lunes, diciembre 31, 2007

12 uvas


He aquí mis propósitos para la celebración de esta noche, y el 2008:

  1. No enrollarme con españoles de dudosa sexualidad. Luego se ponen presumidos con algún gay jovencito, se van de morros y te jodieron la celebración.
  2. No enrollarme con españoles.
  3. ¡¡¡NO ENROLLARME!!!
  4. Dormir menos.
  5. Fumar menos.
  6. Beber menos.
  7. Ser brillante en los estudios, pero ser conciente de estar estudiando y de estar metiendo toda la cabeza en ello. Sé que soy genial, pero me gustaría recordar los procesos de mi genialidad, vaya…
  8. No volver a “aquello que nos hacía sentir tan fuertes”.
  9. Ser más atenta y cariñosa con mis amigas del alma y mis amigos del corazón.
  10. Llamar disciplinadamente a mamá una vez por semana, sin depresión que valga.
  11. Superar la fase de saludar y averiguar direcciones en idioma quechua.
  12. Recuperar el registro de voz que tenía a los 19 años (lo cual va íntimamente ligado a los propósitos 5 y 6).

En fin, aquí nadie vuelve a fojas cero, el tiempo es lineal y te desperdicia si lo desperdicias. Nada termina esta noche, ni empieza un minuto después. Todo sigue y el mejorar o irnos al diablo, ya depende de cuánta voluntad pongamos en ello.

La vida es hermosa…

domingo, diciembre 30, 2007

Instinto


No deseo reabrir heridas que hace mucho, sin darme cuenta y sin mayor técnica, cautericé. Sin embargo, te agradezco la oportunidad de decírtelo, eso te hace grande, Corazón. Eso y todos los pequeños detalles importantes que tienes para mí.

Te quiero. Te conocí cuando ambos éramos conejos, bellos y alegres, jugando en el campo y comiendo flores. Me sentí feliz de comprenderte, mi niño.

Hoy no sé bien lo que eres, aunque te quiero más que nunca. Yo sé lo que soy (no te lo diré) y, mucho más importante aún, sé qué estoy buscando: ¿Un hombre? No, sería mucho pedir a la naturaleza. Un caballo. Eso es, quiero un caballo (y también un gato).

No puedo. Es que... hueles diferente, amor. ¿Cambiaste de olor o cambié yo?

viernes, diciembre 28, 2007

Una mierda de vídeo...

Entre sueños, rumbo a Salvación (Manu, selva sur de Perú), hace algunos meses.

Prometí no volver a meterme con español alguno, menos si era hippie o fumador compulsivo de porros, y conocí a Carlos.
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Hace mucho no pensaba en Carlos (es que hoy me escribió un masivo). Gran tipo, el malagueño. Cooperante, hippie y fumador compulsivo de porros. Seguramente es feliz y eso siempre es bueno. Menos mal que nunca me gustó más de la cuenta. Lindo niño, como buen andaluz.

No puedo seguir renegando de Paulina Rubio (o de quienes escriben sus letras), a fin de cuentas, también es mujer. Y una mujer siempre sabe… Ayudarnos y protegernos nosotras mismas, ¿no?

Está gritando, ya sé que no se entera. ¡Hey, corazón escucha a tu cabeza! ¿Pero a dónde vas? ¿Me estás escuchando? ¿Qué hay de tu orgullo? ¿En qué habíamos quedado?

La noche empieza y con ella mi camino. Te busco a solas con mi mejor vestido. Pero ¿Dónde estás? ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué es lo que queda después de tantos años?

Miro esos ojos que un día me miraron; busco tu boca, tus manos, tus abrazos… Pero tú no sientes nada y te disfrazas de cordialidad.
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Ni una sola palabra, ni gestos ni miradas apasionadas, ni rastro de los besos que antes me dabas hasta el amanecer…
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Ni una de las sonrisas por las que cada noche y todos los días sollozan estos ojos en lo que ahora te ves.
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Como un juguete que choca contra un muro, salgo a encontrarte y me pierdo en cuanto busco una oportunidad, un milagro o un hechizo: volverme guapa y tú, guapo conmigo.

Frente a los ojos que un día me miraron pongo mi espalda y algunos cuantos pasos y me apunto otra derrota, mientras mi boca dice "nunca más".
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No puede ser. No soy yo. Me pesa tanto el corazón por no ser de hielo cuando el Cielo me pide PACIENCIA.
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¡Yo quiero un gato!

jueves, diciembre 27, 2007

Ayer


Todo bien, pero tengo necesidad de escribir.

