lunes, junio 07, 2010

Cuatro de la mañana

No tengo sueño. Me he preguntado si debido a los acontecimientos de las últimas semanas o porque anoche dormí demasiado. Tal vez se trate de una combinación de ambos motivos, pero he pasado de seguir dando vueltas en la cama y a la cabeza, de modo que aquí me tienes, frente a la computadora, rebuscando música e intentado ser menos dura conmigo misma, que es lo que hago cuando no tengo nada más que hacer.

Ante la casi inminente partida, me pregunto: ¿Qué será del Pelirrojo? Va a estar bien, eso seguro, pero sin mí. Por un lado, mejor, volverá a su estatus quo y tendrá más tiempo para sí mismo. Pero sé que me va a echar de menos (y yo a él, por supuesto). No temo, sin embargo, por mi destino o por mi soledad, tanto como por la suya, y la razón es lógica: será él quien se quede rodeado de recuerdos. Yo me voy a un lugar desconocido, pero a buen recaudo. Como sobreviví aquí, sobreviviré allá (e incluso mejor, pues tendré un trabajo y un salario-beca).

He conocido a más personas estos 32 meses, gente excelente, pero creo que nunca llegué a formar parte tan íntima de sus vidas. El Pelirrojo, en cambio, ha sido mi pareja, mi compañero de viaje, mi más entrañable amigo. Aquí da igual si estoy enamorada o no, si se me romperá el corazón por enésima vez con la partida o si “a estas alturas de mi vida debería procurar mayor estabilidad”. Me interesa saber, visualizar, prever que él no va a estar solo, que alguien podrá apreciar ese corazón tan lleno de dulzura, que alguna buena chica tendrá la suerte de mirar más allá de su actitud cínica y su mala leche, así como yo, alguna vez.

No entiendo bien qué está pasando conmigo, pero creo que es bonito querer así. Se llora mucho (en buena parte porque soy llorona), pero no hay desgarro. Será la experiencia transfigurada en sentimientos, digo yo.

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