martes, mayo 19, 2009

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Y descubres que estás dividida en pedacitos, pedacitos brillantes de colores intensos u opacos, ocultos tras tu cabello, sudando entre el colchón y tu cuerpo enroscado en sí mismo, en tanto intentas conciliar las sensaciones de hartazgo y placer, confundidas en algún momento de aquel ardor en el esófago y mil maldiciones a la vieja obsesión de delgadez y la borrachera de la semana pasada.

Entonces uno de tus más recientes pedacitos pretende que odies de corazón aquello que te ha dejado herida, pero sabes que no debes menospreciar los sentimientos y amores ajenos, pese a la penumbra de esa tarde fría y tus idas, venidas, idas, porque no todas las personas viven viajando, como tú, y sólo tú te sientes en medio de un estadio pasajero, no ellos.

Decides dormir fuera de horario y acelerar el efecto de las dos pastillas, que empiezan a enraizarse en tus venas y avanzan rápidamente hasta el punto más cálido, donde el duende pellizca y suelta, pellizca y suelta, pellizca sin tregua. Y remueve tus intestinos, y la náusea, pero no, porque el esófago herido y ley de extranjería y seguridad social.

Otro pedacito vainilla, pese a que tu piso huele a perro, te recuerda que antes hubo cariño y respeto, que todos cometemos errores y tu vida no es más valiosa que cualquier otra vida en cualquier otro lugar de la ciudad. Y tu amor no es mayor, ni único Y tu desilusión vale un grano de arena Y tus pedacitos en sullana, piura, lima, cusco, madrid, barcelona, pamplona, sopelana, leiden, munich, etcétera, barullo y sonrisas y esperanza y sonrisas y confianza y sonrisas y literatura y sonrisas y tú, tú, tú, tú, tú retumba esa sensación extraña de (despacio, que el duende se ha dormido) querer sentir bondad y querer perdonar a lo lejos, para que esas sonrisas sean compensadas por un suspiro de alivio y la unión polícroma de todos tus pedacitos contrapuestos, pedacitos anacrónicos, pedacitos diabólicos, pedacitos esquizoides, pedacitos bilis, pedacitos envidia, pedacitos dolor, pedacitos gastritis, pedacitos arcadas, pedacitos vértigo, pedacitos susurro, pedacitos caricia, pedacitos cinismo, pedacitos sangre, pedacitos fiebre, pedacitos calma, pedacitos sueño.

(Onomatopeya de silencio)

Abrazada a tus rodillas, regresiva, una tarde densa de polvo y el vientre hinchado, dejas de saborear por algunos minutos el ruido. Y duermes, mientras la química nos alivia el peor cólico menstrual de los últimos cinco meses.

miércoles, mayo 13, 2009

Tacto

Sintiéndome como hoy, hace diez, siete, tres años, pasaría la noche en casa de C, cargada de olor a tabaco negro, cortesía de su padre (aún estaría vivo su padre), perros de presa amansados y marihuana. C y su novia (¿Quién era tu novia hace tres años, querida mía?), el hermano menor de las tres, amargadísimo contra el mundo injusto, capitalista, hedonista, fetichista, competitivo hasta las hueveras, cariño, así que ponte a estudiar, fuma menos y no te metas en conversaciones de mayores, ¿has entendido?

Y él, maldiciendo, eso, a leer kilos de papel para el examen de segundo de Derecho, en la uni aquella del desierto, extendida sin fundamento por todo Perú.

Cuánto me gustaría, C, saber que ahorita mismo subo a una combi y voy para allá, para allá lejos, en la arena, donde sueles irte a vivir una y otra vez, para contarte que un nuevo cabrón me ha hecho daño y tú Angelita, tranquila, vales un montón, que se joda. Y ala, fuma, que los buenos amigos están en las duras, las maduras, pero eso sí, a la desintoxicación nos apuntaremos juntas, como a aquella dieta que nunca empezamos o a ese proceso de vegetarianismo que tú asumiste valientemente hasta que a mí se me ocurrió preguntar: “Bueno, viene Krishna montado en su vaca… ¿Y qué me va a hacer?"

