miércoles, marzo 17, 2010

Ofi-patera


Supe hace pocas lunas de un comentario desafortunado, concebido sin embargo a condición de ser gracioso y edificante, ya sabes, esa terminología oenegera con la que últimamente se pretende renombrar al mundo.

Sucedió cuando A1, prestigioso técnico en cooperación de una aún más prestigiosa Organización No Gubernamental para el Desarrollo, preguntó a B1, igualmente técnica de prestigio pero con “perfil bajo”, por los últimos acontecimientos de su “oficina patera”.

Ahora bien, es preciso explicar situaciones y aclarar conceptos. Así pues:

B1 dirige (por así decirlo) una ONGD donde actualmente trabajan un africano, una colombiana y una ecuatoriana, además de los vascos y vascas de rigor. Es preciso señalar que los tres extranjeros anteriormente mencionados laboran sin presión y bajo un ya popular convenio de prácticas, por tres motivos bien claros:

MOTIVO UNO:

Los tres tienen visado de estudios, al igual que esta servidora, por tanto su proceso de contratación normal se ha visto sujeto a trámites interminables (y en esas andan). Como son seres humanos que necesitan comer, vestir y pagar el piso, se les retribuye con cierta justicia por horas de trabajo, aunque ellos son conscientes de que para completar el costo de la canasta básica deben mantener a la vez un digno “curro de inmigrante” (es decir, servicio doméstico, cuidado de personas y albañilería). En negro, por supuesto.

MOTIVO DOS:

Toda la buena fe de B1 se va al garete cuando se topa con los tomadores de decisiones de la sede central.

MOTIVO TRES:

El convenio de prácticas es ABSOLUTAMENTE LEGAL y toda persona tiene derecho legítimo a trabajar, aunque sea bajo esa modalidad, en tanto su majestad la Administración no permita mayores maniobras.

Luego, PATERA:

Nombre con que coloquialmente se conoce a las lanchas de pesca que llegan a las costas españolas (del sur de la Península o de Islas Canarias) desde Marruecos y Senegal, cargadas de inmigrantes sin papeles, en su mayoría subsaharianos (o sea, negros), aunque también marroquíes, argelinos y mauritanos.

Esta proeza (porque lo es) muchas veces no llega a buen fin. Muchos mueren ahogados en el estrecho de Gibraltar o en alta mar. Quienes pisan tierra son atendidos por trabajadores de Cruz Roja, e inmediatamente después, puestos en cuarentena. Corren riesgo de ser retenidos o devueltos a sus países. Debo agregar que el hacerse al mar no es el mayor riesgo que corren, pues muchos de ellos (y ellas) deben cruzar andando varias fronteras, zonas en guerra, desiertos, etcétera.

Como dice un buen amigo navarro, nadie mejor que estas personas para llevar en alto la categoría de españoles y europeos, pues tienen muchísimo más valor que algunos vecinos suyos.

Por lo tanto:

Si "grupo de extranjeros que trabajan en una oficina" hacen que ese lugar sea una "oficina-patera", y

"Patera", a secas, es "una barca llena de extranjeros que ingresan a España de manera ilegal", entonces

¿Oficina-patera define a un montón heterogéneo de extranjeros que trabajan en un centro laboral español de manera ilegal?

Ahora bien, ¿qué le da la “ilegalidad” a un grupo de extranjeros: el tipo de contrato que tienen o el hecho de ser extranjeros? Porque la verdad no me queda muy claro...

Y me pregunto, con muchísima malicia: ¿Una mansión donde sirven dos colombianas y un turco, es una mansión-patera? ¿Un equipo de albañiles compuesto por peruanos y nigerianos, es un equipo-patera? Me parece que no, lo cual me lleva a pensar que en la idiosincrasia local existe una tendencia a "no fijarse" en los extranjeros sólo "cuando éstos se encuentran bien situados en el lugar donde les corresponde estar”, es decir, limpiando casas, cuidando personas o picando asfalto. Cualquier otra situación, por lo visto, merece burla, sospecha y murmuración.

Por último, que hombres y mujeres llegados en pateras sean capaces de reírse de aquella experiencia (cosa poco usual, a decir verdad), vale, pero ¿con qué derecho nosotros, todos los demás?

Puf...

