lunes, noviembre 26, 2007

Bigmouth strikes again

Día extraño. De esos típicos domingos que empiezan mal, muy mal, sobre todo después del dolor de cabeza que algún espíritu de sábado en la madrugada provocó, sin querer hacer daño, claro (como siempre, pues).

Noticias de muerte y peligrosidad, dicen las crónicas y los amigos lejanos, que necesitan un abrazo fortísimo, pero siempre hay quién se los dé, porque son buena gente.

Lecturas adelantadas, posibilidades de trabajo, todo el día en pijama. Tania, la pobre, también melancólica, la sensación sobre toda la casa, tal vez hace falta la ruidosa y alegre María, o es que hemos sincronizado los días de mala leche, a saber.

Creo que nunca me acostumbraré al dolor (bendito sea dios). Si tan sólo no hubiera habido escándalo. Los sueños rotos, una ya se los sabe asumir. Y bien pensado, ¿de qué sueños estoy hablando?

Va a ser que ni siquiera sin esperar se hace esperar una decepción.

Si tan sólo alguno de los dos se mordía la lengua. Ay de estos seres humanos emotivos, que tan rápido como dicen ser felices, se cagan de miedo. ¡Ay, el escándalo!

Como decía, en pijama el día entero. Luego, planes de esos que, sin ser planes, salen genial. Ir a ver el fútbol y tomar unas cervezas con uno de los vecinos vino bien. También airearme. Ya lo de Tania, un brochecito dorado, el adecuado traga-recuerdos emocional, así, sin pensarlo mucho.

Fuimos, por fin, a ver Las 13 Rosas. Y volvimos andando por la playa, de noche, sin sentir frío. Estuvo bien la película, lloramos como magdalenas cansadas de llorar, es decir, no tanto, pero igual sí.

Banda sonora melosa. Buen inicio. Estoy jodidamente acostumbrada a la violencia real y mediática, descubrí. Algo se ha podrido aquí dentro.

Mientras lo injusto siga pareciéndomelo…

Otra vez lunes.

domingo, noviembre 25, 2007

A mis amigas

Todos dicen “muy rápido”, “muy rápido”, y tú sabes hacerlo sólo de este modo. Rápido. Alguien te enseñó, hace tiempo, que no, pero tú aprendiste mal, aprendiste dando todo cuando él, para él, como él, porque él. Y rápido, por supuesto. Rápido.

Pensabas, acaso alguno en particular, acaso quien sea indicado, acaso un muchacho o un hombre bueno, acaso para ti, acaso no importará. Pero importa, siempre importa, carajo. Siempre.

Ahora sabes: no existe el indicado antes de serlo. Y has dejado de creer en su llegada, en su partida, en que dure siquiera dos días, en nada, porque es mejor, recuerdas, cuando no esperas más, porque estás cansada y con la tripa revuelta de esperar.

Te duele. Reconoces el dolor. Sabes qué hace falta. Distancia. Aprenderás a estar lejos a su lado, siempre se aprende algo nuevo. Distancia, bloqueo. Le dijiste: “mírame bien”. Obviaste: “es la última vez que te miro así”.

Es que ya sabes lo de luego, ya lo sabes, ni siquiera debes pensártelo, ni siquiera suponer. Sabes, además, que todo es una bendición, a fin de cuentas, aunque la ilusión esté dañada y tú misma. Nada más.

Entonces, sigues andando y todos aún opinan “muy rápido”. Sigues andando, con tus entrañas recogidas en un trapo sucio, porque las mostraste todas, le dijiste: mira, esto lo llevo dentro. Olvidaste preguntar si le daba asco saberlo, es algo que siempre se pregunta.

Y muy rápido lo que sea. Muy rápido le juzgaste bueno. Muy rápido te juzgó mala. Muy rápido notaste que no, que mejor no, que no es conveniente. Así que mírame bien, porque es la última vez que, al mirarme, te miro también. Y ya.

Hace mucho que abandoné definitivamente Madrid.


miércoles, noviembre 14, 2007

Viento en popa (y bolsillos)

Esta vez mi habitación es verde. De paredes cremas, claro, pero sábanas verdes. Iratxe tiene buenos gustos para estas cosas, y es que cuando una casa es amoblada, viene hasta con frazadas.
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Me toca luchar con cierta tendencia al aislamiento y una buena dosis de malinterpretado autismo intelectual. Tengo compañeras de piso, ahora están viendo televisión. No dan la telenovela de las diez, que veía allá, por tanto, me da igual. Pero son lindas. Una altota, de cabello castaño y otra rubia, más menudita. Las españolas suelen ser bonitas.

