miércoles, julio 25, 2007

Su mamá y su papá


Para quedar bien en cualquier situación, debería existir una especie de “código de conducta” dirigido personas con poca capacidad de socialización convencional. Gente de mi especie, a quienes, pese a poseer potencial para hacer buenos amigos y caer bien a personas inteligentes y sencillamente buenas (modestia aparte), se nos hace muy difícil introducirnos en el mundillo particular de las familias de nuestr@ novi@.

Una barrera invisible, pero evidente

Quizás es el tipo de mirada que recibe “esa chica con la que mi hijo está saliendo”, cordialmente amable, pero inevitablemente inquisidora.

Puedo decir, antes de profundizar en el tema, que fui una niña muy querida y apreciada por las madres de dos ex enamorados. Tal vez por ser mujeres, tal vez por ser artistas, tal vez porque necesitaban de un par de ovarios que las escucharan, pues toda su prole fue masculina, tal vez porque eran tan inteligentes y sencillamente buenas como las personas que suelen simpatizar conmigo.

Sin embargo, era inevitable que estuvieran en posición de “observadoras”, haciendo el complemento de equilibrio con sus esposos, liderando a todo el sector familiar “de él”, mirando atentamente cada paso de esa jovencita que ha osado mirar al niño lindo de la familia (principal error personal de elección: fijarme siempre en el menorcito de la manada, que, por azares del destino, era de mi edad).

Entonces, no sólo he sido “la novia del niño”, sino “la novia del niño menor”, cosa que me convirtió en una especie de muñeca piloto, siempre a prueba.

Pésimo para mi temperamento y mi razón de ser en este mundo: soy la mayor de tres hermanos y el que me sigue, tiene 15 años (yo, 27). Madre viuda. Afortunadamente, mi padre tuvo tiempo de enseñarme a trabajar antes de morir, desde que esta señorita andaba en los 13, por lo tanto, en mi relación con mis queridos enamorados siempre se generó un conflicto difícil de remediar: dejé se ser una niña bastantes años antes que ellos.


El mundo de cada quién

No quiero echarme lauros, definitivamente tenía idea de cómo sobrevivir sola en el mundo y de las responsabilidades familiares que me place tener, aunque siempre hay retos nuevos que, antes de ser asumidos, dan un poco de miedo. La confianza en uno mismo, en los planos profesional y personal, es una virtud que se cultiva y cuida, crece con el tiempo y la seguridad que uno va obteniendo al caminar.

Hace tres años, por ejemplo, ni siquiera habría pensado en dejar un trabajo seguro y en planillas, para salir a buscarme la vida por ahí.

Sin embargo, en temas de relaciones amorosas era un cero a la izquierda. Sólo sabía querer, pero no hasta qué punto era aconsejable, ni controlar ciertas sensaciones, ni guardar ciertas formas. Mucho menos desenvolverme apropiada y cómodamente en medio de la familia de mi chico.

No soy un vikingo antes de las 12 de la noche (luego de esa hora y con un pollo a la brasa en frente, me transformo por completo, pero no es el punto). No me refiero a esa clase de errores o mala educación, sino a convertirme, de un momento a otro, en: “ella, la enamorada de Menganito”, y eso, sólo eso, nada más que eso.

Descubrí, en un pestañeo, que el valor agregado de cualquier ser humano carece de total importancia cuando es juzgado desde la perspectiva de otra persona, su pareja. Y claro, que cualquier ser humano, sea cual sea su valor agregado, será tratado del mismo modo que su pareja. Esto, básicamente en un grupo social medio - conservador, pero es perfectamente extensivo a cualquier nivel.

