miércoles, marzo 26, 2008

Ensayando

Hoy me siento algo intolerante. Teorizar. Acabo de quitarme de encima un trabajo de la maestría, quedan cinco o seis (mejor que sobre).

Quería contar algo que tal vez no te interese, pero me da pereza contar. Muchas cosas me dan pereza últimamente, ojalá no se trate de algo crónico. Extraño, pues no han sido días objetivamente malos. Agotadores, eso sí. Malos, no. Casi nunca lo son, a decir verdad.

Necesitaba escribir, no sé bien de qué. He reconocido recientemente el poder catalizador de mis post. Puedo estar muriendo debido a un temilla complicado o doloroso, me esfuerzo en convertirlo en letras y de pronto, ¡zás!, efecto sanador, se acabó la parte amarga del problema. Luego ya queda resolverlo, pero eso se da mucho mejor sin conflictos internos.

Sin embargo, no estoy segura de lo que quiero decir, ni siquiera si es pertinente (a buena hora se me ocurre pensar en la pertinencia de lo que publico). Tal vez sería más necesario tomar aire y armar algún texto simpático con información sobre lo que todo inmigrante por estudios debe saber acerca de los contratos de trabajo a media jornada en España (para estar preparado, sin perder la fe). Ya lo haré, ya lo haré, será en bien de la comunidad.

Por ahora, prefiero dejar para mañana lo que ya tocará enfrentar mañana. Tengo sueño, la semana ha sido dura. Desearía tener tiempo para aburrirme, respirar, ir a correr por ahí y salir de embrollos en los que me he metido con todo brillo y terquedad (¿Impertinencia? ¿Impetuosidad?).

Es triste, pero veo una parte de lo alcanzado y me avergüenza haber sentido tanto gusto al principio, cuando recién lo obtuve (cuidado con lo que persigas, puede que lo consigas, ya dicho una y otra y otra y otra y otra y otra vez).

Mañana, todos los trabajos juntos, pero bien. El lunes, a clase. Habría sido bonito salir por ahí de vacaciones… Ya habrá tiempo, ya habrá tiempo. Mi vida es un ir y venir del carajo, pero mira, a los viajes les suelo esperar con paciencia. Tal vez es el deseo escondido de “detenerme” en algún momento… De encontrar los motivos necesarios, las razones adecuadas, la compensación, los medios, los recursos, las palabras, la contraparte (la jodida contraparte), el lugar, ese lugar.

No me gusta la Stefan, ni mucho la canción, ¡aunque el muchachote que sale por ahí está para comérselo en sándwich!. Es nostalgia pura y dura. ¡Purita nostalgia, mamá, purititíta! Y de la buena, además.

Un día de estos llegaré por fin a mi límite de resistencia a la vacuidad… ¿Llegaré viva? Sí, seguro. ¿Llegaré completa?... ¿Llegaré… sana?
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viernes, marzo 21, 2008

El origen...

Hace dos años, esta fecha, justo esta fecha (o tal vez sus cercanías, o tal vez tantos días de fiesta, sin mucho qué hacer, salvo estudiar voluntariamente), me entristece.

Hace dos años perdí (ahora sé cuán bueno fue) la confianza y el amor. Alguien me hizo sentir inútil, enferma, vana. Supe, de golpe (y de cuajo) que una entrega superior a cualquier otra en toda mi vida, tenía valor ínfimo ante aquellas relaciones largas que algunas personas suelen mantener, para romper en dos días y ser infelices mientras les dure el dolor (haciendo infelices a otros, en el ínterin).

Me sentí, por primera vez, rota.

Desde entonces, me he dejado romper muchas veces más. Sin embargo, recuerdo a Mario con cariño (por poner un ejemplo). Él, a fin de cuentas y con toda su mala leche, me quiso bien mientras duró el tiempo reglamentario. Una perlita en la mierda, entre unas cuantas más.

Y una mierda esto de los “tiempos reglamentarios”, como si la vida estuviera compuesta de todos ellos. Tal vez para una nómada, como yo. Tal vez un carajo. Tal vez sería mejor nombrar amiga a mi sombra. Tal vez, a fin de cuentas, no existen los ángeles.

He dado tumbos tratando de llenar vacíos. Que la droga palie el dolor, que el placebo funcione, sin ulcerar. Mentiras. Algunas personas, aunque estemos condenadas a vagar por el mundo, llevamos como tara crónica esto de ser incapaces de pasar por encima, de entibiar, de impermeabilizar el corazón, de andar de puntitas...

