miércoles, abril 28, 2010

Ese paso...

Ya está, me largo, esta mañana empecé a trasladar dos años y medio de vida en maletas prestadas, maldiciendo a cada metro mi consumismo irracional de literatura. No evité darle vueltas a la pregunta del millón: ¿Cómo voy a hacer con tanto trasto cuando deba regresar a Perú? Sobre todo porque ahora sólo es gratis un bulto en bodega, el monopolio “ibérico”, ya saben...

Lo anuncié a doña Boli el martes de la semana pasada, por teléfono, luego de cerrar el trato con los nuevos “caseros”. Su gran respuesta: “¡Te dije que avisaras con 15 días de antelación!”. ¡Error, mi querida señora! Si yo en verdad le soy más importante que mis 250 euros al mes, debió preguntar por mis motivos, para luego dar paso a los reclamos de formalidad contractual, etcétera. Lo de contractual, por supuesto, es un decir, porque no hay papel firmado en ninguna parte, ni siquiera un miserable certificado de empadronamiento, que lo sepa, que siempre estuve en negro, ¡oronda!

Por supuesto, me faltó valor para concretar en palabras todas esas ideas barriobajeras que ahora me atrevo a dejar plasmadas en este post. Sencillamente respiré hondo y luego: “Bueno, sí, le dije yo que si me iba le avisaría con 15 días de antelación, pero es que apenas esta mañana a mí me aseguraron otra habitación, por eso se lo digo ahora, a 10 días del fin de mes, y por teléfono, porque llegaré tarde a casa y así pega carteles cuanto antes. Ya hablaremos sobre el dinero que le presté”.

Puf... Ha sido una semana dura. Bolivianos&Company alrededor, andando de puntillas, con la nariz para arriba, no es cosa agradable. Imagino que tendrán la desvergüenza de culparme por haberles arruinado el fin de mes (a propósito de la tele nueva que trajeron la semana pasada), pero lo cierto es que paso de seguir ayudando a sostener un sistema de supervivencia que no me beneficia ni siquiera en cuanto a salud emocional.

¡Oh, malvada, cruel y metalizada! ¡Cómo no entiendes la necesidad de personas humildes y trabajadoras! ¡Clavas la daga en la espalda de tus hermanos de raza, por irte a vivir con un grupo de hippies españoles, adictos a la marihuana! ¡Oh, Satán, vade retro!

Momento, momento, aquí la única que puede hacer demagogia soy yo...

Los Bolis han sido “buena gente” conmigo, incluso me han obsequiado perfumes de muestra que le sobraban a la doña, o garbanzos que les regalan en la parroquia de Neverland, porque al don no-le-gus-tan-los-gar-ban-zos, puéj. Me han hecho partícipe, además, de sus reuniones sociales, y hemos vivido momentos “familiares” bastante bonitos. Es bien sabido, sin embargo, que ninguna buena relación es realmente buena si se basa en negocios injustos.

Ya he comentado antes su terminante negativa a poner la calefacción durante el invierno. Sí, puede parecer que me quejo y me quejo. Alguna paisana dirá: ¡Y por qué quieres calefacción, si esas cosas no tenemos en nuestros países! Vale, no lo discuto, pero, UNO: yo vengo de un sitio caluroso y en Sullana la gente usa ventiladores eléctricos, si no tiene aire acondicionado. El clima de Bilbao es extremo y este invierno ha nevado varias veces. La ventana de mi habitación no tiene persianas, ni cortinas gruesas. Mi cama no venía con sábanas, ni edredón. DOS: en “nuestros países” no pagamos por alquiler lo que se paga acá, ni siquiera lo equivalente según salario mínimo.

Pero bueno, el invierno ya pasó. Sí, genial, súper. ¿Ahora qué? El malestar constante: empadronamiento. Bolivianos&Company son los titulares del piso; con ese contrato, sus caras lánguidas, su desempleo y sus pasaportes, están gestionando ayudas sociales ante la Diputación, reciben compensaciones, servicio médico gratuito, entre otros beneficios. No quieren empadronarme, porque eso haría sospechar a las entidades públicas de que están recibiendo un ingreso para pagar el departamento y podrían quitarles las ayudas.

