domingo, agosto 30, 2009

Domingo por la tarde, una gata, un bar

Y repetía que ha muerto mi amiga, mi mejor amiga, veinticinco años de amistad, luego de reclamar un par de veces al barman una canción de Fangoria, y quejarse del disco de Silvio Rodríguez, tan tibio, tan sin sentido, tan monótono dada la actualidad, la situación personal (pérdida y embriaguez).

Mientras tanto, su gata de tres meses mantiene el equilibrio, subida en su hombro cual loro de corsario, toda húmeda de leche derramada, ante las miradas compasivas del respetable, que critica a murmullo pelado la falta de humanidad, etcétera, por llevarla de copas estando tan pequeñita.

Debo dejar de fumar, agregaba, porque la amiga, el cáncer de pulmón, la edad, las mujeres debemos estudiar mucho, trabajar y demostrar que valemos el triple que los hombres y yo preguntando qué pasa si quien te oprime es otra mujer y ella sonríe y responde: ¡Es igual! Porque claro, no todo lo malo de esta vida se puede masculinizar, faltaba más. Pero esa mirada triste en pleno Casco revolucionario, esa decepción, ese evitar el póster gigante del Ché Guevara e insistir: ¡Fangoria, Fangoria, por favor! Y luego: perdonad, muchachas, hoy no es mi día, hoy no estoy bien, fueron veinticinco años de amistad. Y la gata-loro, las miradas, los murmullos, la condena.

Van de progres y no son nada, antes de despedirnos. Míralos qué bien se lo pasan, qué poco se preocupan, cuánto beben, cuánto comen, cuántos derechos que luego dicen no tener.

¿Tantas verdades haz visto, ama de gatas, mujer-macho guapa, que tienes la mirada triste y no disfrutas de la evasión socialista que te brinda el lugar donde perteneces? Mujer sola. Sola de humanos-lobo, de humanos manada que te aceptan cuando eres fuerte, cuando estás sana, y te relegan cuando vas infectada, porque el contagio, la mala vibra y demás.

Me voy, digo (ese domingo tenía que trabajar).

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Me pregunto si el respetable murmurará con la misma indignación cuando la policía pega pataditas humillantes a algún gitano o moro que tuvo a bien pasar por ahí justo cuando la redada de turno.

miércoles, agosto 26, 2009

Txikis

Acerca de la madurez

Lucía empezó a hacerse mayor esa madrugada en que tuvo que acompañar a su gatita agonizante.

Luego de varios paros cardíacos, tembladeras y tensiones, la abrazó fuerte y en vez de desear con todo su corazón que se curara, como lo habría hecho cualquier niño que se precie de serlo, empezó a decirle bajito y con cariño: “Bonita mía, por favor, muérete ya, muérete rapidito y tranquila, así te va a dejar de doler”.

Acerca de la gratitud

Este mes he recibido dos e-mails terriblemente hirientes, que tienen dos detalles en común: ambos vienen de mujeres y en ambos se pone en duda mi capacidad de agradecimiento, por varios motivos que las remitentes no escatiman en explicitar, acompañados de una serie de valoraciones negativas que me da pereza reproducir.

Lo que no entiendo bien es hasta qué punto la persona receptora de uno o varios “favores”, se ve comprometida a mantener vínculos cercanos, callar ante situaciones injustas, aceptar regalos que nunca pidió y manifestar total disposición cada tres por cuatro.

Yo pensé que bastaba con una lealtad vertebral, pese a palabras y acciones distantes. Que no se necesitaba título, ni número de serie.

Cuando curé a la paca-paca, hace algunos años, y la dejé ir, no esperé que anidara en mi ventana, ni que volviera a mí cada fin de semana (en tal caso, le habría aplicado cetrería). Me bastó con verla volar…

Acerca del amor

Pese a haber leído cientos de veces “La Sirenita” de Hans Christian Andersen, y visto otras tantas la película en animación japonesa, no entendí la moraleja hasta muchos años (y golpes) después: enamórate de una criatura de tu misma especie, pues los seres diferentes no comprenderán tu cariño y te harán sufrir.

Por lo menos no nos hemos convertido en espuma, a día de hoy.

Acerca de las rupturas

Deberíamos aprender a romper. No hay un protocolo estipulado, pero sería bueno que asumiéramos como regla general una condición indispensable: no herir a la persona que estamos dejando atrás, culpándola de nuestra decisión y condicionando su autoestima de por vida. Ya bastante hacemos con no quererla.