Qué deseos locos, amiga, de mirar una de esas pelis difíciles o surrealistas a mil color o blanco y negro, cuando pensamos que es temprano y pasa de la medianoche, o bajamos vídeos y alucinamos con ésta u otra fotografía, en tanto pienso: No podría pedir más, no podría estar mejor. Y la carencia de ciertos afectos biológicamente determinados por la menstruación pasa a sexto plano, porque la familia es importante y también lo es trabajar para comer y comer para vivir o comer en ese preciso momento en que el efecto tal y el deseo cual. Entonces, y por lo general, me toca cocinar alguna nueva idea en quince minutos, intentar un postre que salió mal y eso, cariño, cena completa a las tantas de la madrugada, porque la “bajona” y tú, las pinturas de tu novia en la pared (ya sé con quién estabas hace tres años), más una serie de recuerdos líquidos que saboreo escuchando alguna de nuestras canciones.

Te quiero, C, te quiero con furia, ¿y por qué no habría de quererte, si cada mañana luego de cincuenta mil lágrimas mías me regalabas tu tiempo a borbotones, pese a las clases y esas ganas que todos tenemos de progresar sin dejar de ser?

Te quiero porque hemos compartido el mismo miedo y la misma lejanía, porque nos dejamos de hablar tres meses por un chico que ninguna de las dos quería de verdad y optamos por seguir siendo hermanitas, como dijo Fer, y porque cuando lo de la crisis en Palo Blanco estuviste ahí y me hiciste reír, pese a haberme convertido en gato y mirar más negro que nunca. Te quiero porque me sostuviste el día del puente y me escribiste: tu papá me caía bien, era un gran tipo, y yo, aún niña, no podía dejar de llorar. Te quiero por el poema a las alas quebradas cuando lo del chivo en el mercado y el maltrato universal a los animales, por ese temor que inspirabas a mi madre cuando aún pretendía que vistiera de rosa y consiguiera un novio a los veintitrés.

Te quiero por Copito Blanco la de la Mente Oscura, todos los pollos a la brasa con ensalada y cerveza, todas las películas, las sandalias rotas, los campamentos a último minuto y sin equipo adecuado, con cuatro paltas envueltas en papel periódico, y porque sabes que me convierto en vikingo después de las dos de la mañana y si alguien intenta quitarme la comida, gruño. Por acompañarme vía WebCam en las madrugadas de trabajo y por creer que soy fuerte y por confiar en mí.

Recuerdo el olor de cada una de tus casas, la sensación del colchón y nunca nos las arreglamos para no quitarnos la manta por la noche, ¿cómo haces cuando duermes con tu novia? Y te quiero también porque pensabas: es una chica sana y no quiero corromperla, cuando sabías bien que ambas estábamos locas. Te quiero porque me diste la oportunidad de mirar por el Tercer Ojo y querer pese al corazón roto y todo ese cinismo con que defendemos la fantasía y nos protegemos de la desilusión.

Ay, C, mi querida C, mi muy querida, querida C, cuánto te echo de menos, preciosa, bonita, amada mía. Tanto que te besaría hasta asfixiar y luego te abrazaría (y tú a mí), sabiendo cuán hermanas somos, cuán amigas y cuán inseparables pese a inquietudes varias y pájaros en la cabeza.

Te quiero, amiga, pese a estar aquí.

Ayer un pedacito de mí ha dejado Bilbao, ¿sabes? Y yo he pensado en ti, porque dicen que cuando algo nos duele, las personas recordamos los nombres que nos saben más dulce y nos dan calor. Y cómo me gustaría, cómo me gustaría estar allí.

viernes, mayo 08, 2009

Discriminación moral


Luego de varias conversaciones con Lucía, tarde por la escalera, sabemos que existe un tipo de discriminación (entre otros tantos) que no hace daños psicosomáticos evaluables y a todos nos parece un actuar muy lógico, hasta que el marido de la Bruni pretende institucionalizarlo y es cuando los gobiernos europeos pseudo progresistas elevan el grito al cielo y la población local más concienciada sale a las calles a manifestar.

Sin embargo, en el ámbito personal, el día a día de toda la vida, las actitudes comunes que promueven y legitimizan este tipo de comportamiento (e ideología colectiva) no despiertan alarma alguna, sino por el contrario, pasan a formar parte del creciente compendio de indicadores del amplio nivel de apertura política y social de esta sociedad vasca cooperante a la que hemos venido a parar.