Ahora bien, ¿no es verdad que están recibiendo dinero para pagar el piso? Entre el moro y yo hemos cubierto alrededor del 70% de su alquiler, eso, más las famosas ayudas sociales, y la comida del banco de alimentos...

Estos últimos meses he sido capaz de pasar los dos detalles mencionados por un valor que yo consideraba de vital importancia: el cariño. He confiado -y contado- con el cariño de ambos, un sentimiento sincero, más allá de la relación contractual (otra vez, un decir), que hiciera posible colaboración recíproca en momentos de crisis. A mí no me han perdonado un solo día de atraso en los pagos (es que, claro, "ellos necesitan"), han “amenazado alegremente” con subirme el subarriendo porque mi ordenador “gasta corriente y/o consume Internet” y me he cansado de adivinar en sus murmuraciones críticas sobre mí, sobre mi chico, sobre esto y aquello. Es imposible sostener las máscaras cuando se vive bajo el mismo techo.

Tuve mucha buena fe, eso sí. Varias veces, sobre todo en torno a algún favor especial (como darles el número de NIE para trámites varios o un préstamo de última hora), me he visto acogida por ellos (¡me invitaban a entrar al salón y todo!), pero en cuanto han querido salvaguardar su "intimidad de pareja que alquila habitaciones a extraños", me han cerrado la puerta en la cara, sin escrúpulo alguno. A veces, volviendo a casa, lamentaba saber que al llegar no tendría a nadie con quién conversar, a quién contar mi día. Me entristecía ante una sencilla certeza: “Los señores son buena gente, pero no me quieren bien, no son mis amigos. Y ya que no tengo aquí a mi familia, quisiera, por lo menos, vivir con amigos”.

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Hace dos sábados salí de juerga (beber en un bar con conocidos del barrio), luego de muchos días intensivos con unos paneles sobre el conflicto en Palestina. Llegué a casa en la madrugada, comí lo de un táper y lo dejé al remojo. Al mediodía siguiente, que fui a la cocina, ya estaba lavado y seco. Pensé que habría sido un detalle de Bolivianos&Company y me di por satisfecha. Después de todo, habíamos intercambiado varios favores (dinero de por medio, tonta que soy), ya me dirían luego que tuviera más cuidado y ya les ofrecería disculpas. Salí a organizar algunas cosas, tenía una comida peruana el domingo.

Esa noche, a mi regreso, me encontré con esto:


Fue entonces cuando algo dentro de mí hizo “crac” y empecé a buscar otro lugar.

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P.D.: Evidentemente lo de "Don Boli" es manipulación, ahí estaba la firma del buen hombre... Just in case!

miércoles, abril 21, 2010

Alicia era feminista

De niña, cuando la historia de una película o un libro no me gustaba, solía inventarle nuevos finales. No lo escribía en ningún lugar, sino que guardaba en mi memoria con especial cuidado las tramas enredadas, rostros e, incluso, ropa. Así, cada noche, una hora antes de dormir, me regocijaba -y arrullaba- pintando los colores de mi propia fantasía, enamorándome cada vez más de mis personajes. A veces, muchas, deseaba que al despertar todo fuera como en mis sueños.
...


Hace un par de días fui a ver “Alice in Wonderland”, en versión de Tim Burton. Por supuesto, doblada al español, que aunque pierde bastante, es lo que hay.

Evité leer las críticas, como suelo hacer cuando genero cierta expectativa en torno a una película. Me considero admiradora del director, fanática en cuerpo y alma de Johnny Depp (sí, así de básica soy a veces) y simpatizo con las actuaciones de Helena Bonham Carter en las películas de su marido; suficientes motivos para saber que disfrutaría de la función, aunque la crítica vaticinara lo contrario (que no es el caso, pero nunca faltan los puristas).

Se trata de una producción Disney, por tanto, supuse que algo “sosa y conservadora” sí sería. Mayor curiosidad por descubrir qué estratagema narrativa y/o audiovisual habría utilizado el director para pasar por encima de cualquier censura.

