jueves, octubre 29, 2009

Ya que hablamos de "derechos"...

He recibido información a través de Youtube y diversos medios digitales, acerca de las diferentes reacciones de mi pueblo frente al Decreto Ley por la despenalización del aborto. Ahora mismo sólo puedo pensar “fuera de contexto”…


Niños con hambre...

Niños "víctimas colaterales" de bombardeos israelíes, en Palestina.

Niños-soldado, en la RD El Congo, realidad no tan lejana de lo que ocurre actualmente en Colombia, o sucedía en Perú (ahora que lo pienso, siguen alquilándose niños para la producción de PBC en la triple frontera Cusco-Puno-Madre de Dios).

Niños que corren el riesgo de morir de frío, en el altiplano peruano...


Los Derechos Humanos de estos niños tampoco fueron respetados, ¿esto ha motivado protestas tan descarnadas, a todo nivel? ¿Quién llama “pecadores” y “asesinos” a quienes dejan morir de hambre y frío a seres indefensos? ¿Quién condena a los señores de la guerra y se esfuerza por destruir las mafias de cuello blanco que hay tras el negocio armamentista mundial? ¿Acaso Dios también castigará a los culpables de todo esto?

Ojo: no considero en absoluto que el aborto solucione estos problemas sociales, sólo me dedico a descubrir muestras públicas de doble moral, aderezadas por la conveniencia de lo inmediato. No hay duda, los humanos somos de lo mejorcito que hay…

sábado, octubre 24, 2009

Muñeca

La dejé porque era fea, aunque tal vez sea correcto decir que se hizo fea poco a poco, que se afeó, lo cual le haría cierta justicia: no es fea, pero cuando decidí dejarla, todo lo bello que vi en ella al principio había desaparecido. Tal vez, debido a las circunstancias, ella atravesaba un momento feo que, valga la redundancia, la afeaba. O acaso yo empecé a ver reflejada en ella mi propia fealdad, no me gustó y me fui.
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Lo que llegué a lamentar, y aún lamento, fue lo tardío de mi decisión. Pude haberla dejado antes de verla fea, de modo que mi recuerdo mantuviera cierta hermosura, cierto aroma. Sin embargo, por cobardía, tardé. Pensé, ingenuamente, que esa fealdad era pasajera, que volvería a brillar como una rosa, pura, fragante. Pero, y aquí reconozco mi egoísmo, todas mis expectativas ante el retorno de su belleza buscaban justificar mi inicial decisión de quedarme con ella. No quería haberme equivocado de manera tan ridícula.
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Pero era fea o se hizo irremediablemente fea. Y tal vez he sido yo quien ha perdido la vista, la capacidad de ver su hermosura. Sin embargo, no lo siento. Nunca fue, sea dicho, físicamente fea, aunque tampoco plenamente agraciada. Yo la amaba y admiraba porque vi reflejada en su porte y su firmeza la sabiduría de Atenea, la elegancia de Afrodita, la cultura que adornó a Safo.
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No era, sin embargo, diosa ni poeta. Al igual que a mí, su humanidad la contaminaba constantemente, la corrompía, la, en resumen, afeaba estrepitosamente, condenándola a una carrera sin tregua por demostrar, gritar, demostrar, conseguir, demostrar, tener, demostrar. Atenea se vio reducida entonces a la burda ambición que hace girar el mundo de los humanos, los intereses básicos de las personas que, desde su nimiedad, buscan la inmortalidad sin poseer el don.
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Habría amado de igual manera su vulgaridad reconocida, su humildad. Pero no era ella una mujer humilde. Buena gente, sí, no lo voy a negar, ni dejaré de reconocer su bondad sencilla. Pero no pude soportar el envilecimiento progresivo de su alma, que tal vez no fue tal, tal vez ya estaba, como característica indeleble de su personalidad que no vi debido a mi ceguera, al deslumbramiento inicial que me hizo amarla, admirarla y respetarla.
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Pensé que podría soportar y acompañar, pero soy débil y fui doblemente débil al no irme a tiempo, asustado, y por irme luego, sin ser capaz de explicar, sencillamente porque siempre es difícil decir: te dejo porque ya no me gustas. Eso siempre requiere explicaciones extras, metáforas y eufemismos vacuos, palabreos inútiles que sólo agrandan las heridas y restan tiempo al tiempo.
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Entonces, ella se hizo fea y algún romántico podrá añadir que el conocimiento recíproco me ayudó a mirar su alma, la cual, a diferencia de su rostro de porcelana pura, siempre estuvo sucia. Y yo responderé: ¿Puedo ser capaz de atribuirme el derecho de juzgarla, si fue buena conmigo? Porque lo fue, lo fue a su modo. Entonces, intento no objetivarla, no catalogarla, no encasillarla. El esfuerzo es bueno, me enriquece. Pero no puedo evitar percibirla afeada, saberla fea, feísima, y sentirme profundamente herido por esa fealdad. Es entonces cuando digo: me voy, y ella me recrimina, se lanza sobre mí, intentando clavarme las uñas. Me insulta, me culpa, me acusa, y yo sólo puedo mantener sostenidos sus brazos, contener su desesperación, sin ganas ya de mirarla a los ojos, sin justificar mi huída -no tan- repentina, sin nada más qué decir.

