica y sin salir del borde. Llegó hacia mí, además, el olor ácido del cuarto oscuro de mi padre, las fotografías húmedas colgadas con pinzas, expuestas a la luz roja, cómo las sonrisas y los paisajes en escala de grises iban apareciendo, una súbita mueca, una pose firme y anticuada, una familia feliz. Yo, mirando con la boca abierta, subida sobre un taburete chato, admitida en aquella caverna mágica con la única condición de quedarme quieta.

Luego de eso, el centro de alquiler de películas (uno de los primeros en Sullana), los foros de cine en el barrio, las grabaciones de eventos sociales como principal actividad productiva durante años y años...

Algunas historias no han sido expuestas en el cine, ni en los libros, ni en los reportajes periodísticos, pero no por eso dejan de existir. El olvido podría hacernos perder pedazos importantes de nosotras mismas. Nadie tiene derecho a hacernos olvidar lo que sabemos, ni cómo lo sabemos.

Bilbao ha sido difícil. Personas que conocen “mis capacidades” temen que no se me esté valorando lo suficiente y consideran esto de hacer diseño gráfico una reducción. Además, he dejado que gente de aquí ponga en duda mi rendimiento profesional, condicionando con esto mi entrega moral al trabajo y mi retribución monetaria. Nunca he necesitado compasión, ni favores, sino oportunidades laborales, pero de las de verdad. Y de esas he tenido pocas.

...

Ya con algo de luz solar asomando por encima de la roca que aún debo escalar, encontré necesario recobrar un poco de amor propio, mostrar mayor seguridad y menos “gratitud amable”. Poseo las herramientas necesarias para ser contundente en mis presupuestos, soy capaz de fijarme en los mínimos acabados de mis productos y estoy dispuesta a corregir y aprender. Soy buena en lo que hago y lo digo con alegría, nada de soberbia. He mirado hacia atrás y he comprendido de dónde han salido la fuerza y la maña que aún me mantienen en pie. No me hice sola, no soy sólo yo. Y, como todas las personas, tengo una historia.

jueves, mayo 20, 2010

El diente rosa

Me está sangrando un incisivo. Un diente incisivo, la paleta derecha (mi derecha), la roja, la rosa. Lo convencional es que el estrés y la mala vida nos conviertan en criaturas vulnerables al cáncer de hígado o pulmón, anemia, úlceras o venéreas. Pero no, a mí me sangra un diente (de la mala vida que le di, claro está). Y arreglarlo me va a costar, por supuesto, el dinero que no tengo y una serie de angustias, taquicardias, faltas a la familia de ultramar, entre otras.

Mi madre siempre me reñía por esa manía obsesiva de meterme la uña entre diente y encía, cuando el de hueso empezó a crecer. No pude evitarlo, tengo predilección por los “ruiditos”, sobre todo aquellos que me ocasionan algún daño. Quienes me conocen saben de mi fijación por jalarme el cabello: cojo unos cuantos pelos, los retuerzo, me hago cosquillas con las puntas en las yemas de los dedos, una y otra vez. Mi preferencia no es precisamente el tacto, sino el sonido que hace la fricción. Lo escucho estirarse (rif, rif), quebrarse (trac) e incluso romperse (pic) bajo la presión continua de un malévolo gancho formado por el medio, el índice y el pulgar.

Lo mismo sucedía cuando metía mi débil uñita entre la encía y un surquito de mi flamante paleta. Gracias a una destreza rápidamente adquirida (pura práctica), lograba un movimiento uniforme que me permitía armonizar diente, carne y saliva, de modo que un agudo “triquitriquitriqui” me mantenía entretenida minutos interminables, hasta que mamá optaba por el manotazo de rigor.

Para cuando abandoné el hábito, mi diente estaba rosa. Rosado, en peruano. Pocos dentistas supieron explicarme el porqué, pero me quedé con el diagnóstico más convincente, en parte porque no entendí ni un carajo: “Diente astillado”. Cientos de años después, sé que eso se refiere a un diente roto y no era el caso.