Acerca del perdón

Lamento todas las lágrimas derramadas por culpa mía. Espero poder demostrar mi arrepentimiento a la cara, con hechos y palabras. La vida es corta…

Acerca de una canción

Escuché la melodía en misa, cuando era pequeñita y acompañaba a mi abuela. Era una forma simpática de rezar el Padre Nuestro.

Tiempo después, mi profesora de teclado me la hizo aprender en versión solfeada e interpretada. Supe que se llamaba “El sonido del silencio”.

Silencio. A veces sólo basta el silencio.
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sábado, agosto 22, 2009

No sé si...

A veces quiero escribir, cuando las ideas y las historias irrumpen, siempre que no hay lápiz y papel a mano o el jodido día a día, ese “real”, ese que “alimenta”, ese al que se le debe la vida y toda la gratitud del mundo, distrae, abstrae, irrumpe en la fantasía y te recuerda cuentas, tareas pendientes y todo eso a lo que ni Lucía ni yo podemos renunciar, por el sencillo hecho de que, de hacerlo, nos iremos directo al carajo, con papeletas de expulsión y cientos de funcionarios agrios en el ínterin.

El otro día, por ejemplo, quise contar sobre la nena y su madre, bella y pequeñita madre, empeñada en recobrar horarios decentes de sueño y duerme, duerme negrita, que tu mama está en el campo, pero la negrita, más bien blanca o mestiza, ni hablar de dormirse, pese a las codornices, la carne de cerdo y mucha cosa para ti, y el diablo y la patita y estoy cansada, cariño, por favor, quédate quietecita y duerme.

O acerca del bar de la esquina, que cuando volví del musical, las txosnas de fiestas de Bilbao y toda la parafernalia, me regaló Hotel California versión setentera a las tantas de la madrugada y ya el barman me obsequia revistas de literatura (no sé a cuenta de qué burrada dicha por esta oscura boca amerindia) y me sirve un jugo de uvas con hielos en la terracita, mientras termino de leer la evasión de turno e imagino que tal vez también podría-debería escribir, pero no me compro ni libreta de apuntes, ni bolígrafo para la ocasión, ni me tomo en serio el sueño, porque para ser escribidora hay que haberle ganado a alguien, hay que haber publicado y, sobre todo, hay que ser. ¿Ser qué? No tengo idea, pero algo hay que ser y temo que yo no lo soy.

En tanto, el realísimo y bullicioso día a día intenta convencerme, entre otras cosas, de que en este preciso momento estoy perdiendo un tiempo precioso que debería dedicar a revisar un expediente y aprender, aprender mucho y adquirir una deuda aún mayor con el magnánimo ser humano (valga la contradicción semántica) que me ha dado la oportunidad de.

A mis años…

Esta mañana conseguí una nueva habitación, con ventana, bonita, ventilada. Pondrán un escritorio sólo para satisfacer mi esnobismo. Bien. Casi tuve oportunidad de vivir con un nigeriano buena gente, pero el departamento era feo. Y más caro, además.

En el fondo soy una pituca superficial…

sábado, agosto 15, 2009

Los pavitos

Después de ver el vídeo, mi prima Rocío y yo rompimos a llorar como bebés. Tendríamos un par de años más que el protagonista.

Es curioso el modo en que un niño es capaz de percibir la pobreza y generar empatía con ella. La pobreza, siempre asociada con el dolor. El dolor hambre, el dolor frío y el dolor más doloroso de todos los dolores: la orfandad.

Los “pavitos” vivían en una calle perpendicular a la nuestra. Eran del barrio, pero no, porque el barrio, así de pequeño, tenía muchos mundos y submundos. En la cuadra cinco de la Callao, por ejemplo, vivíamos los hijos de hijos de obreros, maestros o exterratenientes perjudicados por la reforma agraria. También un médico, el de la casota que daba vuelta a la esquina. Era sabido que había acumulado fortuna dedicándose a practicar abortos clandestinos. Por entonces (y tal vez, aún ahora), Sullana era la meca de los abortos clandestinos y el contrabando.

Los pavitos vivían en la parte alta de la "Lionzo"* y eran pobres porque tenían hambre. Aparecieron un día, previo adoctrinamiento de familiares mayores, tocando las ventanas para pedir “pan tieso”. Lo normal era darles pan del día, claro, aunque algunas señoras adoptaron la sana costumbre de pedir a las niñas (la mayor se llamaba Alicia) que les ayuden con los recados de casa, y así darles una propina y un plato de comida al final del día.