Da un poco de asco que personas relacionadas con la solidaridad, la denuncia y la lucha social, sean incapaces de pensar bien antes de abrir la boca, siquiera para mostrar coherencia en este mundillo tan de apariencias, digo yo.

martes, marzo 16, 2010

¡Soy india!

Y no es que haya tenido una revelación repentina, pero casi. Sucedió el otro día, en el metro, cuando me tocó ir justo enfrente del cristal que separa los asientos del descanso donde están las puertas (así en cada vagón). Lo normal es que no me mire a mí misma cuando ando por la calle, por ello, aunque soy plenamente consciente de mis diferencias culturales y “administrativas” con la gente blanca de alrededor, sólo reparo en mis características “raciales” al encontrarme con la mirada de alguna persona de origen latinoamericano. Es la ceremonia típica: los ojos se detienen un segundo más de la cuenta y se percibe un amago de sonrisa condescendiente. Estoy acostumbrada a que suceda cada vez que me cruzo con “mías” o “míos” andando por ahí.

Pero el día del cristal no pude dejar de notar características mestizas en mi reflejo, acentuadas por el contraste: pómulos pronunciados, barbilla fina, labios superiores lizos -casi marrones como la piel- e inferiores carnosos, con manchas oscuras, cabello negro, aunque no del todo lacio debido a algún rebelde gen árabe o judío (o español, sin ir muy lejos), ojos almendrados, tribales, de ese color café tan característico de los ojos allende los mares. Lo único que quedaba fuera de contexto en esa imagen ojerosa, indígena, despeinada y cansada, era la nariz. A saber de qué casamientos actuales y remotas violaciones ha salido nariz tan pequeña, redondeada y un poquitín respingada. Adivino influencia china, aunque claro, los nativos americanos pertenecen, originariamente, a la rama racial mongólica, al igual que los chinos, por tanto, si bien la nariz de marras no es representativa de alguna etnia quechua, sí podría provenir de la amazonía.

Así venía yo, comparando mis rasgos graves con las filosas facciones de la gente blanca ibérica, observando transparencias en los lóbulos de las orejas, los párpados y las fosas nasales e imaginando una contextura ósea por lo general más estrecha y alargada, a partir de los cuellos finos, rostros ovalados y estatura promedio, cuando vi interrumpidas mis elucubraciones en la estación de Sestao. Aún cavilando, anduve hasta mi piso, donde se celebraba una reunión extraordinaria de Bolivianos&Company, por onomástico de la doña. Apenas abrí la puerta reconocí una repetida explicación con que el joyero entretenía a la audiencia, acerca de los cambas (bolivianos blancos y cultos, del oriente) y los collas (aquellos indígenas altiplánicos en constante involución), situación que me forzó a afirmar irrespetuosamente, desde el fondo del pasillo: “¡Todos somos cholos a fin de cuentas!”. El buen hombre soltó una carcajada y ratificó: “Sí, pues, todos somos cholos”.

Pero claro, cholos los hay feos y los hay guapos, y a este segundo grupo pertenecemos mis hermanos y yo, como diría mi madre, cuya sabiduría me resulta cada vez más difícil de discutir.

Y hablando de cuestiones multi-raciales, aquí fotos de las hermosas mujeres de la oficina donde curré hasta diciembre de 2009 (incluyéndome, por supuesto):

Cuando llegues...

Hay personas que graban en sus memorias acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia, episodios de injusticia y/o dolor. Yo he tenido una vida "fácil", en comparación, por ello sólo he conseguido contener entre mis recuerdos sucesos superfluos a la vista del respetable, de los que suelo hablar en este blog.

Uno de esos momentos "estúpidos" e "indignos" para todo buen luchador social, sucedió hace quince años, cuando escuché por primera vez esta canción:



Ya he comentado que solía trabajar con mi padre, haciendo vídeos de eventos sociales. Durante mucho tiempo, esa pequeña empresa y la pensión de mi madre sirvieron para mantener a la familia a flote, en Sullana, a mediados de los noventa. En algún momento, mi "aporte a la causa" llamó la atención de adolescentes apenas menores que yo, quienes preferían encomendar sus recuerdos (léase: vídeos de fiestas y varios) a una chica "como ellas", ante la natural desconfianza de sus progenitores, claro, pues qué garantía les iba a dar una mocosa con cámara al hombro, ¿verdad?

