jueves, septiembre 23, 2010

T


Me he quedado prendada a primera vista. Es hermoso. Tiene 16 y podría decirse que es un hombre, si no fuera por esa dulce tontería adolescente que aún salpica de inocencia su ya maltratada vida.

Al despedirnos, hace cuatro años, ambos sabíamos que sería difícil volver a vernos. Era un niño, me llegaba al pecho, por eso le pude abrazar y tomar el pelo tantas veces como se me antojó. Ahora tiene la estatura de un europeo flamenco estándar y mucha vitalidad, pese a haber sobrevivido a la desnutrición infantil. Curiosas derivaciones raciales peruanas.

No he podido dejar de pensar en él las últimas horas. Recuerdo haber seguido con especial atención cada una de sus acciones: los juegos con su sobrina pequeña, la carretilla presta a trasladar objetos pesados a cambio de una propina, los polos estampados con plantilla, de cuidadoso acabado. Mira al vacío cuando le pregunto por el futuro y sus propias posibilidades, va en cuarto de secundaria y quiere dejar el colegio, ponerse a trabajar.

Sus hermanas hicieron lo mismo, sobreviven como empleadas domésticas, con una tercera parte del sueldo mínimo vital. Después de todo, ya se les hace “un favor” al contratarlas.

Entiendo que esta situación deviene, en parte, de la desidia de sus padres. Sin embargo, cada caso merece ser considerado en contexto y es importante señalar que la desidia no es tal si se ha dado de manera inconsciente. Costumbres diferentes, desface. T, su madre y sus hermanas fueron criados como agricultores sin tierra, en la calle principal de un pueblo que se esfuerza por ser ciudad. Tienen a su alrededor restaurantes, empresas de transporte, negocios varios. La ley de oferta y demanda ha mellado la ancestral solidaridad campesina, no existe más la minga, sino el contrato por servicios y, por desgracia, también la servidumbre.

He notado cómo la gente que ocupa mejores casas y alardea de más civilizadas costumbres, miraba con sorpresa a esa extraña visitante que ha pasado unas cuantas tardes sentada en la acera frente a la casita sucia, sobre una jerga colorida. He sentido dolor ante el trato condescendiente que las personas “decentes” dedican a los pobres, aquella exclusión social disfrazada de pequeñas acciones misericordiosas, te doy trabajitos a cambio de la miseria que yo no aceptaría, te brindo consejos abstractos pero no pregunto por tus penas concretas, te saludo amablemente mas no permitiría que de ti se enamoren mis hijos o hijas.

T y sus hermanas no pueden viajar a Piura, salvo que algún pariente con mejor suerte les lleve de recogidos, para obligarlos a trabajar a cambio de cama y comida. T y sus hermanas no conseguirán ahorrar dinero y mejorar su calidad de vida si sólo ejercen labores no cualificadas. Ni siquiera podrán enamorarse de quien quieran, sino que, les guste o no, deberán conformarse con quien "les haga caso". Tengamos en cuenta que la mayor fue mamá soltera a los 15, de allí mi ahijada. Es poco probable que quien “les haga caso” traiga buenas intenciones. Hacer caso no es querer.

Para colmo, son físicamente bellos. Eso los hace más codiciables, empeora su vulnerabilidad.

He dicho a T que el apoyo externo no tendrá ningún valor si internamente, en el núcleo de la familia, no hay una ruptura dentro del círculo de pobreza en el que han estado viviendo. Los hombres mayores (abuelo, hermano y padre) han muerto ya. Un campesino sin tierra y establecido en un entorno semi-urbano se encuentra aún más expuesto a la discriminación. Es necesario aprender técnicas, conseguir algún tipo de especialización, gestionar el propio incremento de capacidades para poder, a mediano plazo, poseer recursos y escoger.

Hay algunas oportunidades a la vista, pero a veces las personas olvidan cómo aprovecharlas. Espero que no sea el caso...

1 comentario:

Ernesto dijo...

Buen punto... ruptura del circulo de pobreza, ahi esta la clave, la intencion y vocación de salir de eso y sobre todo el ser consciente de que eso es posible, mas alla de las actitudes condescendientes.