Eran familias de clase media baja, educadas en principios cristianos y salpicados por doctrinas comunistas de fines de los setenta, con tanto riesgo de verse afectadas por la Guerra Fría como Chile y Salvador Allende. Potenciales víctimas colaterales, sin más.

No había mejor forma de ayudar a los pavitos. No se trataba de niños desamparados, tenían papá, mamá, hermanos mayores operativos, sanos. Pero eran muchos y vivían bajo un techo común, sin instalación de agua potable. Muchachas emparejadas desde jovencitas, que empezaban a ser madres antes de terminar la escuela (si acaso iban a la escuela) y que, sin mayor intervención ni ayuda, acabarían reproduciendo estilos de vida empobrecedores.

¿Qué debe hacer una comunidad en estos casos? ¿Unirse y fomentar la existencia de oportunidades para estos inocentes niños, al parecer condenados a crecer en el oportunismo y la indigencia, y, posteriormente, enviar a sus propios hijos a pedir dinero y comida? ¿Presionar a los padres de los chiquillos en cuestión, para que los saquen de las calles y los hagan estudiar y sólo estudiar? ¿Demandar a los inescrupulosos progenitores, corriendo el riesgo de que los niños queden solos, en centros sociales poco eficaces o en casa de la abuela, quien les recibirá con mucho amor pero no podrá controlar del todo la situación?

Por lo menos el 40% de los niños, varones, que crecen en la calle, se dedicarán a la delincuencia llegados a la pubertad. Las niñas, lo mismo, con el riesgo de acabar en la prostitución. Por cierto, trabajar como empleadas domésticas tampoco será la panacea, no es un trabajo regulado, los mínimos son ínfimos y en algunos sectores de la población (los más aburguesados) todavía se utiliza a las mucamas para el despertar sexual de los engreídos retoños.

A esto debemos sumar la maternidad prematura.

¿Quién puede hacerse responsable del asunto? ¿La autoridad? Sí, tiene su parte. Y el médico de los abortos, claro, ¿por qué no? Tiene dinero, tiene influencias. Y las familias de clase media baja también, pese a que ya tienen bastante tratando de educar a sus propios hijos sin mucho traspié. Y los maestros de las escuelas públicas a las que seguramente algunos de estos niños asisten, porque tienen la posibilidad de contribuir a su formación. Claro que entre lo que te cuentan en la escuela y lo que desayunas cada mañana, hay un trecho…

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Me he pasado las últimas semanas revisando expedientes que incluyen fotografías de pobre gente negra, amarilla y marrón (como yo), siendo atendida, ayudada y salvada por barbados hombres blancos, monjitas buena gente y extranjeras varias, en un esfuerzo por conseguir más ayuda, ayuda plus, ayuda más, y así por lo que queda del siglo, en pro de llegar anualmente al 0.7%, y asegurar que los flujos culturales sean mayores, que sus jóvenes y “jóvenas” puedan ir a aquellos mundos de riquezas naturales y espirituales a aprender, dar, reflexionar, hacer bonitos documentales para la National Geographic, etcétera.

En tanto sigamos siendo tan egoístas y tan estúpidos, seguirán llegando. Sí, señor, seguirán llegando…

No soy buena para este trabajo, no lo disfruto como lo disfrutaría un europeo, no. Hay un fallo de origen, un error de compatibilidad, una especie de incoherencia moral que sólo provoca pus y dolor, una suerte de amargura y conveniencia, un placebo tardío, un recuerdo innecesario, un resentimiento, un Alef, una niña negra desnutrida, un buitre al asecho, la diplomacia pública, el prestigio profesional, la implicación laxa, la idiotez, la queja, la insatisfacción, la ambición, la búsqueda de perfección en el objeto equivocado, una canción repetitiva, la evasión.



¿Qué será de Alicia, a día de hoy?

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* C/ Leoncio Prado, barrio Sur, Sullana (Piura, Perú)

sábado, agosto 08, 2009

Stand by me

He encontrado un vídeo que ilustra con mucha fidelidad esa linda sensación de ir por un camino nuevo tarareando una canción querida… y oír que alguien más la continúa.

Creo que vivir y andar es eso, encontrar personas que cantan contigo la misma canción, algunos una estrofa, otros que se unen al coro (y luego se van) y otro u otra que se queda siempre al lado, haciendo la segunda voz, marcando el ritmo o, en fin, complementándola de algún modo, para que quede más bonita.

