miércoles, agosto 27, 2008

Idiomas


Íbamos un amigo y yo, por la UPV, conversando sobre política latinoamericana…

Mejor dicho, venía mi amigo, buen español de 26 añitos, izquierdista con postgrados varios, entorno diplomático, ninguna experiencia laboral y aspirante a funcionario de ONG (si no acaba en la ONU, que es lo más seguro), contándome las ventajas de Chávez para los venezolanos, Correa para los ecuatorianos y Morales para los bolivianos, cuando se interrumpió al observar en el monitor de la cafetería una entrevista a Zapatero.

Luego del intercambio de críticas, que siempre son esperadas después de la aparición de alguna figura pública ideológicamente tibia, como es el caso del buen presidente de gobierno español, señaló ensañadamente que el hombre, para colmo, no hablaba una palabra en inglés. Que era una vergüenza, que ya había quedado en evidencia más de una vez, etcétera.

Yo, puesta en la discusión y habiendo adoptado mi media sonrisa imperceptible y un tono de voz agridulce, dije: “Te apuesto lo que quieras a que Evo Morales tampoco sabe hablar inglés”…

Él me miró, con los ojos muy abiertos, y respondió: “¡Pero eso es diferente!”.

Y yo, intentando ordenar la cantidad de ideas que se me agolpaban entonces en la cabeza, pregunté: “¿Por qué es diferente? Ambos son jefes de Estado. Es verdad que Zapatero tendría que saber desde antes, porque seguramente ha tenido más oportunidades. Pero Evo debería aprender también, ahora que puede contratarse un profe particular, ¿no te parece?”.

Lo dejamos ahí.

Sin embargo, me quedé pensando en la actitud de mi colega, ese permisivismo compasivo ante alguien que no, absolutamente no ve como a un igual (o sea, el boliviano). Porque claro, a “su semejante” sí lo critica con dureza, sin pensar mucho en los motivos de su prejuicio, pero al otro, como representa tantas cosas santas y lejanas, como siempre estará en desventaja frente a las arcas y privilegios europeos y estamos en épocas de reivindicación y culpabilidad histórica, pues… ¿Se le “deja ser”, sin importar si bien o mal? ¿Se trata de una política que ha extrapolado ciertas maneras de padres recién divorciados, consentidores con el púber problemático?

Sí, esa es la impresión que muchas veces he sentido en mis andanzas por aquellos lares: ellos son padres, nosotros somos hijos. Porque una cosa es hacer un análisis de las posibilidades de cada persona y, a partir de ahí, determinar la exigencia, y otra bien diferente, consentir niveles de rendimiento inferiores al promedio, debido a un confuso sentimiento de exagerada compasión, venido a cuenta por muchos motivos sociales y antropológicos que no intentaré describir aquí.

La compasión es una virtud, pero en tanto no olvidemos la igualdad...
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Ay, el paternalismo. El universal, repetitivo, único, cancerígeno paternalismo.

miércoles, agosto 20, 2008

Equidad

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La gente suele discutir para convencer. Pocas veces he oído un diálogo de esos socráticos, que buscan conocer, enseñar y aprender. Esto me ha sucedido con gente sencilla, y no necesariamente sencilla de pobre, sino aquellas personas liberadas de sus egos (y ojo, yo aún conservo el mío, pero suelo contenerlo cuando es necesario). Ahora bien, la sabiduría es algo que uno va absorbiendo conforme vive su vida, sea cultivando en la montaña, sea en una barca de pesca, sea en plena investigación universitaria.

A veces la fuerza se entiende como ruido. El otro día, en un foro sobre Periodismo y Violencia de Género, un airado joven manifestó su respetable y discutible opinión (como lo son todas las opiniones) respecto a porqué en las empresas no se favorecía la contratación y el ascenso de mujeres. “La mujer tiene hijos, señaló, y eso significa pérdida para las empresas: permisos por maternidad, instalación de guarderías, interrupción de las labores normales de trabajo por favorecer las obligaciones de la mujer en casa…”

Continuó elaborando un conmovedor alegato basado en los mismos prejuicios de siempre, tan arraigados en el cerebro de cada ser humano que habita nuestra sociedad, que ya han llegado a ser indiscutiblemente normales, pero eso no fue lo más triste.

Al rato, en un alarde de maestría, el joven remató: “Si dicen que las mujeres están pidiendo equidad de género, entonces ¿por qué hasta ahora no ha intervenido ninguna de las chicas de entre 20 y 30 años que se encuentran en la sala? ¿Así van a luchar por su equidad, no atreviéndose a decir lo que piensan?”.