Burton había declarado respecto a versiones anteriores que, en ellas, Alicia siempre era una chica deambulando de un loco personaje a otro, con la que no podía sentir realmente ninguna conexión emocional. En esta película consigue contar una historia simple (y algo predecible, hay que decirlo), con la que resulta sencillo sentir empatía, aunque sea a ratos. La trama se desarrolla con la suma de aliados y enemigos, objetivos comunes y, sobre todo, madurez de la “eterna niña fantasiosa”. Alicia (Mia Wasikowka) descubre, poco a poco, que ese mundo maravilloso es parte importante de sí misma, que debe luchar por conservarlo y que, en su “realidad” victoriana, tiene el deber de ser tan auténtica y fuerte como lo es en Wonderland.

Mención aparte merece el Sombrerero Loco, a cargo de Depp, un actor que, ya se sabe, aporta mucho de sí mismo a los caracteres que interpreta, sin que estos pierdan independencia y verosimilitud. El pelirrojo sombrerero de la Reina Blanca viene, en este caso, cargado de emociones humanas, temores, coraje, lealtad, elegancia, cariño y, por supuesto, demencia.

Helena Bohnam Carter, la Reina Roja o de Corazones, es claramente envidiosa y vanidosa. Vive rodeada por una corte de hipócritas interesados que imitan sus deformaciones físicas para hacerle sentir que “son como ella”. Deja un mal sabor de boca (para el autoanálisis) la certeza de que aquella mujercita es mala, sin duda, pero porque siempre la trataron mal, comparándola constantemente con la belleza, la piedad y el encanto de su hermosa hermana menor, la Reina Blanca, interpretada por una muy sofisticada Anne Hathaway. Gracioso personaje éste, da la impresión de ser una “bruja buena” de cuentos de hadas pasados de moda, aunque, para mi gusto, un poco plana (básicamente porque las “mujeres perfectas” no existen).

Me he quedado con las ganas de escuchar la voz real -ronca- de Helena, y las de los actores que dan vida al Conejo Blanco, el Gato de Cheshire, la Oruga Azul y la Liebre Loca. Ya será después.

¿Relación con las novelas de Lewis Carroll? La indispensable.

¿Recomendable? ¡Y qué sé yo lo que gusta al respetable! Sólo puedo decir que a mí me encantó, salvo la canción del final... ¿Qué pintan allí los alaridos de Avril Lavigne? En fin...

Por cierto, la película es en 3D.

Aquí, un par de críticas más inteligentes que este esbozo:

martes, abril 20, 2010

Todos tus muertos

Mi aún cuestionable filiación con una nueva tendencia política peruana me ha llevado, los últimos días, a colaborar de manera desinteresada con un paisano, aprovechando mis "finos" conocimientos de diseño y comunicación para mejorar sus presentaciones. Por supuesto, el buen hombre sólo me ha hecho caso en lo que ha considerado necesario, dejando de lado totalmente mi opinión en dos puntos precisos y, creo yo, definitivos en todo proceso honesto de sensibilización:

Primero: la objetividad con que se transmite la información (además de la veracidad de los datos), y

Segundo: el uso de imágenes “ofensivas” para la sensibilidad de las personas. En este caso preciso: indígenas muertos, sea a balazos, arma blanca, golpes y demás.

Creo que mi “error” de partida fue esperar un comportamiento más “académico” de parte de un hombre que se encuentra haciendo un doctorado, primera equivocación rotunda que me ha llevado, cómo no, a romperme la cabeza a preguntas sin respuesta y ensayar amagos de paciencia sobrehumana, respirando hondo, contando hasta cien y admitiendo que, después de todo, cada quién es según le ha moldeado la vida.

Aún así, tengo serias dudas acerca de la moralidad de generar atención hacia un individuo o partido político, utilizando hechos tan desafortunados (sólo hay que ver la impunidad de los israelíes sionistas). Aunque aquellos cadáveres hayan sido “hermanos de lucha”, “compañeros”, etcétera, no existe un lazo sanguíneo que los una con los líderes, ni un proceso ideológico que justifique la familiaridad. Si los jóvenes muertos (voy a decirlo, en Bagua) hubiesen pertenecido a algún movimiento de liberación nacional, con tiempo de concienciarse sobre el riesgo que corrían “por sus ideales y sus derechos”, vale, podríamos decir que se trataba de una fuerza guerrillera hermanada por una causa común.