Es el orden natural, es el modo en que alguna especie de “amo” tira de cuerdas e hilos, un día, y nos coloca frente a una verdad a destiempo, una verdad tal vez necesaria, por su propia naturaleza inevitable, pero también dolorosa, pese a las circunstancias, pese a mis lágrimas compensadas, pese a que la vida es así.

Lo miro y recuerdo: mi niño, ayer habría estallado en felicidad ante lo dicho, habría muerto de amor al verte dormir cerca de mí, habría recuperado los sueños…

Este blog nació cuando él me dejó, hace poco más de tres años.

Ahora me mira, tal vez con más cariño, con fantasías renovadas, con aquello que nunca existió entonces, latiéndole en el pecho. Y yo: no puedo. Lo siento, pero no.

El amor evoluciona, lo he descubierto. O desaparece, o contamina, o cambia. Ha cambiado para mí, es dulzura, familiaridad, seguridad, amistad. Nada más. Una pena que la amistad, de los más importantes afectos, signifique tan poco en los corazones apasionados. Una pena, pero es lo que hay.

Tardé mucho tiempo en sacarte de mí, cariño. He llorado recordando aquella inocencia que luego me empeñé en perder, y mi incapacidad de volver atrás. No puedo. Se vive hacia adelante. Te quiero, pero en algún momento suave entre mis tormentas, te olvidé.

Estas cosas no matan a nadie, ya lo sabemos. Estarás bien.

domingo, diciembre 23, 2007

Ego te absolvo

¿Quieres que escupa en tu copa de vino, y mee en mi lata de cerveza vacía, para ti? ¿Quieres que mastique un poco de mi sándwich y lo deje caer en tu boca, sin tocar mis labios? Tal vez… Tal vez hasta te pida que tragues la mitad, esto que ya no quiero, sin morder, entero, como muchos me han pedido que trague sus porquerías, para luego escandalizarse por saber hacerlo bien…

¿Quieres lavar la vajilla que he dejado acumular estos días de retiro, porque pensé que no vendrías (o no lo recordé) y me dio igual comer, tanto que conseguí perder peso, sólo moviendo los dedos y sintiendo música?

Estás aquí, mi perro, y no te eché de menos. Pero te amo ahora, como el cerebro que sostiene tu genialidad y la comprensión de mis hermosos (y estúpidos) ojos. Ahora estás aquí y me aguantas, porque soy tu ama.

He podido saltar sobre tu estómago, sentirlo crujir, oler tu miedo y tu placer, sin hacer nada, sólo danzar, danzar sobre ti, apretar tu cuello y mirarte.

Eres asqueroso. Soy tu dios. Eres basura. Traga mi saliva, cariño, sin tocarme. Si sólo piensas en tocarme, si sólo lo imaginas, desaparecerá esta imagen, se irán mis carcajadas, dejarás de sentir mis zapatos de suela ancha sobre tus grandes pobrezas, me desvaneceré.

Sigue muriendo. ¡Muere! Pero no en este salón, no aquí, ni ahora, no te quiero muerto. Te quiero para mí, sin ser de mí. La propiedad envilece y somos del viento.

Respira. No te oigo respirar. ¡Respira! No quiero oírte respirar. No quiero oírte hablar. No quiero oírte gemir, ni decir. Sólo sé que soy bella, aunque lo digas a gritos. No me importa, eres un perro, el perro adora, sin criterio. Soy hermosa, con criterio. Estoy enferma. Estamos enfermos, locos.

Pero está bien, amor. Está bien.

Ahora somos hermanos, somos laxos… y ésta es nuestra canción.

sábado, diciembre 22, 2007

Fundido a blanco

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Me disfracé como suelo ser cuando no estoy disfrazada, sólo porque sabía: hoy seré golpeada, necesito un escudo. Una mujer sabe.

Vestí como visto en mis sueños, de inmortalidad, de ausencia, de vacío.

Sabía que me odiarías por eso, pues sueles odiar lo que amo.

Creo que nunca dejé de ser yo, igual que tú, tantas veces el mismo, con diferentes ojos, distintas sonrisas, misma máscara.