Pudo ser peor, un incisivo negro habría sido totalmente desagradable. El rosa, en cambio, ha resultado interesante, motivador de conversaciones, excusa para el diálogo furtivo. Ni siquiera mi ligue más famoso (el único ligue famoso) pudo resistirse a usar la sencilla frase: “Oye, te has manchado con lápiz labial” (¿Por qué tendría que ser lápiz labial? A ver, un poco de lógica, yo no suelo usar lápiz labial, así que ya se podría haber pensado en algo más sensato: sangre, por ejemplo).

Así ha transcurrido mi vida, entre gestos sutilmente femeninos (el pasarse el dedo por los incisivos, para indicar maquillaje en el lugar equivocado), hasta interjecciones imperativas del tipo “¡Límpiate eso!”. Por mucho tiempo perdí la noción de “rareza” y, creo yo, mis amigos lo hicieron conmigo. El diente rosa se convirtió en un rasgo característico, pese a mi conciencia plena frente al espejo de que “la mancha” se hacía más grande y no podría dejarla mucho tiempo así. Sin embargo, era como todo lo que uno aguanta hasta que haya plata: primero, pagar deudas (propias y ajenas); segundo, tetas postizas; tercero, ah, sí, el diente...

Hace pocos meses conocí a un chico que estudia odontología en la Noble Villa. Se quedó impactado por el incisivo rosa y no dudó en afirmar: “Hemorragia”. Le conté de mis infantiles travesuras sonoras y confié durante muchos meses en su capacidad de hacer algo al respecto, pero descubrí que iba a querer cobrarse en carnes y le dejé tirando cintura en un sucio bulevar (hombres de).

Desde entonces, mi preocupación por el diente ha sido íntima, dolorosa y estética: No quiero quedarme sin incisivos, los falsos se notan y apenas puedo jactarme de tener una cara bonita estos días (dada la panza). ¿Perder dentadura a los treinta? ¡Dios no lo permita!

Pero claro, a Dios rogando y con el mazo dando. No he ido al médico en años, aquí sólo he acudido a centros de salud cuando me encontraba enferma al extremo, y en condiciones bastante marginales (ya saben, la inmigración). En Perú siempre opté por destinar dinero a asuntos más importantes, por tanto, mea culpa, no he sido suficientemente atenta conmigo misma en cuestiones de sanidad dental y ahora que me encuentro en el lugar más erróneo y la situación más difícil, pasa esto. Que no es lo peor, claro, pero sí urgente. Urgente, si no quiero que el esmalte siga partiéndose y deje como doloroso resultado todos los nervios dentales al aire y un daño irreparable. ¡Ay, qué agobio! ¡Ay, qué sueño! Pesada de mí...

viernes, mayo 07, 2010

Los cisnes


Tchaikovsky nació el 7 de mayo de 1840, lo cual significa que hoy es alguno de sus aniversarios (sería su cumpleaños número 170, si mis cálculos no van mal).

Me gusta el ruso. Le guardo respeto y cariño, por ser el primer compositor clásico que me presentaron mis padres, a mis cinco o seis años de edad. Según mi madre, ella solía ponerme “música culta” cuando me tenía en su útero, por lo cual no se explicaba que yo, a mis bien entrados quince, hubiese optado por MetallicA y derivados.

La primera composición que aprendí de memoria, para tararear y seguir con mis dedos, fue “La danza de las flores”, del ballet “Cascanueces”. Recuerdo que mamá, cuando aún era profesora de primaria, entrenó a varias de sus alumnas para representar un fragmento de “El lago de los cisnes”, adaptado a los pocos minutos permitidos para una actuación escolar. Escogieron ese vals del Cascanueces, porque el tema vertebral de “El lago...” era demasiado triste. Lo escuché y, en efecto, lo era, pero me gustó muchísimo más. Harté a papá de tantas vueltas al disco de vinilo, tuve que dejarlo bajo amenaza de pagar posible reparación con las propinas.