Pero no murieron guerrilleros en Bagua, sino civiles en una protesta popular masiva, hartos de ser considerados animales, salvajes estúpidos, ciudadanos de segunda o, sencillamente, invisibles por un gobierno, y otro, y otro, y otro. También murieron policías y con ensañamiento, aunque es mentira aquella versión oficial sobre buenos servidores de la patria que avanzaron desarmados a “pactar” y “dialogar” con esa “pobre gente ignorante”. Lo de la Curva del Diablo no fue lo primero, ya otras veces la policía disparó “al aire”, hiriendo a personas con los pies en el suelo.

Seamos también cuidadosas al juzgar: si un oficial desobedece una orden de “disparar a civiles”, como mucho será amonestado. Si un soldado raso se subleva al automatismo impuesto, será tratado como un traidor, sin defensores influyentes.

Los principales culpables de lo ocurrido en Bagua son el Señor Presidente, seguido por el entonces Premier “progre” y la Ministra del Interior; responsabilidad intensificada por los posteriores intentos tripartitos de minimizar las consecuencias de la intervención e ilegitimar la protesta de los activistas, acusándoles de terrorismo. No olvidemos el contexto: era necesario favorecer, mediante Decretos Legislativos, los procesos económicos exigidos por la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Las políticas neoliberales, como ya se sabe, favorecen sobre todo a los grupos de poder previamente establecidos y permiten el “ascenso” de nuevos emprendedores, mediante la propagación del consumismo y la “libre” competencia. En un mundo “moderno” y “desarrollado”, son inadmisibles los modos de vida que respetan el entorno, y quien prefiera la tranquilidad del bosque es tachado de mediocre o retrógada, según la ocasión.

A veces me siento rodeada de personas soberbias que han creído encontrar “la verdad” y, en su defensa, enarbolan banderas de luchas arcaicas y rotulan sin piedad. Los hay de todas las edades y estratos sociales, de cualquier postura política o religiosa, incluso aquellas que dicen defender a los oprimidos desde sus relativamente cómodos empleos en Europa o Estados Unidos. Actúan con buena fe y eso es digno de un reconocimiento y toda nuestra gratitud, papito, mamita, pero espero que no se nos ofendan si les recordamos que valerse de la confianza y las esperanzas de personas humildes para obtener prestigio personal y profesional es una de las cosas más bajas y repugnantes que puede hacer un ser humano, sobre todo si se trata de seres humanos y humanas tan bien formados y formadas como vosotros y vosotras. Sin ir muy lejos, como yo, que estoy bien formada -en términos universitarios- aunque su Majestad la Administración opine lo contrario (esto de ser marrón)...

Ahora bien, antes de que se me malentienda, admito que una cosa no puede suceder sin la otra: por ejemplo, aquí en Bilbao, la única manera de generar empatía solidaria entre el respetable es mostrar las realidades lejanas a través de ojos vascos (y, de ser posible, en lengua vasca). Estos procesos de sensibilización requieren, necesariamente, de interlocutores destinados a hacerse famosillos y especialistas de consulta en el tema, les guste o no. Hasta ahí, normal, todo sigue el curso predicho para este tipo de relaciones sociales. Los intermediarios son necesarios, pero nunca deben olvidar que son eso: intermediarios. Seres facilitadores de información al servicio de la sociedad y/o investigadores que re-descubrirán la pólvora siguiendo el camino alterno que les marque su propia cosmovisión, en tanto los del Sur nos decimos en voz baja que todo eso ya lo sabían nuestras abuelas, como una cuestión básica de sentido común.

La gente decente necesita leer buenos libros para estar a gusto con sus conciencias.

Mi colega, el político, tiene la mala costumbre política de agregar la aclaración “mi tierra” a toda región peruana que menciona (salvo Lima, que le da grima, como a todo buen provinciano con complejo de provinciano). Ha convencido a unos airados ecologistas bilbaínos de provenir de la amazonía peruana, aunque sus paisanos sabemos perfectamente que nació en el páramo andino. En fin, usos poco dañinos por sí solos.