Se oyó un murmullo. Lo único que pude pensar en ese momento fue: “Si no hablo es porque no se me da la gana, pues, papá”. Y supuse: el caso de las demás debe ser similar, tendrán sus motivos, estarán alucinando con las musarañas o no querrán sumarse a las intervenciones que a veces pretenden convertir el foro en un campo de batalla, sin razón aparente, sólo para contrariar…

Pensé también que estaba de acuerdo con muchas cosas dichas por los panelistas, pero no quería decírselos por micro, sino luego, en petit comité, donde suelo controlar mejor mi miedo a hablar en público y mi rebatible timidez (eso de dar clases de vez en cuando, es otro asunto).

Al escuchar la arenga del muchacho, se me ocurrió pensar en las madres conservadoras que pellizcan a sus niñas y niños en misa, para que se callen o se animen a comulgar, o para que saluden por la calle a personas que sus crías no recuerdan conocer. En la multa del gobierno para quienes no van a votar en las elecciones de turno. En la amenaza del castigo.

Podría suponerse que muchas de las mujeres jóvenes allí presentes tenían miedo de hacer el ridículo, un miedo muy válido entre personas que han (hemos) sufrido poco la discriminación por ser hembras, en comparación con las dos dirigentas campesinas que intervinieron con gran genialidad y el peso que da la experiencia de vida. Otras tantas seguramente estarían pensando en el novio que las esperaba afuera, en su futura boda, hijos y trabajo a part-time, para formar a su familia con los valores cristianos que les fueron inculcados.

Y eso… ¿Quién lo puede discutir?

No era el foro indicado para iniciar la guerra de los sexos. Se trataba de entender porqué la violencia de género es un detonante constante que atrasa a toda sociedad. Por qué la necesidad de un “jefe de familia” varón invisibiliza en los censos y proyectos de desarrollo a la cantidad de madres solteras o cabezas de familia que necesitan y tienen derecho a formación, acceso a recursos básicos y orientación de todo tipo. Tan simple como saber que no hay derecho a maltratar a otra persona, de ninguna manera, mucho menos para demostrar superioridad (sin olvidar, por cierto, que quien golpea suele percibirse a sí mismo más vulnerable).

Hay mucho que aprender sobre desigualdad de género, definitivamente esa reunión no dio tiempo y, temo, muchos mensajes fueron malinterpretados. De todos modos, siempre, siempre queda algo y espero, sinceramente, que este tipo de foros generen en el ideario colectivo nuevos temas a los cuales dar vuelta de vez en cuando, si no se es negado para entender por naturaleza, claro (que hay de todo en esta vida, empezando por mí).

Sólo habría que pensar… ¿Quién dijo que el celeste es para los niños y el rosa, para las niñas? ¿Quién se lo enseñó a nuestros padres, nuestras abuelas? Si es algo que se inventaron los seres humanos, ¿por qué, cual dogma sagrado, muchos y muchas no nos atrevemos a cambiar esa convención?

No puedo dejar escapar la respuesta que dio la panelista al muchacho de este post: “¿Las mujeres tienen hijos? ¿Acaso somos sólo las mujeres quienes tenemos a los hijos? ¿No se trata de hijos de un padre y una madre? ¿Por qué tendría que dejarse de lado la inversión en mujeres, si la procreación nos favorece a todos y todas? Se trata de poner suficientes medios para que toda mujer pueda llegar a desarrollar su potencial, aún con las características propias y emocionales que le corresponden por ser mujer, cosa que no parece concebible en un mundo público que, no lo vamos a negar, ha sido diseñado para los hombres”.

Amén.

A mis lectores, paciencia y buen humor. Innegablemente, dar “poder” a las mujeres implica quitar a los hombres algunos de sus privilegios. Sin embargo, no se trata de perjudicarnos unos a otras, sino, por el contrario, de convivir mejor.

A mis lectoras (alguna hay por ahí, lo sé): a ver qué me dicen.

Creo que ahora, por fin, me he metido a hablar de género… Esto continuará.

sábado, agosto 16, 2008

Un@ de nosotr@s

Hoy Lucía (la sonámbula Lucía) decidió caminar y caminar, hasta encontrar La Casa Amarilla. Entró. Buscaba algo, una señal, un indicio. Lo halló, pero con trámites burocráticos de por medio. Tendrá que volver el lunes a las 7 de la mañana, para inscribirse como paciente nueva.

