miércoles, diciembre 30, 2009

La gente piensa

Algo está pasando en el Sur: aquellos que nunca tuvieron acceso a las páginas impresas -salvo como "modelos" en libros de antropología- han empezado a llenar centrales, arrebatar titulares, desacreditar ministros y ocupar sillones presidenciales. ¿Es eso bueno? ¿Es eso malo? Ni uno, ni otro. Se trata de un proceso histórico-evolutivo normal, una fase más del andar humano en el mundo. Pero cómo duele, oh, sí, señor, cómo duele a quienes ven reducida su influencia y su poder. Es que, por supuesto, cualquier proceso de empoderamiento, en un mundo de ideas que valen por su concreción física, implica el "desempoderamiento" de los que ostentaban aquella rancia y aristocrática capacidad absoluta de (y aquí puede ser: gobernar, administrar, juzgar, matar).

El principal problema, y ésta es sólo una humilde opinión, es que la historia ha venido siendo escrita desde una perspectiva occidental, de raíces greco-romanas. Se cree, por tanto, que todo proceso de desarrollo debe tener como base el "buen vivir", entendido como el establecimiento de familias nucleares (y sólo nucleares) en cómodas casas urbanas, fortalecido por una educación sin perspectiva local (E, de elefante, J, de jirafa), basada en conocimientos acumulados tras siglos de investigación y exterminio de especies "inferiores". No olvidemos, claro, construir el centro de salud más cercano, salvoconducto de todo gobierno que busca ganarse el favor popular sin complicarse la vida. ¿Para qué instaurar la semilla del saber? ¿Por qué implementar costosos proyectos de desarrollo, si las personas quieren ver resultados inmediatos para las elecciones del próximo año?

Durante mucho tiempo, tal vez desde que dejamos de ser colonias, hemos sido "atendidos" por nuestros gobernantes con una actitud ambigua de "buena voluntad", sumada a una suerte de "decencia cristiana". Mientras tanto, importantes familias han seguido enriqueciéndose y, aún hoy, debemos soportar a cultísimas figuras públicas que, por televisión, piden respeto a su color de piel, apellido y nivel académico. Ellos llevan la "razón histórica". Los que pensamos diferente, a jodernos.

Ese punto de vista discriminatorio y malicioso, esa tendencia a diferenciar entre "artistas" y "artesanos", entre "cultura" y "folclor", a no medir y medirnos con la misma vara, pese a la procedencia nacional o racial (gran excepción el Inca Garcilazo de la Vega, aunque por decenios fuera presentado a la intelectualidad española con rasgos acriollados). Ese peso máximo aplicado a lo occidental, esa admiración ciega por lo "blanco", eso, eso es lo que ahora nos hace recelar de los levantamientos campesinos contra alternativas de desarrollo neoliberales, nos induce a llamarles "ignorantes", a acusarles de "terrorismo", de "narcotráfico", de todo lo malo (o feo) que se nos ocurra, porque estamos enfermos de prejuicios, porque tenemos miedo a nuestro propio pueblo, porque siempre es más fácil mantener el status quo, la sensación de crecimiento económico indiscriminado, en lugar de guardar silencio un momento y escuchar...



La Vieja Europa es famosa por sus excentricidades, por sus abusos y supersticiones, aunque ha presentado estos elementos al mundo envueltos en pan de oro, protegidos por la intangibilidad de la tradición. ¿Por qué no brindar el mismo reconocimiento a otras culturas?

...

Discutí hace un par de semanas con un colega de Piura, periodista él, acerca del último incidente relacionado con la resistencia popular a la explotación minera de la empresa Monterrico Metals. Me comentó, un tanto escandalizado, que los miembros de la Ronda Campesina habían instalado retenes de control de tráfico en diferentes áreas de la zona en conflicto, lo cual le resultaba ilegal, y que habían disparado a la policía con fusiles AKM (al parecer, el único tipo de armas militares al que suele tener acceso la población civil, por su repetida mención en los periódicos). "Eso es terrorismo", me dijo sin dudar y yo, tratando de mantener la compostura retórica (en honor a la amistad), respondí: "No, querido, eso no es terrorismo y ten mucho cuidado con escribir esas impresiones en tus reportajes. El terrorismo implica un uso sistemático del terror: asesinatos, secuestros, explosivos... Además, no estamos hablando de una organización ideológica, ni de un adoctrinamiento. ¿Somos tan soberbios como para no admitir que incluso las personas a quienes siempre hemos mirado por sobre el hombro y creído incapaces de 'razonar', pueden de pronto formular un argumento irrefutable y luchar? Dime..."