Aún no puedes llevarme contigo, querido demonio. Aún me quedan días en el monte, en mi caverna, en el pecho, en la lengua, en el mar, entre mis piernas, en mis amantes, en mis mundos. Aún no.
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Aún me gusta.

viernes, diciembre 21, 2007

Bipolar

Quise recordar cómo lucía en la universidad, agradecer a quienes me acogieron por entonces. Recordar, además, que no conozco Praga, y disfrutar este vídeo reencauchado que Angel y yo descubrimos alguna Noche Vieja, en uno de mis rincones.

La crueldad sólo tiene perdón si se sostiene en la locura. La locura puede nacer alimentada por la crueldad. ¿Hasta qué punto eres conciente y en qué momento tus demonios empiezan a conducir tus emociones y tristezas? ¿Puedes asir el timón, sin medicamentos, ni crisis alguna? ¿Puedes recuperar el mando, desde donde estás, escondido?

Han pasado algunos años los últimos días. Han pasado hacia atrás, te han traído de vuelta al agujero que te hace feliz, ahí, justo ahí, desde donde no salen personas “serias” (¡qué equivocada está la convención social!). Ahí, donde puedes olvidar quién eres, y ser parte de las pinturas de las paredes, o el aroma a incienso, o el humo de los pitillos, o la caca del gato.

Olvidarte, sólo sentir música por debajo de las uñas, uñas mordidas de manías, de inseguridad, de te da igual ponerlas bonitas, como toda una dama. Música.

Eso, o la montaña. O la playa. O casa.

La realidad está al dirigir la vista a un lugar distinto, a un movimiento de tus ojos. Pero prefieres seguir pegada entre tu estómago y tus ovarios, entre tus tripas y el corazón. Ahí, donde casi nunca miras, sólo envías alcohol y agua oxigenada, confiando en que el tiempo, ¡oh, el tiempo!, desinfectará y cuidará tus heridas, mientras tú sigues viviendo.

Hace mucho que no mirabas aquí dentro, niña, ¿te gusta lo que ves? Por lo menos, ya no huele mal. Y está recubierto de tendones que se han unido como han podido, haciendo cayo. Se nota el desvirgue, se nota que has estado entregando pedazos de ti, arrancándolos sin cirugía y sin reparar en el dolor, pues es parte de compartir, y compartiendo has sido feliz, como cualquier animalito inocente… Como un jodido conejo, blanco y gordo, saltanto por la pradera. Así, tan cual.
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En fin, mira cómo un hombre mata a sus amigos, haciéndoles creer en su propia muerte. Di: ¡Qué hijo de puta! Y recuerda que no conoces Praga. Y recuerda que nada tiene que ver en la crueldad de un hombre que su madre haya sino o no una puta. Y recuerda, también, que la sombra de tu amado resplandecerá entre el frío color de la plata, y te dirá: “¡Oh, hermosa mía, que todos tus pecados entren en mí!"
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Agradece por ser tú.
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¡Ah, la luna!...


martes, diciembre 18, 2007

Mala época

Un conocido me explicó el término: te sucede cuando has quedado muy mal parado de una ruptura amorosa (con el corazón destrozado y todo eso), luego te das a la “vida bohemia” y terminas haciendo cosas que antes ligeramente calificabas de “negativas”. Es como perder la memora inmediata. La conciencia moral, a fuerza de repetición, se hace más y más condescendiente, vives el día a día con apetito voraz, sin reparar siquiera en el ya débil sentimiento de culpa. En fin, que todo empieza a darte igual y tu arrebato se expande, hasta descubrir, de pronto, que eres capaz de hacer tanto daño como te lo hicieron a ti.

Entonces, puedes decidir detenerte o seguir. Yo decidí detenerme, pero los seres marginados que me acompañaron por pequeños tramos de aquel colorido y deplorable camino me sonreían con verdadera sinceridad, me acogían con verdadero cariño, me aceptaban, sin ser menos, ni más. Sólo por eso, pienso, podría valer la pena seguir, porque el vacío se compensa con amistad sincera y compañía amena, aunque tribal.

A veces pasa. A veces pasa. Xavi me ha dicho: ser de mundo no quiere decir mantenernos siempre fuertes o que no nos duelan las ofensas, ni lo injusto que nos ocurre. Ser de mundo quiere decir que somos capaces de comprender a las demás personas, sin juzgar, sin catalogar, sin tachar.

Soy de mundo. ¿Habrá alguien de mundo por ahí, para mí? ¿Me pedirá, acaso, ser su princesa vampira? ¿Me perdonará por lo que nunca me vio hacer, porque no me conocía?