Los profesores, apasionados. Académicos, también. Buena señal. Me han gustado las tres primeras clases. El grupo, visto en general, con interés y experiencia, tendencias socialistas y ganas de hacer mucho bien. Que nos dure.

Mañana debo ir a las 6 de la mañana a la comisaría, a ver si consigo sacar mi carné de residente extranjero. Lo necesito para crear una cuenta en banco local, ya no les sirve el pasaporte (desde hace dos meses). Sin carné, además, es imposible conseguir trabajo. Trabajito de medio tiempo, necesario para no perder la costumbre y paliar deudas. Es temprano aún, no nos toca rompernos la cabeza pensando en ello.

María me ha dado una pastilla de valeriana. Con lo buena que estaba la valeriana en infusión, pero progreso es progreso (y gastritis, también). Ojalá haga el efecto esperado, contrarreste el café largo que tomé esta tarde, culpa del frío y el desfase horario. Pensar que en casa (Perú) son las 5 de la tarde, y yo, con el trajín del día y siendo las 23.30, no consigo siquiera un amago de sueño.

Iratxe se ha propuesto conseguirme novio. No quiero novio. Pretendientes, sí, siempre es bueno, entretiene. Uno en cada ciudad, como los marinos (es que dije a Paty, a propósito de ese catalán que me tomó algunas fotos en primer plano, creyendo que no me daba cuenta: en fin, uno en Barcelona me vendría bien. ¿Total? Ya tengo otros dos, en Madrid y Girona).

Mujer sobrada. Mujer presumida. Mujer vanidosa. Mujer, ocasión de pecado. Mujer, la tendencia al mal. Mujer mujer, y ya.

Nada de suposiciones ni consejos dramáticos, carajo. Mi cabeza, hoy por hoy, está concentrada en recuperar el mes perdido y aprender más sobre lo que, a golpes y porrazos, he estado aprendiendo desde que dejé la universidad.

Se trata de consolidar mi derecho a ser libre.

Es hora de (re)intentar hacerlo todo bien, a la legal y con decencia, que nos lo merecemos, ¿verdad, Corazón? Dos años de “mala época” ya me valen. Todo cansa y enferma. Mejor, por las buenas.

Ahora estoy en licencia, gracias al cielo pude darme el lujo de tomármela y hacer el postgrado. ¿Mejorar mi nivel de competitividad? Sí, podría ser. Pero yo decía: es bueno en lo personal. Como la vida: sigues, paras, tomas un respiro, recuperas fuerzas y conocimientos, y le das a la marcha otra vez (marcha de caminar, no de ir a los bares).

¿Será más fuerte la valeriana que la cafeína? Lo sabremos en el próximo capítulo de…


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A propósito de mi foto para el carné de extranjero
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Encontré a esta niña en el caserío Río Claro (sierra norte de Perú). Le pregunté: ¿Puedo tomarte una foto? Dudó. Sonrió. Dijo: ¡Ya, pero me espera un ratito! Volvió con el cabello mojado y un peine viejo, tratando de arreglarse como veía hacerlo a mamá. Se hizo media colita y, mientras tanto, posó.

Así somos, pues. Siempre, aunque algunas digan que no y algunos se quejen. Así somos, aún sin querer serlo (a veces).

lunes, noviembre 12, 2007

Inverno


Reconocí a quien quise hace cuatro años, cuando aún era pura, capaz de no temer. Recuerdo que rompió (me rompió) porque estaba lejos, era difícil, era ingenuo pensar, era imposible conseguir, era tonto imaginar.

Almorzamos juntos ayer, entre buenos amigos y familiares emocionados. Nada es imposible. ¿Todo es posible, aún fuera de tiempo?

No es un hombre de mundo, interesante, culto, filántropo, mayor. Es el chiquillo que quise amar cuando fui chiquilla. Le amé. No sé si le amo. Sigue siendo ese chiquillo que evitó herirme y consiguió mostrarme una existencia hermosa, que no volví a sentir, pese a insistir. Sigue siendo ese niño. Mi niño.

Pensé: es un buen amigo, será inofensivo. Pensó lo mismo. Nos equivocamos. Sin embargo, es bueno saber que no sólo mi suelo se ha movido, también el suyo. Es bueno saber.

Madrid estaba soleado. El Bilbao hace frío. El frío es hermoso cuando el corazón va lleno de sueños y los pies no resbalan al caminar. Buenos zapatos. Bello.

sábado, noviembre 10, 2007

Aeropuerto. Viernes. Madrugada.


Acabo de sufrir la pérdida de documentos importantes y mucho dinero, sin embargo, estoy en la puerta de embarque número 19, como si nada pasara. El chequeo, la revisión del equipaje y la mismísima oficina de migraciones, no dieron mayor problema, ni maltrato alguno. Tal vez hemos sido los primeros pasajeros de la jornada. O tal vez, una vez aquí, muchos detalles ya no importan.