Sí, la verdad es que, muchas veces, somos así de soberbios (y ruidosos, y prepotentes, etcétera). Le pedí a mi colega una investigación semántica y otra jurídica, qué menos. Todas esas muertes y agresiones (y he dicho todas), merecen respeto y justicia. Lo que aún no consigo entender es la falta de sensibilidad y empatía de tantos compatriotas y autoridades: el sólo hecho de que comunidades enteras, acalladas durante décadas por la pobreza y el constante riesgo de discriminación, se organicen y levanten, ¿no debería llenarnos de alegría? ¿No es un paso importante en el desarrollo de nuestra democracia y una verdadera identidad nacional pluricultural?

Ay, los seres humanos son criaturas muy extrañas...

Little Junio goes to Prague (1)


Absinthe testing!

Hey, I said just test...

Oh, forget it!
You're a "poet", guy...

Confianza....

Para empezar, no tienen idea de lo que es protección de la propiedad. Te dejan por ahí a tus anchas, no te piden cantidad de documentos, como lo haría un buen empleado en Perú, ni te preguntan por tu nacionalidad, cuando creen que eres diferente al promedio.

Luego, hacen cosas estúpidas como dejarte vivir en sus casas mientras ellos están de vacaciones, o te pagan por llevarte a pasear a sus hijos y te invitan a comer en la mesa del patrón aunque seas la "chica de los recados domésticos".

Para mayor escándalo, en la biblioteca sólo te piden el DNI a fin de saber quién eres, pero no se lo quedan hasta que sales del edificio. Es decir, ya te puedes llevar todos los documentos que se te ocurran, ni siquiera se van a enterar.

¿Otra cosa por la que no me gustan los europeos? Esa confianza idiota en los bares (sobre todo en Bilbao) de no cobrarte nada por adelantado. Tú pides vino, cerveza, coges todos los pintxos que puedas imaginar, y los encargados te preguntaran A TI cuánto consumiste. ¿Te parece posible tal nivel de imprudencia? No, si yo alucino...

Lo que es peor, ya no en España (vale, País Vasco), sino más al norte: cuando entras al tranvía, o al metro, puedes hacerlo directamente, y a cualquier vagón. Nadie, PERO NADIE controlará si has picado tu ticket en alguna tonta máquina or something like this.

Lo más jodido, el motivo por el cual metería a todos los europeos en una cámara de gas: Hace dos días envié a mi madre, a través de WESTERN UNION, una humilde cantidad de euros desde Praga. Como esta gente del Este no tiene idea alguna sobre los "last-names" compuestos, pusieron los apellidos de mi progenitora como se les dio la gana y ahora la buena mujer no puede cobrar. Esta mañana permanecí DOS HORAS en una oficina de Pilsen (Republica Checa) tratando de arreglar el entuerto, y los amables eslavos no entendían una cuestión MUY BASICA: "Si tu eres la dueña de la plata, te conocen y tu madre tiene el código, ¿por qué no le entregan el dinero?"

Buena pregunta...

Pero no, no es ese mi real motivo de odio hacia los europeos, sino que tienen una extraña tendencia a engordarme... Es decir, no se dan cuenta de que creen, arbitrariamente, que siempre tengo ganas de comer los mejores platos de su ciudad y que tienen derecho a mantenerme a punta de delicias. ¿Qué les pasa? ¿No piensan en que una quiere estar delgada para el novio? Son unos desadaptados, no se enteran...

Ya para poner la guinda, que alguno te financie la mitad del pasaje a Munich. No, si son gente rara, no deberían existir, al carajo con ellos...

Puf...

A la próxima persona que me pregunte por qué me gusta estar aquí...