Muy importante: el perdón. He descubierto que, para algunos, siempre resultaré, sencillamente, imperdonable. Una jodida imperdonable.

A remontar el vuelo si amablemente te echan, pues, mariposa, que sentir miedo es un derecho humano. O remonta antes de saber, pues tus días están contados y aún queda polvo de estrellas en tus alas.

A fin de cuentas, siempre nos quedará la música. La música, el litio y París.
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lunes, diciembre 17, 2007

Pamplona



No la recordaba tan fría. Sin embargo, hizo buen sol y bajo sol, en clima seco, se está muy bien.

También se está a gusto andando caminos ya conocidos, aún recordando no haber contado más con volver a hacerlo. Incluso, como dijo Alberto, cuando todo parecía un comentario sencillo, sin mayor certeza. Lo que era, claro está.

Y sucedió, después de seis años.

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No necesité ser explícita. No necesité discutir. Las sonrisas, los preciosos ojos de Nerea, sin cuestionar, sólo observando, escuchando. Personas diferentes, pero hermano y hermana, ambos.

Podría decirse que perder el rastro tanto tiempo enfría las relaciones. Depende. Las parejas tienden a romper, ese tipo de amor es frágil cuando es falso (y pocas veces es real), pero el amor de amigos es superior, casi divino. Pareciera que no, pero ahí está. Pareciera que no, pero hay cariño, y el paso del tiempo no se siente, ni la edad.

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De vez en cuando, leí recientemente, los seres humanos ansiamos relacionarnos con quienes nos entenderán y nos acogerán, aunque hablemos sólo en medias palabras. Ya pasó la etapa de querernos querer, ya nos queremos y, por ello, nos aceptamos.

A veces, sobre todo cuando te lo piensas, descubres que “ser nuevo en un lugar” fatiga mucho. Tal vez por eso, como propuesta inicial, rechacé dedicar tiempo a los intercambios exclusivamente personales, para dar preferencia a lo académico y, por qué no decirlo, al “contacto útil”.

Pero soy social por naturaleza, aunque no pertenezca en particular a ninguna especie.

Y ha sido bueno dedicar el sábado a quienes no sólo caigo bien, gusto y/o llamo la atención, sino a dos personas que me quieren desde hace mucho tiempo.

Entonces… Debo agradecer a Dios (y a estas fechas de mierda) esos abrazos interminables y fortísimos, que acaban sólo porque el bus se va. Son cosas que se echan de menos y así es mejor, porque luego adquieren mayor valor.

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martes, diciembre 11, 2007

Equalité

Tengo tanto derecho a identificarme con el agricultor indígena de la puna cusqueña, como lo tengo de quedarme hasta las tantas de la madrugada en alguna linda cenita, discutiendo con europeos acerca de tópicos que me revuelven el estómago, aquí, en Bilbao.

Soy igual en ambos casos, tal vez con referentes distintos. Y como yo, cualquiera. Es lo que hay, mi querida
Lucía.


Y dice sentirse un poco mal por tener tanto y otros tan poco, mientras el humo empieza a hornearnos. No te sientas mal, niña, porque un par de personas que te aman han trabajado desde que naciste para “hacerte” como mejor les pareció, y eso está bien. Agradece.

Ahora que eres grande, ahora que has visto lo que pocos y puedes comparar, comparar sin ofender, pero saber la diferencia, preocúpate por aprovechar mejor las oportunidades ofrecidas por tu entorno.

¿Privilegiada? No lo creo. Con más de dónde optar, materialmente sí. Pero se trata de aquello que has entendido como “opción”, que no es universal, pese a tu pesar.

Saca de tu cabecita la idea de estar mejor. La mejoría respecto a algo sobreentiende “lo peor” del otro lado. Esto tal vez sea útil en términos económicos, pero mira, la vida es riquísima, los seres humanos, cada uno de nosotros, somos capaces de montarnos en la historia como mejor nos parece.