Lucía no tuvo manera de enterarse la primera vez que estuvo aquí. Era demasiado joven y no tenía mayores propósitos libertarios que aprovechar la oportunidad de hacer un año de universidad en Pamplona y volver para trabajar en Sullana, toda feliz de la vida. Que el proceso trajera beca de por medio y que sus padres le ayudaran con los gastos también consolidó aquella experiencia como lo que fue: una especie de erasmus intercontinental, vivencia de chiquilla dependiente, sin más.

Esta vez, en cambio, ha sido muy diferente. Y no se trata de repasar los motivos que nos trajeron aquí, sino la buena (y terca) voluntad de hacerlo a como diera lugar, sin escatimar en consecuencias. Montarse un cronograma, hacerse de un presupuesto con sablazos a diestra y siniestra (es una bendición tener amigos) y a gestionarse, paso a paso, el derecho a salir del país en un vuelo trasatlántico y llegar a Madrid con total naturalidad.

Pues bien, Lucía, hoy, sabe que lo único “no natural” para una persona de su condición es el costo del pasaje, pero entiende esos cambios de espacio y hemisferio como una facultad de cualquier ser humano y ¿por qué no iba a ser así? Desde allá, en cambio, se percibe demasiado difícil, demasiado improbable, demasiado lejano.

La emoción del tercer pequeño triunfo, llamado “VISADO DE ESTUDIOS” (el primero fue la admisión al master, el segundo, conseguir financiación), nos hizo sentir por algunos días como las amas del universo. Además, los 27 tacos encima sumados a oportuna experiencia laboral, de vida y de viajes, ofrecieron a este dúo de inconscientes suficiente seguridad para, con una importantísima convicción: “No es que me crea capaz de enfrentar lo que venga, sino que, capaz o no, VOY A TENER QUE HACERLO, PORQUE NO TENGO OTRA OPCIÓN”.

Entonces, tragando saliva, orgullo y miramientos varios, nos dispusimos a limpiar culitos de todas las edades, tamaños y diseños, en tanto terminábamos el master, convencidas de que una vez obtenido el título, tal vez podría irnos mejor.

Aquí viene el punto de quiebre, motivo por el cual empezamos hablando de un tipo de discriminación. Lucía y yo pertenecemos a un grupo paradójicamente vulnerable:

Somos extranjeras, provenientes de uno de tantos países cuyos índices de Desarrollo Humano y Producto Interno Bruto se encuentran por debajo de la media mundial. Desde 1950 o así, la Comunidad de Naciones (hoy por hoy, Naciones Unidas) tuvo a bien calificar al bloquecito desfavorecido como “Tercer Mundo”. A estas alturas y luego de una serie de reivindicaciones sociales (promovidas por europeos dedicados a la Ayuda Humanitaria y la Cooperación al Desarrollo), suele utilizarse el eufemístico “Países del Sur”.

Entonces, somos extranjeras del Sur, por tanto la idiosincrasia pública nos define “inmigrantes”, error in terminis, puesto que “inmigrante” es un adjetivo sustantivado derivado del verbo “migrar”, que significa para los seres humanos, parafraseando a la RAE, la acción de desplazar la residencia de un lugar a otro. La nómada es una emigrante para los colegas sedentarios que deja atrás y es inmigrante para los que se encuentra allí donde llega.

Sin embargo, la acción de migrar termina cuando el viajero establece su residencia, da igual si ésta es temporal. La condición de migrante no es esencial, pero sí lo es la de extranjero, reduciendo ésta al sólo hecho de haber nacido en otro país. El marido colombiano de mi jefa no es inmigrante. Emigró de Colombia, sí, pero ahora vive en Bilbao. Es extranjero, sin más. Lo mismo sucede con la esposa salvadoreña de nuestro jefe voluntario.

Pero es igual lo que digas, Lucía, ya se ha inventado toda una gama de nueva terminología a este tema y da un poco de asco saber que una amerindia como tú es inmigrante, pero tu amiga Alice, la alemana de raíces polacas, extranjera. No entremos en el tema.

La corrupción de significados nos sitúa, de entrada, en una situación desfavorable. A saber: los inmigrantes debemos regir nuestras vidas por una serie de normas ad hoc que tienen dos objetivos bien definidos:

  • Que la administración pública tenga un control más o menos estricto de nuestro número, edad, país de procedencia, intenciones, estados de cuenta, etc.
  • Que el gobierno pueda denegarnos prórrogas de permiso o imponernos orden de expulsión si no cumplimos una serie de requisitos civiles y económicos (estos últimos, sobre todo).