La pobre Annie (el cisne) moría al final de la representación. Aún recuerdo el shock que causaba entre las madres de familia ver a la niñita preciosa aleteando desesperadamente, mientras un hilo de sangre recorría sus níveas medias de bailarina. Y luego me preguntan a quién salí tan macabra.

¿Qué hacía esta provinciana tercermundista con música de Tchaikovsky en su sountrack de vida? A saber. Incoherencias dignas de ser analizadas por Saramago (aunque nunca tanto).

Alguna vez hice ballet, me metieron porque eso de andar en puntillas era bueno para corregir el pie plano, la postura y las desviaciones de cadera. Lo dejé luego de inferir que siendo gordita y marrón sólo podría aspirar a planta, conejo o enano de Blancanieves, en tanto que las chicas rubias de apellidos difíciles siempre eran princesas. ¿Complejos? Ni hablar, a esas edades no se tienen complejos, pero se intuyen certezas. A fin de cuentas, eran aquellas madres señoronas quienes pagaban el grueso de las clases, y así está hecho el mundo.

Años después (hacia 2004), volví a relacionarme con la danza clásica (hermosa superviviente en Piura), tras bambalinas: ambientación y sonido. Darle voz al Principito, en tanto una encantadora niña rubia interpretaba sus movimientos en escena, ha sido, para mí, lo más bonito de mis intervenciones.

Mantuve activo mi amor a Tchaikovsky hasta que descubrí a Beethoven y entonces ya debí aprender a equilibrar.

Hoy he querido homenajear al genial compositor con una de sus obras más vulgares, es decir, de las más conocidas por la gente de a pie, a nivel internacional: un fragmento de “El Lago de los Cisnes”, en versión de Matthew Bourne, el inglés ese que tuvo a bien quitar de la puesta en escena a las niñas con tutú y poner a un montón de atléticos danzarines que ya querría tener rondando mi cama todas las noches.

Una apología al amor sin barreras corpóreas, aunque con final dramático. Dudo, eso sí, que Tchaikovsky hubiese aprobado esta propuesta. Seguramente habría acabado tan enamorado como yo del cisne principal, pero me late que, de cara al respetable, era más bien de esos “hombres tradicionales”...

En fin, no me lío. Aquí va:

miércoles, mayo 05, 2010

Latinitas.com


Según la Real Academia Española:

Latino, a (Del lat. Latīnus)
  1. 1.adj. Natural del Lacio. (Usada también como sustantivo)
  2. 2.adj. Perteneciente o relativo a los pueblos del Lacio, o las ciudades con derecho latino.
  3. 3.adj. Perteneciente o relativo a la lengua latina.
  4. 4.adj. Propio de ella.
  5. 5.adj. Se dice de la Iglesia de Occidente, para diferenciarla de la griega.
  6. 6.adj. Perteneciente o relativo a ella.
  7. 7.adj. Natural de los pueblos de Europa y América en que se hablan lenguas derivadas del latín.
  8. 8.adj. Perteneciente o relativo a esos mismos pueblos.
  9. 9.adj. Mar. Dicho de una embarcación o de un aparejo: De vela triangular.
  10. 10.adj. desus. Que sabe latín. (Era usado también como sustantivo)

Cada vez que alguna integrante de Bolivianos&Company se refería a sí misma y su grupo como: “Nosotras, las latinas”, se me crispaba la piel. El desasosiego aumentaba ante la inevitable sucesión de afirmaciones y estereotipos con los que la vocera de turno intentaba definir la identidad común de todas las ahí reunidas, a saber:

  • A nosotras las latinas no nos gusta compartir cosas personales, como el secador o la plancha de pelo, en cambio las españolas son “guarras” y se prestan hasta los sostenes (sujetadores).
  • A nosotras las latinas no nos gusta ir a gimnasios públicos, donde luego tengamos que ducharnos en grupo, porque somos más pudorosas que las españolas.
  • A nosotras las latinas nos gusta ir siempre bien maquilladas, en cambio las españolas con las justas se arreglan.
  • ¿Cómo no nos van a preferir los españoles? ¡Las españolas quieren hacer lo que se les da la gana, salir a trabajar, como los hombres, o irse de fiesta con sus amigas, sin sus maridos! En cambio, nosotras las latinas somos más dulces y cariñosas, nos ocupamos de la casa, atendemos a nuestros maridos... ¡Por eso, cada vez más españoles prefieren mujeres latinas!
  • ¡A nosotras las latinas nos gusta salir a bailar y lo hacemos mejor que las españolas!
Y no sigo porque me da fiebre...

