domingo, noviembre 29, 2009

Malditas canciones, Nº2: La chica de Málaga

Tengo un reproductor digital de música. Mi primer reproductor digital de música, por cortesía del pelirrojo. Hasta hace pocos meses usé discman y, dicho sea de paso, anduve con walkman hasta que mi hermano lo rompió, hace un par de años. Y ahora tengo un aparatito pequeñito, pequeñito, que hará más llevaderos mis traslados de un punto a otro de la ciudad.

Me lo trajo ayer por la tarde, con algunas canciones y bandas sonoras grabadas. He de mencionar cierta afición común por Tarantino, lo cual nos llevó, como quien no quiere la cosa, a la versión modernizada de una vieja ranchera cargada de amor y melancolía, conocidísima, ya clásica: La Malagueña (o Malagueña Salerosa).

No puedo dar fe de la primera vez que la oí, pues seguramente mis padres la habrían escuchado cuando yo estaba en la cuna. Pero sí sé en qué momento la identifiqué y reconocí: hace bastantes años, durante mi pubertad, en la voz indefinida y vulgar de un jovencito argentino llamado Pablito Ruiz, en versión pop simple para adolescentes.

Reconozco que compartí, en su momento, la euforia colectiva de mis coetáneas, presa de los desbarajustes hormonales propios de esa época, reforzada por el marketing mediático que rodeaba a aquél muchachito encantador, ídolo de masas sin siquiera haber acabado de ganar estatura… Para que luego no se diga que la vaca no recuerda cuando fue ternera.

Gracias a la red del vecino, pudimos buscar el dichoso vídeo en concierto y comprendí, quizás por los años, la indignación que mostró mi progenitor ante el atentado cultural contra una canción que merecía respeto. El buen hombre, en su afán por hacer de mí una mujer de criterio agudo y esnobista (sí, fue su culpa), me sentó un día en un sillón de la sala y me hizo escuchar, repetidas veces, la versión ranchera de La Malagueña, explicándome por qué ésta tenía mejor calidad interpretativa e instrumental que el bodrio del Pablito Ruiz ese, pobre chico, no tiene la culpa, allá los padres y demás adultos sinvergüenzas, etcétera.

Recuerdo que me sobrecogió. La encontré triste, no me sonaba en absoluto a una canción de amor, porque claro, a los once o doce años pocos seres humanos tienen la mala suerte de percibir dolor en el amor. Mi padre hubo de aceptar mi observación: “Ya, pero la de Pablito Ruiz es más alegre”. Sí, pues, era más alegre.

Diecinueve años depués, puedo agregar: "Y también mala, muy mala". Sin embargo, me recuerda una época bonita y eso le brinda amnistía. Aquí está, con toda la desfachatez de mi corazón (¿a qué está graciosito el mocoso?):

Y ésta versión fue la que me hizo escuchar mi padre:

He pensado, respecto a esto, que así como el sentido del gusto se afina con la edad, ha de suceder lo mismo con el oído. Cuando somos niños apenas podemos tolerar sabores agridulces, sin embargo, cuando vamos creciendo notamos cómo, poco a poco, introducimos variaciones. Yo he sentido esa misma apertura gradual con la música, aunque la apreciación de este arte tiene como condición indispensable el aporte espiritual que nos vaya dando la experiencia.

A los once años, la Malagueña ranchera era triste y me provocaba una punzada en el pecho que no comprendía y sólo podía rechazar. Hoy por hoy, puedo disfrutar esa tristeza, decorarla con palabras y colores. Pienso en los niños que nacen y crecen rodeados de melancolía, de letras dolorosas cargadas de significado, y se me ocurre que deben hacerse adultos muy rápido. ¿Podríamos hacer un análisis sociológico que relacione el nivel de desarrollo y la idiosincrasia de una comunidad, con la música que producen y escuchan?

Por cierto, y esto surgió de la conversación con el pelirrojo ayer, mientras nos reíamos de mí y mi afición por Pablito Ruiz: ¿Por qué la música pop dirigida a púberes y quinceañeros es tan sosa y de mala calidad? ¿Será que la industria (administrada por empresarios adultos, claro está) se empeña en atontarles? ¿O es que directamente se parte del prejuicio de que a esas edades las personas somos naturalmente estúpidas? A tener cuidado con generar círculos viciosos, pues no debemos olvidar que, muchas veces, los seres vivos nos “hacemos” como se nos trata.