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No importa dónde estés, no importa a dónde vayas en tu vida, en algún momento necesitarás de alguien a tu lado...

Aquí, la de Jhon Lennon y una versión de Andy Madadian y gente de Bon Jovi.

viernes, agosto 07, 2009

Vainilla, chocolate...

Lo cierto es que no me fijé en la cara descompuesta de mi compañero de Las Arenas, luego de aquella llamada inquisidora que le hicieran el niño de chalet en Bidezabal y el de chalet en Algorta, esa noche en que conocí el Puerto Viejo. Tiempo después me enteraría de la pregunta incisiva que, a modo de saludo, formuló el más audaz de ambos, mientras el otro reía, fumadísimo:

- ¿Qué pasa? ¿Ya te hincaste a la inca?

Había que comprender, son bromas de muchachos, son cosas de jóvenes, son conversaciones de hombres. Comprender y callar, claro, para no dejar mal parado al de Las Arenas, por ese extraño criterio de solidaridad masculina, juego limpio (en la carrera por hincarse a la inca, tal vez), etcétera.

A veces suelo sentir que de haberlo sabido a tiempo, en el momento oportuno, me habría ahorrado tanto desdén… Tanto desprecio…

Ay…

Motivos valiosos tendría Ricardo Palma para hacerle decir a Simón Bolívar aquello de que hay que desconfiar de las personas sin enemigos.



Esta tarde conversé un ratito por Skype con un buen amigo y amante de ocasión (como ocasionales han sido las veces que nos hemos visto). Comenté lo de la buhardilla para setiembre, con la compi loquita y todo eso. Le invité a quedarse con nosotras cuando viniera a Bilbao, “porque tenemos sofá-cama en el salón”.

Al rato me di cuenta: ¡Por fin he logrado deshacerme de otra atadura!… ¡Por fin, por fin, por fin!

Y bueno, me estaba preguntando quién será la chica del spot publicitario de Magnum Temptation. Es una de las mujeres más bonitas que he visto en mi vida.
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Por cierto, ¿en qué parte de Europa dejan entrar al Metro comiendo helado? ¡En esas circunstancias hasta yo me sentiría una reina! :

domingo, agosto 02, 2009

Y el tal "Alejandro" que no aparece...

Creo que he asustado al buen hombre que me trajo a casa. Me simpatiza, sí, pero más me simpatiza su madre, una amorosa señora mayor con olor a caramelo de anís y pastitas, cabello cobre y conversación amena.

Se equivocó al preguntarme aquello de “¿y tú, tienes pareja?”. Una pregunta inofensiva, sin más. Podría gustarle como no gustarle, hay una edad en que las mujeres podemos hacer un poco lo que queramos y si nos interesa caer bien o llamar la atención de un modo especial, puestas a ello o no, lo conseguimos. Debe ser un momento entre la experiencia acumulada a los veinte y muchos y la elegancia que merece una entrada triunfal a los treinta.

Una siempre arrastrará dolores y miedos de niñez y juventud. Sin embargo, algunas con mayor interés que otras, difícilmente podemos evitar ensayar dar la cara desde una postura más “seria”, más de, ¿cómo decirlo?, ¿adulta, tal vez? Qué sé yo. Es esa clase que veo en amigas como Myriam, Erika o Claudia, ese hacer con finura y fortaleza, quitándose de encima las pajas desagradables, aunque duelan, aunque estén enraizadas en la coronilla y el corazón.

El resultado de vivir en dos mundos diferentes es el endurecimiento y el enfriamiento sistemático (y sistémico) de todo eso que una suele llamar sentimientos. Al parecer, en todas partes a las mujeres nos convendría más contener la sensibilidad. En Perú, “porque el chico no puede notar que”, en España, “porque el chico no puede notar que”. Lo que completa las frases es hasta anecdótico. Siempre es mejor que el chico no note, o que estamos interesadas, o que le queremos, o que nos duele el daño que nos ha hecho, o que pasamos de él, o que aún nos entristece, o que ya hemos dejado de quererle, o que queremos a otro, o que somos vulnerables, o que nos pica. El caso es que el chico no debe notar.

