martes, enero 19, 2010

But the memory remains...

No se trata de algo personal contra la “noble villa”, sobretodo porque no podré pagarle en decenios el aprendizaje que ha conseguido procurarme en dos años. Sencillamente, es un rechazo a “la grandeza”, al “ideal americano en Europa” que alguna vez contagió mi ánimo y me convenció de soñar sueños ajenos.

Tampoco es mi idea, se la copié a un chino que me encontré en Munich...

En todo caso, me gustaría comentar una conversación que sostuvimos el colombiano y yo, hace algunas horas, a propósito de nuestros motivos para irnos:

“¿Te das cuenta de que permanecer aquí implica siempre pensar sólo en nosotros mismos? Tener paciencia para conseguir NUESTRO permiso de trabajo, competir para que NOS contraten, observar con orgullo el resultado de NUESTRO esfuerzo, ajustarnos los cinturones para que el dinero NOS llegue a fin de mes, trabajar más para poder conseguir más dinero y así acrecentar NUESTRA ganancia. En fin, crecer y aprovechar al máximo NUESTRO potencial. Pero queda un vacío... ¿Recuerdas cuando, allá en Colombia, o allá en Perú, NUESTRA principal satisfacción era ver cómo lo que hacíamos beneficiaba a OTRAS personas? Hace mucho que no siento algo así”...


Si nos descuidamos, acabaremos convirtiéndonos en el centro absoluto y único de la vida que vivimos y la vida en sí misma pasará a ser el salón decorativo de un columpio del diablo...

miércoles, enero 13, 2010

(In)solidaria

Aminetu Haidar volvió a casa. Una iniciativa única y personal ha surtido efecto… Enhorabuena.

Es curioso, en el tiempo que llevo viviendo en el País Vasco no he conseguido identificarme pasionalmente con causa social alguna, en comparación con las personas solidarias que he conocido aquí. A veces intento encontrar una razón específica que supere mi propio egoísmo, pero sólo consigo matizar excusas.

Tal vez me explique mejor gráficamente: ante el bombardeo israelí en Palestina, hace un año, sólo pude contener la rabia, callar y escribir algunas líneas en mi tonto blog, en tanto el colega que tenía al lado se enervaba, lanzaba maldiciones indignado y planificaba estrategias de sensibilización política en su sociedad. La sociedad vasca, por supuesto.

Lo mismo ha ocurrido con diferentes asuntos y problemas mundiales, incluso los que sucedieron en Perú, con un fuerte aditamento de impotencia y frustración, por supuesto. ¿Y acaso podría hacer algo si estuviese viviendo en mi pueblo natal? Tal vez no, pero por lo menos no sería sólo una “observadora distante”.

A propósito de asuntos relacionados con Perú y América Latina, desde que llegué aquí sólo he conocido a DOS personas que me han considerado apta para analizar diferentes situaciones ultramarinas, que me han preguntado por. Es curioso ver cómo las tribunas académicas y de opinión, incluso las alternativas y co-desarrollistas, tienden a admitir sólo “sangre local”, incluso para hablar de realidades ajenas. A veces, siento que las personas “del Sur” sólo somos interesantes en tanto víctimas, exóticas criaturas simpáticas (e inteligentes, claro), pero apartadas. Si el ejército no asesinó a nuestras familias en alguna guerra civil, o nos desplazó, ni nos miran.

Ahora bien, no es mi intención desestimar las sanas actitudes de discriminación positiva para con colectivos que han sufrido reales situaciones de violencia y miseria. Si justamente por esa “coherencia” mía es que no me he atrevido a pedir ayudas sociales y he intentado hacer las cosas de manera correcta, siguiendo todas las vías administrativas. Pero la repetida subvaloración de mi capacidad intelectual ha terminado haciéndome mucho daño.

