A mi comunidad "marrón": ¿Alguna vez han escuchado asociada la palabra “blanca” al adjetivo “fea”? Yo nunca. Lo más relacionado a esto ha sido “desabrida”. Por supuesto, lo desabrido no ha de ser una característica exclusiva de la gente blanca, como no lo es la fealdad de las pieles oscuras o las razas indígenas.
Sin embargo, asociar una denominación racial (india, negra) a un adjetivo calificativo (fea) parece ser una costumbre demasiado arraigada, tanto que ni siquiera se es conciente de lo que se dice, cuando se dice.
“Serrano bruto” o “cholo bruto” es otra historia. En este caso, la generalidad peca de mayor atrevimiento ignorante, ya que se asocia al “bajo criterio e incapacidad de aprendizaje” (que es lo que quiere decir “bruto”, en este caso, no “recio, tosco u ordinario”) con la procedencia geográfica.
Es decir, al expresarnos de los modos citados no sólo demostramos ser prejuiciosos, sino también estúpidos, por tener el criterio tan reducido. Pero bueno, la estupidez, cuando se hace costumbre, no duele tanto, ¿verdad?
Una amiga mía, muy buena amiga, por cierto, tenía una cómica idea fijadísima en su cabeza:
“El racismo es un vicio propio de las personas blancas. Sólo los blancos pueden despreciar a los negros. El desprecio que los negros sienten por lo blancos no es racismo, sino complejo de inferioridad”. Genial sería que ni blancos, ni negros, ni amarillos, ni marrones canela, marrones café o marrones chocolate sintieran desprecio por las personas que les son “fisiológicamente diferentes”. Genial sería también que existiera una raza incapacitada de despreciar, para copiar sus genes y expandirlos por el mundo. Pero en fin, pareciera que la idea de “superioridad” es un vicio que nos viene casi innato, parte de muchas cosas inútiles que deberíamos todos aprender a desterrar.
Siguiendo con la teoría de mi amiga ítalo-peruana, ¡pobres de todos nosotros los no blancos! ¡Estamos condenados a pasarnos la vida envidiando la poca pigmentación de nuestros semejantes arios y afines! ¡Qué pena, penita, penaaaaaa!
Conozco el orgullo y el nivel de racismo que puede existir entre negros de diferentes orígenes, y de negros hacia “los demás”. Es que, además de la raza blanca (de cuya raíz han salido personajes como Bush y Bin Laden, aunque no me lo crean), es la única que puede considerarse aún “bastante pura”.
Otros
grupos raciales bastante conservados (es decir, antes de que Europa decidiera “conquistar el mundo”) son algunos derivados de la raíz mongólica (o mongoloide, que también es correcto), a saber: los asiáticos amarillos y todas las culturas nativas extendidas desde el Asia y Oceanía, hacia América.
Sí pues, Atahualpa tenía mucho en común con Atila, Toro Sentado y cualquier simpático esquimal.
El peruano promedio, salvo el indígena quechua, aymara o nativo de la selva, es una derivación de mixturas que empezó con la mongoloide y una declinación de la aria: los godos españoles, ya bastante mezclados con latinos (romanos) y arios de oriente medio y del norte de África (musulmantes en su mayoría, aunque también árabes) y gitanos, gente de cabellos oscuros venidos de Europa del Este.
Entonces,
lo epañole andaluce que llegaron a América hace quinientos quince años, ya traían menudas mezclas en su sangre. Acá, por las buenas o por las malas, terminaron de desparramar semillas y somos, pues, lo que somos.
Por supuesto, a lo largo de nuestra historia como colonia y república, hemos recibido cientos de inmigrantes (por fuerza o por necesidad). Así tenemos a negros, chinos, japoneses, judíos, alemanes e italianos, para citar a quienes formaron los grupos culturales diferenciados con más evidencia en este país.
Nuestro querido Perú es, entonces, una bonita fusión, a base de movimientos migratorios, comunidades indígenas y los cientos de miles de marrones que por aquí andamos, algunos con el cabello más grueso, otros con la tez más clara, y en fin, la misma especie, pues, con distinto origen geográfico, acento y oportunidades.
A estas alturas, me resulta una soberana pérdida de tiempo hurgar en los árboles genealógicos de cada familia, sólo para saber qué tanto de
inga o mandinga tiene. Sé de personas que sí lo hacen. En fin, acepto que a veces resulta entretenido y es interesante averiguar de dónde venimos, que no determina lo que somos en verdad (uno de mis tatarabuelos por parte de madre, por cierto, fue español… y sacerdote).
Creo que también resulta útil para descubrir riesgos de enfermedades congénitas. Pero bueno, la diferencia se marca en el presente. Las acciones buenas o malas las comete cada quién, no el apellido.
De todos modos, Perú seguirá siendo discriminador en masa aún por mucho tiempo. Lo que cualquiera de nosotros podría hacer ante esto, sin invertir un sol, es moderar hábitos personales, como tener cuidado al decir las frases con que inicié este post. Pensar bien antes de hablar, evitando así que, a fuerza de repetición, continúe siendo una dañina costumbre en el inconciente popular. Todo empieza en pequeños detalles.
Hace algunos años, y a raíz de un odio familiar muy exacerbado (pugna por herencias, se llama “legalmente”), la esposa de algún tío o primo de mi padre, acusó a cierta estudiante de Comunicaciones de primer año (¿es necesario aclarar que estoy hablando de mí?), de insultar por el campus a un par de señoritas brasileñas, hijas de algún otro miembro de aquella familia que, gracias al dios, ya no es mía. He aquí su indignadísimo discurso:
¡Esa india fea y negra ha estado maltratando a las gringuitas! ¿Qué se habrá creído esa chola? ¡Es que les tiene cólera a las gringuitas, porque es fea y negra! Por supuesto, de ser cierto lo del escándalo que la señora contaba, esta servidora no habría durado dos meses más en aquella universidad, por ser privada y tener una serie de normas de conducta. Las chicas brasileñas pueden dar fe de ello. Menos mal que el tiempo lo aclara todo.
Y así como me han llamado negra, chola e india de indígena (¡lo de fea sí que fue por pura envidia!), la primera vez que anduve dando tumbos por Europa me confundieron con india (de la India). Si creen que el despiste es particularidad de los europeos, se equivocan: cierto vocalista de cierta banda de rock, en Perú, me dijo lo mismo, un día en que él intentaba ser amable sin mayor interés (claro que sí).
A fin de cuentas, en mi país todos tenemos un poco de todo y se nos ha de notar con mayor o menor intensidad, según cómo nos caiga la luz del sol y los ojitos que nos miren, esa la verdad. Entonces, ¿para qué perder más tiempo discutiéndolo, digo yo?
Últimos sucesos:Anoche salí con gente del Máster, de bares, por ahí. Ya de mañana, cuando tocaba el “pintxo” respectivo (¡cómo eché de menos una buena fuente de ceviche, carajo!), me acerqué a la barra para pedir lo mío. Al hacerlo, pasé junto a dos chicos, uno de ellos, muy atractivo, se quedó mirándome un poco sorprendido. Escuché luego que le dijo a su amigo, emocionado:
¡Pocahontas, tío! ¿La has visto?Ay, estos vascos impresionables y pasados de vueltas… ¿No digo yo?
Es sólo para que quede claro que las percepciones fallan y es bonito que cada uno de nosotros sea como es, para empezar.
Luego, un vídeo de Bon Jovi, así dejamos la modorra. A ver si alguien encuentra por ahí a una chica parecida a mí (pero mucho más guapa, claro).
Y eso.