Tuvimos una temporada intensa gracias a una promoción del colegio Santa Ursula, tanto el año de los quinceañeros como el siguiente. A las fiestas rosas, llenas de flores, siguieron propuestas discotequeras, oscuras, acordes con la madurez propia de jovencitas entrando a los dieciséis. Había detectado por entonces, siempre detrás de la cámara, varias parejitas de moda. Solía mirarlas compartir su cariño con mucha ternura, como una tía o hermana mayor, por encima de esos afectos, aún sin haberlos vivido.

Una vez, en un salón grande a media luz, oí los acordes de guitarra y la voz suave de Dolores O'Riordan. Continué mi trabajo como me correspondía, apagando la luz del reflector, para no dañar el ambiente, y colocando un filtro adecuado, difuso, que ralentizaba poéticamente (según yo) los movimientos en la pista. No reparé en la intimidad del momento, sino que avancé de aquí para allá, llevada por la música y el calor que me transmitía. En eso, me detuve. Vi, por el visor, a un chico casi niño y una chica casi niña, con sus cabecitas muy juntas, dándose besos cortos y tiernos, sin dejar de bailar.

Sentí un sobrecogimiento tremendo. Acto seguido, lágrimas incontenibles, limpiadas de mala manera con la manga de la chompa, tragar saliva y seguir, que el jefe que tenía por entonces no admitía errores, ni sensiblerías sin explicación.

Estoy llena de canciones que me traen recuerdos. En esos recuerdos, siempre estoy sola, ejecutando labores "de provecho" que me ayudarán a "ser mejor". Pero no soy mejor y daría cualquier cosa por recordar cinco minutos bailando con algún amor sencillo, que, por lo menos en ese momento, desee estar conmigo toda la vida...

A veces siento que no he dejado de mirar a través del visor de esa cámara.

...

Por cierto, la parejita aquella no prosperó... ¡Pero que les quiten lo bailado! (Nunca mejor dicho).

lunes, marzo 15, 2010

Acerca de alguien a quien no quiero tener que olvidar

He seguido sembrando relaciones amorosas sin futuro y el estar escarmentada me ha servido, al menos, para no buscarme personajes maliciosos y aprovechados. Al contrario, el último chico con quien he estado saliendo hace más de un año, con altas y bajas, ha sido, por sobre todo, uno de los mejores amigos que he tenido jamás y mi más importante sostén en los momentos difíciles con los que mi ya querido Bilbao ha tenido a bien golpearme en repetidas ocasiones.

Por vez primera en toda mi vida, sin embargo, he sido capaz de alegar firmemente por un cambio radical, ante una situación que empezaba a hacerse monótona, no en acciones, sino en sentimientos. Una cosa es la dulce monotonía de una relación que, paso a paso, avanza hacia un emparejamiento evolucionado, y otra bien diferente es tener claro (por su parte) que la cosa no va a ser diferente, aunque nos queramos un montón y no podamos vivir el uno sin la sonrisa del otro.

Estoy bastante harta, lo diré en mayúsculas, DE QUE MI ENTORNO SE EMPEÑE EN HACERME SENTIR POCO CONFIABLE DEBIDO A MI INESTABILIDAD. ¿De qué inestabilidad hablamos, para empezar? ¿No he sido acaso capaz de comprometerme y terminar trabajos aún en las situaciones más difíciles? ¿No he demostrado, de tantas maneras, que mi afecto es sincero y constante? Quedarme aquí no depende de mí. Si no me dan la prórroga, si no consigo un contrato, si la Administración decide desestimar nuevamente mis solicitudes, ¿vas a culparme a mí? ¿Me das algo que compense el riesgo que significa no tener papeles, siendo inmigrante?

Soy débil ante un Sistema que toma decisiones sin tener en cuenta mis deseos. Soy débil ante el potencial Jefe que en vez de ofrecerme un trabajo con todos los detalles cubiertos, pretende hacerme sentir culpable de su temor a contratarme, porque "no se sabe si me quedo o me voy". Soy débil para seguir sosteniendo esto sola.

Ayer, mientras rompía con el pelirrojo, pensé en Alice y en lo reconfortantes que fueron los días de Navidad, en Munich. Imaginé su cariño, su apoyo incondicional, sus palabras de aliento, sus ideas locas acerca de mi "inteligencia" y su pragmatismo alemán, que no le permite entender por qué los españoles etcétera...