Aquí la versión por-rock Siglo XI, utilizada por Tarantino en Kill Bill Vol. 2:

Y una "lírica", interpretada por Plácido Domingo, que hay para todo:

domingo, noviembre 15, 2009

Cuestiones semánticas (y culturales)

En la cocina

Lo primero que hice al descubrir que todos los paisanos de mis caseros repetían el mismo error semántico al atribuir adjetivos calificativos a la comida, fue descartar la sinestesia. Salvo, claro, que todo un colectivo de bolivianos cruceños* (que quede claro**) padezca de alguna variedad de sinestesia colectiva cuya existencia, hasta el momento, he ignorado.

El caso es que desde que llegué a esta casa, a propósito de la preparación de alguno de mis menjunjes peruano-españoles, me han estado preguntando “oiga, ¿y ese plato es lindo?”. Las primeras veces miraba el plato para tratar de adivinar por qué querrían saber si estéticamente cumplía con los parámetros de belleza establecidos en alguna convención internacional sobre modelos, anchura y colores de platos de loza barata, pero al poco tiempo noté que no se referían al continente, sino al contenido. Mejor dicho, el buen hombre o la buena mujer me estaban preguntando si la comida tenía buen sabor.

No quise razonar sobre esto una noche en que se pusieron a discutir sobre frutas hermosas…

Sin embargo, desde que he oído hablar a los señores de casa me he venido preguntando si acaso yo misma he usado los adjetivos adecuados para calificar el sabor de una comida. Lo normal, como buena peruana costeña apitucada, es decir que “¡Todo está buenaaaazo!”, pero ya no me quedaba muy claro si esto, pese a ser menos chocante que “lindo” para caracterizar pimientos al piquillo o lentejas cocidas, era correcto. Así que me metí a la página Web de la Real Academia Española, y hallé lo siguiente:

Apetecible. 1. adj. Digno de apetecerse.
Bueno, a: 3. adj. Gustoso, apetecible, agradable, divertido.
Delicioso, sa. 1. adj. Capaz de causar delicia, muy agradable o ameno.
Exquisito, ta. 1. adj. De singular y extraordinaria calidad, primor o gusto en su especie.
Sabroso, sa. 1. adj. Sazonado y grato al sentido del gusto. / 2. adj. Delicioso, gustoso, deleitable al ánimo. / 3. adj. coloq. Ligeramente salado.

Por cierto, ningún significado de los adjetivos “lindo” y “hermoso” corresponde a una percepción del sentido del gusto, por tanto, no sería semánticamente correcto utilizarlo para definir un sabor. Pero en fin, dicen que el lenguaje es de quien lo habla y se reinventa con el uso, ¿no? No obstante, tampoco está bien exagerar.

En el “Subway”

Iba yo en el metro, tratando de terminar de leer La Caverna, cuando noté que un muchachito se acercaba más y más a mí. Pensé que le interesaba saber qué libro llevaba, pero al detectar un profundo olor a alcohol, me dije no, ni hablar, éste va a empezar a hacerse el interesante, puf.

Dejaron dos lugares vacíos en una parada y me senté. Él hizo lo mismo, a mi lado, e inició la conversación sin ninguna vergüenza, con una frase que podría haber sonado profunda e inteligente en otras circunstancias, a saber: “Veo que disfrutas de las novelas románticas”. Lo miré con todo el desprecio que merece un ser humano tan erróneamente osado, pero de inmediato esbocé una tolerante y educada sonrisa, culpa de mi padre y sus lecciones de respeto a la humanidad***, que el jovencito interpretó, cómo no, como una invitación a seguir hablando.

Soporté así unas cuarenta paradas (muchas más de las que tiene el metro de Bilbao, en circunstancias normales) hasta que pude levantarme de un salto y decir “¡Esta es la mía, aquí me bajo!”, manifiesto de libertad que fue seguido por un amenazador “¡Te acompaño!”, un cortés “no es necesario” y un definitivo “no me cuesta nada, vamos”. Vamos, pues.

Habíame confesado el cruceño (sí, también) que gustaba de escribir poesía y tuvo a bien detener mi paso y, con su cara muy cerca a la mía, empezar a declamar una que, según él, escribió pensando en que alguna vez me encontraría y yo, claro, notando a cada palabra que se la estaba inventando en ese preciso momento, ¡por favor, Dios, mátame ya!