No te negaré que existen desventajas. Pero los opresores están en todo el mundo y siguen ocasionando injusticias…

La injusticia de morir por defender un sueño; la injusticia de quedarme pequeño por mala nutrición; la injusticia de no poder protestar, porque no sé o tengo miedo; la injusticia de no formar parte de mi realidad política que, aunque nos joda, existe, y tengo el derecho/deber de ser partícipe; la injusticia de no saber leer y permitir, con esto, que un par de listos me estafen; la injusticia de perder mis tierras; la injusticia de sentir hambre; la injusticia de sentir frío; la injusticia de vivir en la calle; la injusticia de trabajar con cinco años de edad; la injusticia de que mi madre me haya alquilado a los productores de cocaína, en la selva, porque así ayudo a mis hermanos más pequeños; la injusticia de no poder escoger el número de hijos que quiero tener; la injusticia de no poder aceptar sin vergüenza que quiero tener muchos hijos, porque es mal visto en el mundo moderno; la injusticia de tener que dedicarme a tiempo completo a mi trabajo, porque soy mujer y debo andar demostrando mi valor y mi capacidad, en vez de estar sobreentendido, aunque no se me dé la gana hacerlo notar; la injusticia de ser considerada “panfletaria” por no ser más académica en clase, sin saber (ni preguntar) qué atrocidades he debido soportar en mi vida; la injusticia de postergar proyectos, por falta de recursos; la injusticia de que destruyan mis cerros, pues la minería es progreso; la injusticia de tener que adorar al dios que me imponen; la injusticia de no querer vivir, aunque la vida sea mi única oportunidad de estar vivo.

No les mires desde arriba, guapa. No les compadezcas (no nos compadezcas). Somos tan iguales como distintas. Puedo tratar de resolver mis problemas sola, aunque un poco de ayuda no me vendría mal. Recuérdalo.

Ni siquiera el más pobre necesita lástima. Necesitamos ser iguales en derechos y en dignidad. Necesitamos que sepas: esto es un sistema. No tienes la obligación de enviarnos donaciones, nosotros no deberíamos creer tampoco que es tu obligación. La solidaridad no es obligación de nadie, sino una cualidad que nos pertenece, como animales y seres humanos. Una necesidad de supervivencia recíproca. Un modo natural de existir, que se ha perdido, porque hemos olvidado que compartimos un solo planeta.

¿Te cuento algo? Cuando empecé a trabajar en esto del desarrollo, supe, en poco tiempo, que la agencia de cooperación titular era parte de todo un movimiento actual de conservación de recursos naturales. En mi país, muchas instituciones que trabajan por las áreas protegidas, tienen en el ideario un principio básico nunca evidenciado: la naturaleza sobre los seres humanos (como si no fuéramos también parte de ella).

El bosque de neblina me sirve más sin gente, la selva sur de Perú me viene mejor sin nativos. La acción antropogénica sólo debilita los ecosistemas, y a estas alturas de la historia, los científicos, quienes todo lo saben, han descubierto que debemos cuidar, que debemos proteger, que debemos conservar cada arbolito, cada animalito, cada colchón de agua, cada banco de oxígeno.

La extrema pobreza de las familias humanas habitantes de los valiosos ecosistemas, empeora el asunto: más deforestación, más expansión agrícola, más destrucción.

No hay desprendimiento gratuito, colega. Resulta más sencillo controlar a personas “instruidas”, que a toda esa “pobre gente”. Habrá que organizar, pues, programas de educación. Habrá que capacitar y dar mejor servicio de salud, a manera de trueque, para que me escuchen. Habrá, también, que apoyar ciertas políticas expansionistas de grandes empresarios, pues con ellos seguramente el presidente podrá razonar de “igual a igual”, y tendrá menos líos de administración (y no deberá aprender quechua, que tanto asco da a alguna cultísima congresista peruana).

No hay desprendimiento gratuito, entiéndelo, asimílalo, porque será útil para entender: sí, esto es un sistema.

Empieza, como te dije al principio, valorando lo que tienes y haciendo un mejor uso de tus recursos. Ahorra agua, fuma menos, respeta a tus vecinos. No te indignes con facilidad por la pasividad de los ciudadanos de a pie, ellos no tienen la obligación de saber. En todo caso, tu obligación es decirles, informarles, convencerles de esto, de la repercusión de sus acciones, de la igualdad de derechos y dignidad, de agradecer lo que tienen y ayudar, si desean, a quienes tienen menos, sin sentir lástima, sin sentir compasión. La caridad no es la buena acción del día, para luego ir tranquilo a la cama, sino un estilo de vida, un compartir entre iguales, porque humanos somos todos, aún quienes consideras “parias”, aún quienes no quieres en tu entorno social, aún quien te cae mal, aún quien no te conoce.