Pero no puedo dejar de discutir lo de los cadáveres. Él dice que es una manera de “sensibilizar” a las personas, que funciona, pues les ha visto llorar al final de sus exposiciones. He intentado explicarle que las lágrimas sólo tienen efecto práctico si les siguen comportamientos adecuados, que cualquier ser humano llora por muertos ajenos (o hasta ficticios) si el ambiente ayuda, que no hay concienciación efectiva sin aprendizaje, que la lástima no siempre genera empatía y podría llegar a ser contraproducente, cansar, asquear. Por último, si nuestros muertos merecen funeral, entierro digno y duelo, ¿por qué no dejar descansar en paz a los muertos de los demás?

¡No hay que olvidar!, responde hinchado de emoción contestataria (y mucho resentimiento por razones personales, no lo vamos a negar), ¡Nuestros mártires no han muerto en vano! Yo le digo que me enseñe un sólo mártir europeo que haya sido recordado en la historia sin dientes, desollado, destrozado. Alega que Jesucristo, el mayor mártir, fue mostrado así en la película “La Pasión”. Me doy cuenta de que es imposible llegar a cualquier conclusión razonable y callo.

Cavilando, de regreso a casa, temerosa de la soledad que allí me espera, me pregunto si acaso él, desde su situación privilegiada, no estará utilizando a los muchachos de las fotos -que murieron porque no tenían pensado refugiarse en ninguna embajada- para sacar provecho personal. Imagino a sus madres, esposas, hijos e hijas firmando una autorización para uso de las imágenes, o recibiendo una compensación por ello, que es como se actuaría correctamente con familias occidentales y “educadas”, en pleno ejercicio de sus derechos. Decido que no quiero seguir ayudando a alguien por quien yo no votaría. Me doy asco al darme cuenta de que también he utilizado muertos metafóricos, que es un uso normalizado en este mundillo, que estoy harta, que estoy amargada, que ya no quiero más.

Escribo este post.

jueves, abril 01, 2010

Intento de traslado a Telefónica Movistar (ESPAÑA)

Bolivianos&Company cursaron la solicitud un día en que me encontraron accesible a favores. Luego de darme un sablazo, para ser exacta. Bueno, sí, qué más da, ya que estamos, al menos así no me lo gasto. Entonces, con exacerbada conchudez –básicamente porque no quieren empadronarme y por lo de la calefacción, pues fuera de eso, me caen bien- preguntaron si podían valerse de mi legalísimo Número de Identificación de Extranjeros (una especie de DNI de segunda o tercera categoría) para hacer una portabilidad de su proveedor de telefonía móvil actual (pre-pago) a Telefónica Movistar (contrato).

No acepté de inmediato y apenas pude disimular que la petición me había resultado impertinente. Una cosa es prestar dinero y agilizar el cobro/pago de una remesa gracias al NIE aquél, pero de ahí a adquirir un contrato, hay un trecho. Tampoco me negué rotundamente (“¡Manan canchu!” ¿Qué te cuesta, carajo?). Conciente de los problemas de documentación de mis caseros y de mis propias necesidades, me comprometí a hablar con la comercial cuando llamara para “cerrar” el trato, antes de proporcionar cualquier dato personal.

Pasaron dos semanas y ya había yo olvidado el asunto, cuando, mientras preparaba una cena a base de huevo, champiñones y pimientos verdes (lo recuerdo exactamente porque, con tanta distracción, se me quemó), llegó Doña Boli con el celular, toda emocionada, diciéndome que era la chica de Telefónica. Como lo prometido es deuda (aunque joda), me puse al teléfono procurando toda la amabilidad que en ese momento me fue posible y lancé las cuatro preguntas básicas:

I
¿Está esto permitido? Es decir, ¿puede aparecer un titular de las líneas, y otros usuarios?

II
¿Qué pasa si los señores no pueden pagar a tiempo un mes?

III
¿Qué pasa si Telefónica cobra de más –como suele suceder- y luego hay lío?

IV
En caso de endeudamiento, por cualquiera de los dos motivos antes mencionados, ¿me montarían alguna querella judicial?

La cantarina muchachita respondió con un argumento bastante convincente: “Se trata sólo de una formalidad, la cuenta bancaria desde donde se cobrarán las mensualidades será de los usuarios y no solemos hacer juicios por endeudamiento”. Ay... Hagámoslo, pues.

