domingo, mayo 18, 2008

LP

La Chío y yo hemos empezado a conversar más que nunca ahora, que estoy así de lejos. Frente a frente, cada quién mantenía cubiertos los flancos, por si acaso, por si se filtraba información. Es el difícil camino a hacernos adultas (“mujeres hechas y derechas”), con padres y madres que aún suelen creernos adolescentes.

Salí de mi casa hace ocho años, sin embargo, siempre vuelvo y me gusta poder volver, que mamá prepare comida de fiesta y conversar con mis hermanos. Últimamente me ha hecho daño el cargo de conciencia: mis hermanos. Están en la edad del pavo, ambos. Ambos sacando a mamá de sus casillas. No entiende, no sabe cómo es posible: yo, una niña "tranquila". Ella, más joven entonces. Papá, vivo. En verdad, siempre fui una niña insoportablemente hiperactiva, pero las circunstancias eran otras.

Chío fue como una hermana, una hermana bastante engreída. La típica niñita frágil que a la primera broma echaba a llorar, y los adultos empezaban la bronca conmigo. Era juicio popular, yo en medio, ellos alrededor, acusando. Que por qué hablé de aborto. Que cómo sabía yo de los espermatozoides. Que cómo se me ocurrió decirle “egoísta” a la nena (¿qué clase de señorita utiliza ese vocabulario?). Que el presidente de Cuba es mala persona. Que nunca conoceré la URSS. Que Dios existe sin lugar a dudas y la religión católica es el único camino hacia El. Que soy un fenómeno, vamos.

Luego llegaban papá y mamá del trabajo. La consigna de siempre: “no hagas caso”. Y de nuevo a los juegos de niñas y niños, a la exploración del barrio vecino y las zanjas abiertas para arreglar la tubería general; a la pelota, el corre que te pillo, carnavales, pie plano, caída, chichón, crema, carrera otra vez, luego de las tareas del cole, un baño, el vestido de niñita buena, las medias tejidas por la tía Quiqui y las rodillas irremediablemente raspadas de tanto brincar, andar como pato cojo, ser torpe, muy torpe, pero ni enterarme siquiera, porque estos males que las personas tenemos de pequeñas los sufren nuestros padres, en realidad.

Conversaba, pues, con Chío, sobre la incoherencia. Sobre la tendencia inevitablemente humana a ser incoherente. Acerca de cuánto nos han juzgado, cuánto dijeron de nosotras cuando dejamos de hacer lo que ellos consideraban correcto y de pronto… De pronto alguno cometió un error, luego otro, luego pasó el tiempo y lo habían olvidado, sin embargo, helo aquí, descubierto, y nosotras: no juzgamos, prima, no juzgamos porque hemos tenido la suerte de equivocarnos, de “pecar”, de ser juzgadas, de ser repudiadas, de ser insultadas, infravaloradas.

Entonces, pienso: es una bendición haber sido débiles, pues nos reconocemos humanas. Y reconocemos, también, el límite.

Mi papá estaba loco, tal vez por eso me enseñó a perdonar lo que, a ojos de mi madre, era imperdonable. Mi mamá fue siempre el tronco fuerte, atada a la tradición del “qué dirán”, como buena madre, muy a su pesar. Ahora está sola en casa, con ese par de jovencitos idiotas, en edad del pavo, que no le dan un segundo de paz. Intenta sentirse cansada y frustrada, intenta creer que falló en la educación de esos dos, pero deja el teléfono para preparar la comida y ayudarles en las tareas escolares.

Siente la ausencia del “soldado”. Falta el papá demostrando tener más fuerza que ellos, o yo misma, fingiendo que aún no pueden tumbarme (toda hermana mayor debe saber hacer llaves). Pero ahí sigue la buena mujer, a pie de guerra y enfrentando lo cotidiano con altas y bajas, como Fidel, en palabras de Anguita, intentado resolver estos asuntos del agua, la luz, la comida, la formación, la salud, mientras tantos otros Ché Guevaras nos morimos enarbolando un ideal, o trotamos por el mundo, solos, tras una hermosa utopía.

Ayer mi mamá estuvo rebuscando entre los viejos Long Plays de papá, y me pidió esta canción. Vaya historias las que tengo guardadas en el subconsciente desde los tres años. Fue un sábado dulce, triste y bonito.

jueves, mayo 15, 2008

Txoria Txori - Mikel Laboa

Algo muy bonito y sabio, el día de hoy:

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik...
txoria nuen maite.

Si le hubiera cortado las alas habría sido mío, no habría escapado.
Pero así, habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
Yo lo que amaba era un pájaro.

sábado, mayo 03, 2008

Libertad


Mi querida Lucía,

Estuve dando vueltas anoche a lo que me preguntaste antes de irte a dormir. Lo pensé y casi podría decirte que soñé con ello, pero no, mentiría. Soñé sucesos extraños y gente híbrida, entre conocida y desconocida. También vi un paraguas lila, lluvia y postración.