Entonces, no sólo dejé de tener personalidad para muchos y pasé a ser “la enamorada de”, sino además empecé a recibir un trato de niña pequeña, que hace mucho mi madre y mi familia entera dejaron de darme.
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Mi influencia familiar

No vengo de un grupo familiar muy unido, para ser sincera. Mis padres, “ovejas negras” de sus respectivas familias, se aislaron mucho de fiestas y tradiciones, desde que se casaron. Eso no quiere decir que no se ayuden entre sí. Existen lazos solidarios muy fuertes, pero también mucha libertad de acción. Mamá y papá nunca participaron en sesiones familiares para resolver problemas generales, aunque el resto de parientes se reunieran muchas veces para decidir el destino de ambos, el mío y hasta el de mis hermanos (“Bien, ya tienes dos hijos, debes ligarte las trompas”… “¿Cómo?, ¿Embarazada otra vez? ¿Y cómo piensas mantener a un tercer niño? Ni hablar, aún está pequeño, puedes abortarlo”).

La consecuencia es que parieron a seres desarraigados e independientes. Mis hermanos, aunque pequeños, ya muestran claros signos de ser capaces de ir por el mundo sin que nadie les cuide, pero ruego a Dios para que tarden algunos años más en abrir las alas.

Aprendí a querer a cada ser humano de mi amplia familia por separado y comprender el estilo particular de la tía tal o la abuela cual, los conflictos ideológicos y políticos, el concubinato, la envida y el odio que puede surgir por la ambición de herencias, entre otros.

Respeto los lazos familiares y quiero mucho a los parientes buenos, pero… Nunca les he permitido decidir mi vida. Y me he equivocado muchísimo, sin embargo, siento gran satisfacción al ver lo conseguido y los planes futuros que voy armando, conforme camino. Sé que muchas personas de mi edad, ahora mismo, se encuentran en posición parecida. Eso me alegra. Y también me alegra ver con tanta claridad que cada quién llegó hasta donde está siguiendo su propia ruta, adaptándose a sus circunstancias y afrontando muy particulares problemas.

Esta riqueza es muy apreciada en la amistad, esta diferencia que complementa y hace funcionar a los equipos. Sin embargo, se convierte en un juego de alto riesgo en caso de las relaciones amorosas. Más aún cuando entra a tallar la familia.

Y es que es recomendable “conocer” muy bien a la persona que se ama. Sin embargo, ese “conocer”, según puedo verlo, está muy mal interpretado. Un chico de mi edad me dijo hace poco que le era sumamente importante poder ser “amigo” de su chica, antes que cualquier otra cosa. Me pareció razonable, aunque un poco difícil de conseguir estando todo este asunto tan convencionalmente revuelto.

¿Y cómo son los amigos? Pues, para empezar, no se juzgan, sino se aman y se ayudan a ser mejores. Se perdonan los errores, se animan a enfrentar retos, se cuidan, se comprenden, comparten aficiones, metas, intereses y cariño. Los amigos no se hacen daño, sino bien, mucho bien.

Con una pareja, por supuesto, se busca compartir la vida (no sé si toda la vida, pero al menos sí el día a día, sin fecha límite y sin establecimiento de distancias convenientes, en un principio). Bueno, en tal caso, haría falta tener en cuenta otros detalles más específicos, que nos gusten o disgusten según nuestro propio temperamento y cómo hemos sido criados.

Ese conocimiento no se fuerza. Surge poco a poco, según el trato dentro de una relación de amistad, o en una propia relación de noviazgo, depende de cómo haya empezado todo: si con paciencia o por flechazo. Lo que hace válida una relación es que esta funcione bien, sin más.

Hasta aquí, lo que yo pienso. Lo que veo es que los padres siempre quieren “lo mejor” para sus hijos, y entre “lo mejor” podría estar acomodado, tranquilamente, lo que exige la sociedad en general: una profesión prestigiosa, una posición económica buena, una cara bonita, una serie de relaciones tales o cuales, más demás cosas accidentales que desde siempre han sido muy importantes, incluso más que las esenciales, tan venidas a menos ya.


Elementos de “juicio” y la importancia de coincidir en valores básicos

Es verdad que las diferencias educativas, sociales o hasta raciales suelen condicionar mucho el éxito o fracaso de una pareja. Pero no nos engañemos. Una pareja es asunto de dos personas, los terceros son eso, terceros. Pueden opinar con la mejor intención del mundo, pero seguir adelante, retroceder o romper, es cuestión sólo de “ese par”, nadie más. Si una relación no funcionó por diferencias profesionales o culturales, por ejemplo, no fue culpa de las diferencias en sí, sino de que él, ella o ambos no estaban preparados para afrontarlas. Tan simple como eso.