Pasé por todo el proceso hasta el momento de “grabar voz”, que es cuando ella procedería a picar en su base de datos el número de mi NIE. Primer intento fallido. Segundo intento, también. Tercero, hum… Espera, algo pasa aquí. Por favor, Claudia, no me cuelgues (eso de tener un primer nombre que no usas...)

Luego de unos segundos, la voz amable comentó que por algún motivo su sistema no admitía mi NIE y que, además, “le avisaban” que debía derivarme a otra área. Qué bien, esto se pone interesante, deríveme, a ver. Vale, te volveré a llamar en diez minutos, Claudia (ay), porque no me es posible escuchar la conversación que vas a mantener a continuación, ¿de acuerdo? Así podré saber tu respuesta y continuar con el trámite. Muy bien.

Quince timbradas después (así de pendiente estaba), una interlocutora totalmente diferente: agria, seca y sin gracia, con un tono monótono y timbre de graznido. ¿Usted es la señora (nombre completo)? Sí. ¿Y su número de NIE es (tal y cual, precedido por la característica X de extraña, extraterrestre, extraterrenal, extraviada o, incluso, extranjera)? Sí, ese es. Vale, pues muy bien, señora (nombre completo), para hacer el trámite que nos está solicitando debe depositar ciento cincuenta euros como garantía, que le serán devueltos al cabo de seis meses, si ha cumplido con todos los pagos de manera puntual. Muy bien. ¿Me permite consultarlo? ¿Eh?… Sí, sí, claro.

Petit comité con Bolivianos&Company, de respuesta inmediata: Ni hablar. Otra vez al móvil. ¿Me escucha? Sí. Bueno, mire, hemos decidido que no queremos hacer el trámite, ya sentimos haberle hecho perder el tiempo. Hasta luego. Clic.

Nos miramos en silencio, ellos estaban atónitos, pues se habían hecho a la idea de cambiar de plan, gastar menos y obtener nuevos móviles de última generación, completamente gratis. Yo, aunque aliviada por no tener que empeñar mi cabeza a cambio de tan poco (just in case), sentía en mi lengua el sabor amargo de algo que me es ya bastante conocido y reconocible: la discriminación institucional, disfrazada de “prevención de riesgos”. En fin, cosas que pasan, ¿no?

Al cabo de un rato llamó la chica del principio, a quien expliqué la rechazada condición de fianza y agradecí por su dedicación, aunque no pude evitar iniciar el diálogo, lanzando la pregunta que me estaba quemando:

  • Oiga, eso de la fianza es porque soy extranjera-no-comunitaria, ¿verdad?
  • Eh, no, Claudia, ¿cómo cree? Lo que pasa es que hemos tenido problemas con personas que a veces no pagan sus cuotas, luego se van del país y ya no se puede recuperar ese dinero
  • ¡Ah, vale! ¡Entonces sí es porque soy extranjera-no-comunitaria!
Reí. Ella rió también, nerviosa. Había pillado la incongruencia y, por lo visto, no tenía otra opción que admitirlo en tono avergonzado, “Sí, Claudia (y dale), es que ya sabe usted cómo es”. Y claro, claro que sé cómo es. Sin embargo “oiga, los nacionales también pueden dejar de pagar, ¿eh? ¡Que la deshonestidad no es un atributo exclusivo de los extranjeros-no-comunitarios!”, observé, aún riendo, y sin darle tiempo a responder, agregué divertida: “Pero es que los nacionales son más fáciles de rastrear, ¿verdad?”…

La despedida fue rápida. Intercambiamos disculpas y nos apresuramos a despedirnos. Podría haberle contado la historia del monopolio de Telefónica en Perú, pero qué culpa tiene, a fin de cuentas, esa pobre chica, que ya bastante lío ha de ser vivir de un trabajo que te expone a tonterías y maltratos. Eso sí, espero que a partir de ahora se cuide de calentar orejas a clientes con acentos no peninsulares o que, en todo caso, les advierta de las condiciones “especiales” que les corresponde por no ser “personas confiables” debido a la nacionalidad.

Me gustaría saber cómo matizarán esto aquellos grandes y costosos departamentos de marketing e imagen institucional que monstruos transnacionales como Telefónica suelen tener. Miren, por ejemplo, la "belleza sensiblera" que sacaron en plena crisis: