martes, febrero 19, 2008

Manos


Tengo las manos dañadas. Hoy, alguien de clase me dijo que ahora sí están realmente feas mis manos, mis manos huesudas, mis manos pecosas, mis manos cobrizas, mis manos desteñidas, mis manos de uñas cortas y cutículas largas, mis manos viejas.

Nunca les he prestado mucha atención, es la verdad. Ni a ellas, ni a mis codos, ni a mis estrías, ni a mi panza, ni a mis pies. He leído (en algún catálogo de cosméticos) que debemos "mimar" nuestros pies, pues nos llevan a todas partes. A veces los acaricio un poco, recorto mis uñas, les echo algún desodorante poco escandaloso, pero acaba allí, no más, ni limas para callos, ni esmalte, ni cremas, ni pedicura, ni manicura (para mis manos, claro).

Siento cierto respeto por las “heridas de guerra”. Heridas de vida. La vida deja marcas. Las cosas suelen estropearse cuando se les usa. El cuerpo también se estropea, es físico, es genético, es progresivo, es inevitable, qué más da.

Hace dos años, alguien de clase (o tal vez me equivoco) me sugirió embadurnarme la cara con colágeno, porque a los 25 el organismo de las mujeres deja de producirlo naturalmente, y empezamos a arrugarnos.

Hace un año, alguien de clase (quizás) me recomendó cuidar mucho mis pies, a los que evocaba cada vez que deseaba hacerme el amor. Nunca me ha puesto un dedo encima, pobre.

Hace tres años, un poeta autodidacta escribió en el Messenger que las mujeres sin depilación son (somos, a veces) criaturas inapropiadas para el disfrute sexual.

Mi profesora de francés, haciendo honor a todos los clichés del mundo sobre las profesoras de francés, me regañó en el 2002 por llevar callos en las manos. “Las manos de las mujeres –afirmó- deben ser perfectas, delicadas, suaves como los pétalos de una rosa”. Al menos tuvo a bien regalarme las cremas necesarias para acabar con mi “insulto a la feminidad”.

(Los callos salieron por cargar la maleta de la cámara filmadora, la herramienta heredada, los trabajos con papá, la comida en casa, la falta de ganas de detenerme a pensar si, para, por, las manos de una señorita, las manos de una, las manos de, las manos, mis manos).

No me gustan los guantes de goma para atender a las personas. No soy enfermera. No hay riesgo de contagio. No hay razón de usar. Aunque también podría ser la lejía… La lejía y la poca costumbre, seguramente. Sí, eso.

Hace unos días alguien acariciaba mis manos y al llegar a esa parte oscurecida y seca... las acarició más.

martes, febrero 12, 2008

De-mente Feliz


El anuncio decía “Piso compartido. Tres habitaciones. Preferentemente chicas. No fumadores”. Qué más da, ya he roto la regla demasiadas veces y en los rincones del cuarto verde debe estar acumulado mi tabaco y el hachís de algún amante de fin de semana, a quien, de lunes a viernes, es mejor no recordar.

Piensas en el brillo de los ojos de Paquita, cada mañana, cada que abres la persiana y cantas “buenos días”, con la dulzura de tu madre cuando te escribe pequeños emails cargados de bendiciones. Es un trabajo, sí, pero por dar amor nadie te paga un extra y eso siempre, siempre será mejor.

Los ojos brillantes de Paquita. Te detuviste allí y la ciudad se iluminó con tu sonrisa, aunque nadie lo haya notado. La Ría apesta, la ría apesta y aún así ves pasar algunos cardúmenes. Te provoca echar miguitas de pan a los peces, más loca aún, más que sólo ir cantando en inglés mal pronunciado, pero nunca llevas pan contigo. Sólo te detienes, los miras pasar (loca, loca, loca), les deseas buena tarde, deslumbrada por el reflejo del sol en el Guggenheim, rumbo a la facultad, cada día extenuada, cada día agradecida, cada día menos mal todo se va a arreglando, que el dinero, aunque poco, ya sirve, ya.