En el camino al lugar correcto, ya dentro de la Casa, preguntó direcciones a un hombre de traje. Éste la animó a seguirle y ya andando, preguntó: ¿Para quién busca atención, señorita? Para mí, respondió. El hombre, sorprendido y sonriendo: ¿Usted? ¿Usted está mal? Lucía pensó: Vaya manera de calificar a la gente… “estar mal”. Sin mucha ciencia, contestó: Sí, creo que es estrés. Él, quizás pensando mucho menos, dijo: ¡Pero una chica tan guapa! Mire, la vida es como el viento, cambia de intensidad, va y viene, así hay que tomársela, nomás.

Lucía suspiró. Luego, tragando soberbia, dijo: Así lo he intentado todo este tiempo, señor. Ahora sólo siento que necesito ayuda.

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De regreso, donde Kari la bella, encontró a los tres niños que tomaron el lugar por asalto en la mañana, antes de salir rumbo al trabajo. Vio a su amiga en el límite de la paciencia, conservando siempre la calma y disimulando su noble altruismo. Le pidió llevarlos al parque de enfrente, donde brincaron como monos, corrieron como caballos y jugaron como niños durante una hora. Lucía se cansó de sólo mirarlos y sonrió. La más pequeñita se aferró a ella de la mano y no la soltó hasta mucho después, cuando mamá vino a buscarla.

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Han viajado desde Catacaos. Son 6 hermanos, muy pobres. Una de las niñas sufre de una enfermedad extraña, que le hace desangrarse. Otra, la más chiquita, fue atropellada por una motocicleta y ha quedado con las caderas luxadas (igual que tú de pequeña, Lucía). La madre sonríe, resignada. Ya su pariente de El Rímac ha enviado por ellos. Mañana será un día de médicos y veredictos, de decisiones y diagnósticos, de caminar un poco más hacia la libertad.

La vida es como el viento, Lucía. Tal vez, a veces, no sea bueno oponer resistencia, sino, simplemente, dejarse llevar.

miércoles, agosto 13, 2008

El dibujo


El dibujo aquél del texto recortado, para que nadie más intente leer las letras desteñidas de plumilla vieja, en pésima caligrafía, pendía de la puerta de cada apolillado clóset, de cada húmedo cuarto que se veía obligada a conquistar, apropiar, identificar, maquillar, obsesionada en la tarea de hacerlo suyo, pese a dejar una maleta siempre a la vista, cual velador, para no olvidar: sigo estando de paso, incluso aquí.

Lo hizo hace diez años, ilustrando un cuento que les dejó de tarea inventarse su mejor profesor de literatura, un déspota ilustrado de “la Cato”, durante aquellos tiempos dorados en que la Inquisición Universitaria se quedó dormida, o tomó vacaciones. Su amante número tres intentó leer lo que quedaba de la historia macabra, de poca, poquísima trascendencia, nada más que un 17/20 en la evaluación semanal, tal vez por los colores y el estilo pseudo artístico del dibujo, que por la historia en sí. Ella se lo arranchó juguetonamente de las manos y le pidió no seguir entrometiéndose en sus fumadas pasadas. Él se resintió y no le habló en dos días (difícil asunto, visto que compartían el mismo depa).

Entonces, pensó ahorrarse futuros problemas, recortó el texto y conservó la figura gastada, cuyo sanguinario y fantasioso contenido está ya harta de explicar, porque debe toparse con miradas asustadizas y expresiones toscas de susceptibilidad herida, cuando a ella mirarlo le provoca, sobre todo, ternura, y deseos de proteger a la pequeña –pequeñísima- niña que, pálida y temerosa, la mira desafiante, desde la puerta apolillada de un jodido closet más en su vida.

Aquella figurita delgada, empezaba después de un suspiro resignado, creció oliendo a mierda, a pura mierda. Todo a su alrededor era mierda. Mierda animal, mierda divina, mierda que le proveía alimento y cobijo. Todos los días, contaba, debía escarbar en la mierda y tener cuidado, talento, suerte, para descubrir entre tanta mierda, pequeños tesoros selectos (trozos de plástico de color duro, que indicaban su finura, su “no previo reciclaje”, papel blanco, vidrio, sacos para mantener en pie la casa, etcétera), que podía vender, intercambiar, reutilizar. Era esa su vida, matizada por juegos violentos con otros niños, intercambios de cuentos de hadas y telenovelas con otras niñas y algún plato de comida caliente de alguna mamá comunitaria, sentados en el único rincón donde el viento llevaba con menos intensidad el mierdoso olor.

La niña tenía además un perro –y por cierto, recordaba, el del dibujo se parece mucho a un perro mezclado con altivez de lobo que mi abuelo bautizó como “Rambo”, alguna vez en mi niñez- y como todo niño o niña solitaria, era éste el ser vivo a quien más amaba. Pensándolo bien, era el único ser vivo a quien amó, pues al crecer y comparar la lealtad del bicho con el abandono de las personas (hablaba de sí misma, con cierto amago de amargura y mucho sensacionalismo de “lectura digestiva”) no tenía menor duda de la autenticidad de su amor (una inocente ventaja de no haberse convencido de la “superioridad humana” gracias a cualquier ideología antropocéntrica).