He comprobado que odio en demasía despedir a las personas justo antes de pasar por ese túnel, desde el cual ni siquiera voltearán (voltearemos) a mirar. Todos los restaurantes y cafeterías de la zona de espera me supieron más bien a cámaras de tortura, donde parientes, amantes, amigos, padres, hijos, se reúnen antes del vuelo, fingiendo que todo está bien, sonriendo como sonríen quienes acaban de perder algo de sí mismos, tragando saliva, mordiéndose los labios, o clavándose las uñas en las palmas de las manos.

“Todo va a estar bien”, “todo es para mejor”, “pronto nos veremos de nuevo”. Verdades sin sentido, pese a ser verdades.

Quizás he pasado por muchas despedidas y cada una de ellas ha sacado un pedazo vital de mi corazón. Carne arrancada a picotazos, sin ninguna piedad, pero sin ganas de hacer daño. Ironía. Por eso, hoy prefiero ahorrar este dolor a quienes más amo. Tal vez para ellos la faena sea importante, pero no necesitan decirme adiós justo antes del embarque, para mostrar su amor. Me satisface más bien verles tranquilos en el jaleo y contentos, aún teniéndome lejos. Nada mejor que ver vivir a tus mayores amores. Nada mejor para ser feliz, aunque estés al otro lado del mundo, pasándolo pésimo o genial.

No entiendo cómo perdí mi billetera. La cuidé durante todo el día, pero al final, al final, desapareció. Aún no tengo claro qué sucedió. Último recuerdo: la abrí para sacar 20 dólares, lo único que llevaría conmigo a la cena, pues arriesgaba demasiado con la cartera entera. Última visión a la foto de mi madre y mi hermano adolescente (el otro, el púber, rompió su imagen en un arranque de injustificada ira. Luego dijo que en realidad estaba escondida, pero nunca me la dio). Después, no sé.

Supongo: no la saqué conmigo, tenía claro que era riesgoso. Pero estaba aturdida, cansada, atolondrada. Tal vez sí la saqué. De hecho, la saqué. Me gustaría recordarlo, así estaría todo claro y no daría más vueltas. La llevé conmigo, seguramente la metí en los bolsillos pequeños de una casaca nueva, y no sé más. Cayó por algún lugar de la avenida Salaverry, ojalá la encuentre un indigente.

Pero no recuerdo haberla llevado conmigo. Seguro que sí, seguro que sí.

Es bueno que el documento vital aquí, en el aeropuerto, sea el pasaporte. Lástima no haber dividido el dinero. Lástima haber decidido llevar algo de efectivo. Lástima las tarjetas del banco. Qué carajos, seguro alguien me prestará, hasta que mi tarjeta quede nuevamente habilitada (dentro de un mes, siendo positivos).

Me gustaría recordar si la llevé conmigo o no. En casa no estaba. En fin.

Lo bueno es que uní a dos amigas fenomenales, que por carácter y Piura social más demás, no generaban la mejor empatía del mundo, juntas. Y claro, mi linda María Esther y su padre, muy atentos ambos, muy buenos, muy siempre allí, aunque acabé gorreándoles algunos billetes y todo el crédito del celular, sin contar que no pagué ni el peaje hasta aquí. De esas amigas que, gracias a Dios, me tocan. Chévere.

Además, Shirley y este turrón de Doña Pepa que compartiré, mañana, con Elizabeth.

Hoy no ha sido un día bueno, sobre todo por culpa mía. Me he comportado como una idiota con muchas personas, pensando en sepia y sabor a pastel exageradamente dulce, dulce justo antes del agrio o podrido. Ha sido un día en que no fui suficientemente buena, ni suficientemente paciente, ni suficientemente comprensiva, ni suficientemente lista. Tal vez esta sensación de sí, porque sí, pero no, no ayuda. Cuestión de seguir madurando, pues.

Sin embargo, estoy aquí, en la sala de embarque número 19, con sed, aunque es mejor aguantar un poco, que no me hace gracia ser de las primeras en mear en el avión. No puedo creer que haya guardado hasta mi ropa sucia, pero no recordar cómo perdí la billetera.

En algún momento quise no venir. Y pensé: tiene su lado bueno, tiene a mis hermanos y a mi mamá. Eso es excelente. Pero opté por probar, que otros elementos pongan una barrera realmente infranqueable: Migraciones, por ejemplo, ante la falta de mi DNI. Igual sucedió con la visa: mis hermanos, mis hermanos, pero igual lo intento, que me la nieguen. La concedieron. Tarde, pero la concedieron. Y aquí estoy.