Y ocurrió el milagro. Mejor dicho, ocurrió que se me acabaron, al mismo tiempo, la paciencia y la buena educación, efecto retardado detonado por una simple, anticuada y melosa frase: “Tanto tiempo esperando por ti, hermosa doncella”. Fue acabar de decir la palabreja y a mí darme el ataque de risa sin poder parar, y él “¿Qué es tan gracioso?”, y yo “¡Lo de doncella!”, y él ¿Qué tiene?, y yo: "¡Que ya no se me puede llamar doncella!", y él, ya notablemente enfadado “¡Será acaso que a ti te falta mucho para llegar a ser una doncella!”, y yo, recobrando la compostura y dándome cuenta que la cosa no iba a llegar a ningún lado, le di dos besos, un abrazo, le agradecí el poema, ofrecí disculpas, las buenas noches y me largué a casa, dejándolo abandonado en medio de la plaza Unamuno, a las tantas de la madrugada.

¿Dudas? Veamos:

Doncella. (Del lat. vulg. *domnicĕlla).
1. f. Mujer que no ha conocido varón.
2. f. Criada que sirve cerca de la señora, o que se ocupa en los menesteres domésticos ajenos a la cocina.

No añadiré más comentarios.

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* De la región de Santa Cruz.
** Digo “que quede claro” porque he notado que a los bolivianos “cruceños” les gusta dejar sentada la diferencia cultural y racial con respecto a sus compatriotas del altiplano, a quienes suelen llamar, a veces despectivamente, “collas”.
*** Frase de mi padre, regañándome: “No te rías de la ignorancia de los demás, pues hasta la persona más humilde será capaz de enseñarte algo que tú no sabes”. Ay…

viernes, noviembre 13, 2009

Para Sophia (o "la crisis de los casi 30")

He estado pensando en unas cuantas tonterías, como que en el bar de la esquina siguen poniendo la música que me gusta y me estoy pasando con las cervezas, sin ser alcohólica, aunque lo peor del vicio no es lo que cuesta sino que engorda. Por cierto, he dejado de fumar y descubrí que mi nuevo “personaje símbolo” de manías otakus es nada menos que la atractiva Misato Katsuragi, por unas cuantas coincidencias contundentes:

  1. Tiene 29 años.
  2. Es económica y laboralmente independiente.
  3. Es buena profesional, en su especialidad.
  4. Es hermosa (modestia aparte, aunque no comparto su voluptuosidad, yo soy del tipo “planita”).
  5. Cena cerveza.
  6. Tiene una extraña tendencia a fijarse en chicos menores que ella.
  7. El Complejo de Electra (por un padre muerto, por supuesto) no le ayuda mucho a consolidar relaciones con hombres mayores que ella.
  8. Tiene espasmos de inmadurez que la meten en más de un lío.
  9. Casi siempre está riendo.
  10. Es depresiva.

Sólo me falta una mascota, un amante pasional y ganar suficiente dinero para pagar un mini apartamento. Sin embargo, veo que si las cosas siguen así, no podré…

Por cierto, yo soy ésta:

Y he pensado en muchas tonterías últimamente, porque así no me entero de las cuentas atrasadas y de que esta temporada me corresponde pagar las consecuencias de una serie de decisiones precipitadas tomadas durante los últimos meses. La primera: volver a Bilbao. La segunda: tener miedo de perder lo poco que tenía.

El gran jefe suele cantarme una canción repetida y cansona, que va algo así: “Es queeeee contigo la verdad es que no se sabe qué va a pasar y no generas sensación de seguridad”. Sé que lo dice porque padece de incontinente honestidad, pero a veces peca de ligero.

Y es que no soy inestable, aunque acepto que durante los últimos meses he dado esa imagen en determinados entornos, sobre todo en aquellos relacionados con personas que han ejercido algún tipo de presión sobre mí, para condicionar mis decisiones. No niego, sin embargo, que fue culpa mía la primera mala elección, pero no por eso estoy apestada, ni soy “un riesgo”.

Conversé con una buena amiga de Pamplona hace un par de meses, cuando apenas había renunciado a mi trabajo y la exjefa me dijo que, al “contratarme”, sabía que yo en algún momento querría irme a mi país y no me importaría dejarla tirada.

Ante ese comentario y mi estúpida tendencia a sentirme culpable por todo, mi colega respondió: “No creas eso, no pienses eso. Cualquier persona, española o extranjera, puede dejar un trabajo por diversos motivos. Y tú eres como cualquier otro ser humano, con esa misma libertad, vengas de donde vengas”.