P.D: Me refiero solamente a mis amigas, amigos, y mis mejores experiencias en general (por si acaso)...

lunes, diciembre 21, 2009

de viaje

Hoy he iniciado un viaje dentro de un viaje más largo. En realidad, empezó ayer, cuando cogí el bus Bilbao-Madrid. Pero ayer fue día de despedidas, besos dulces, abrazos cálidos, los mejores deseos con un nudo en la garganta, que empiezan cada historia (porque cada historia, nos guste o no, empieza con una despedida).
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Anoche nevó. Afortunadamente, Madrid es seco. En Bilbao sería imposible no tiritar con el abrigo sobre la camiseta, sin chompa de lana enmedio. Aquí, aunque la temperatura es más baja, me siento a gusto. Ni siquiera el catarro se ha dado por aludido.
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Tal vez vaya al cine dentro de un rato, pausa merecida en el listado de asuntos por resolver, antes de tomar un avión, mañana. No he olvidado el pasaporte, a los "no comunitarios" no nos basta el DNI de extranjeros.
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Qué ganas de estar sola tengo hoy. Entiendo el motivo: cuando se avecina un vuelo, un traslado, un pequeño (o gran) cambio en el estado habitual, necesito concentrar mi atención en todos los detalles. Demando, por tanto, soledad. Pienso un poco y reconozco que sólo admito la presencia de mi madre o algún apreciado amante, si lo hubiera, pues en tales situaciones, la necesidad de alargar los minutos y matizar los futuros recuerdos le ganan a cualquier practicidad y/o misantropía.
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Debo comprar un medicamento que corte los síntomas de la gripe, no quiero tener problemas con los bávaros apenas aterrizar.
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También una tarjeta de llamadas internacionales, ya sabes, para hablar con la familia en navidad y cosas de esas.
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Fui al cine.

jueves, diciembre 17, 2009

Ay, esos bolis...


El asunto es el siguiente: estoy a punto de permitirme generar un oscuro prejuicio contra los bolivianos, a partir de una serie de juicios reales a los que he llegado en estos meses de convivencia con una pareja de cruceños.

No son mala gente, pero viven sobreviviendo en la ilegalidad y eso implica reducir al mínimo los servicios de habitación, por el máximo costo razonable.

La situación no es infrahumana, por cierto. Digamos que no vivo en un “piso-patera” y el lugar es bonito. Sin embargo, luego de haber compartido casa con españoles, manteniendo siempre relaciones democráticas y responsabilidades horizontales (pese a un par de neuróticas, para matizar), me vine a meter en una especie de “pensión universitaria”, donde los patrones son dueños del salón, la tele, y todos los servicios del lugar.

Es un negocio bastante usual: ellos consiguen un piso de tres habitaciones, por un precio “razonable” (dicen que 800 euros al mes, a saber) y subarriendan a dos o tres inquilinos, por 250 ó 300 euros cada habitación. Algunos llegan a meter hasta 10 personas y, aún así, el costo suele ser desorbitado. Afortunadamente, éste no es el caso.

Entonces bien, el moro, el joyero y yo pagamos, en total, 600 euros, con lo cual, los “dueños” cubren sólo el 25%, más los servicios.

Ahora, la “letra pequeña” del contrato:
  • El teléfono fijo es sólo del matrimonio.
  • El salón es territorio del matrimonio. Si quieren, pueden encerrarse días enteros. A veces “invitan” a pasar a los demás, pero se reservan el derecho a echarnos si, por ejemplo, quieren hablar por teléfono.
  • Tienen servicio de cable, teléfono e Internet, sin embargo, sólo encienden el WiFi cuando ellos quieren ver televisión. Los de la ONGD me dejaron un portátil tres fines de semana, para avanzar con mis diseños, y la doña me aclaró que “la habitación no se alquila con Internet”, que “el router gasta corriente y el ordenador también”. He de mencionar que ellos no tienen computadora.
  • No encienden la calefacción, porque dispara el precio de la luz. Recomiendan que “hay que abrigarse bien”.
  • Las habitaciones no vienen con sábanas, ni frazadas.
  • Pese a que los inquilinos “no debemos asumir el lugar como un piso compartido”, sí se nos exige apechugar y responder por las subidas de la cuota de la comunidad y los servicios.
Por cierto, no hay contrato, pues los dueños están aspirando a recibir ayudas sociales y no pueden registrar a otras personas en la vivienda que ocupan. Eso nos deja a los demás sin empadronamiento, por tanto, sin posibilidad de acceder a diversos servicios públicos a los que tenemos derecho por el sólo hecho de estar dejando el pellejo aquí.