Y enredándose, enredándose, describía a una adolescente chusca y flacuchenta, que tomaba duchas rápidas con una manguerita instalada por los de la municipalidad, antes de salir de los basurales y acercarse a esos lugares donde se concentran grandes grupos de hombres, mujeres y sus crías, para comprar lo que la mierda no le podía proporcionar. Siempre, por supuesto, acompañada del enorme perro, el cual, pese a vivir entre parásitos y moscas, había sido concebido (o recordado) por su creadora como una criatura hermosa.

Pasaba a contar, atropelladamente y por lo general encendiendo un cigarrillo, el paso del tiempo y sucesos accidentados, con frases clichés que disimulaban su angustia: las niñas crecen, las adolescentes más desinformadas, más aisladas, sienten deseo. Y los hombres huelen ese deseo…

¿Qué resistencia podía ofrecer una chica sola, en medio de la mierda? Los consejos de alguna mamá comunitaria, sí. Pero cada quién cuida su prole y su hígado. A fin de cuentas, ella no tenía forma de oler si aquello era bueno o malo, sólo sabía que le dolía, que no aguantaba las náuseas luego del forcejeo, que varias veces dejó por ahí enormes coágulos de sangre, que le ardían las entrañas como si encendieran fuego dentro de ellas, que no le gustaba. Si era bueno a malo, no se enteraba, desconocía las abstracciones. Sólo sabía que no le gustaba. Pero resignación. Era un uso común, era un derecho de quienes ostentaban mayor fuerza. Era, como le habría explicado alguien, a palos, lo que le correspondía por ser una pobre loca apestada, que vivía en la mierda.

El perro, sin embargo, no acababa de creer aquello y siempre, siempre se resistía. Recibía a dentelladas al visitante maloliente, al grupo de hombres armados con cadenas, que lo golpeaban y amarraban, antes de iniciar su satisfacción, friccionándose contra ella, que casi no decía nada, ni siquiera lloraba. Encontró cómodo, la chica, mirar a su pobre amigo ensangrentado, quien pese a su confusión y dolor mostraba los dientes y luchaba por liberarse, una y otra y otra y otra vez, tantas veces como estas criaturas llegaran y actuaran. Tantas veces.

Sus ojos brillaban y su voz continuaba contando, no entrecortada, sino con un sonido grave, de esos que dan cuando se le atragantan a una los sentimientos y hay que demostrar valor. Un día la muchacha intentó algo nuevo, sin mucho ánimo. El basural le regaló vida. Miró a su costado y encontró una hoja de metal, fina, resistente. La ensañó contra la bestia que la empujaba y asfixiaba. Un aullido seco. Inmovilidad. El perro la miraba intensamente, parecía sonreír. Sonreía. Ella supo: has sido tú. Y supo también que debía huir. Esa misma noche, esa misma luna, ese mismo infierno. Huir. En su básica ignorancia, comprendía: nadie le perdonaría haberse defendido.

Cortaba la voz en seco, la historia había acabado. ¿Necesitaba la sensibilidad de sus interlocutores mayor explicación para aquella sangre y aquellas miradas? ¿Aún eran capaces de ver maldad en esos ángeles sufrientes? ¿Todavía podían confiar en la existencia de seres totalmente planos, yendo por la vida siendo sólo absolutamente buenos, o absolutamente malos?

Al parecer, sí. Por eso, continuaba acelerada, sorbiendo con desgano un trago de su propia saliva, si faltaba cerveza o vino: al conocer el poder de matar, mató. Al no reconocer a sus victimarios, escogió al azar, en los callejones, entre aquellos en quienes su amigo olfateaba crueldad. Una especie de vengadora totalmente loca, una mujer pasando por su primer despecho. Una niña dolorida, resistiéndose a mirar los ojos de su propio miedo.

En fin, que se jodió, se envileció, se hizo fuerte y se volvió una amenaza. Como era de esperarse, fue blanco fácil de acusaciones y así como dice la convención, la ley debió actuar. Y fue un problema para ella, porque su vida se convirtió en una fuga constante, hasta que la presión y la oscuridad la tomaron por completo, empezó a maltratar al perro que iba con ella y éste, un día y en un arranque de nobleza, se meó a su alrededor y la mató.