Se cree en la Latitud Sur que aquí en Europa todas estamos bendecidas con el efluvio de la libertad, de la sexualidad espontánea y el desenfado. Sí, bueno, es que no conocen Bilbao. Es que no conocen cómo es por dentro. Así como los suecos son capaces de irse a vivir con una chica que acaban de conocer, después de dos buenos polvos, porque se sienten a gusto, el vasco promedio quiere que su aspirante a pareja demuestre las virtudes y fortalezas de una princesa de cuentos de hadas: virgen, en el mejor de los casos, o con un historial muy corto; con expareja conocida; sin afanes cosmopolitas; la vida resuelta y total disponibilidad para seguirle a todas partes, si surgiera la necesidad.

Vale, bien.

Por supuesto, suelen husmear entre gente de su raza o sociedades parecidas, en tanto las “latinas” seguimos relegadas a estado de putones fáciles de enrollar, sea por necesidad, sea porque así nos hizo Dios y estamos para complacerles, pues no puede ser de otra manera.

Les gustamos, no lo niego. Les gustamos en tanto no damos problemas. Les gustamos y nos quieren a su lado porque somos “amorosas”, “cariñosas”, no les ponemos la soga al cuello (por estúpidas y buena gente, luego las vascas les instalan un radar satelital en la nuca y anda ve cómo las “respetan” y lo derechitos que van por ahí). Les gustamos porque solemos no querer chocar con las costumbres locales y permitimos. Se van, luego vuelven, besos, abrazos, no quiero que te vayas, te he echado de menos, eres un cielito, eres encantadora, eres fenomenal, ¡Joder, tía, hace tiempo que no me echaba tan buenos polvos! (sí, tal cual), etcétera.

Los ghettos de latinoamericanos suelen ser una verruga horrible que no permite a esta sociedad, tan abierta, tal magnánima, demostrar cuán desarrollada y tolerante es. Los que pertenecemos a la clase “estudiante” solemos juzgar esas agrupaciones con mucha dureza, pues se trata de pobres impresentables ignorantes incapaces de amoldarse al país que les acoge y les da la oportunidad de trabajar, aprender, etcétera.

Sí, es que nosotras las esnobistas no podemos darnos el lujo de viajar por el mundo cubiertas con una coraza, sino abrir los brazos y permitir que todo lo nuevo venga, nos refresque, entre en nuestro organismo y nos permita disfrutar, conocer, deslumbrarnos, admirarnos, alucinar a saco y aprovechar debidamente esos efluvios de falsa libertad que, si nos descuidamos, acabará haciéndonos actuar sin pensar y sólo para complacer.

Cuando Lucía llegó a hacer el master no se permitió pedirse perdón, perdonarse, quitarse de encima varios lastres y culpas. Al contrario, dejó que la corriente la llevara y trajera, hasta arrastrarla a mar abierto y/o estrellarla contra las rocas. No hay término medio cuando no se sabe bien qué es lo que una quiere.

Una cree ser dueña de sus propias decisiones. Una cree que se enrolla con un chico o con otro porque se le da la gana, porque para eso está el libre albedrío. Una quiere demostrar al cosmos tantas cosas y lo único que hace, una y otra vez, es complacer repetidas veces a ese buen hombre que está encantado de todas esas ansias de libertad, trasgresión, etcétera, sobre todo porque se trata de sexo gratis, bueno y sin cond-ición.

Eso nos pasa por superficializar los manifiestos feministas…

Llevo casi dos años aquí y he visto llorar a una niña realmente encantadora, a quien quiero mucho. La he visto entrar en pánico y abrazarme, ahogarse en lágrimas al ver pasar por ahí a algún niño bueno de esos, luego de haberla despreciado como a caca de perro. He debido dormir a su lado, acariciándole la cabecita, pidiéndole paciencia y recordándole, una y otra vez, que en verdad todo eso, en algún momento, va a pasar.

También he observado, con tristeza, cómo su corazón se ha ido endureciendo. La he visto pasar de llorona incontenible a una especie de caricatura de ojos brillantes, voz temblorosa y puños apretados, dar un suspiro y admitir: “Aquí no ha pasado nada, tengo que trabajar”.

Supongo que todas nos cansamos de llorar.

No quiero averiguar si éste o aquél vasco habrían actuado de mejor manera con una vasca, o con una chica de su raza o entorno social. Sin embargo, ya no soy capaz de criticar a los ghettos. No son lo mejor del mundo, vale, pero al menos se cuidan unos a otros, mantienen costumbres que les ayudan a sobrevivir y conservar cierto nivel de salud emocional. Supongo que sus hijos, ya en escuelas locales, lograrán una adaptación gradual y sana. Será diferente en la próxima generación.