Hasta ese momento no se me había ocurrido pensarlo así y tal reflexión me ayudó a descubrir una serie de posturas generalizadas, acerca de contrataciones y relaciones laborales entre nacionales y extranjeros. Quiero destacar aquí una actitud por demás insana, que consiste en creer y hacer creer al empleado que al otorgársele un puesto de trabajo se le está haciendo un favor. A eso habría que sumarle un detalle importante (y detonante): si el contratado se encuentra en una situación “difícil”, que implica riesgo de discriminación, la autopercepción del contratante llegará a rozar con la magnanimidad.

Da igual en qué circunstancias me fui, los motivos que me llevaron a tomar esa decisión y lo que ocurrió después. El asunto es que me atreví a romper una relación que me hacía daño, no sólo emocionalmente, sino también moral y económicamente. A los 29 años, con una carrera bien hecha y un puto master de los cojones, no se puede andar de “practicante” por la vida, ganando 500 soles mensuales (en equivalente valorativo y pagando alquiler, comida y remesa) y currando incluso sábados, si fuera necesario, gracias a una ventajosa condición inicial “sugerida” por la empresa, de palabra, claro, todo de palabra…

No podría afirmar que hubo mala fe, pero así como se desliza la serpiente de la caridad en estas relaciones entre “superior e inferior”, también se ha de colar la conveniencia. ¿Por qué no? En tanto seres humanos, tenemos todo el equipamiento necesario para obrar mal. De modo que un día me cansé de que me traten como inmigrante y de tener miedo a no tener un duro, pasé por alto cualquier compromiso y gratitud, y aquí me tienen, reivindicada, libre y sin un duro, pero con trabajo y posibilidades.

Sin embargo, sigo cansada de que me traten como inmigrante, por ello estoy pensando seriamente en volver a casa cuando termine algunos encargos providenciales, que no han dejado de salir.

Esta mañana, conversando con una compañera de la oficina, me oí decir lo siguiente: “El gran jefe insiste en que yo debería hacer “lo que sea” para quedarme. “Lo que sea” implica trabajar en cualquier cosa. Cualquier cosa incluye limpiar casas y culitos. Hace un año y medio limpié casas y culitos, esos trabajos fueron una bendición. Sin embargo, luego de acabar el master, vivir lo que he vivido, gastar lo que he gastado y ver cómo mis compañeros del master consiguen buenos trabajos y yo tengo que agradecer migajas por “mi condición de inmigrante”, pues… No, cariño, no voy volver a limpiar casas ni culitos bilbaínos”.

Quiero dejar algo claro: no menosprecio la hostelería, ni el cuidado de personas. Necesidad es necesidad y se me dan bien los niños y los viejitos. Claro, de mejor ánimo haría estas cosas en el UK o en Alemania, pues me pagarían tres veces más que aquí y, en compensación, practicaría inglés y/o aprendería alemán.

Pero en Bilbao, me niego. Y si esto es soberbia, que se me castigue por ello, pero me niego… Por ahora, a saber si luego me toca hacer cura de humildad…

Entonces bien, ¿qué quiero? Quiero vivir en un sitio pequeñito, pequeñito, donde nadie me ponga carteles –con faltas de ortografía- si no lavo los platos de la cena. Quiero no tener que compartir mi habitación con un taller de joyería ni soportar a inquilinas con neurosis varias. Me gustaría, en verdad, tener un sitio que pueda decorar a gusto, con un tocadiscos de aguja, un librero y un sofá remendado de Emaús. Y una gata, quiero una gata. Y, si no es mucho pedir, un compañero. Sí, un compañero, ¿por qué no? Quiero lo que quiere cualquier ser humano, lo que querría el negro que vende discos pirateados en la esquina, y conseguiría si pudiera permitírselo, aunque los blancos piensen que “las personas más sencillas y buenas se conforman con poco”. Ay, qué poco saben los blancos…

De todas maneras, y como primer paso, debo intentar salir de este círculo vicioso que ni siquiera consiguen comprender las personas más cercanas. No llegan a pensar, por ejemplo, que si alguien me dice: “quédate conmigo, te quiero”, yo podría buscar la forma de. No pueden imaginarse que si consigo un trabajo interesante, con un sueldo decente, podré pagar ese lugar chiquito, con los discos y la gata. No, y pocos están dispuestos a proporcionarme oportunidades (que incluyan invertir en trámites administrativos para un contrato de trabajo, más un sueldo justo) o amor “en serio”, porque no doy “imagen de estabilidad”, porque conmigo nunca se sabe, porque esto y aquello.

¡Y una mierda!