Vamos a aclararnos un poco: la situación de los extranjeros no está para mezquindades y oportunismos, sino más bien debería animarnos a fortalecer lazos de solidaridad. El trato con los señores del piso no es malo, pero sí inestable, adaptable a sus intereses y conveniencias, según la necesidad. Y yo estoy un poco harta del discurso de “colaboración recíproca”, que no es sino un intercambio de favores, una especie de “te ayudo para que me ayudes”, “te sostengo y retengo con regalías, para que sigas pagándome puntualmente, mes a mes, pero no reconozco tus derechos más básicos”…

Se quejan de pobres y por sus manos circula mucho más dinero del que yo puedo haber tenido desde que llegué a Bilbao. Encargan joyas de 200 euros, compran mercadería, envían remesas de 400 euros a Bolivia, y no precisamente para mantener a la mamá enferma…

Como no es una “opresión sistemática”, puedo pasar los días con buen humor (y encender mi radiador de luz alógena 20 minutos cada dos noches, sin que se enteren, o tendré la culpa de la muerte de Jesucristo, joder). Pero he decidido, entre otras cosas, no hacer limpieza a profundidad de las zonas compartidas, sino sólo lo que ensucio… ¿O acaso en las pensiones universitarias la gente se pone de acuerdo para asear el baño común los fines de semana? ¿No se hace cargo de eso la casera? Pues lo mismo.
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Mientras no nos muramos de frío, todo estará bien (y ya queda poco).

El otro día le dije al joyero, también cruceño, que “nunca más en mi vida me metería a vivir con bolivianos”. Él, con paciencia y tolerancia, como corresponde a un buen cohabitante, observó que “no todos los bolivianos somos iguales, Angelita”, a lo que yo repuse: “¡Pero si así son ustedes, los de Santa Cruz, que se jactan de ser lo más elevado de su país, cómo serán los demás!”. Reímos.
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Buen tipo, el joyero, muy vivido. Es agradable conversar con él, salvo cuando se pone "clasista" y, al igual que el matrimonio, empieza a despotricar de “los collas”, esa “indiada ignorante” que ha reelegido como presidente al “indio bruto ese, que ni secundaria tiene”…

Homo homini lupus est
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Acotación necesaria:

Desde que llegué aquí sólo he tenido trato con una señora de los alrededores de La Paz, en el altiplano boliviano. Indígena quechua y portadora del mal de Chagas. Trabajadora. Asumió la noticia de su enfermedad con mucha tranquilidad (estábamos juntas en Médicos del Mundo) y su preocupación inmediata fue si acaso sus hijos tendrían lo mismo.

Hay gente para todo…

jueves, diciembre 10, 2009

Avatares...

Acabo de ver este trailer de una nueva película de James Cameron, Avatar. Seguramente será taquillera:


Official Avatar Movie

Pese a que el arte y el comercio no tienen fronteras (y este tipo de películas suelen ser una mezcla no siempre bien balanceada de ambos), me sabe un poco mal que Estados Unidos esté invirtiendo y promocionando filmes que atacan sus intereses económicos (y los del “mundo desarrollado”), tocando de manera directa los conflictos sociales generados por la sobreexplotación de recursos naturales, la expropiación de tierras y el exterminio étnico.

¿Qué pasa con el mundo? ¿Se ha declarado un jubileo internacional con perdón para todo el que se comporte de manera políticamente correcta? ¿Se querrán resarcir de lo que hicieron con los pieles rojas, y siguen haciendo con otras poblaciones a través de grandes empresas?

Actualmente, en nuestro planeta y fuera de cualquier ficción, comunidades indígenas vienen luchando desde hace muchos años por sus tierras. No son ni estilizados, ni azules, ni alienígenas, sino seres humanos de sangre roja, a quienes nadie dedica películas y más bien desprecian piadosamente con el mantra aquél de “son gente ignorante, manipulada por”…

Campesinos torturados en el año 2005 por las fuerzas de seguridad de la empresa minera Río Blanco Cooper, en la sierra de Piura (Perú).
La lista es muy larga. Se trata de hechos que no deben quedar soslayados por la superficialidad mediática. No es un juego.

martes, diciembre 08, 2009

Sumas y restas

El otro día un profesor del master nos preguntó si estábamos a gusto aquí. El colombiano respondió que sí, muy a gusto. Lleva poco más de un año en Bilbao y está por terminar su período de prácticas. Yo hice dos años hace pocos días. No contesté, sólo sonreí y me encogí de hombros. El buen hombre infirió, sin ser un genio, claro, que no estaba contenta. Entonces, agregó: “Pero aquí sigues, maja”. Es verdad, aquí sigo…

Permítaseme convertir un simple diálogo retórico en matemáticas:

1. Llegué en noviembre de 2007, para hacer un master, sin ningún tipo de beca, totalmente endeudada, pero aún ilusionada por haber conseguido vencer una serie de obstáculos, etcétera. Eso sí, a trabajar durante las mañanas, como buena clasemediavenidamenos, ¡que aquí nadie es hija de gamonales latinoamericanos, por dios!