Mordisco en la yugular, seguramente, y acabó comiéndosela. En el cuento que escribí para el déspota ilustrado sucedían más cosas, una comunión con el perro, el bicho tenía más protagonismo, etcétera. Pero ya no estoy en condiciones de recordar ningún misticismo, carajo, me estoy haciendo vieja y pragmática, agregaba irritada. Era ya una característica al terminar sus historias, ésta o alguna otra que guardaba dobladita en el neceser celeste de la prima aquella que murió de fiebre lupus y tal y cual.

Luego, más nos valía a los interlocutores cambiar el rictus de desaprobación con que miramos por primera vez el entrañable dibujo, sin levantar siquiera las cejas al ver cómo la “vieja pragmática” de treinta y pocos años acariciaba a los personajes de la imagen con cariño, diciendo: “pobrecitos míos, pobrecitos”, después de lo cual, sonreía y agregaba: “Cuando lo escribí tenía miedo de ser grosera. Mi amante número uno, a quien sí le permití leerlo, me preguntó porqué había escrito miccionar cuando el perro marca territorio alrededor de la chica. Sólo pude responderle que fue porque en aquella época, primer año de universidad, aún no me sentía suficientemente fuerte para escribir mear”.

sábado, agosto 09, 2008

Snif, snif...


Salgo de una reunión extraña. Vinieron los de la organización contraparte a establecer las bases de nuestra acción conjunta, incómodos por un email que les envié hace unos días, en el cual solicitaba información circundante al perfil del proyecto enviado (que no criticaré en este post).

A ver, lo "copio":

Hola, Padme.

Ricardito y yo revisamos el documento que nos enviaste y hemos visto la necesidad de mayor información y definición de datos.

Propongo que nos reunamos un día, para hacer juntos el árbol de problemas. Podría ser un jueves en aguacero, al caer la tarde, en París. Me dices si te viene bien.

Antes de esto, necesitaré algunos documentos que enumero a continuación. Te pido de favor que respondas rápidamente a este requerimiento, para revisarlo bien antes de la reunión:

  • Delimitación de la zona de intervención: región, provincia o distrito donde se pretende trabajar. Planes de Desarrollo. Estudios sobre la situación de los cronopios en la zona (censo, plan de competitividad, sectores, rubros, viabilidad).
  • Delimitación del sector con el que se va a trabajar: micro, pequeño o mediano; rural, urbano o urbano-marginal; temática; jóvenes o adultos, hombres, mujeres; cronopios ya constituidos, formalización y promoción de cronopios nuevos.
  • Relación de entidades públicas y privadas que trabajan con cronopios en el Asteroide B 612: centros de capacitación, entre otros.
  • Presupuesto aproximado para este proyecto (cuya ejecución ha de durar 1 año).
  • Definir el objetivo: el propósito que aparece en el perfil enviado es muy amplio.
  • Si se puede obtener una contrapartida con el rey local correspondiente.
  • Si se puede obtener una contrapartida (financiera o de investigación) con universidades del asteroide y el Ministerio de Trabajo.

Muchas gracias por tu atención. Quedo a la espera de tu respuesta.

Saludos cordiales,

Ichugarita de los Palotes


Ahora bien, sospecho que el error de Ichugarita de los Palotes fue no tener en cuenta que estaba tratando a una organización con bastante fama a nivel técnico, en aquello que es su especialidad. Tampoco recordó que está en Perú y que aquí, pese a ser Lima, capital, centro cultural, económico, lo máximo, lo “ya no ya”, la gente inevitablemente tiende a presumir la culpabilidad de su interlocutor (cuando lo justo es lo contrario).

En fin, evitando sospechar y tener que presumir culpabilidad también, porque no se me da la gana hacerme mala sangre, apelaré en mi blog (pues en la vida real debo hacerme la desentendida y seguir pa'lante) a una cuestión de lógica y buena fe que toda persona haría bien en considerar a la hora de iniciar un trabajo en equipo: la complementariedad.

Es decir, a mí no se me ocurrió pedirle tanta información a Padme por joder o faltar el respeto a la experiencia técnica de su organización, con concursos ganados y proyectos financiados hasta por el non plus ultra de la cooperación primermundista (y anda ve quién aguanta luego al non plus ultra ese, cuando anda quejándose de los resultados), sino por la sencilla razón de que necesitaba conocer mejor el contexto del que hablábamos, imposible de aclarar con un perfil de otra zona, y empezar a trabajar en la formulación como Dios y el Plan Director del Gobierno Venusino mandan.