¿Ímpetu? Tal vez falta de madurez, es lo que muchos piensan. Soy capaz de besar a un hombre sin tener “nada serio” (a saber: sin esperar que algún día planeemos una vida juntos). Sin embargo, no puedo besar a un hombre sin tomármelo en serio a él. A saber: sin sentir que es bueno, sin sentir que es digno, sin sentir que merece la pena el riesgo de contraer escorbuto (entre otros), sin la esperanza de enriquecerme, de enriquecernos. Sin sentir que me da el valor que merezco.

A lo mejor doy demasiada importancia a la especie humana. A lo mejor nunca debí salir del Asteroide B-612. A lo mejor mi país feliz y Neverland. A lo mejor, el cinismo.

Añorados días de anonimato, mi querido Gato. Añorados días de sana invisibilidad. Añorados días de equilibrado término medio. Un trabajo normal y sin mucho riesgo, un novio bueno, una hipoteca, un matrimonio tradicional, para hacer feliz a la abuela, un perro…

No, un perro no, un gato. Mejor una gata.

Hace tres días tenía las manos vacías, pero aquella nada cubría espacios, disimulaba heridas. Hoy, no sé. Hoy me da pereza.

Descubrí que tengo miedo. No el miedo de antes de ir a dormir, ese ya descrito aquí y en todas partes. Es un miedo de trinchera. Es un miedo que me ha estado matando desde hace dos años, que me ha hecho fría, que me ha llevado a preferir cuatro amantes de viaje a descubrir que soy humana, que soy mujer, que soy buena, que alguno (o alguna) puede venir a mí, sin ninguna otra intención que ayudarme, tenderme la mano, ser feliz con mi sonrisa, entristecer con mis lágrimas, abrazarme, oler mi cabello, besar mi frente y salir contento a la calle, sabiendo que estaré bien y sólo eso.

He descubierto con tristeza, mucha tristeza, que en verdad, en verdad, en verdad me da miedo, pánico, me aterra el amor.

Sin embargo, y eso me asusta más, aún conservo mi capacidad de amar.

Atolondrado corazón.

Ayer sentí muchos deseos de estar cerca de mi mamá. Sí, mi mamá, no mi madre, en adulto, sino mi mamá, en niña asustada y sola. Espero no recibir algún diagnóstico condenatorio de una persona “madura” el día de hoy.

Confusión.

Sólo quedan tres meses…

¿Es tarde para cambiar el status quo?

No confío en la felicidad, si no sale de mi propio ombligo. Puedo ser feliz loca. Puedo ser feliz ahora. Puedo ser feliz, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero a ti, “otro”, a ti, amigo. A ti.

Pero eso no significa que el cinismo. No significa que Lucía. No significa que Malu. No significa que yo misma. No significa que mi país feliz, me voy, me voy ya, me voy a mil por hora, al fin del mundo, allá donde la montaña y los árboles y las casitas sencillas y el poncho negro y la soledad.

La soledad…

Qué ganas, qué ganas de estar sola. ¡Qué ganas, por fin, por Dios!
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Pero también esta vez (dalo por hecho, Lucía) seremos incoherentes... No queremos perder dos amigos, ¿verdad?
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lunes, marzo 17, 2008

Atontada (¿cansada?)


Una niña de quince años deseaba que él apareciera, tan de negro, tan solitario, tan dulce, tan comprensivo, tan como ella, y le diera una canción adorada ahí mismo, cuando todos los demás opinaran lo contrario, mientras ambos, corazón y sonrisas… corazón y sonrisas.

La niña grande, de casi treinta (pero aún no, aún falta un poco para eso), desearía tener quince y no saber que es posible sentir en él aquella canción, mientras prueba sus labios dulces y olfatea sus pecas, sin amar, pero amando en tiempos alternos y únicos.

Rarezas.

Nostalgia de un recuerdo que aún es presente. Nostalgia y calor. Nostalgia, “sin más”. ¡Ay, con esta mía compulsión!

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Y el gato que no respondió, según Cortázar, me hizo reír tanto, tanto, de aquella vez, cuando crucé la calle para llegar al perro (perra, era una perra color caramelo, ese día lo descubrí), camino al trabajo.