Veamos, de acuerdo a las definiciones 7 y 8 de la RAE, estamos en pleno derecho de llamarnos “latinas”, en tanto que provenimos de países donde se hablan lenguas romance, es decir, derivadas del latín. En este mismo grupo, por supuesto, debemos considerar a las brasileñas, pero también a españolas, francesas, italianas, rumanas, moldavas, entre otras.

Ahora bien, entiendo que muchas veces el término “latina” sea exclusivo para definir a las mujeres provenientes de países hispanoamericanos, lo cual, por supuesto, es un error, aunque bastante extendido. Creo que sería más acertado usar el adjetivo/sustantivo “latinoamericana”, pese al simplismo con que Estados Unidos (porque ahí empezó todo) nos ha querido etiquetar.

Y hablando de etiquetas, lo que comúnmente se conoce o se “cree conocer” de las “mujeres latinas” es precisamente esa amalgama de elementos culturales pseudo folclóricos difundidos a través de los mass media, interpretaciones foráneas siempre legitimadas por alguna mujer centroamericana o caribeña con ganas de triunfar en el mercado anglosajón.

Las latinoamericanas más famosas han llegado a serlo explotando las características que las diferencian de las “mujeres blancas”, es decir: piel cobriza, caderas y/o tetas exuberantes, todo aquello compactado en no más de 1.65 de estatura (como mucho), lo cual da al cuerpo una sensación de redondez suave, de curvas pronunciadas, traducido en una sensualidad distinta, exótica para el blanco, que difícilmente llegan a inspirar las hermosas alemanas de 1.80, aún con anatomías "perfectas".

Estas mujeres, sin embargo, sólo triunfan en el mundo del espectáculo; son encanto, feminidad, culos bonitos y, por supuesto, saben bailar. Ninguna de ellas puede aparecer en alguna película sin que se resalte su origen en el argumento. Nunca son líderes, siquiera de alguna banda de delincuentes, sino que por lo general van de “muñequita” del capo. A excepción de Salma Hayek como Frida Kahlo, y América Ferrera, en “Las mujeres de verdad tienen curvas”, no he visto a una sola mujer latina que destaque en la película por sus capacidades intelectuales, sin necesidad de mostrar el escote.

Luego están "la cultura que las caracteriza” y “el lugar de donde provienen”. Según Hollywood, en México se habla quechua (y los mayas no existieron jamás, por tanto, la resistencia zapatista es un mito y las guerras civiles en Nicaragua, El Salvador y Guatemala no sucedieron), la Cordillera de los Andes se extiende hasta la Florida, los camélidos americanos pastan tranquilamente alrededor del puerto del Callao (en Lima) y todas las mujeres son tan candorosas y curvilíneas como Shakira, colombiana de ascendencia libanesa. Es decir, las mamachas -quechuas y aymaras- del altiplano deberían desaparecer del mapa, porque no se adaptan a las características establecidas por los medios.

Olvidaba citar a la sabia filósofa Thalia, quien afirma alegremente en una de sus pegadizas canciones:

Vengo de raza y de palmera, de campo y de labriego, de caña y de madera. Mi orgullo es ser latina de mar y cordillera, ardiente como el fuego, soy sangre de mi tierra. Soy la hembra sandunguera, caliente como un fogón. Dulce cuando me enamoro y entrego mi corazón. Soy la hermana de la rumba, de la gaita y del tambor. Del fuego y la sabrosura que llevo en esta canción...