Durante los primeros meses del master, a finales del año 2007, recurrí a mi tutor, porque necesitaba un trabajo. Él me dijo que podría ganar algún dinero en la facultad, redactando reseñas de libros, etcétera. Entonces, me preguntó: “¿Ya sabes escribir?”. Le miré consternada, la Maga debió sentir un apretón repentino y seco, pues la llevaba entre las manos. El buen hombre se apresuró en aclarar: “Me refiero a que si sabes escribir en términos académicos, porque bueno, esta es una universidad y tenemos un nivel de exigencia alto con los becarios”.

Sé escribir en culto, le dije, pero aún no he aprendido el dialecto peninsular.

Nunca me llamó. Pero eso sí, cada vez que me encuentra por la calle, abrazos y besos, todo es abrazos y besos, y cómo estás, y en qué trabajas, y cuándo vuelves a Perú, la familia, ayyyyyy, la lucha por un mundo mejor.

Quién diría…

Afortunadamente, no todos están completamente llenos, hay personas que aún son capaces de equivocarse y saben escuchar. Además, andan siempre tan ocupadas en sobrevivir que no reparan en las diferencias.

Pero empecé hablando de la Haidar, ¿verdad? Es que uno de mis compañeros de piso es marroquí. Viene de un pueblo pequeño, por lo visto, sus padres se dedican a la agricultura. Es un chico bastante centrado, trabaja más que nadie en esa casa y tiene papeles en regla.

Comentamos hace pocos días el caso de la saharaui en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote (Islas Canarias). Para él, la solución era clara: “Esa mujer tiene casa y familia en España. Pues que se vaya a su casa, contrate a un abogado y a esperar, como todos”. Le expliqué que la policía marroquí le había requisado el pasaporte y que, a efectos legales, ella no podía salir del aeropuerto en ninguna circunstancia.

“¡Entonces que pida asilo!”, sugirió al aire. “¡Además, ya ha conseguido el apoyo de la gente y el gobierno español le ha ofrecido una especie de salvoconducto para que se movilice por el país, así que eso, que se vaya a su casa, contrate un abogado y a esperar, como todos!” (Sí, insistía).

“Ya, pero es que con su protesta no sólo está buscando una solución a su problema personal, sino también llamar la atención del mundo sobre la opresión que ejerce tu rey a la población saharaui”, contesté.

Sonrió. “No es mi rey”, dijo, “y no entiendo por qué Aminetu hace eso”.

Cambié el tema. Pobre moro, ya tiene bastante con trabajar 12 horas al día y vivir en el piso de los bolivianos en plena ola de frío polar (es que ni de broma ponen la calefacción, los condenados, sino que prefieren andar por la casa vestidos de esquimales… ¡Que les den!), como para que la señorita “oenegera” llegue a marearlo con cuestiones de empatía internacional.

lunes, enero 04, 2010

Aspirina

Hace un rato conversé con alguien que estaba a punto de proponerme gestionar un contrato de trabajo para obtener papeles. Su argumento fue bueno, dijo aquello que yo una vez me dije: “Quiero conseguir permiso de trabajo y legalidad suficiente para regresar a casa si así lo deseo y no simplemente porque no me puedo quedar aquí”.

Le escuché en silencio y suspiré. He notado que me hace daño hablar de este tema. Lo único que atiné a decir (y creo que fui sincera): “Hace un año yo estaba entusiasmada y esta propuesta tuya me habría hecho saltar de alegría. Pero han pasado cosas, colega… Han pasado cosas”.

Lo cierto es que no puedo vivir de papeles. Quiero dinero. O, mejor dicho, un trabajo que me dé dinero. Ya estoy mayor y no puedo vivir del aire. Ya estoy cansada de “colaborar” y “aprender”, con una sonrisa de humildad. Ya no quiero… Necesito un trabajo remunerado, no sólo documentos. Ya podrían ofrecerme matrimonio para obtener ciudadanía, pero un matrimonio-trámite no me va a dar de comer, ni pagará mis deudas y aficiones. Además, tengo la ilusión de hacer cosas para las que estoy capacitada, no sólo sobrevivir con buen humor, mientras mi invaluable red de apoyo sigue dándome la mano.

