jueves, febrero 25, 2010

Santa ingratitud

Creo que se trata de una de tantas diferencias culturales, pero por estos lares me he encontrado con personas que han hecho del cobro de favores una forma de vida condicionante y esclavista. For example, my “former boss”, que me tenía cogida con la muletilla aquella de: “¡Eres una desagradecida! ¿Crees que hay muchas personas dispuestas a contratarte en tu situación?”, ante cualquier intento mío de emancipación (entiéndase: exteriorizar muestras de incomodidad ante una jornada laboral completa e intensiva por salario de tiempo parcial, entre otros).

En mi país. No, en mi país no, en mi región. ¿Qué digo en mi región? ¡En mi pueblo!... Vamos a dejar de exagerar: en mi familia se me enseñó, con despiadada severidad, que LOS FAVORES NO SE COBRAN. El buen actuar merece respeto y consideración, sin duda, pero, según mis padres, era una muestra de muy mala educación decirle a una persona: “Mira que yo te ayudé cuando...” Ay de mí si alguno de mis progenitores me pillaba echando en cara algún servicio prestado... ¡Me caía una tunda! O, como poco, un sermón. Par de opresores.

De todos modos, aquí me han “sicoseado” tanto con el asunto de marras que he empezado a contabilizar y valorizar mis actos, de modo que quede claro hasta dónde cobro en metálico y hasta dónde es “pura militancia”, por llamarle de algún modo. Porque claro, la posición del benefactor suele ser bastante cómoda, en tanto que de él depende la medida y el modo en que genera bienestar a su beneficiario. Pero claro, ya cuando el beneficiario se pone “agudo” y empieza a darse cuenta de las desigualdades existentes, pues se arma.

Otra experiencia desafortunada que he debido padecer durante estos años de exilio, ha sido la de encontrarme benefactores inmensamente bien intencionados que han decidido protegerme y hacerme mil y un favores, sin detenerse a preguntar qué necesito. Si luego no acepto el regalo, ya soy la peor persona del mundo, indigna, intolerante, soberbia, inestable, inmadura y hasta “facha”.

Un ex novio me contó una vez que un niño había pasado por su casa pidiendo dinero o algo de comer. Le dieron una bolsa de pan duro. El chiquillo lo recibió, agradeció y se fue. Pasos más adelante y sin ningún remordimiento de conciencia, echó el pan duro a un tacho de basura. El padre de familia, que presenció la escena, salió tras él indignado y le pegó un puntapié, para que aprenda a no despreciar la caridad de las personas decentes, y se quedó tan orgulloso de eso.

Vamos a ver, el muchachito necesitaba dinero. Para jugar pinball, para entregárselo al hijodeperros que lo obliga a mendigar o, en el mejor de los casos, para comprar comida FRESCA. En vez de unas monedas, le doy pan. Pan duro. Pan que yo no me comería, sino en ají de gallina. Y se lo doy, porque me sobra. Podría haberle dado pan del día, eso no me iba a empobrecer. Pero mira, justo tenía una bolsa de pan duro, que, insisto, no se lo comería ni mi perro, y se la entrego con toda mi buena fe cristiana. ¡Y el muy desgraciado la desprecia! Entonces voy tras él y le pego, por desagradecido. O empiezo a escribirle e-mails llamándole “ladrona” y acusándola de haberse llevado mi metodología y conocimientos. O le recuerdo que nadie la va a querer. O tal y cual...

¿Saben qué digo? A la mierda. Y no, no queda fino ni tiene clase, pero no voy a pasarme la vida agradeciendo pan duro a alguien que por lo menos podría haberme dado pan fresco.

No recuerdo si fue mi padre o mi madre, da lo mismo, alguno de los dos me dijo una vez: “No esperes que un mendigo te salude y sonría siempre por la limosna que le diste hace una semana. Desde entonces, habrá vuelto a sentir hambre varias veces, alguien más le habrá ayudado y se habrá olvidado de ti”.

viernes, febrero 05, 2010

El triste destino de una pequeño burguesa de clase obrera

Esta mañana una buena amiga alegró mi día con un comentario de esos que sólo son capaces de hacer las amigas buenas. Pensé, por un momento, que no me equivoqué o, mejor aún, que no soy la única “equivocada”.