Sonríe enternecida con tus niños del Sahara, aprende y comparte gratitud, pero no los mires de arriba hacia abajo (aunque seas más alta). Indígnate si ves injusticia, porque es como eres, es lo que te ha tocado y debes vivirlo, pues te hará feliz. Indígnate y actúa, como lo has hecho hasta ahora, porque es tu función.

Pero no me pidas que participe en la conversación de hoy, esa en la que filosofaban todos sobre un mensaje para conmover a la sociedad. Triste sociedad si necesita ser “conmovida” para sentir cercanos a congéneres de otras razas, de otras latitudes. Tal vez sea así, pero pese a vivir en un país donde la discriminación siempre está a la orden del día, créeme, me duele interiorizarlo, aceptarlo como legítimo y, más aún, participar.

Confía en tu entorno, en su necesidad de información. Tal vez baste saber esto, que todo es un sistema, que todo lo ocurrido afecta, rebota, y si ya lo sabes, no te corresponde echarte para atrás, aunque tengas derecho a hacerlo.

Podrás decir que confío demasiado en las personas. No te engañes, conozco un poco de todo, por resumir. Justamente por eso, insisto en confiar y respetar, que ya bastantes muertes han ocasionado quienes creyeron tener la última palabra.

Igualdad, Lucía. Igualdad, equidad y rompernos la espalda trabajando, en lo que nos ha tocado. Eso y más.

lunes, diciembre 10, 2007

Cinco minutos


Hoy no sé si agradecer como tantos días que lo habrían merecido, pero lo olvidé. Hoy estoy gris, como este nubarrón encima mío, puesto a seguirme desde Getxo, dentro del metro, incluso, lloviendo copioso y yo, sin paraguas.

(Tengo frío)

Dicen: así es el País Vasco, frío y lluvioso.

Digo lo contrario. El nubarrón es real y también que anoche no conseguí calentar mis pies sin calcetines de la más gruesa alpaca adulterada, de mercadillo artesanal cusqueño. Pero el mar es impresionante. Violento, duro, fuerte, bello.

Sin embargo, no es Máncora.

Cruzo los dedos (y confío, y rezo, y lloro, porque me está por venir) para conseguir trabajo. Un mes después, no da lugar a seguirnos ubicando, ni acostumbrando. Somos parte de esto ahora, ¡Ala! ¡A producir! ¡A insertarse en el sistema!

Provocan cierta envidia quienes pueden ser estudiantes y sólo eso. Envidia sana. ¿Sana? ¡Si es envidia, no es sana! Bueno… Entonces no sé. Tendría que aprender a definir la sensación aquella que mueve el corazón cuando suspiramos y decimos: “¡Quién como él/ella!”.

Pero se olvida pronto este apretujón. Se trata, simplemente, de diferentes oportunidades, de maneras distintas de llegar a un objetivo, de modos de vida, de condiciones económicas, de familias, de costumbres, de cómo sabemos hacer las cosas. De riqueza, ni más, ni menos. Riqueza.

Entonces, ánimo (pese al nubarrón y que me está por venir). Ánimo aunque sea fin de año y las personas racionales afirmen que, estadísticamente, ya no hay posibilidad de encontrar.

Días complejos. Alguien ha dejado de confiar en mí y me ha golpeado. Otro alguien piensa que, por ser bueno, yo debería considerar la posibilidad de amarle (como él me ama), para así no sufrir más. Aún no soy capaz de aceptar seguir este raciocinio, sin protestar.

Yo sé: para que algo crezca, debe empezar por existir. Siento: deseos de escoger. Y me he planteado: conseguir un trabajo, estudiar, dejar que las cosas caigan por su propio peso…

Estoy a gusto con la suavidad de estos paseos por la Ría.

Estoy a gusto con el mirador y el metro de última hora.

Estoy a gusto y ahora sólo debo terminar de armarme. Cada pieza vale, cada pieza me completa. Cada pieza…

(He sentido miedo)

Suelo caer de pie. Estaré bien.

miércoles, diciembre 05, 2007

Puzzle


Alguno dio la partida. El primer tiempo supo a durazno, casi sentí su textura. Nada más. Mirarle mirarme. Sonreírle a una frente aguda. Confundir. Descubrir: estoy condicionada a no querer querer bien.

¿A qué vienes? ¿De qué vas?

Miedo.

Sentir: soy nueva y soy yo. Saber: no quiero tener miedo. Lamentar: ¿Habré dejado mi lastre allá, con los míos, con mis seres amados? No averiguar. Tiempo. Resentimiento. Recelo. Lejanía. Los míos. ¿Los míos? Mi casa… Escribo desde mi casa hoy, aunque a una buena madre le duela oírlo. Siempre estoy en mi casa.