Sólo voy a “comentar” eso del mar y la cordillera, tal vez asunto decisivo para determinar por qué es tan peligroso relativizar y empaquetar a todas las mujeres del continente en un mismo saco: Latinoamérica, desde México hasta la Patagonia argentina, es CINCO veces más grande que Europa. Por lógica, resulta absurdo creer que a lo largo de una región tan vasta existan características culturales capaces de identificarnos por entero. El mismo idioma nos diferencia, en tanto que cada grupo hablante lo re-interpreta según su cosmovisión. De ahí tantos acentos y localismos lingüísticos, ya no en un país, sino en una sola región administrativa.


La “latina” de las películas estadounidenses es una mutación: cuerpo de modelo venezolana, ojos de mexicana mestiza, inglés con acento puertorriqueño, "ritmo" cubano, “feminidad” -y caderas- colombianas, paro de contar. Las culturas derivadas de las zonas andinas o de la amazonía ni siquiera llegan a sugerirse y, mientras tanto, las oligarquías de toda la vida siguen gobernando con perspectiva europea, bajo principios de cristiandad, ciencia occidental y superioridad de la ascendencia racial blanca (me hace gracia recordar cómo algunos que conozco aún cuidan la “pureza” de sus apellidos).

Volviendo a cuestiones concretas y poco importantes, dije que eso de “Nosotras, las latinas” me enerva sobremanera, pues percibo en ello una clara aceptación del estereotipo impuesto desde fuera. No considero en absoluto que seamos iguales a las españolas, pues, para empezar, hemos nacido y crecido en ambientes distintos y tenemos una visión diferente de la vida. Eso no impide, sin embargo, que seamos capaces de aceptar (si queremos) aquellos nuevos aportes culturales que nos hacen bien.

Una cosa es establecer indicadores o generalidades para observar con perspectiva un determinado aspecto de la realidad y otra bien diferente, asumir que todas las personas de tal o cual grupo, cultural o racial, son iguales. Puede haber una tendencia a reaccionar de manera similar ante situaciones más o menos controlables, pero a fin de cuentas, cada quién es filtro y móvil de su propio tejido afectivo y social.

Justo ayer observaba una discusión entre tres vascas y dos vascos, todos de la oficina, y detectaba ese hábito -tan de aquí- de dar vueltas y vueltas a la misma idea y justificar de cualquier manera el haberse metido en esa confusión, antes que intentar salir de ella cuanto antes. Sonreía imaginándome una observadora científica. Una de las “conejillas” es mi amiga, la quiero y, por eso, la diferencio de los demás. Pero claro, estaba en su ambiente. Cuando yo estoy con mi grupo de peruanas, también sufro “cambios”: siento más holgura, puedo hablar sin tener que explicar el contexto, utilizo jerga, mi voz sube de volumen, etcétera. Es normal.

No me gustan las latinas de las películas, ni quienes intentan imitarlas. Me gustan, en todo caso, las actrices que interpretan a las latinas de las películas, porque han sabido sacar provecho a sus diferencias y talentos, aunque me entristece que, muchas veces, se presten a ser símbolos sexuales sólo por obtener éxito. En fin, hay gente para todo.

Yo soy peruana, sudamericana, mi lengua materna es el castellano y sí, entro en la clasificación de "latina". Sin embargo, me gusta prestar el secador y la plancha del pelo, y mis amigas, peruanas, españolas, alemanas, siempre han compartido esas cosas conmigo. También los sujetadores, incluso las bragas. No me ducho en los gimnasios por razones muy alejadas del pudor: soy presumida y, por ahora, tengo barriguita (a ver cuándo se hace realidad eso de salir a correr). No sé bailar bien y respeto a las que sí saben hacerlo, pero me encanta, sobre todo, observar a quienes disfrutan de la música y se mueven con alegría, da igual si con ritmo o sin él.

Y me gustan los hombres que no andan buscando una segunda madre para formalizar, mejor si saben cocinar, limpiar la casa y planchar. Seguros de sí mismos y capaces de confiar en sus compañeras, claro que sí, porque a mí la reuniones de copas SÓLO CON MIS AMIGAS no me las quita NI DIOS.

He dicho.