Tengo frente a mí un póster gigante de Monseñor Romero, un respetable sacerdote asesinado en 1980 por las Fuerzas Armadas de El Salvador, en plena Guerra Civil. Su delito: denunciar los genocidios que cometía el gobierno y permanecer junto a las personas pobres, a quienes protegía con verdadera convicción cristiana.

Sus superiores intentaron convencerle de escapar del país, como lo hicieron varios de sus compañeros, en legítima protección de la propia vida. No se fue. Y digan lo que digan comunistas varios, estoy convencida de que él debió esperar el primer disparo pidiendo con humildad a su dios lo que sea que los creyentes piden a sus dioses antes de morir. Incluso podría afirmar que cuando aún los soldados no irrumpían en el lugar donde les esperaba, guardaba alguna esperanza (¿No fue acaso su propio Mesías quien horas antes de la crucifixión, y sabiéndola inevitable, rezó “Señor, aparta de mí este cáliz"?).

En todo caso, Romero no fue un temerario irresponsable, sino un cura coherente con sus principios religiosos, amante de las personas más necesitadas y enemigo de la injusticia del poderoso. Ahora bien, permaneció en el “campo de batalla” porque fue allí donde le tocó querer estar. El destino de cada ser humano no viene determinado, sino que va tomando forma y color con el aporte de diferentes circunstancias, actuaciones y, por supuesto, las propias decisiones.

Conversaba la otra noche con un colega, rojo recalcitrante, y entre insistencias y contundencias vascas me ofreció su concepto de “buena persona”: “Ser humano que hace la revolución y guía su vida por senderos de lucha por la justicia social”. Luego, y pese a afirmar que las comparaciones son odiosas, empezó a repasar a refugiados y refugiadas colombianas, residentes en Bilbao, que desde el momento en que salieron de su patria se han dedicado a continuar las enseñanzas del Ché Guevara, implicándose en tareas admirables con colectivos en constante riesgo de discriminación. De nada me sirvió intentar hacerle ver una verdad de perogrullo: “Cada quien es según sus propias experiencias”. Ni caso, continuó enumerándome una serie de hombres y mujeres grandiosos por el hecho de haber sufrido persecución, expulsión, cárcel, orfandad, etcétera.

Ahí lo dejé. Me fui con una sensación dolorosa en el pecho.

Hace algunas semanas, en un ambiente bastante similar, un compañero de trabajo me llamó “burguesita” porque comenté que en el colegio sí me habían hablado de Derechos Humanos. Es que claro, sólo “las personas que estudiamos en colegios y universidades privadas” podemos tener conocimiento de estas abstracciones, pues “el pueblo”, el pobre, triste, engañado e ignorante pueblo, no, nunca, jamás.

En un golpe de tablero cayeron al suelo todos los elementos que rodean un proceso de educación formal: la familia, el barrio, los medios de comunicación...

La respuesta que pensé (porque me estoy quedando muda de puro cansancio) fue de talante revanchista:

Muy bien, entonces llamaré a mi madre y le recriminaré el haberse partido el lomo toda su vida -ella y mi padre, pero se murió, así que no va a poder sufrir la regañina reivindicativa- para darme una educación buena, dentro de lo que cabe, y además renegaré de mi apellido, de las clases de música, de las lecturas obligadas y el trabajo forzado de fines de semana en filmaciones de eventos sociales, pues, entre otras, han sido esas las acciones culpables de gran parte de mi bagaje cultural. Sí, eso.