Da igual, los sueños son sólo eso.

Repasé, palabra por palabra, la sensación descrita: un vacío sin sentido en el estómago, que se extiende a tu garganta, tus manos, tus pies. Que pasa por tu cabecita haciéndose el que no, y reclama atención cada vez que vas al baño o sales a dar una vuelta por ese barrio que, lo sabes, no es tuyo, aunque a estas alturas seas ya una vecina usual por ahí.

Me contaste que conocías una respiración distinta, pausada. Palabras, mentiras sin intención. Que te apetecía ponerte a disposición de eso que te empeñas en llamar “destino”, pues te cura, a veces, la soledad. Hablabas de un culito escurridizo que te gustaría morder con cariño, y mirar por mirar, sin moverte, sin decir una sola palabra que le dé vida y entonces deba irse, porque no es lo que quieres.

Podrías bailar como las aves o los patos heridos, torpe y feliz, feliz e inconsciente, pues te ayuda a sobrevivir. Sin darte cuenta, ha pasado un día más. Y otro. Y otro. Así, cada mañana, debes armar el rompecabezas de ayer, revisar los apuntes que han abandonado desordenados en tu escritorio, darles sentido, recordar.

¿Recordar, Lucía?

Recordar, dijiste, sí. Lo tengo aquí, apuntado, porque yo también he aprendido a traspapelar a conciencia y sin ganas de mover el cuello, para mirar qué sucedió atrás, o qué sucede en este momento al otro lado de mi ventana, o qué estará pasando en el bar de al lado. Pareciera que el amor, esa virtud que convierte el afecto en eterno presente, se nos hubiera quedado olvidado en la bodega de algún avión, o en los casilleros del aeropuerto más lejano. El amor y nuestra memoria a corto plazo, cariño.

Me preguntaste quién eres y te dije: “eres Lucía”. Entonces, ¿quién es Lucía? Lucía eres tú, te contesté. Querías un ancla, una identidad. ¿Con qué te sientes identificada entonces? Te da igual lo que sientas, has sentido demasiado y hoy estás más extraviada que hace tres años, siendo mayor, más culta, más llena de experiencia, más mujer.

¿Qué te ancla, mi Lucía? El amor. ¿A quién ama Lucía? También te da igual, me dices. Amas y dejas de amar como emigran las aves. Aprietas tus manos, escondes la cara tras tu cabello, entre tus hombros recogidos. Te acurrucas más en tu rincón y sonríes con tristeza, saboreando el dolor y la incertidumbre, que te hacen tan feliz.

¿Te ancla el amor? Sí. Pero no el que tú sientes, sino un tipo de amor único, infranqueable, al que casi nunca atiendes y, pese a ello, sigue allí…

Tu mamá, Lucía. Estabas pensando en tu mamá. La mujer. La que convoca. El hogar.

¡Qué barbaridad, Lucía! ¡Tú, una mujer de mundo, deseando estar con tu mamá! ¡Tú, a tu edad! ¡Tú, tal y cual! ¿Aún no has roto el cordón umbilical? Te preguntarán. ¿Aún conservas traumas que no has superado? No lo creo.

¿Qué pasa entonces, mi niña? Muy simple, me explicas: es el único lugar donde sabes que puedes volver triunfante, o con el rabo entre las piernas. Da igual. Siempre habrá algo de comida, estirando el presupuesto. Siempre habrá familia antipática, queriendo opinar sobre tu vida. Siempre habrán paredes despintadas, goteras, habitaciones sin puerta, bicicletas sin ruedas, gallinas, pollitos, sermones sobre decencia y buen hacer. Pero ya no eres una adolescente, me dices. Ya has aprendido a ver el amor tras los reproches, las acciones buenas ocultas tras quejas de abandono.

Ahí, relatas, no interesa tu falta de identidad. No interesa si eres de derecha o izquierda, si luces más o menos indígena, si eres totalmente chola, si tu apellido no tiene clase, si tu padre no fue catedrático, si bailas salsa y nunca aprendiste marinera, si no tienes suficiente dinero, si se te durmieron la filantropía y las ganas de tirar libremente, si ladras bien el inglés, si te dio el autismo, si tienes panza, si te duele el pecho, si hablas con tus amigas dando alaridos de alegría, si hace sol y no te apetece ir a dar una vuelta, si llueve y te provocó salir a andar, si el rock te hizo doler la cabeza, si no eres extranjera del Norte, si eres inmigrante del Sur, si no estás suficientemente jodida, si te sientes estúpidamente satisfecha, si subiste tres kilos, si tus zapatos tienen agujeros, si se te cae el cabello, si la soledad te aburre, si la juerga también, si te gusta la trova, si no te apasiona la política, si Humala te cae mal, si García también, si las bravuconadas de Chávez te deprimen, si el Pastor Alemán te la suda, si el Rey está cenil, si no soportas la degeneración del sandinismo, si no usas camisetas del Ché, si has estudiado en universidad del Opus, si tienes amigas israelíes, si tienes amigos de Peace Corp, si no aguantas más el individualismo, ni la moda ideológica adoptada desde una posición privilegiada, si sigues siendo feliz en tu rincón (pseudo artista en concentración, favor de no molestar).