Duele, pero está bien. Lo único malo es esta sensación de desolación que no se va. He perdido un compañero, junto con parte de mi ternura y mi buena fe. Él siempre me creyó buena y a veces una persona es como la tratan. Ahora que me veo sola, intuyo que el siguiente paso es actuar con más cálculo y egoísmo, de acuerdo a lo que el Sistema ha estado esperando de mí. Ya lo siento (como dicen aquí cuando en verdad no les importó hacer lo que hicieron, da igual a quien dañaron). Ya lo siento.

viernes, marzo 05, 2010

Domingo de chicas


Al final del vídeo de "My Happy Ending", Avril Lavigne se va del bar donde discutía con su ex novio (el desafortunado inspirador de la canción). Sus amigas salen con ella y cuando pasan al lado del chico no ocultan su malestar ni ahorran, por educación, miradas de desprecio...

Las chicas que he venido conociendo en Bilbao me habrían dejado sola, quedándose en el bar con el más "guay". De ninguna manera permitirían que una "desadaptada" les arruinase la fiesta. Suelen tener por norma no meterse en los problemas de los demás. Quizás sí lo harían por sus amistades más cercanas, de años en la cuadrilla.

No les puedo culpar ni exigir y es precisamente esa no exigencia lo que me mantiene al margen. No veo sensato andar con personas de las que no tengo nada que esperar.

Las relaciones laborales entran en otro ámbito, son cosas distintas, deben conducirse por un terreno diferente al de la amistad. Hay otros valores para las relaciones labores, y otras exigencias personales.

Ay...

Además de la emoción que me causa saber que el fin de semana trae consigo un encuentro largo con el pelirrojo (jodido vasco responsable y melindroso), estos días he sentido un atisbo de emoción romántica por un detalle tonto de tan simple, pero vital para cualquier mujer: el domingo tendré tarde de chicas.

Nos pusimos de acuerdo en un tistás. Por lo visto, había ganas desde cada vértice del triángulo. Porque claro, somos tres, y en las circunstancias actuales, tres mujeres con afortunadas características compatibles: peruanas, comunicadoras sociales, experiencia laboral en proyectos de desarrollo, tarjeta de estudiante.

La última vez que me vi con ellas descubrí que había perdido la práctica de estirar los brazos en todas las direcciones, cantar en voz alta y contar mis cosas en confidencia femenina. Tan desacostumbrada estaba, que luego de soltar un dato personal, tuve que llamar a Perú y consultar si acaso hice mal. Cuánto daño nos dejamos hacer a veces, sin darnos cuenta...

Desde que Erika dejó Bilbao, he echado mucho de menos tener una amiga en esta ciudad. No diré que he estado aislada de buenas mujeres o buenos hombres, siempre he tenido gente agradable alrededor y el importantísimo apoyo de mis ángeles guardianes "frikies". Pero claro, me faltaba empatía femenina, chicas contemporáneas (y solteras) con quienes reunirme para hacer lo que toda mujer debe ser capaz de hacer entre sus congéneres apreciadas de vez en cuando: tonterías.

Pocas oportunidades he tenido durante estos años de exilio de sentirme ridículamente feliz, en tanto que compartir la propia ridiculez denota altos niveles de confianza y generar alegría a partir de acciones simples es un sano síntoma de humildad. He debido tolerar "maduramente" largas conversaciones sobre política, neoliberalismo, comunismo, materialismo dialéctico, indigenismo libertario, etcétera, la mayor parte de ellas aderezadas con un penetrante olor a marihuana, miradas inquisidoras, música de Silvio Rodríguez y codicia carnal. ¡Pobre de mí, tonta inmigrante que no sabe nada de la vida, si en alguna de esas ocasiones osaba hacer una observación pragmática en el talón de Aquiles de la efervescente teoría que en aquél momento se elevaba al cielo, exhalando chocolate marroquí! ¡Pobre, pobre de mí!

Creo que este cinismo me ha valido la expulsión tácita de diversos grupos progresistas locales. Gracias a Dios (con mayúsculas, como lo escribiría cualquier creyente).

Creo, además, que pasaré un domingo increíblemente bueno: beberemos, nos quejaremos, cocinaremos, haremos coreografías cantando alguna canción sexista-pero-feminista de Rafaela Carrá, con suerte no se nos quemará el Arroz con Pollo y hacia las siete de la tarde, ya un poco borrachas, intentaremos mirar con paciencia la entrega de los Oscars (maldita invención del "imperio yanqui") y cruzaremos los dedos por La Teta Asustada.