Saber: no sé porqué no debo. No es como el durazno. Es sudor. Es real. Es humano. Raspa. Hace daño. Golpea. Come. Duda. Huele. Teme. Cuestiona. Juzga. Saliva. Sonríe. Abraza. Teme. Piensa. Besa. Descarta. Recupera. Piensa: bienestar. Piensa: ¿pronto? Piensa: ¿y ahora qué?

¿Ahora?

Ahora abrázame, que te gusta y me gusta. Déjame ocupar ese espacio que, por hoy, guardas para mí. Sólo eso.

Salgo, tarareando una canción tonta de Julieta Venegas. Corro tras el tren, que me deja o no, depende del sol. Estudio. Escribo. Llamo. Pienso: ¡lindo! Entiendo: todo a su tiempo. Certifico: siempre hay tiempo. Recuerdo: debo llamar a mi madre el sábado. Repaso el día: agotador y útil. Siento: bienestar.

sábado, diciembre 01, 2007

India, negra... ¡Y fea!

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A mi comunidad "marrón":

¿Alguna vez han escuchado asociada la palabra “blanca” al adjetivo “fea”? Yo nunca. Lo más relacionado a esto ha sido “desabrida”. Por supuesto, lo desabrido no ha de ser una característica exclusiva de la gente blanca, como no lo es la fealdad de las pieles oscuras o las razas indígenas.

Sin embargo, asociar una denominación racial (india, negra) a un adjetivo calificativo (fea) parece ser una costumbre demasiado arraigada, tanto que ni siquiera se es conciente de lo que se dice, cuando se dice.

“Serrano bruto” o “cholo bruto” es otra historia. En este caso, la generalidad peca de mayor atrevimiento ignorante, ya que se asocia al “bajo criterio e incapacidad de aprendizaje” (que es lo que quiere decir “bruto”, en este caso, no “recio, tosco u ordinario”) con la procedencia geográfica.

Es decir, al expresarnos de los modos citados no sólo demostramos ser prejuiciosos, sino también estúpidos, por tener el criterio tan reducido. Pero bueno, la estupidez, cuando se hace costumbre, no duele tanto, ¿verdad?

Una amiga mía, muy buena amiga, por cierto, tenía una cómica idea fijadísima en su cabeza: “El racismo es un vicio propio de las personas blancas. Sólo los blancos pueden despreciar a los negros. El desprecio que los negros sienten por lo blancos no es racismo, sino complejo de inferioridad”.

Genial sería que ni blancos, ni negros, ni amarillos, ni marrones canela, marrones café o marrones chocolate sintieran desprecio por las personas que les son “fisiológicamente diferentes”. Genial sería también que existiera una raza incapacitada de despreciar, para copiar sus genes y expandirlos por el mundo. Pero en fin, pareciera que la idea de “superioridad” es un vicio que nos viene casi innato, parte de muchas cosas inútiles que deberíamos todos aprender a desterrar.

Siguiendo con la teoría de mi amiga ítalo-peruana, ¡pobres de todos nosotros los no blancos! ¡Estamos condenados a pasarnos la vida envidiando la poca pigmentación de nuestros semejantes arios y afines! ¡Qué pena, penita, penaaaaaa!

Conozco el orgullo y el nivel de racismo que puede existir entre negros de diferentes orígenes, y de negros hacia “los demás”. Es que, además de la raza blanca (de cuya raíz han salido personajes como Bush y Bin Laden, aunque no me lo crean), es la única que puede considerarse aún “bastante pura”.

Otros grupos raciales bastante conservados (es decir, antes de que Europa decidiera “conquistar el mundo”) son algunos derivados de la raíz mongólica (o mongoloide, que también es correcto), a saber: los asiáticos amarillos y todas las culturas nativas extendidas desde el Asia y Oceanía, hacia América.

Sí pues, Atahualpa tenía mucho en común con Atila, Toro Sentado y cualquier simpático esquimal.

El peruano promedio, salvo el indígena quechua, aymara o nativo de la selva, es una derivación de mixturas que empezó con la mongoloide y una declinación de la aria: los godos españoles, ya bastante mezclados con latinos (romanos) y arios de oriente medio y del norte de África (musulmantes en su mayoría, aunque también árabes) y gitanos, gente de cabellos oscuros venidos de Europa del Este.