Por supuesto, también están los casos de jovencitos, jovencitas (y no tan jóvenes), que se encaprichan con amores dañinos o aman profundamente a personas que sólo les hacen sufrir. Bueno, siempre podemos equivocarnos, pero para eso existe la experiencia y las segundas, terceras, cuartas, quintas oportunidades. Es muy importante saber cuánto valemos, lo que somos capaces de hacer estando solos, nuestros objetivos de vida y el tipo de persona a la que nos gustaría querer. Eso es necesario antes de estrechar lazos e iniciar relaciones.

A mí me gustan los chicos que son capaces de tomar sus propias decisiones. Que aman a sus padres y los escuchan, pero no dependen de ellos (ni de su desinteresada colaboración económica) para decidir destinos, trabajos o amores. Quizás porque yo misma soy así. Mi madre respeta mucho mis afectos, pese a preocuparse por mi corazón, pues me ha visto llorar muchas veces. Ella nunca intentaría condicionar mi vida, pero, por supuesto, tampoco dejaría de advertirme si algo no le parece. Yo, a estas alturas, ya sé muy bien que los padres saben y hay que tomar en cuenta lo que dicen.

Pero no soportaré (nunca más) esas miradas inquisidoras y la amabilidad socialmente cordial que he “padecido” algunas veces, porque siento que estoy bastante grandecita para eso. Claro, lo que me toca es la responsabilidad de escoger un hombre que posea una formación similar, en aspectos de respeto, independencia y deberes. Es el único modo de asegurarme unos “suegros” comprensivos y respetuosos de lo que papá y mamá hicieron conmigo y viceversa, por supuesto.



El valor de la experiencia

Entonces, ¿es importante que los padres conozcan al novio de la hija, o a la novia del hijo? Sí, pero cuando la pareja de turno se trate de una elección razonable y amorosa del niño, ya crecidito, de la casa. Como dije antes, la opinión sincera y limpia de una madre (porque también hay opiniones sucias, aunque vengan de mamá) siempre es importante. Pero hay una cosa muy cierta: lo que más quieren los padres es ver que sus hijos estén contentos de verdad y sean felices. Con ese primer obstáculo superado, cualquier prejuicio es vencible, siempre y cuando la parejita esté bien segura de lo que quiere.

Lo demás es juego, convención social, comodidad propia de los noviazgos adolescentes, salvo que hayas sido criado según una tradición específica. Si participas de ello y bien, adelante. Si no, entonces ve a por lo que te hará feliz. Si tu chico o tu chica viene de “un ambiente diferente”, primero asegúrate de amarlo tanto como él te ama a ti, de modo que puedan ayudarse a superar cualquier complejo, sin insultarse o juzgarse. Yo, al menos, no sé si el amor puede funcionar de otra forma.

lunes, julio 23, 2007

Días rojos (previos)


A veces no hay modo de dejar a todos felices. Existen prioridades, creo. He tratado de avanzar lo del trabajo, pero también se me dio por poner etiquetas a mi blog. Acabo de descubrir que se trata de una labor ardua, será necesario dejarla pendiente, para el fin de semana.

Sin embargo, no pude evitar leer algunos textos, escritos desde hace más de dos años. En unos me he notado más madura que hoy, en otros, con una tierna inocencia disfrazada de cinismo (fue bueno ser así, aunque pude haberlo disfrutado más, sin apresurar lo que, por sí solo, no quiso apresurarse nunca).

Me ha dado gusto ya no sentir dolor por episodios que, pensé, nunca dejarían de arderme en el pecho. Me ha fastidiado, por otro lado, notar que recién hoy me estoy esforzando por olvidar (pero de verdad) a quien he dedicado la mayoría de mis textos amorosos y de dolor. Así visto, noto con más claridad la magnitud del daño casual, aunque sé claramente que todo entendimiento llega en el momento preciso, ni antes, ni después.