Es muy desagradable intentar vivir en un lugar en el cual debes ofrecer constantes disculpas por no ser lo que las personas esperan que seas: si buscas trabajo, debes ser de origen pobre; si eres de origen pobre, tu actitud debe ser humilde y debes verte un poco inculta; si eres inculta, igual no te hacen mucho caso y no te permiten entrar en la sociedad, porque te costará adaptarte a las costumbres locales; si te cuesta adaptarte a las costumbres locales, tienes una mala predisposición y además eres inculta, claro. Sumado a eso, si te adaptas a las costumbres locales, “los tuyos” empezarán a llamarte “alienada”, diría Ernesto.

Por otro lado, si vienes aquí “con permiso de estudios”, debes tener dinero hasta en las orejas. Si no lo tienes, pues... Creo que las personas de mi entorno están a punto de generar el prejuicio que corresponde a los estudiantes sin dinero: tenemos que ser, necesariamente, refugiados, o andar con problemas políticos en nuestros países. De otro modo, no hay forma, queda un vacío allí que no se puede llenar y los vacíos complican la vida, sobre todo en estas culturas de abundancia y exhibición.

Es curiosa la contradicción en la que caen precisamente los seres humanos más "estudiosos": encasillan, sellan, etiquetan. Parece que el exceso de teoría e información les hace creer que poseen autoridad para organizar al mundo y sus múltiples sociedades como mejor les parece, según marcas políticas, raciales, etcétera. Por fortuna, algunos aún poseen capacidad para reconocer errores y transcender sus propias ideas preconcebidas. Algunos.

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Ayer formé cola frente a la policía, cita para presentar papeles, prórroga de permiso. Tenía fiebre y se notaba, parecía un pollito contagiado de esa peste mortal que suele dar a los pollitos. Frente a mí, dos chicos negros, bastante jóvenes. La afirmación redundante para romper el hielo: “Hace frío, ¿eh?”. Pues sí. Eran de Gambia, ese país pequeñito incrustado en Senegal. Les conté de un avión fletado por el gobierno gambiano hace cinco años, para ir a Piura y hacer barra a su selección de fútbol, en el campeonato mundial Sub-17. Comentaron que su presidente tiene relaciones diplomáticas y comerciales bastante fuertes con Chávez, el de Venezuela, “es que los dos son igual de tontos”. Reí. En esa fila, aún con nuestras diferencias, todos tenemos motivos para sentirnos iguales, pese a mi residencia de estudiante, pues ya es bastante duro llegar hasta Europa sin familia, piensan.

En eso, el policía llama en voz alta: “¡El de asilo! ¿Quién es el de asilo?”. Y acudió otro negro, jovencito, bonito, francófono, de mirada impenetrable. Sentí como cuando vas a la farmacia a comprar preservativos y te cantan las marcas desde el cuarto del fondo. Supongo que no todos los refugiados querrán ventilar su situación, habrá quienes aprovechen esa condición precisamente para tener una vida distinta a la que no les permitió permanecer en sus países.

Me equivoqué, no todos somos iguales en esa fila, algunos, en definitiva, se lo pasan peor.

Estos veintiocho meses me han aportado canas, sobre todo canas. Y arrugas. Y cientos de emociones buenas y malas que aún soy incapaz de describir e interpretar. También experiencia. Amigos, amigas. Una relación sana y madura (y es aquí cuando el pelirrojo dice: “¡Pues vaya mierda de relaciones has tenido hasta ahora, niña!”).

Lo bueno es que he conseguido ganar tiempo para preparar mi marcha con calma y no dejar pendientes detrás.

Hoy encontré un e-mail de Myriam en mi buzón. Me contaba que había visto recientemente la película “Persépolis”, basada en el comic de Marjane Satrapi. Me dijo que la protagonista le recordaba mucho, pero mucho a mí.

Ay, la Satrapi, otra “pequeño burguesa” de dos mundos que no ha hecho caso a lo que todos esperaban que ella fuera. Mírala ahora, qué bien está y cuánto comunica con sus historias. Lo dicho, cada quién a lo que hace mejor, punto pelota, me voy cenar.