2. En mayo de 2008 me comunicaron que mi destino de prácticas sería El Salvador. No tardé mucho en descubrir que:
f
  • Una sudamericana necesita visado para entrar en Centroamérica.
  • El trámite tardaría alrededor de 3 meses.
  • El centro de estudios donde hice el master me daría todo el apoyo moral del mundo, nada más.
  • No tenía dinero ni tiempo para perderlo en más papeleos (no volveré a contar la triste historia de la seguridad social para estudiantes).

3. Decidí irme a Perú a hacer las prácticas y, por ganas de no sentirme tan frustrada con eso de no tener libre tránsito en mi propio continente, y con intención ilusa de volver a ver a un chico con quien, por entonces, tuve un amago de romance, planifiqué las cosas de la siguiente manera: me voy 3 meses de prácticas a Perú y luego termino el proceso en Pamplona, de modo que tendré tiempo de buscarme un trabajito que me permita ir haciéndome de un ahorro y pagar deudas.

Digamos que este punto 3 es el único del cual tengo total culpa y, lo admito, fue una soberana estupidez.

4. Ya en Perú, fue difícil evitar la tentación de volver a entrar a Europa, pues tenía permiso de ingreso y pasaje (cortesía, eso sí, de una beca). En ese momento me sentí como se hubiese sentido cualquier personita común y corriente de un país del Sur, ante la posibilidad de buscar fortuna en el “primer mundo” (traducible a "hacer un doctorado"). Fui así de básica, así de ciega y así de impresionable. Y es que, a fin de cuentas, ¿qué soy si no una personita común y corriente de un país del Sur?

5. Al volver debí terminar mis prácticas, no remuneradas. Afortunadamente, unos buenos amigos de Pamplona me adoptaron durante 3 meses y mis colegas de la oficina encontraron el modo de compensarme de a poquitos mi esfuerzo y atención. Ya por entonces, mi cuenta bancaria estaba totalmente vacía y vivía de convites, como corresponde a una mujer independiente de 28 años, con estudios superiores, perdida por el mundo.

6. En Bilbao, a partir de enero de 2009, empecé a trabajar en una empresa pequeña. Debí hacer cosas para las que no estaba preparada: secretaría y administración de la oficina, más algunas labores de Marketing. Rechacé el Marketing como opción laboral por principios, allá en mis años universitarios. Y no tengo vocación de secretaria, lo lamento, soy una inútil para eso, demasiado compromiso, prefiero limpiar culitos.

Me fue mal allí. Por una serie de cuestiones personales, comprendí que no era un lugar apropiado para mí, pero traté de disuadirme y darme ánimos. Sin embargo, sucedió que:

  • Los primeros días de junio sufrí una crisis de ansiedad suficientemente fuerte como para tumbarme en la cama. Me pasé el día llorando, ahogándome en taquicardias y miedo, hasta que mi red de apoyo decidió llevarme a Madrid. Hecho. Pasé ahí una semana y volví decidida a dejar mi trabajo (y, con él, Bilbao).
  • Desde Madrid contacté con mis colegas de Pamplona, quienes en cuestión de días me ofrecieron un trabajo, bajo las siguientes condiciones: “Hacerte cargo de temas de proyectos y comunicación, jornada completa y, ya lo sentimos, pero no podemos ofrecerte más de 1200 euros netos”.

Había estado ganado menos de la mitad, con disponibilidad casi exclusiva...

7. Segundo craso error: me quedé en Bilbao, por un aumento de sueldo (siempre menos que en Pamplona) y ganas de terminar lo empezado… Tardé sesenta días más en largarme definitivamente, sin finiquito ni reconocimiento alguno. El sólo hecho de irme me convirtió en blanco de críticas, acusaciones e insultos.

De todos modos, me gusta haberme atrevido a romper una relación que me hacía daño… Pero claro, me quedé sin trabajo y con ahorros que me sostuvieron los meses de setiembre y octubre, más algunos ingresitos (150 euros o así) por diseñar carteles. Sí.