Los caminos de Krishna son excesivamente incomprensibles. En fin, que los dioses digan y decidan, yo pienso dormir al menos cinco horas seguidas, que ando trasnochada desde ayer, por esperar la última hora para llegar de Piura (pero valió la pena). Tal vez por eso ando tonta y pierdo billeteras.

A ver qué pasa, pues, y seguir confiando en la providencia. En que la Providencia cuide a mi madre y mis hermanitos, para empezar, y amigos, amigos. Yo, a España.

España… Ya era hora de volver. Esta mañana pude aclarar una de las razones por las cuales mi organismo entero tiende a ese país: la posibilidad de ser grosera en defensa propia y con razón, en castellano, sin luego tener que pedir perdón. Pensar que muchas personas no tienen idea de lo gratificante y desestresante que esta tontería puede llegar a ser, vaya. Además de la maestría, claro está.

Entonces, ¡a por ello! (misia y adormecida aún).

miércoles, noviembre 07, 2007

Disimulando


Una tarde con Angel, buscando combi por la Prolongación Grau, de Piura. Necesito no pensar en importante.

Pato

Angela: ¿Sabes? El domingo descubrí que mi amiga Periquita mete el pie al caminar, como patito… Suelo fijarme en eso porque yo también lo meto así.
Angel: ¿Ah sí? Pero no se te nota mucho.
Angela: No, porque me acuerdo que "no debo" y lo saco. Además, con lo de la luxación de caderas y el pie plano, mis padres siempre pusieron especial énfasis en mi modo de caminar y todo lo relacionado a ello.
Angel: Claro, entonces pudieron corregir cualquier problemilla.
Angela: Casi. He usado todo tipo de zapatos ortopédicos, incluso algunos cuya suela me hacía resbalar los pies hacia fuera. Ya no caminaba como patito, sino como pingüino. Si a eso sumamos los pellizcotes de mi mamá...
Angel: Ahora la Angelita camina derechita.
Angela: No, se centraron en piernas y pies, pero no vieron mi postura general. Sigo siendo “torcidita”.
Angel: ¡No tanto! Se te ve bien.
Angela: ¡Lo sé!... Pucha, además ahora tengo fastidiadas las rodillas.

A propósito de “Señora del Destino”

Angela: Es bonita, la novela, sólo que se alarga y alarga, cada capítulo es una hora en la vida de los personajes y no puede ser, pues, no puede ser. ¡El tiempo es oro! Ya he debido resignarme a que me iré antes de ver el final.
Angel: Igual puedes inventarte un final y luego comprobar.
Angela: Puede ser… ¿La estarán transmitiendo en España?
Angel: Todo es posible…

Ginecológico

Angel: Yiaic…
Angela: ¿Qué?
Angel: Esa imagen, una pareja de adolescentes frente a un centro de ecografías, la chica llorando.
Angela: Pucha, jodido.
Angel: Sí.
Angela: Deberíamos ser como los animales salvajes.
Angel: ¿Tener crías cada cierto tiempo y andar por ahí, comiendo pastito?
Angela: Preñarte cuando te toca, sin padres que te digan lo avergonzados que están de ti y de lo que dirá el vecino, sin que todo el planeta te recuerde el modo idiota en que has frustrado tu vida y tu posible carrera, sin un novio que te haga sentir mierda porque no se hizo cargo, o dudó de su paternidad, o a lo mejor que se queda contigo, pero también desgraciado y marcado.
Angel: ¿Cómo sería, entonces?
Angela: La hembras salen preñada y toda la manada, hasta el vecino, procura su bien. La cuidan, la atienden, le ayudan. La hembra mantiene al macho lejos, salvo que sea de alguna especie que vive en pareja. En fin, si la hembra ve que el macho amenaza a la cría, lo echa a arañazos o patadas, la crianza es compartida por la comunidad y no hay vecinos.
Angel: Siempre debe haber algún vecino…
Angela: Bueno que el vecino mantenga distancia. Y si el vecino jode mucho…
Angel: La hembra se lo come.
Angela: Eso mismo. Se lo come y alimenta con él a su cría.
Angel: Chévere.

Leyes

Angela: Es lo que dicen: que la ley de la selva no es andarse matando porque sí, eso sólo hacemos los humanos civilizados. En la selva matas para comer o cuando te sientes amenazado.
Angel: Sí, pues. Eso me ha recordado lo que suele decir el papá de Nicky.
Angela: Por cierto, no me he despedido de Nicky…
Angel: Yo le digo de tu parte.
Angela: ¡Mira, combi! ¿Va a Tallanes?