No debemos olvidar, después de todo, que muchas de esas familias vinieron aquí animadas por un panorama de mejores oportunidades laborales y salarios decentes. Vinieron a hacer dinero, no a intimar con los indígenas, ni a compartir sus costumbres, ni a aprender.

A quien haya arrugado la nariz ante esta afirmación, le pido encarecidamente que piense en un español cooperante o empresario, en Perú, viviendo en las mismas condiciones que un peruano promedio. Mejor dicho, si sabe de alguno que no viva cerca del parque Kennedy o en Barranco. Entonces dirán: “es que buscan la comodidad que tienen en sus países”. Vale, ¿y qué creen, entonces, que buscan los emigrantes bolivianos, ecuatorianos, peruanos o colombianos, en sus grupos infranqueables y bien atrincherados?

No apoyo la autoexclusión, sé que dificulta los trámites administrativos y todo eso. Pero la comprendo… Ay, no saben cuánto, cuánto la comprendo…

Yo no soy de ghettos. Soy una chula que revolotea en los grupos que se me dan la gana, converso con tutti’l mundi, sin vergüenza de hablar un inglés atroz (cuando se da el caso, claro). Lo admito, tengo pocos amigos peruanos aquí, todos profesionales o bichos de master, como yo. Conozco a algunos que emigraron por otros motivos, y me llevo bien hasta cierto punto, pero soy incapaz (al extremo pituco del asco) de acompañarles a una fiesta latina, de bachatas cansonas y reggaeton. No puedo, no. Me supera.

Admito adolecer de clasismo intelectual pero, ¿saben qué?, también lo aplico a la gente local. No me gustan los currantes sin -siquiera- carrera técnica del Casco Viejo, mucho menos si sobreviven a sus intensos fines de semana a punta de meta-anfetaminas. Tampoco me están gustando los "guays" defensores de la marihuana...

No vine aquí deslumbrada, pero muchas veces he sido incapaz de soltar un oportuno “vete al carajo” cuando fue preciso, justo y necesario, por no caer mal, parecer “borde” o tal. Por supuesto, siempre he sido una mujer enérgica, que no aguanta pulgas. Pero aquí sucedió un fenómeno extraño. Lo conversé con Claudia, colombianota de pura cepa, hace un par de días: quieres estar bien, quieres que te vaya bien, quieres caer bien. Es inevitable, es un condicionamiento razonado luego de la activación del instinto de supervivencia. Tu organismo se pone en alerta, pero como eres "inteligente y civilizada", optas por liberarte de prejuicios y ser encantadora, porque de ese modo conocerás a más personas y tal.

Y una mierda.

La libertad, querida mía, no es dejarte llevar, sino escoger. Escoger para dónde quieres ir, a dónde no irás, qué te satisface y qué no, hacer respetar tus costumbres aunque a tu grupo de colegas alternativos les resulten retrógradas (y no hablamos de ablación, sino de no admitir en tu ideario eso que llaman “relaciones libres”). Se trata de defender lo que eres y no dejar de ser quien eres. Adoptar lo que te resulta útil y agradable, desechar lo que te hace daño. Observar y respetar. Nadie ha dicho que debes compartirlo todo, nadie ha dicho que debes agradecer constantemente cada buen trato. Qué diablos, ve por ahí con la cabeza en alto, sé educada, ten clase, pero si no quieres, no dejes a nadie transgredir tu espacio vital.

Admito que estoy a la defensiva. Admito que, por estar a la defensiva, asusté al amable hombre que me trajo a casa, hace ya más de una hora. De todos modos, me alegra saber que no tendré que dar explicaciones, creo que las personas de más de cuarenta años ya son capaces de comprender.

Reconozco, además, que he conocido gente muy buena aquí, tan buena y tan querida, vascos, vascas y la ONU en pleno, que lloraré con dolor cuando deba despedirme de ellos.

Aún hace falta encontrar un equilibrio. Tal vez nos mudemos de casa pronto, a un ático bonito, con ventanas y teléfono. Podré llamar a la gente que me quiere, sin ajustarme a fin de mes. Ojalá.

Siento que nos hemos quitado un peso muy grande de encima, Lucía. No sé si el desahogo del post o la cerveza. Sábado por la noche libando frente al ordenador, ayyyy, Diooooooooos…
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