Entonces, ¿qué puedo hacer yo? Pues, por lo pronto, imaginar que ese lugar existe precisamente donde estoy, que es mis cinco metros cuadrados, y esperar el momento en que pueda dar un respiro de alivio, caer rendida en un sillón y decir: por fin en casa, la casita que puede estar justo al lado de donde vive mi madre, en la cima del Huascarán, en Huancavelica, Cusco o el Pirineo francés, qué más da.

El caracol ha aprendido a llevar consigo su propia estabilidad. El caracol está aprendiendo a estar solo (salvo, por supuesto, la gata).

Algunas personas nacimos con este sino, y es que ser un “culo inquieto”, sin dinero y con responsabilidades, como que no pega mucho, no va…

En fin. Pufff, por fin ha salido. Por fin.

lunes, noviembre 09, 2009

Malditas canciones, Nº 1: Mi padre y el tecno alemán

A veces basta un sonido para atraer recuerdos gratos, basados en una composición de imágenes fijas que, una junto a otra, consiguen reproducir movimientos, olores, melodías, sabores, sentimientos exactos, sonrisas, lágrimas.

En estos días, a propósito del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, oí en algún documental las primeras palabras del famoso discurso de Jhon F. Kennedy, el 11 de junio de 1963: Two thousand years ago the proudest boast was "civis romanus sum" Today, in the world of freedom, the proudest boast is "Ich bin ein Berliner".

La frase trajo a mi memoria, de inmediato, una canción traspapelada entre muchas otras canciones amadas y voluntariamente “olvidadas”, City of Night (Berlin), de Peter Schilling.

Al principio resulta lenta, con un dramatismo, desde mi punto de vista, poco conseguido, aunque la sensación de persecución que marca el punteo de guitarra constante permite entrar en un coro que cambia de clave y compás, dando lugar a una melodía nostálgica y entrañable, suave como una canción de cuna, triste como la muerte de un ser amado, rítmica como un poema popular (Berlin, city of night, you sleep between the East and West, along the left and right…)

Aquí, el audio:
(Por favor, intenten ignorar a la señora punk del inicio, es que era eso o un vídeo de fotos de turistas latinoamericanos por la capital alemana, con la canción de fondo).


Sé que mis amigos de izquierda considerarán este post un tanto “reaccionario”, por citar el discurso de un presidente “imperialista”, contrario a los intereses comunistas de aquella época. Pero no es necesario ser una roja recalcitrante para observar el mundo con espíritu crítico y respetar el valor de la vida y la dignidad.

En todo caso, esta canción significa para mí algo bien distante a la política internacional: una vez, a los diecisiete o así, peleé con mi papá y nos dejamos de hablar. Pasó algo más de una semana y no sabía qué decir o qué hacer para acercarme y ofrecer disculpas, asegurándome de que no hubiese “represalias” de su parte (que de alguien he heredado la cabezonería).
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En esos días tristes andaba, cuando en medio de una práctica universitaria de Comunicación Radiofónica, encontré en el archivo musical del profe Quique un casete original de Peter Schilling, el album “The Different Story (World of Lust and Crime)”. Supe en ese momento que contaba con la herramienta adecuada para ablandar el corazón paterno y asegurarme un diálogo fluido, abrazo, besito y lagrimitas de alivio. Hice una copia de la dichosa cinta y se la llevé a Valverde como obsequio de buena voluntad, para hacer las paces.
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El resultado fue totalmente positivo y es por eso que, hoy por hoy, en Bilbao, más de diez años después, oír decir a Kennedy “Ich bin ein Berliner" me recuerda ese episodio de reconciliación con mi papá, un retazo colorido de esta vidita mía llena de remiendos y berenjenales.

Y a propósito de muros y vergüenzas humanas variadas, acabo de diseñar un cartel para promocionar charlas sobre el boicot académico a Israel, que toda Europa debería acatar si desea luchar de manera efectiva contra la represión a Palestina. Eso, entre otras cosas (una política exterior coherente ayudaría, pero ya se sabe que con presidentes, grandes empresarios y diplomáticos no se puede contar para estos fines).

Le he dicho al gran jefe que observe con detenimiento mis propuestas gráficas. Yo no soy de manifestaciones, se me da muy mal gritar arengas y llevar pancartas, me pongo mala, no sirvo para estas lides. A mí me va mejor con el trabajo oculto, ya lo he dicho antes, “el poder del poder en las sombras”. La labor de hormiga o de ratón. En fin, en esto también soy principiante. A ver qué tal:
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