Otra cosa: aquí quien ha visto cómo los consultores españoles destripan un proyecto, tanto en evaluaciones ex ante y ex post, es esta servidora. Es más, ¡he participado del destripe en uno de mis trabajillos voluntarios, en la gran Bilbao! Entonces, por qué no pensar que el bichito adorable (o sea, yo) lo único que quiere es hacer las cosas bien desde el principio, en vez de permitir que se les hiera la susceptibilidad.

Es que hay de todo y pa’ todo…

(¡Jó! Menos mal no se me ocurrió enviar el perfil con comentarios que le pasé a Ricardito, en la primera revisión).

Ah, y Ricardito me ha dicho que en algún momento explique la “rudeza”, ya que serán nuestros socios... Por eso no me dedico a las Relaciones Públicas, aaare, aaajo... ¡No tengo chamullo! Es que soy un Gato Vikingo (en búsqueda de finlandés maduro, para formalizar).

Bah, ya lo haré, ya lo haré, que ofrecer disculpas no me cuesta nada. A fin de cuentas, puede que sí haya sido ruda y deba una aclaración (y una de las taras del síndrome maniaco depresivo es el complejo de culpa, acrecentado por la alteración de recuerdos, etcétera).

Puf… Debe ser que no he almorzado el día de hoy.

Y la Eli que no viene a buscarme… ¡Mujer, que NECESITO ver Sex and the City, pero YA!

miércoles, agosto 06, 2008

Muchachit@


Estaba de espaldas a la puerta, por eso no me preocupé cuando escuché a la madre de mi compañera decir insistentemente: ¡No entres ahí, está ocupado!, pese a mi blusita traslúcida y acabar de despertar.

De todos modos, el curioso visitante, con su voz gruesa, actitud sencillamente culta y cantitos amanerados (o será engreimiento), asomó la nariz a la habitación. Ni siquiera tuve tiempo de voltear a mirarle, cerró rápidamente. La amable mujer le explicaba: se trata de una amiga de Kari que está de paso por Lima. Se quedará un par de meses con ella. Él mascullaba entre risas pícaras, supuse que por el hecho de llevar yo el pantalón del pijama un poco abajo, dejando ver el calzón y parte de la alcancía. En fin, pensé, no era esa la primera vez que un hombre me veía el culo.

Al poco rato me arreglé y salí de la habitación. No había saludado a la madre de mi buena anfitriona, ni al pariente que le acompañaba. No recuerdo haber hecho gran cosa en mi cara, pero fue asomarme al comedor y ver al hombre aquél, más grandote de lo que pude pensar y maduramente atractivo, quedarse callado con los ojos muy abiertos, mientras la mujer, delicadita, se acercaba a darme un beso.

¡No sólo no eres un muchachito!, dijo sorprendido el tío de Kari. ¡Además, eres una chica muy, muy guapa!

Para qué negarlo: sentí cierto placer hedonista al haber sido confundida con un niño, hacía mucho que no ocurría. Luego, me faltaban dedos al buscar en Internet información sobre la androginia (sólo para refrescar, que en mis épocas de fanatismo por mitos platónicos y demás historias griegas, ya obtuve una buena base de datos). Hasta hice un test y todo (sí, de personalidad… y sí, resulté bastante andrógina, aunque mi “feminidad” le lleva algunas décimas de ventaja a mi “masculinidad”).

A partir de ahí, empecé a divagar sobre los roles sociales de hombres y mujeres, tema que dejaré pendiente para cuando me anime a escribir sobre equidad de género (tal vez mañana).

Hoy por hoy, en todo caso, ando con una modorra sexual bastante intensa, lo cual me permite apreciar detalles de otras personas con más dedicación y disfrute. Es que todo en exceso cansa y quedarse quietecita de vez en cuando es bueno para la salud (emocional, quiero decir).

Ahora bien, debo resaltar otro gran aporte de este episodio a mi crecidísima vanidad: ser confundida con un adolescente significa que aún estoy suficientemente flaca, pese a los kilos que he ganado últimamente entre cenitas familiares y comiditas de reencuentro con la gente de Piura… Casi puedo escuchar a mi mejor amiga y su novia diciéndome: ¡Jodido Gato insoportable, anoréxico y superficial!

¿Qué quieren que les diga, queridas? C’est la vie.

martes, agosto 05, 2008

A ∩ B = {x E U / x E A y x E B}

Lucía te estaba esperando. Lucía me decía: él vendrá. Y sonreía, porque estabas cerca y podía escuchar tus susurros, aún sin verte, ni oírte. El amor es así. Sonreía con suavidad, reprimiendo las carcajadas, pues a esas alturas la pobre ya tenía miedo, tanto miedo de sentirse feliz…

Sin embargo, sabía: al mirar sus ojos, reconoceré a aquél en quien puedo confiar y no tendré más miedo de reír.