Entonces, lo epañole andaluce que llegaron a América hace quinientos quince años, ya traían menudas mezclas en su sangre. Acá, por las buenas o por las malas, terminaron de desparramar semillas y somos, pues, lo que somos.

Por supuesto, a lo largo de nuestra historia como colonia y república, hemos recibido cientos de inmigrantes (por fuerza o por necesidad). Así tenemos a negros, chinos, japoneses, judíos, alemanes e italianos, para citar a quienes formaron los grupos culturales diferenciados con más evidencia en este país.

Nuestro querido Perú es, entonces, una bonita fusión, a base de movimientos migratorios, comunidades indígenas y los cientos de miles de marrones que por aquí andamos, algunos con el cabello más grueso, otros con la tez más clara, y en fin, la misma especie, pues, con distinto origen geográfico, acento y oportunidades.

A estas alturas, me resulta una soberana pérdida de tiempo hurgar en los árboles genealógicos de cada familia, sólo para saber qué tanto de inga o mandinga tiene. Sé de personas que sí lo hacen. En fin, acepto que a veces resulta entretenido y es interesante averiguar de dónde venimos, que no determina lo que somos en verdad (uno de mis tatarabuelos por parte de madre, por cierto, fue español… y sacerdote).

Creo que también resulta útil para descubrir riesgos de enfermedades congénitas. Pero bueno, la diferencia se marca en el presente. Las acciones buenas o malas las comete cada quién, no el apellido.

De todos modos, Perú seguirá siendo discriminador en masa aún por mucho tiempo. Lo que cualquiera de nosotros podría hacer ante esto, sin invertir un sol, es moderar hábitos personales, como tener cuidado al decir las frases con que inicié este post. Pensar bien antes de hablar, evitando así que, a fuerza de repetición, continúe siendo una dañina costumbre en el inconciente popular. Todo empieza en pequeños detalles.

Hace algunos años, y a raíz de un odio familiar muy exacerbado (pugna por herencias, se llama “legalmente”), la esposa de algún tío o primo de mi padre, acusó a cierta estudiante de Comunicaciones de primer año (¿es necesario aclarar que estoy hablando de mí?), de insultar por el campus a un par de señoritas brasileñas, hijas de algún otro miembro de aquella familia que, gracias al dios, ya no es mía. He aquí su indignadísimo discurso:

¡Esa india fea y negra ha estado maltratando a las gringuitas! ¿Qué se habrá creído esa chola? ¡Es que les tiene cólera a las gringuitas, porque es fea y negra!

Por supuesto, de ser cierto lo del escándalo que la señora contaba, esta servidora no habría durado dos meses más en aquella universidad, por ser privada y tener una serie de normas de conducta. Las chicas brasileñas pueden dar fe de ello. Menos mal que el tiempo lo aclara todo.

Y así como me han llamado negra, chola e india de indígena (¡lo de fea sí que fue por pura envidia!), la primera vez que anduve dando tumbos por Europa me confundieron con india (de la India). Si creen que el despiste es particularidad de los europeos, se equivocan: cierto vocalista de cierta banda de rock, en Perú, me dijo lo mismo, un día en que él intentaba ser amable sin mayor interés (claro que sí).

A fin de cuentas, en mi país todos tenemos un poco de todo y se nos ha de notar con mayor o menor intensidad, según cómo nos caiga la luz del sol y los ojitos que nos miren, esa la verdad. Entonces, ¿para qué perder más tiempo discutiéndolo, digo yo?

Últimos sucesos:

Anoche salí con gente del Máster, de bares, por ahí. Ya de mañana, cuando tocaba el “pintxo” respectivo (¡cómo eché de menos una buena fuente de ceviche, carajo!), me acerqué a la barra para pedir lo mío. Al hacerlo, pasé junto a dos chicos, uno de ellos, muy atractivo, se quedó mirándome un poco sorprendido. Escuché luego que le dijo a su amigo, emocionado:

¡Pocahontas, tío! ¿La has visto?

Ay, estos vascos impresionables y pasados de vueltas… ¿No digo yo?

Es sólo para que quede claro que las percepciones fallan y es bonito que cada uno de nosotros sea como es, para empezar.

Luego, un vídeo de Bon Jovi, así dejamos la modorra. A ver si alguien encuentra por ahí a una chica parecida a mí (pero mucho más guapa, claro).

Y eso.