¡Qué bonito!

miércoles, marzo 03, 2010

Extrapolaciones

Vengo acumulando temores estúpidos y precisos, que se repiten sin sentido desde que puedo recordar. No he sido consciente de muchos de ellos a lo largo de mi vida, pero he empezado a enumerar los últimos. Aún no entiendo a cuenta de qué, y dada mi edad y experiencia (“pequeña experiencia”, para no sonar pretenciosa ante los VIEJOS entendidos), vienen y me asaltan estos fantasmas, obligándome a revivir una y otra vez un miedo absoluto en aquello que, racionalmente, sé que no ocurrirá. Es como soñar que caes...

Hacia setiembre de 2009, habiendo renunciado a mi trabajo de entonces y cargadita de malas vibraciones como andaba, encontré por la calle al chico del máster que “me rompió el corazón” (por decirlo de algún modo). Iba yo con el pelirrojo, en plan “especialmente amical”, y vi pasar a éste y otro compañero. Ambos me saludaron con un hola rápido y discreto, no tuvieron a bien detenerse y cumplir las formas diplomáticas de ocasiones anteriores, cosa que agradecí. Fue como verles y no verles a la vez, una especie de intermitencia visual o las figuras que quedan dibujadas en la pantalla del televisor después de apagarlo.

Semanas después, viajé a Madrid, y una noche de cervezas, volviendo a casa de Ernesto, metí los pies, engalanados con zapatitos de charol recién estrenados, en un círculo de nylon, cual foca desprevenida. ¿Qué hacía eso en medio de la acera? A saber, luego los españoles se jactan de su civismo. Tropecé y, evidentemente, caí de bruces. La primera caída física en años. Aparatosa. Llevaba falda larga, afortunadamente, pero no evitó que me hiriera las rodillas, calamitosas y feas rodillas marcadas por una infancia de botines ortopédicos. Me han quedado manchas, de recuerdo. Las cicatrices tardan más en desaparecer cuando se alcanza determinado umbral etario.

Pasado un tiempo, noté que solía asaltarme un recuerdo falso, con aroma a premonición, compuesto por dos sucesos reales, mezclados arbitrariamente por mi caprichoso subconsciente (mucho más sabio y prudente que yo, por donde se mire): Veía al chico del master pasar y saludarme, con esa misma sensación de intermitencia visual, y, acto seguido, yo caía al suelo, debido al nylon aquél. Esa imagen me asaltaba una y otra vez, me tomaba por sorpresa mientras leía en el autobús o andando por ahí. Me llenaba de tristeza y miedo. Me llevó a aislarme más.

No me di cuenta de que se había acabado hasta que me descubrí atrapada por una nueva sensación de inseguridad, esta vez a cada paso que daba por la calle, sobre todo en el Casco Viejo de la ciudad: tenía la certeza de que en cualquier momento podría pisar una mina antipersona y quedarme sin piernas. Iba siempre mirando al suelo con atención y me alejaba precipitadamente de paquetes, bolsas, colillas encendidas y todo bulto u objeto extraño que pudiese encontrarme delante. En esos días, aprendí a apreciar más el metro, los ascensores y cualquier máquina que me evitara andar. Estaba realmente asqueada.

El agobio de un trabajo de diseño me hizo olvidar el temor a las minas urbanas, pero dio lugar a otro miedo, infundado ante la razón, perfectamente justificable -aún inexplicable- en el mundo de las sensaciones: cada vez que me sentaba frente al ordenador para meter todo mi empeño y concentración en las imágenes y la composición, temía que alguien, un hombre fuerte, vinera por detrás, me tomara del cabello y empezara a golpear mi cara contra el escritorio, hasta romperme la nariz y hacerme sangrar.

Digamos que “el embrujo” de ese último miedo se rompió la semana pasada, debido a una serie de acontecimientos que, además de desilusionarme, me hicieron recuperar las ganas de protegerme a mí misma, pese a todo y todos.

Esta mañana, cuando venía para la oficina, noté que he empezado a vivir y revivir una nueva imagen cuatridimensional. Quito el seguro de una pistola (clic). Muevo la corredera (clic). Se dispara accidentamente y le doy a alguien a quien quiero mucho, mucho...

La verdad, prefería que mis fantasmas, si tiene que haberlos, continuaran haciéndome daño sólo a mí.