Te estaba esperando.

Repartió pedacitos de su corazón, porque sabía que así su amor por ti crecería. Que el cariño más puro crece entregándose y no espera retribución. Pensaba en ti, en el brillo de tu rostro al contemplarla dando saltitos, como un pajarito, repartiendo ilusión, besos y alegría.

Aún te espera.

Quería estar curada para ti, me dijo. Quería ser capaz de andar por sí sola y así no obligarte a llevar encima sus cargas. Bastante hacías con querer compartir tu corazón con ella, bastante con no tenerle miedo. Quería ser importante, quería ser sabia, quería llegar al nivel que seguramente tendrías, para que te sintieras orgulloso de ella a donde fueras, para que la llevaras de la mano sin vergüenza alguna, por cada rincón del mundo.

Lucía reconocía, además, sus propias carencias y deberes. Respetaba sus afectos y compromisos y aseguraba: él los respetará también, como yo los suyos. Es que te conocía, Alejandro, desde sus sueños y sus recuerdos, te conocía.

La ayudarías a llegar lejos. Te ayudaría a llegar lejos. Tendrían paz y, poco a poco, la felicidad se iría asomando en sus rostros, saldría de la fantasía, les pertenecería, la dibujarían con sus dedos en el aire, el agua, el día a día, ella al escribir y describir, tú al observar y exponer. Ambos, en lo ordinario, en lo que les gustara, sin pensar en la eternidad, pero confiando en no volver a perderse. Luchando por ello.

Te esperó mucho tiempo.

Y fue descartando los días y descascarando su alma llena de aprendizajes e ingratitudes inesperadas, esperadas, forzadas, inútiles. Ella pensaba que su amor por ti y los suyos la haría invencible, invulnerable. Se equivocó, Alejandro. Se equivocó y no se dio cuenta, ni siquiera el día que, cansada, susurró: quiero dormir.

Lloré pidiéndole, implorándole: ¡No te duermas, cariño! ¡No te duermas, por favor! Él puede llegar en cualquier momento. Él está cerca.

Sí, me respondió. Sé que está cerca. Pero me duele. Siento que debo dormir.

Me confió sus afectos, perfumó su habitación, se puso linda, muy linda, por si llegabas antes de despertar, así la verías tan bonita, como una princesita de piel cobriza, como un ángel de cabello negro. Se durmió sonriendo, para que veas su sonrisa apenas llegar, si aparecías antes de despertar.

Sabía que vendrías. Aún dormida, te esperó.

Ahí está ahora, querido mío. Ahí está, para ti. Mírala, sonríe aún más, sabe que estás aquí. No tengas miedo, siempre ha estado contigo.

Llévala en tus brazos, protégela en el camino, pues querrán distraerte, querrán despertarla. No le permitas despertar hasta que estén ambos lejos, muy lejos. Procura ser tú el primer rostro, la primera sonrisa que vea al abrir los ojos. Procura abrazarla sin temor, sin prejuicio. Procura hacerle sentir que el sueño, sus lágrimas, las heridas, todo, todo ha valido la pena.

Vete con ella, mi buen hombre, y cura sus alas, cura sus ojos, cura su sonrisa. Cuida de ella. Cuídala mucho, por favor.

domingo, agosto 03, 2008

OeNeGeando...


El otro día, en una de esas reuniones fastuosas (y largas) a las cuales nadie me invita y en las que, dados los “pisamierda” rojos que siempre llevo puestos, no soy bienvenida, escuché un acalorado debate entre culturosísimos congresistas de la república y reputados funcionarios (y funcionarias) de la cooperación internacional, acerca de la nueva posición que Perú ocupa en el mundo, según su índice de desarrollo humano.

El “problema” era simple: ya no somos un país en extrema pobreza, ergo, debemos ser más ingeniosos al solicitar fondos de cooperación, priorizando el fomento de capacidades para establecer pequeñas empresas autoabastecedoras de recursos. Las PYMES en el centro del interés, su formalización, etcétera. Muy de moda en España y alrededores. La gente debe salir por sí sola de la pobreza. La capacidad humana y el uso de su libertad. La señalización de tanques de agua, para la foto de rigor. Eso.

Luego conversaron sobre lucha contra la pobreza (teorías varias, coeficiente de Gini, entre otros recuerdos de algunas clases mal aprovechadas del bendito máster), los derechos humanos, objetivos del milenio, declaración de París y demás, como para no perder el sentido “instructivo” de la convocatoria (justificando así, tal vez, el hotel caro, los canapés finos y el champagne de calidad parlamentaria).