Y resulta que en Perú no tengo prohibido trabajar y contratarme no implica firmar un pacto de sangre con el jefe de turno ("gratitud", ya sabes, no cualquiera hace estas cosas por extranjeros).

Llevo ya un tiempo sintiéndome seca, entristecida y mala.

Hace unos días ironizaba en un post sobre mis motivos de “odio hacia los europeos”. Un alma sensible, decente y con poca capacidad para entender el doble sentido, me dijo aquello que suelen decir las almas sensibles y decentes cuando ven algún amago de injusticia en la opinión: “No generalices”. Lo que me sabe mal de esta sugerencia es que sólo se oye cuando se trata de una “generalización de características negativas” y yo he aprendido en esta última década que tampoco lo bueno se puede/debe generalizar.

En todo caso, en ese post mencioné precisamente lo bueno, lo que me ha hecho amar a algunas personas de este lugar, lo que me está costando dejar

En una de las múltiples cenas culpables de mi reciente engorde, allá en Munich, un amigo de Alice, mi anfitriona, me preguntó justamente por la opinión general que me llevaba de los habitantes del Viejo Continente. Le respondí que era imposible contestar a esa pregunta, pues mis referentes próximos eran, por lo general, “positivos”. “A ver, explícame qué clase de idea voy a tener de los alemanes, si mi alemana más cercana es ésta que tengo al lado” y todos estuvimos de acuerdo en que Alice no es un ejemplo “ortodoxo”, pues, entre otras cosas, consigue que la expresión “Ich liebe dich” suene realmente dulce y amorosa cuando ella la dice, proeza imposible para el promedio germano, etcétera (ay, estos intelectuales misántropos).

Lo cierto es que nunca he creído tener una idea general de las personas de ninguna sociedad, sin embargo, sí que es posible determinar características comunes, sean pautas de comportamiento, sean principios legislativos civiles. Yo no creo que todos los españoles rechacen a los extranjeros, pero sí puedo afirmar, con conocimiento de causa, que el sistema administrativo nos complica demasiado la vida (por decirlo suave).

De todos modos he de admitir que no vine aquí con intención de quedarme y ya es hora de ir justificando lo invertido. Pero sé que estos rompederos de cabeza seguirán un rato más (ya sabes, el pelirrojo y otros asuntos, aunque no sería la primera vez).

viernes, enero 01, 2010

1 de enero de 2010

Nací y crecí en el lado donde las personas aprendemos, desde pequeñitas, que no es posible tener todo lo que uno quiere, porque no hay suficiente dinero y debemos establecer prioridades. Por eso no me llamó la atención cuando el hombre del bar de la esquina me dijo que tenía pocas oportunidades de ir a conciertos en Bilbao, pese a que le encanta la música. Para compensar, se ha montado una colección bastante completa de rock internacional, en audio y vídeo.

El otro día pasé por allí, rumbo a casa. Era una noche bastante fría y no se me antojaba la cerveza-cena de toda la vida, pero oí un agradable "estruendo" de guitarras eléctricas y, sin pensar, entré. Él, notablemente contento, me dijo: "Qué bueno que hayas venido! Mira el concierto que hemos conseguido!"...

Es éste uno de los españoles más sencillos que he conocido en un barrio habitado por gente llana y trabajadora, sin mayor empeño en hacerse notar. Es la clase media obrera, esa "sociedad anónima" de personas que, sin ruido, mantienen activas las economías de sus países. Nunca tienen suficiente dinero para ir por ahí de alternativos, pero son la columna vertebral de cualquier sociedad y la carne de cañón de toda revolución. Es la gente despreciada por intelectuales de izquierdas y derechas, debido a su "aburguesamiento" y/o "mediocridad", que, sin embargo, sufre siempre los primeros embates de toda crisis. Son quienes reciben las balas.

...

Estoy imaginándome en mi habitación-taller, un fin de semana tranquilo, luego de comer algo caliente, abrazada a mi chico bajo el edredón, diciéndonos mutuamente que todo va a estar bien...