Es la primera anciana, tan anciana, de ojos tan, tan, tan brillantes. Piensas, te vas, como siempre, pese a los tirones de Ani, de así se hace esto, así lo otro, la comida tal, el pañal cual, le limpias el culito con estas toallitas, usas esta servilleta, el señor come con la cuchara más grande, el guiso debe quedar jugosiiito, jugosiiito, repite Ani, en español ayacuchano, ese acentillo implacablemente dócil que no ha perdido en dos años de andar por aquí y por allá, buscándose la vida, lejos de su hijo, Ángel, de diez, a quien ya este día habrá vuelto a ver, comido a besos, abrazado hasta asfixiar.

Ibas pateando latas, cariño, aunque no hayan latas por la calle y todo esté muy limpio, pues a diario pasan carros barredores, limpiando (esparciendo) el polvo y aspirando algún desafortunado folleto publicitario, que algún desafortunado trabajador por horas (aburrido) entregó a alguna desafortunada oficinista (aburrida) al subir del metro, hace unos minutos.

Ani te salvó la vida, aunque lanzó el salvavidas a Ynga y ella decidió alcanzártelo a ti, pues te vio un poco más cansada de seguir sosteniéndote en el charco (la Ría), nadando de perrito, asqueándote de mierda y a punto de decir: tal vez, tal vez, tal vez algún extremo, tal vez huir, tal vez optar por, tal vez… ¿Hundirte? No. Hundirte hace mucho dejó de existir.

“Pero tienes que apurarte, pues, o si no se te va a ir la mañana en una sola cosa y no vas a avanzar más”, replica Ani, aconsejándote decir que tienes tiempo, que estás dispuesta, que tienes experiencia y que sabes cocinar. Cocinar. Mujeres liberadas, hombres tradicionales: no tienen idea de lo importante que es saber cocinar.

Estás nerviosa, pequeña Lucía. Nerviosa. Más nerviosa, Ani, que debe dejarte apta para reemplazarla, a la vez que prepara sus enormes maletas, llenas de regalos para su familia, allá en Perú.

Perú…

La sencillez de tu salvadora, Lucía. La sencillez. Se muere de gusto porque sabe que eres profesional (quiere presentarte a un hermano soltero, no es bueno que te enamores de españoles, dice, se portan raro, hacen daño, están locos), te cuenta: también estudió para profesora, hace años. Le sorprende saber de tu laptop, le sorprende, se ríe y acomoda muchas bolsitas del Corte Inglés. Balbuceas “El Corte Inglés tiene demasiada plata”. Te ha oído. “Tienen plata, ¿di? ¡Ya no voy a comprar ahí!”.

Se va. Te desea lo mejor. Te regala un par de zapatos nuevecitos, hacen el mismo número. Te agradece. Le ayuda su novio, otro peruano, cusqueño, tal vez. No te lo presentó nunca, sólo dijo “ese chico me da cólera”, porque tardó un poco en irla a buscar.

Te quedas sola. No, sola no. Don Florencio está en la cocina y Paquita, durmiendo a ratitos, en su habitación, la más grande e iluminada de la casa. Te ha tocado aderezar los garbanzos, guapa, ya no te escapas. “Luego, sirves la comida al señor, le das de comer a la señora con este postre, que ya debes sacar de la nevera (aquí le dicen nevera al refrigerador) desde la hora que llegas. Después cierras la persiana del señor, para que haga la siesta, limpias la cocina, el baño y ya te vas para la universidad”. Recuerdas paso a paso cada indicación de Ani, cada observación, cada detalle.

“No te preocupes, Lucia, así se aprende. Yo también aprendí aquí”, sonríe. Y tú, el día anterior, el día en que dijiste: “Vengo en lugar de Ynga, ella no podrá venir”, ibas muerta de miedo, muerta de vergüenza (porque reemplazabas a Ynga sin previo aviso, porque eres una inútil en labores domésticas y porque sí, porque hay complejos que se llevan dentro y contra esos, créeme, también se tiene que luchar un poco, antes de respirar hondo y decir: puedo).