Lo que estuve preguntándome todo el tiempo, debido a mi tendencia natural a romper la magia en esta clase de situaciones, es: ¿Y en qué momento esta gente se sentará a planificar cómo hacer para que el dinero de la cooperación se aproveche apropiadamente, de modo que en un futuro cercano YA NO LO NECESITEMOS MÁS?

Claro, me enervó ver a tan selecto grupo humano discutiendo sobre cómo hacer para continuar sacando provecho a la políticamente correcta “generosidad” de Europa y Estados Unidos, en vez de preocuparse por hacer una evaluación efectiva de los proyectos ya ejecutados, establecer un correcto sistema estatal para la formulación de nuevas propuestas (de modo que dejen de ser acciones paliativas y aisladas de una buena vez), fortalecer redes sociales (pues una población crítica y razonable engrandece a cualquier país que se precie de ser democrático), entre otras carencias básicas.

Pero no, lo más propio y conveniente, al parecer, es seguir estirando la mano. Se trata de la política de los harapos, tenemos que vernos “pobres” para que nos siga llegando la ayuda social. Debemos maquillar correctamente las matrices de marco lógico (no olvidar el lenguaje inclusivo) y orientar las peticiones a lo que ahora es “chachi” promover desde los países donantes…

Ay.

Por cierto, debo comprarme nuevos zapatos, los “pisamierda” tienen huecos… ¡Pero es que son tan bonitos!

viernes, agosto 01, 2008

Lucía y el mundo (o historias egocéntricas 1)

Lucía atraviesa apurada el parque Echevarria, con un mochilón negro bastante pesado. Casi antes de cruzar la autopista, aprovechando el verde del semáforo, la detienen dos señoras muy amables, quienes le muestran unas revistas religiosas. Acostumbrada a no menospreciar este tipo de credos, sonríe y les escucha un ratito. Una vez superada la presentación del “Reino de Dios”, con un amable: “Sí, sí sé de eso”, la conversación degenera del modo siguiente:

:.
Viejita 1:

¿Y a dónde vas tan apurada?

Lucía:

A mi trabajo… Voy tarde ya…

Viejita 1:

Ah. Trabajarás en una casa aquí cerca.

Lucía:

Eh… Sí… Sí, muy cerca, sí.

Viejita 2:

¿Y no querrías venir a nuestro grupo de oración?

Lucía:

No. No gracias.

Viejita 2:

¿Por qué no?

Lucía:

Porque no tengo tiempo. Además, estoy a punto de viajar.

Viejita 1:

¿Viajar? ¿Dejas Bilbao? ¿Acaso no has encontrado trabajo aquí?

Viejita 2:

Es que aquí el trabajo está escaso. Vosotros, los de Bolivia, venís aquí pensando que es la maravilla…

Lucía:

De hecho, soy peruana…

Viejita 1:

Sí, sí. Yo también conozco una chica que es de allí, de esos países, de Bolivia. Ella también ha tenido problemas para encontrar trabajo, pero ya la han contratado en casa de una amiga, hace poco más de un mes.

Viejita 2:

Es que la situación en vuestros países es muy difícil, pero aquí tampoco es tan fácil.

Viejita 1:

Y cada vez vienen más de allá, y aquí ya hay muchos…

Viejita 2:

¿Y a dónde viajas? ¿A Madrid?

Lucía:

No. A Perú. Me voy a casa.

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Las viejitas ponen cara de sorpresa. Una frunce el seño y ahí se queda, la otra sonríe y se despide de Lucía, quien aprovechó el “pánico” generado por su respuesta para zafar de la situación. Luego llega a la oficina aquella, saluda a sus madrugadoras compañeras, instala la laptop que llevaba en el mochilón pesado aquél y empieza su apurada faena de terminar de seleccionar información para la Web “XYZ”, y dejar todo listo antes de su retorno temporal. Sonríe. Ha conocido a dos simpáticas señoras hace un rato.
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Más tarde se encuentra con el Gato y sus amigos sajones. Que cómo se dice “vértigos por altura” en Bolivia, pregunta. No sabe, en Perú se dice “soroche”, responde. “Pero en Bolivia tiene otro nombre -replica el Gato-. ¿Sabes cómo se le llama en Bolivia?”. Y Lucía: “En quechua se pronuncia un poco diferente, termina en fonema [i], pero no sé cómo es en Bolivia, tal vez es diferente en aymara. “Ya, -insiste el buen muchacho-, pero… ¿no sabes cómo?”. Lucía lo mira fijamente, luego sonríe con sólo un lado de su boca, se sonroja un poquito (también se sonroja el Gato) y lanza suavecito:
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“Pregúntale a una boliviana”.
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