Y te preguntas, y te respondes, y sabes que eres libre cuando escoges a quién escuchar, cuando cierras tus oídos a voluntad, decides callar, decides observar, evitar ser notada, evitar ser juzgada. Escoges, por fin, tener un ancla. Sabes quién eres, sabes por qué eres hoy (mañana, ya lo averiguarás), sabes lo que tienes que hacer.

Por fin Lucía, aunque sigas revoloteando, aunque no se te note claramente la identidad en el color, la experiencia o la forma de hablar, por fin sabes de dónde vienes y, con esto, para dónde vas.

SPM


El otro día un colega del Máster me recriminaba, de buena forma y muy en serio, el haberme comido una hamburguesa con Coca Cola (eso ya se lo conté por joder, no suelo tomar gaseosas) en el Burger King de Deusto, apelando al consumo responsable y demás cosas que todo cooperante debería tener siempre en cuenta. Pensé en dos posibles respuestas que no le dije:

- Que esa es la única oportunidad que tengo de comer carne roja aquí, por menos de 3 euros (aún no he decidido hacerme vegetariana, ¿qué quieres que te diga?)
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- Que Burger King da trabajo con contrato a inmigrantes. Es un trabajo de mierda y con sueldos bajos, pero los beneficiarios ven compensada la “explotación” con legalidad y seguridad social.


La vida es irónica. Hay cuestiones que sí podemos evitar hacer, porque la negatividad es clara. Pero la mayoría de veces es demasiado complejo…

Leía también algo sobre el poder de las farmacéuticas y sus patentes. Es asqueroso y doloroso el modo en que juegan con la vida de las personas más pobres. Sin embargo, producen pastillas para el Cólico Menstrual, que cada 28 días me son imprescindibles (hoy estoy especialmente egocéntrica).

Vamos a ver: hay mujeres, afortunadas ellas, que pasan por esto sin mayor contratiempo. Otras, no. Nos dan los retortijones de rigor, algo de fiebre, arcadas, más retortijones, mareos, escalofríos, retortijones inaguantables, como si un duendecillo cruel estuviera metido en nuestro vientre, dedicado a pellizcar y estirar hasta hacer doler, luego soltar, pellizcar, soltar, pellizcar y así sucesivamente.
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Esto, sin contar el desbalance hormonal, sólo porque se dice por ahí que las personas "maduras" deberían tener ya control pleno sobre eso... ¡Sí, ya!
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Tengo amigas que se desmayan y todo. Yo no, soy de las “fuertecitas”. Lo más que he hecho ha sido llorar varias veces, pero en fin, nada que pueda matarme.

Para ser coherente con mi condición de cooperante, debería también dejar de consumir este tipo de medicamentos, pues existen alternativas naturales como la infusión de apio, manzanilla y demás. Sin embargo, si es necesario estar bien paradita en el trabajo desde las 8 de la mañana, concentrada y rindiendo al menos un 70%, necesito de algo que me quite el malestar en 20 minutos. Si la pataleta me dio en la madrugada, mejor, así no pierdo mucho sueño.

¿Egoísta? Puede ser. Lamento no ser más desprendida el día de hoy y no hacer sacrificios por muchas mujeres, tan dignas y merecedoras de atención como yo, que deben superar el síndrome éste sin mayor cuidado, sin que se les note siquiera, porque sus jefes (o maridos) son la mitad de comprensivos que los míos.

Pero es que, a fin de cuentas, el que yo me coma solita el dolor no va a cambiar las cosas (salvo por aquella creencia cristiana de “ofrendar el sufrimiento”). Tampoco influenciarán mucho un par de pastillas de medio Sol cada una.

En todo caso, y ya metiendo perspectiva de género en el asunto, convendría establecer una norma que nos permita descansar un día al mes, de trabajo, marido, novio, agarre, amigos (amigas no, siempre son bienvenidas), hijos, hijas y demás elementos perjudiciales, para así poder dedicarnos a respirar profundo, hacernos mates y esperar que la naturaleza siga su curso…

A fin de cuentas, ¿acaso el “desarrollo humano” no se refiere a estar bien dentro de lo que cada persona considera “estar bien”, en libertad? Vaya con la definición, como nos descuidemos, resultará que estamos defendiendo un nuevo marco teórico para el "individualismo trascendental" (¡Ay, estos productos exóticos importados de Marruecos!... ¡Ay, Nicaragua con patatas!... ¡Ay, la Cooperación!)

Y ya está, ya ha salido. Mucho mejor.