Por tanto, somos inmigrantes y, detalle importante, se nos ha otorgado, a fin de que nuestra permanencia aquí sea legal, un bonito permiso de estudiante.

¿Qué implica esto? Pues es sencillo: que el motivo, fin último, razón de ser de tu presencia en este lugar es estudiar. Y los estudiantes del Sur somos totalmente bienvenidos aquí y en todo Europa (pregunta a Zarkosi), porque nuestro permiso de residencia es limitado y depende de nuestro poder adquisitivo.

Lo del permiso corto se entiende claramente: los procesos de formación duran entre uno y dos años y los aspirantes a un título de master venidos del Sur somos, por lo general, gente con cierta experiencia laboral y una rutina establecida en nuestros países, raíces y demás. En España, sin embargo, el sistema educativo superior, confabulado con el subnormal que establece las políticas generales de contratación, hace imprescindible que los universitarios recién graduados extiendan su periodo formativo. Así alargan la entrada de masas al mundo laboral –y demanda de empleo- y nadie descubre la mala administración económica del país, vaya.

Eso explica, mi querida Lucía, por qué las únicas que teníamos experiencia de trabajo calificado y de verdad en el curso (es decir, de ese que sirve para pagar el piso y la comida) éramos el grupo de latinas y alguna más. Habría sido diferente si, por ejemplo, hacíamos un postgrado de formación para profesionales en actividad, esos de fines de semana, como en Perú. En fin.

Me sitúo, me sitúo. Es casi un hecho confirmado que los estudiantes nos quedaremos poco tiempo por aquí. Luego está el dinero. De entrada, en el consulado español correspondiente, establecen un bonito número de cinco cifras en moneda estadounidense como mínimo indispensable en tu cuenta bancaria para concederte el visado. Afortunadamente, no son muy buenos sabuesos a la hora de rastrear el origen de los fondos.

Así, con una cuenta inflada (gracias Alice, Manolo, Indira y demás) y el flamante sello multicolor, te subes en un avión y tras un vuelo de 12 horas descubres que con permiso de estudiante:

  • No puedes trabajar más de media jornada y sólo si estás matriculado en un curso oficial o de título homologable. Esto, como lógico y menos malo. Está clarísimo que no se puede estudiar y trabajar a la vez, no, señor. Además, ¿para qué necesitas trabajar? ¿No tienes acaso un número de cinco cifras en tu cuenta bancaria?
  • No puedes acceder a cobertura de la seguridad social, pues no existe un espacio administrativo que cubra a estudiantes. Es curioso, pero un extranjero sin papeles puede acceder a un proceso llamado “universalización”, mediante el cual le asignan médico y acceso a medicinas. Sólo debe presentar certificado de empadronamiento. Un estudiante, no. La respuesta me la dio hace pocos meses una funcionaria madrileña del consulado español en Lima: “¿Por qué necesitan los estudiantes seguridad social? Quien se va a estudiar a Europa va con beca o tiene dinero, eso se da por hecho y así debe ser”.

He aquí la primera falacia discriminadora: Si podemos darnos el lujo de venir a estudiar a Europa, ha de ser porque nuestros padres están forrados en plata”.

Lucía, tú y yo somos inmigrantes con permiso de estudiante y venimos del Sur, por tanto debemos atenernos a unas leyes que nos asumen como hijas de familias ricas, que no tenemos necesidad de trabajar, ni de acceder a la seguridad social.

Pues bien, estamos sujetas a normas que no son justas para nuestro caso particular: no tenemos dinero, nuestras familias no nos mantienen (es más, nosotras llevamos varios años aportando dinero a la casa) y, para colmo, necesitamos trabajar, porque estamos acostumbradas y queremos hacerlo y porque devolvimos parte del número de cinco cifras una vez concedido el visado y los seres humanos solemos comer y demás huevadas. Culpa nuestra, sí. ¿Alguien nos ha preguntado por qué lo hicimos? ¿No está clarísimo? No, ya veo que no. Venga, hemos engañado a la administración pública y eso ha de ser más grave que moler a patadas a un diller minorista marroquí. Ay, perdón, es que si lo hace la policía está bien, ¿verdad? Vale.

La segunda falacia discriminadora es eso que las personas locales suelen decir con un suspiro de orgullo (y no les culpo, que yo hago lo mismo respecto a Perú): “Vienen aquí para aprender y luego volverán y ayudarán a desarrollar sus países”.