Te sentaste en el metro, asustada, como un pollito, pensando: mis hijos (los paridos y los adoptivos) tendrán que saber, tendrán que estar preparados, tendrán que sonreír ante dificultades como la de hoy, como la de ayer (problemas con funcionarios públicos, eres una jodida inmigrante y eso nada ni nadie lo cambiará, por mucho Máster y mariconadas de esas), como las que vengan, porque les enseñarás, Lucía, les enseñarás.

No eres una niña (aunque lo pareces). Tienes 27. A los 27 se es ya mujer, digan lo que digan los imbéciles que se han acostado contigo. A los 27 puedes. A los 27 eres fuerte. A los 27 eres responsable. A los 27, todo va a salir bien, cariño, a esa misma edad, tu madre cargaba contigo y viajaba de Piura a Lima, cada tres meses, a la clínica de rehabilitación, porque desde chiquitita diste problemas (y no paras, ¡no paras!).

Es una bonita familia, piensas. Las hijas van todas las tardes, los ancianitos no están abandonados. Las criaron bien. Tu madre lo reafirma cuando le cuentas por teléfono, y se alegra por ti, de lo que vas a aprender. Te recomienda paciencia. Se preocupa: “Hijita… ¿Acaso sabes cocinar?”. La tranquilizas contándole que Koldo (Koldo para arriba, Koldo para abajo, Koldo tu amigo, Koldo en todos lados) te ha dado ya algunas recomendaciones (es que Koldo es cheff, pero ahora estudia docencia – corazón materno derretido doblemente: Ani, maestra. Koldo, maestro. Ella misma, maestra).

Y aquí te tenemos, mi linda Lucía, cansada cada tarde, aún más atenta en clase, sin pulgas que quitarte y realmente amiga del “gehtto latinoamericano + Daniel”, porque ellos (y Koldo) entienden muy bien lo que estás pasando, se entusiasman al saber que el señor ha comido con gusto el guiso de conejo que preparaste y están planeando una caminata por las playas, el domingo que viene, con camping, comida peruana y poquísimo presupuesto, como debe ser.

Ya dan más ganas de estudiar y todo, ¿verdad?

Me siento como algún personaje secundario de Cortázar...
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lunes, febrero 04, 2008

Knsá d cr guapa...


Amanece frío, húmedo, sin lluvia, nubarrones. Nueve de la mañana. Podrías despertar más temprano, pero cuesta, se está a gusto ahí, debajo de pesadas colchas, pretendiendo soñar, soñar, soñar para olvidar o creer que la realidad es aquella que sueñas (sueñas con gatos), y ya toca despertar –o dormir más- y darte cuenta: “estoy viva” (sí, sigues viva). “Estoy contenta por estar viva” (repítelo siempre, algún día te lo creerás del todo). “Es bueno haber dejado atrás la depresión” (en eso estamos de acuerdo, los medicamentos son costosos).

Entonces piensas: escribir. Escribir hasta salir de ti misma, siquiera en letras. Arrancarte una vez más del autismo, ese cangrejo despiadado y conciliador, que convierte la soledad en estándar neutro y te ayuda a mantener el estatus quo, la nariz en alto, la panza sumida y para adelante, con el culo levantado, el pantalón apretado, la sonrisa rosa y a ser una latina guapa -¡morenita guapa!-, sin más sensaciones que algún afortunado coito de fin de semana (y en gratuidad).