Cinco lunas antes, la inconfundible perra negra de por mi casa mordió al chico con quien salía por entonces. Él venía a verme en bicicleta (deportivo y sano, el muchacho). Escuché un barullo inusual, todos los perros del barrio (o sea, la negra y la caramelo) amedrentaban al infeliz. La negra, la malagradecida a quien alimenté algunas veces, se atrevió a agredir al buen ser humano que, por entonces, era de las personas más importantes en mi vida.

Preocupación típica generada por la experiencia de tres sesiones de vacunas antirrábicas, debido a aquella olvidada costumbre de andar llevando a casa –de mis padres- todo cuadrúpedo viviente encontrado por ahí… Habría que hacer seguimiento al bicho (la perra, no el noviecillo), notar si su comportamiento se tornaba agresivo o si aparecía muerta (a saber si de rabia o envenenamiento) y tomar las medidas del caso.

Sin embargo, desapareció. Cinco días estuve buscándola. Ni una, ni otra. Desapareció junto a todos los perros del vecindario (es decir, la caramelo) y yo, desperada, angustiada, casi me quedo viuda y todo, vaya.

Hasta que por fin vi a la otra, sí, esa, la caramelo, recostada frente a mí, tomando sol a las nueve de la mañana, en el portal reclamado como suyo por apropiación ociosa. Ahí estaba, ahí estaba ella, ahí estaba yo cruzando la calle decidida, pensando –de manera muy razonable, por cierto- que encontraría por fin a la negra (tal vez llamada “Panchita”), que su amiga sabría donde estaba, que su amiga…

¡¿Pero qué carajo estoy haciendo?!

Bueno, eso, que el gato de Cortázar me lo recordó.

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“Frikie encantadora”. Suena bien, Lucía, suena muy bien. Suena lindo.

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¿Cómo que te da pereza ir a la cama? Tienes sueño, ¿verdad? Entonces, ve a dormir. Ok, ok, te da pereza. Pufff…

martes, marzo 11, 2008

Sweet Child in Time (ayer)

Tengo miedo.
Es demasiado lejos, demasiado.
Es difícil (nadie dijo que sería fácil, Lucía).
Merecer lo que no quiero merecer (cuidado con lo que persigas, puede que lo consigas).
Tengo miedo.

¿Por qué siempre? La última vez que tuve tanto asco de llegar a casa, la última vez que los ojos cerrados y el engreimiento, ella me dijo “lo siento”. ¿Qué diferencia? Ella es mayor, ella es… ella es peruana.
Y sólo bastaba tomar un bus para llegar a casa y estar cerca…

No, Lucía, no nos estamos arrepintiendo. Sólo me arrepiento cuando hicimos daño, cuando nos hicieron daño. Casi siento deseos de arrepentirme al descubrir que no puedo hablar con quien hago el amor (sexo gratis, Lucía, y a domicilio, sin diálogo, sólo eso, sexo).
La complicación (la conversación) sirve para unir, para abrir, para corazones grandes y sin miedo.

Yo no tengo miedo, pero mi corazón se siente pequeño, pequeño, pequeño. Hoy Iñaki* es un filósofo convencido de la existencia de Dios. Yo, su catarro.

Y tengo miedo. Miedo a tener que decir: “No quiero”. Oír insistir: “Sí, sí quieres, te estás engañando”. Yo: “No, no quiero”. Refutación: “¿A quién le estás siendo fiel?”. A mí. A mí. A nadie más que a mí. A una decisión, a un gusto, a un hartazgo, a pocos deseos de volver a lo mismo, o peor, pese a ser más conveniente ahora, que somos nada.

¿Cómo explicas “Tal vez quiero (porque claro, él sabe mejor que tú), pero no se me da la gana”? ¿Si no se te da la gana, es que no quieres al final? ¿Cómo decirle, con cariño, que es eso, cariño, que la confianza, que buscar un abrazo protector, que le quiero, sin más? Un abrazo amigo. Un amigo (¡por favor, por favor!) sin deseos de cogerte, o besarte, o amarte, Lucía. Sólo un amigo.

Un amigo.

Una amiga.

Alguien que escriba sobre nosotras.

Respeto.

Miedo a quedar mal (aunque sea justo y necesario).

Lucía, mi Lucía. Duerme y siente caricias imaginarias de quien no tiene la suerte de verte dormir. Y piensa… Piensa… Duerme…
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* El “hombrecito” aquél de un año, quien te cuida dos semanas al mes.