miércoles, octubre 21, 2009

Grata sorpresa

Una noche de esas, que últimamente me suceden sólo de vez en cuando. Estudiantes jóvenes, latinoamericanos expatriados, bebiendo y añorando, como si de personajes cortasianos se tratara, sin las causas esnobistas de aquellos, pero sí compartiendo mucha, mucha indignación.

¿Y para qué sirve, a veces, la indignación? Para hablar, si no queda más remedio. Sólo para hablar y añorar.

Hay que reconocerlo: faltan trincheras, ovarios y testículos. O a lo mejor, sencillamente, carecemos de un arma, o la verdadera posibilidad de, como diría el Gran Jefe, “hacer la revolución”.

No, no hablemos de revolución. En las revoluciones siempre mueren los más pobres, los inocentes, los eternamente jodidos. Soy anti-revolucionaria. Apuesto por el ahorro de sangre, trabajo en solitario, cobro por baja, creo en minar bases, en el poder del poder bajo la sobra y de la mira telescópica de un francotirador.

En todo caso, fue agradable saber que Calle 13 no era un dúo reggaetonero usual. Me fastidiaron mucho con aquella huachafada de “atrévete te te, salte del closet”, sobre todo porque la mayoría de llamados masculinos a la liberación sexual femenina tienen como finalidad clave el beneficio hedonista de ellos, gracias a la desinhibición de ellas.

Pero los colombianos de esa noche me mostraron una canción que decía:

Allá abajo, en el hueco, en el volquete, nacen flores por ramillete. Casitas de colores con la ventana abierta, vecinas de la playa, puerta con puerta. Aquí yo tengo de tó, no me falta ná, tengo la noche que me sirve de sábana. Tengo los mejores paisajes del cielo, tengo una neverita repleta de cerveza con hielo…

Visto el vídeo, admito que, como peruana y latinoamericana, tiendo a conmoverme con esta clase de manifestaciones culturales. Esa contundencia que se dice bonito, tras una melodía alegre. Ese carácter jovial “pese a todo”, una manía poco entendida por pensadores puristas y cínicos peores que yo (porque soy cínica, pero no llego a ser maestra de tal postura filosófica).

En fin, ya se sabe que una canción no va a cambiar el mundo, pero a veces basta con que consiga hacer pensar y pensar es muy, muy necesario, sobre todo entre seres que nos jactamos todo el tiempo de poseer intelecto, libre albedrío, artes, etcétera, pero vivimos mirándonos al espejo.

Otro dato curioso: la camiseta del vocalista de Calle 13 al recoger su premio MTV Latino, en Bogotá, la semana pasada:
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“Uribe, paramilitar”. He tratado con suficientes colombianas exiliadas, perseguidas, acosadas por el actual gobierno colombiano, pero también suelo toparme con personas provenientes de clases altas que cuentan orgullosas sus relaciones con la familia presidencial, e inmigrantes sin papeles que defienden a un presidente “con huevos”, que por fin ha hecho frente a las FARC.

No me extraña, hay fujimoristas en Perú.

Quizás haga falta que todos nos quedemos físicamente ciegos, como en la novela del portugués, para que aprendamos a ver mejor.