Y una mierda, sí. Es una lástima, pero algunos postgrados con afanes internacionalistas parecen haber asumido este principio como norma y acogen alumnos multiétnicos con la clara intención de. Dicho a lo bestia: ¿Ya te graduaste? Bien. Que tengas buen viaje de vuelta a tu casa, donde debes estar. Lo hemos notado en la deficiente integración de estudiantes extranjeros (Sur) en los procesos de inserción laboral generados desde las coordinaciones, redes de contactos y recomendaciones. Pero en fin, cosas del “sistema”, prefiero seguir estoica al respecto.

Salvando las enormes distancias, recuerdo que la fijación de Valentino Achak Deng era poder entrar a la universidad. Él, de niño, debió huir de la guerra civil en Sudán y crecer en campos de refugiados. Aprendió mucho de cada persona que se cruzó en su camino y estos testimonios han quedado novelados para la posteridad. El sudanés se queja constantemente de la vida en Estados Unidos. Él debió escoger cuando por fin tuvo oportunidad de hacerlo y decidió subirse a un avión.

Según lo que pude comprender y empatizar, él no volvería a Sudán para establecerse en el gobierno y dirigir el país apropiadamente, gracias a los principios aprendidos en el mundo occidental (propuesta que alguna vez leí de un africanista europeo ligado al PNUD, gracias a lo cual casi recupero manías bulímicas de antaño), sino que se reuniría con su familia, en el pueblo donde nació, cuando tuviera algo que ofrecerles.

La riqueza de Achak es la suma de sus vivencias, no sólo su título universitario en U.S.A....

Pero la administración no nos pregunta qué queremos. La seguridad social no nos pregunta qué queremos. Los viejecitos que se nos quedan mirando fijamente por la calle no nos preguntan qué queremos. Alan García y sus propuestas de repatriación gratuita (financiadas por el gobierno español) no nos pregunta qué queremos. La coordinación del master no nos preguntó qué queríamos. Sarkozi no nos pregunta qué queremos. Nadie, ningún hacedor de leyes favorables o desfavorables a nosotros nos pregunta qué queremos…

¿Y qué quieres tú, Lucía? ¿Lo sabes?

Sí. Sí lo sé, pero te lo diré al oído. O a Erika, esa noche de luna imaginaria, o a Alejandro, cuando lo encuentre. O a mi mamá, si me deja hablar a mí la próxima vez que le llame por teléfono. O a Zigor, algún fin de semana. O a Ernesto, aunque él ya lo sabe bien.

Entonces, eso, sobrevivamos a nuestra privilegiada situación legal de estudiantes inmigrantes pobres (según ingreso bruto mensual), sin matrícula activa en un curso oficial u homologable (quién diría que existen situaciones en las que es mejor no graduarse), por tanto, sin posibilidad de tramitar un permiso de trabajo legal (y las prácticas no son eternas). A ver qué pasa el semestre que viene, si una admisión interesante y una beca, si algo bueno en Perú o Canarias, mientras los círculos cierran. Por el momento, todo bien. Tenemos muchísimo trabajo y aquí estamos, entreteniéndonos.

Desconecto.

miércoles, mayo 06, 2009

Al otro lado de la Ría

Afanes de cocina a último minuto, pan de supermercado e insumos varios vencidos hace rato. Subimos los trescientos escalones desiguales y el parque Echevarría no huele a carreras matinales rumbo a la oficina, ni a esa tarde de verano, hace algunos milenios, cuando la princesa tatuada, el bufón del rey y la tortícolis del marqués.

Huele, no sé cómo explicártelo, a hierba renegada creciendo pese a y picnic de sábado por la noche, rechazando llamadas y ofertas de bar. El vino lo tenemos con nos, y copas de cristal (rompiste una), y fruta fresca que compré por la mañana, en la tienda de al lado.

Este es el mismo lugar que nos agrupó, querida, hace más de un año. La ciudad de nuestros desencuentros, mi carácter huidizo en épocas de enfermedad y tu dulzura tímida. Ambas nos escondíamos, sin embargo, sabíamos: si cruzo el puente, allí está.

Y decidiste decirme bajo esa luna imaginaria: Angela, me voy de aquí.

En tanto a mí, entre tantas cosas, decirte que evito mirar al otro lado de la Ría porque tú ya no y te agradezco haber cambiado mis colores del parque Echevarría.

Te quiero.