8. A diciembre de 2009, tengo 0,53 euros en mi cuenta bancaria usual, 300 en una a plazo fijo (que ya estoy por asaltar) y 100 euros en mi mesa de noche: 50 que me han sobrado de un pago y 50 que me dejó el pelirrojo, por si las moscas. Debo agregar que él, Ernesto y mis padres adoptivos de Pamplona me han ayudado a pagar habitación, comida y metro los meses de octubre y noviembre, y mencionar a mis amigos de la ONGD de Santutxu, por su compañía, apoyo, almuerzos comunitarios y vicios varios.

Así las cosas.

En este preciso momento me encuentro a la espera de un par de pagos más, grandes, por el diseño de una revista. Si todo sale bien, también haré algo en enero y entonces podré comprarme el billete de regreso a casa (mi permiso de residencia vence en febrero). Para entonces me darán el título de “Master universitaria en alguna cosa de esas modernas”, o sea que el ciclo quedará cerrado por completo. Me vine a hacer un postgrado, regreso con el cartón…

Entenderán entonces que no era fácil responder a mi profesor, pues la simple y única frase que se me ocurrió antes de decidir encogerme de hombros, no habría valido toda esta historia: “Sí, aquí sigo, porque he hecho malas gestiones y no tengo un duro para volver”.

Y agregaría en silencio: “Además, hay personas de las que aún no me quiero despedir, porque sé cuánto las voy a extrañar”…

viernes, diciembre 04, 2009

Charla en Bilbao

Tal parece que Lucía se está consolidando como “la chica de los carteles”. De algo hay que vivir, ¿no?

En todo caso, me gustaría invitar a todas las personas interesadas en temas internacionales y Derechos Humanos a esta charla, organizada y dirigida por colombianos implicados en luchas sociales contra la impunidad del actual gobierno de su país, y algunos refugiados.

Es sobrecogedor el modo en que las víctimas, hijos e hijas de víctimas y demás protagonistas de constantes violaciones a los derechos fundamentales, relatan estos hechos y, lo más importante, siguen en pie. Recomendable acercarse a esta realidad sin un televisor de por medio:
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jueves, diciembre 03, 2009

Acerca de mujeres prepotentes y hombres con síndrome premenstrual

Mi intolerancia a la “espontaneidad” se está haciendo crónica. Cosas claras, por favor. Pero claras de verdad, es decir, no sólo dichas a la cara, así, a lo bestia, sino previamente analizadas. Momentos malos los tenemos todos (y todas), pero hacer de la susceptibilidad una característica inherente de la personalidad, no es sano. Ni sano, ni respetable.

Soy una llorona incontenible. Y B hace mucho ruido cuando come. Y C no es persona hasta el café de las 10 a eme. Y D, a sus treinta y pocos, no puede quedarse quieta en un solo lugar, sigue buscando “su sitio”. Pero puedo confiar en B, C y D porque sé que practican un afecto estable, y que, si se enfadan por alguna acción u omisión, ya se les pasará. No van por la vida exigiendo pruebas épicas de amistad.

Hace un par de años, antes de venir a Bilbao, peleé con un buen amigo. Buena gente, pero sensible hasta los testículos y, cual nene malcriado, un día decidió “no hablarme nunca más en la vida” porque no pude quedar con él y su novio apenas volví de Cuzco. Exceso de compromisos, creo que alegué. Y cierto fue, claro, pero olvidé un detalle importante: la administración de su tiempo, las cosas que, para verme, había dejado de hacer. En fin, organización interna.

Así, odiándome desde el fondo de su corazón, me envió un par de e-mails purgantes de esos donde se dice todo lo que nos tiene traumatizados desde la primera infancia, en plan “me he dado cuenta de la clase de persona que eres”, “después de todo lo que he hecho por ti”, etcétera.

Por fortuna, su novio de entonces no acató la postura de su ofendida pareja y pasó una tarde de compras conmigo…

¿Qué hacer? El proceso siempre es el mismo, aunque el tiempo de cada etapa (y su calado) disminuyen conforme se gana experiencia:

Primero: el “shock”. En definitiva, uno nunca espera un mensaje cargado de insultos, acusaciones, juicios y cobro de favores, mucho menos de una persona querida. Ahora bien, tampoco me voy a hacer la inocente: yo sabía que lo había plantado y le ofrecí disculpas sin dramatismo (esta manía de algunas personas de confundir sequedad con soberbia, carajo) y me esperaba un reclamo justo, mas no cantidad de adjetivos intolerables, comprensibles sólo cuando hay cariño (y paciencia, paciencia).