martes, octubre 13, 2009

Babel


Fue tarde de médicos. Médicos del Mundo, para ser exactos. Una idea de esas altruistas y, a la vez, eficientes (extraña asociación), que nos viene bien a todos los extranjeros-no-europeos-ni-estadounidenses sin seguridad social: atienden rápido, bien y nos proporcionan las medicinas gratuitamente, cortesía de la Fundación Anesvad (dirán lo que quieran, pero ha sido una verdadera bendición en las épocas más difíciles).
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Gracias a una médica en concreto, que por ventura me toca casi siempre, pude recuperarme de una sinusitis en estado “fosa nasal a punto de generar necrosis”, conseguí análisis de sangre (estoy como una rosa, dicen) y detuve oportunamente un proceso infecciosos de uréteres que aún recuerdo con literal ardor.
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Lo admito, me desvivo por hacerles publicidad e invito a todos los extranjeros-no-europeos-ni-estadounidenses residentes en Bilbao a colaborar con la organización cuando consigan superar el inicial estado de miseria por el que todo recién llegado sin dinero debe pasar, pues así nos aseguraremos de que ningún paisano, negro o marrón, quede sin atención sanitaria, si acaso el francés, el italiano, el español, la alemana y secuaces, fracasan en sus intentos de frenar los movimientos migratorios humanos.
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Pero bueno, fue tarde de médicos. Llegué a consulta con cierta anticipación, preparada para encontrarme a algún yonqui antipático en la entrada. Al contrario, me atendió un muy amable hombre cincuentón que, rato después, bata en pecho, hiciera de asistente a la médica jovial de toda la vida.
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¿Tienes cita, maja? Sí, la saqué por teléfono antes de ayer. Vale, sí, aquí estás. Eres Lucía, ¿verdad? Ajá. Muy bien, pues espera un poquito, que hay algunos pacientes antes que tú. Ok, muchas gracias.
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La conversación de al lado llamó inmediatamente mi atención (y no sólo porque el moro estaba bueno, quede claro):
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  • El moro: Je viens de la France. J'ai vécu en France pendant deux années. Je suis ici depuis une semaine et ne parle pas Espagnol.
  • El negro: Oh, bien… Do you speak english?
  • El moro: Quoi?
  • El negro: Si tú hablas english… inglés.
  • El moro: Comment tu dit?
  • La sudaca mete su cuchara: L’anglais. Est-ce que tu parle l'anglais?
  • El moro: Oh, no, no. Je seulement parle français.
  • La sudaca (al negro): Not english, just french.
  • En negro (a la sudaca): You speak English!
  • La sudaca (pensando: ¿Quién me manda a mí a abrir la bocota? ¡Ya vamos a empezar a hacer el ridículo!): No, eh… Just a little bit.
  • El negro: Where are you from?
  • La sudaca: Perú, and you?
  • El negro: Nigeria.

Por cierto, aquí es preciso comentar que en su momento, haciendo fila para sacar documentos en la policía, una buena mujer nigeriana tuvo la paciencia y voluntad de explicarme que la composición fonética “naiyirria” quería decir Nigeria… ¡Hombre, que suena a africano si una no está familiarizada! (nunca mejor dicho).

En el lapso de mi conversación con el nigeriano, quien hacíase llamar Blessed, salió de consulta un argelino y entró el moro, que en verdad era marroquí. Pasaron sólo unos minutos cuando escuchamos vociferar a la médica: “¡Por favor, alguien que nos ayude, que este muchacho no se está enterando de nada!”.

Hay que señalar que las dos personas del consultorio que hablan el idioma de Sartre no estaban por ahí en ese momento. Entonces:

  • La peruana, al argelino: Oye, ve a ayudar a tu amigo, necesitan un traductor.
  • El argelino (a quien segundos antes se le oyó decir tres palabras en castellano): Moi? Mais je ne parle pas Espagnol!

El nigeriano empieza a reír. Lo siguiente ocurre a gritos y con todos los gestos y muecas imaginables:

  • La médica (desde el consultorio): ¡Necesito explicarle que debe tomar dos pastillas por la mañana y dos por la noche, durante cinco días!
  • La peruana: (al argelino) Eh… deux pilulaire pour le matin et… deux pour le… (Al nigeriano) Do you know how can I say “night” in french?
  • El nigeriano (partiéndose): I don’t know!
  • El argelino: Deux par le soir?
  • La peruana: Oui, oui, deux pour le matin el deux pour le soir, pendant cinq jours.

El argelino da las indicaciones al marroquí, EN ÁRABE. Sale el asistente y nos ruega entrar al consultorio.

  • La médica: el chico está muy mal de la garganta, tiene que cumplir exactamente con mis indicaciones, tomar estas pastillas y venir el lunes.
  • La peruana (angustiada): Eh… ton ami. No, no es así. Lui, no, il, eh… Shit! Vamos a ver: Il est très malade. Il doit (gesto de meterse una pastilla a la boca y tragar) deux (etcétera) et retourner ici lundi… (puf)

Buscamos un calendario, señalo el día. El argelino explica nuevamente en árabe. C’est bien. El marroquí quiere saber si el lunes le van a poner una inyección. Le quitamos esa loca idea de la misma aparatosa manera en que hemos sostenido los diálogos anteriores, en tanto el nigeriano se ahoga a carcajadas en la sala de espera, bendito (nuevamente, nunca mejor dicho).

Menos mal que nadie pensó en supositorios…

Acabado el trance, llegan las intérpretes oficiales de la organización.

¡Lucía, tu turno!

El mal que me aqueja estos días dio lugar a un rato más de risas, ay… En fin, mañana pasaré por las medicinas.

Lo dicho, fue una buena tarde de médicos.

Post data: en cuanto me encuentre estable y segura de permanecer al menos doce meses en un solo lugar, retomaré mis abandonadísimas clases de francés, para no volver a pasar por vergüenzas como ésta, caramba.