Eres “aquello deseado”. Eres los ojos azulísimos en el estadio de San Mamés, siguiéndote, arriba, abajo, de aquí para allá, intenso, profundo, sin reparos porque no es consciente, ya le has visto, no se entera. Por algún motivo, el deseo. Por algún motivo, “aquello deseado”, aquello que apasiona, sí, y motiva movimiento, cercanía, puesta de mano…

¡Yo llegué primero! ¡Yo me la follé primero! ¡Yo estoy con la chica más linda del grupo! ¡Yo me doy cuenta que la chica linda del grupo no va con mis temores! ¡Yo muero de miedo, porque la latina candente es demasiado cariñosa conmigo! ¡Yo siento aún más miedo! ¡Yo no quiero una chica coqueta! ¡Yo no sé lidiar con una chica coqueta! ¡Yo no entiendo qué demonios es esto! ¡Yo he decidido descartar a la latina! Yo he decidido que la latina me sigue gustando, y no la quiero, y no estaré con ella, y tengo otros intereses, y quiero estar solo, y quiero enrollarme con otras chicas, pero también follar con ella, y no cierro la puerta, y se lo digo, y me responde: “te quiero mucho”. Y miento: “yo también”. Y ya está, ya está, porque yo, yo, yo, yo y yo.
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¡Perra!
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¡Ay! ¡Cómo es de maravilloso defender libertades y dignidades, cuando vienen escritas en papel, con tinta indeleble!
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A ti te entristece, lo sé, pero además está aquello de tener que hacer colas en la comisaría desde las cinco de la mañana y pagar cien euros, para obtener el derecho a trabajar media jornada (porque tu fuente se agotó). Está también que la empresa no querrá asumir el trámite, es engorroso, es jodido, no vale la pena, niña, además por alguien de afuera, sin mucha certificación. Vale, NEXT.

Te preguntas, camino a casa: ¿por qué debo pagar por mi derecho a trabajar? Ya he pagado por mi derecho a entrar aquí (y salir libremente de mi país). Ya he pagado por un carné de identidad y una tarjeta que dice ser suficiente para un trabajito de mañanas o fines de semana. Estoy aportando algo a Hacienda, a través de lo que cuesta mi habitación. Estoy comprando en los supermercados aún, que no abasteciéndome gratuitamente en una parroquia (y poco te falta para ello). Estoy destinada a tener atención médica sólo por emergencias, pues nadie puede empadronarme en su casa, mucho problema (ya puedo pudrirme sin pena, ni gloria, qué más da).

Y encima, pagar por mi derecho a trabajar. No son los cien euros, no, sino la posibilidad de perder, justamente, la oportunidad de trabajar. Trabajar, trabajar, trabajar.

(¡Qué asco me dan los servicios de información de este pueblo!).

A ver si alguno de tus amantes tiene siquiera una puta idea de esto, de “todo lo demás”. A ver, pues.

De todos modos, tienes la vida. Tienes amigos que no cambiarían lo que hay detrás de tus ojos y tu carita bonita, por hacerte probar sus fluidos. Tienes amigos, mujer, también amigas. Y tienes, además, conciencia de ser objeto de deseo y descarte, como para seguir envidiando a modelos, actrices y demás figurillas públicas del tipo “símbolo sexual” (envídiales, suelen casarse con millonarios y tener la vida resuelta en un "tí-ta", con o sin divorcio).

Putos españoles impresionables (puto vasco, puto madrileño, puto segoviano, puto catalán, puto andaluz, puto canario, puto maño, ¡putos todos!).

Putos peruanos impresionables…

Puto ecuatoriano impresionable (tú y tus putos temores, y tus putas ganas de dar por detrás).


De todos modos, siempre es bueno un chico guapo que le quite a una las penas, colega. Uno bonito, muy bonito, que bese rico, tire rico y no desequilibre la inestable estabilidad emocional con ruido, y preguntas, y ruido, y preguntas, y poco tacto, y preguntas, y ruido.
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Comisaría. Papeles. Cien euros. Papeles. Informes. Comisaría. Más papeles. Eres adorable, pero no tanto para jugármela por ti. Más y más papeles. Cantidad incontable de informes (ya, ya, no exageres). Papeles. Cien euros. Papeles.

Tranquila, tranquila. Todo va a estar bien. Todo va a estar bien. ¿De qué te ríes, sonsa?