Segundo: la rabia. ¿Quién se cree este huevón para decirme tales cosas? Es evidente que, ante una agresión, nos defenderemos casi instintivamente y con pleno derecho, sobre todo si no tenemos la voluntad sometida o padecemos de una dudosamente digna humildad (mansedad, creo que le llaman).

Tercero: el complejo de culpa. Pasado el shock y la ira, una empieza a preguntarse si acaso no ha hecho algo realmente malo, demoníaco, que la ha convertido en merecedora universal de todas las acusaciones formuladas por el amigo, que es amigo a fin de cuentas y algo de razón tendrá, ¿no? Empiezan repasos enfermizos e interminables de las acciones de los últimos días, a dónde fui, qué comí, qué pude comentar, con quién, para qué, a dónde va a llegar el mundo como está y la gallina de los huevos de carbón.

Este es el preciso momento en que socializamos el asunto con otros amigos, porque claro, ellos han de tener motivos para querernos y nos dirán si acaso hemos mutado realmente en una criatura monstruosa e insensible. El diálogo seguirá un orden ya determinado: se compartirá el suceso (indignación recíproca), se hablará de las cualidades de la receptora de los insultos y, por último y con calma, se empezarán a analizar los motivos por los cuales el emisor ofendido ha escrito lo escrito, considerando, por supuesto, cualquier situación personal agravante, del tipo: estaría en un mal momento, habrá tenido un día jodido en la oficina, le estará por venir la regla (a estas alturas, aplicable a machos y hembras), se le moriría la abuelita, qué sé yo.

El cuarto momento resulta crucial, pues es cuando decidimos lo que vamos a hacer. Aquí ya entra en juego la personalidad de cada quién. En mi caso, reluce una carta desfavorable: cuando alguien me ha insultado y me ha hecho daño, y no considero que los motivos sean coherentes con la magnitud de su reacción, me alejo, el orgullo puede conmigo.

You labeled me, I’ll label you (So I dub thee unforgiven…)

Cuando las personas nos “hacemos públicas”, cuando decimos lo que pensamos y sentimos, nos exponemos de manera irremediable al juicio y la valoración. Una acción siempre genera reacción y los seres humanos tendemos a opinar, aunque no nos hayan preguntado, sobre todo en sociedades donde lo más importante no es escuchar, sino hacerse oír.

El quinto momento no tiene lugar, ni palabras. Es la espera, es el tiempo que debe pasar para que las heridas se curen y las personas, si se quieren, se perdonen. Esa espera es necesaria y sana y, en la lejanía, ayuda a que cada parte implicada en el conflicto se tranquilice y valore con calma al “amigo perdido”. Creo que está permitido ponerse en todas las situaciones, buenas y malas, para valorar. Las relaciones fuertes no se diluyen a causa de un único conflicto, por más que éste haya hecho doler. Al menos, es así desde mi experiencia.

El amigo sincero no aprovechará la distancia para destrozar la imagen del otro, por ejemplo, ni utilizará las debilidades del colega, conocidas y reconocidas gracias a la cercanía y la confianza, para hacer daño. Si alguno de los individuos hace tal cosa ya no con dolor, sino con premeditación y alevosía, deberíamos agradecer al cielo todo lo ocurrido: siempre es bueno deshacerse de afectos que no merecen la pena.

Hace unas semanas conversé por teléfono con ese chico que había prometido no hablarme nunca más en la vida. Se le pasó la rabia algún tiempo después, tardó varios meses en animarse a escribirme y, cuando por fin lo hizo, fue bien recibido. Después de todo, lo quiero.

La verdad es que extraño muchísimo a mi gente de allá…

Esta temporada he pasado por dos conflictos similares al que montó el colega de Perú, con dos mujeres a las que siempre tuve por maduras, respetables y, sin duda, mejores personas que yo (los cronopios somos ingratos por naturaleza). Respetables siguen siendo, el concepto de madurez es discutible y no volveré a situarme debajo de nadie, por un demonio, que para ángeles en la tierra, mi mamá y pocas más.
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A veces me siento cansada...
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¿La gente puede llegar a comportarse del modo en que la tratan? Sí.

Y la gente tiene que trabajar.