Dios… todo acaba tan pronto y con tal rapidez… Y es imposible hacer feliz al colectivo en pleno. Necesitaba escribir un poquito ahora, antes de seguir con los diseños. Por la noche, a recoger algunas cosas en el mercado, no hay tiempo qué perder. Y llamar a mi madre, que hoy es su cumpleaños, aunque no sé qué decirle. Las madres se dan cuenta de todo y yo no me siento con moral suficiente para hablarle con firmeza y ánimos.

Tampoco estoy triste, simplemente… Pasando un proceso de esos, que hay muchos, que son buenos (de vez en cuando es bueno aislarse). Más la cantidad de trabajo por hacer y yo, escribiendo sin sentido, aunque me gusta. Y me gusta también ese niño que envía e-mails tan bonitos, pese a no saber de qué va (¿o sí?), ni querer saber. Menos mal que pronto me voy, aunque no quiero, pero sí quiero llegar a una casa, cada noche, sin encontrarme allí a una compañera de piso estresada, con ganas de canalizar sus problemas reclamándome por el papel higiénico o el olor a "mi" comida en las cucharas de palo.

El otro día un amigo mío, de Sullana, me mostró fotos de su nueva novia. Le dije que estaba muy guapa y pregunté qué tal iban. Me contestó: “Chévere. Es de Lima, de la Católica. Nos vamos para allá un par de semanas y fácil, cuando me regrese, terminaremos”.

Y bueno, a ver, ¿cómo está eso? Yo acepto que generar y mantener relaciones a distancia es algo que me da prejuicio, pero, pese a que he tragado mucha mierda por culpa de cosas así, tampoco perdería la oportunidad de un nuevo intento, si veo que el chico vale la pena (si es bueno quererlo). Creo que las personas estamos por encima de cualquier circunstancia (pobre y triste romántica, tonta temeraria, me asusta cuando dices eso).

Él respondió que, en este caso, estaban juntos sólo por sexo…

Entonces no es tu novia, sino… Alguien con quien compartes algo específico y no más.

Pero mientras esté conmigo, es mi novia.

Bueno pues. Y así veo andar a muchos y muchas por ahí, consiguiendo enamorad@ porque se sienten solos, porque quieren tirar sin tener que pagar, porque desean olvidar un amor pasado, “queriendo” a una persona nueva, sin importar el daño que puedan ocasionar, porque necesitan un compañero o compañera de viajes, porque no saben estar solos…

No soy una santa, pero… No estoy buscando a alguien que satisfaga una necesidad específica, sino un compañero de verdad, que me dé alegría, en quien poder confiar. Siempre quise eso, aunque me haya hecho la dura, no lo voy a negar. Ahora mismo sé que es difícil hallar a una persona así, entonces, me he retraído y prefiero pasar desapercibida (además, está eso de “no busques, sino deja que te encuentren”, cosa que hasta ahora no entiendo del todo… pensé que la búsqueda era mutua).

En fin, que no se puede hacer feliz a todo el mundo, al mismo tiempo y con la misma actitud. Hay prioridades. Hoy debo llamar a mi mamá, es su cumpleaños, pero después de las 7, que avance un poco más con esto y aquello. Me gustaría estar en casa ahora, aunque quiero a los amigos que tengo aquí y me gusta el niño de los e-mails dulces. ¿Será que amo naturalmente a las personas que se entregan a sí mismas, con cariño, para que otros estén bien, y son felices así, y que adoro saber de los demás, leyéndolos? Debo terminar mi trabajo, de una vez.

Tampoco puedo hacerme mucho caso hoy, es un día de “esos”.

martes, julio 17, 2007

Canción fúnebre


Previos

M
Cuando vi “Réquiem…”, dejé de fumar marihuana todo el día, todos los días.
A
Cuando vi “Réquiem…”, dejé de meterme el dedo para vomitar…
M
¿Eras bulímica? ¡Qué tonta!
A
¿Te drogabas todo el tiempo? ¡Qué tonto!
M
Sí, pues…
A
… Sí, pues.

Ficha Técnica

Dirección: Darren Aronofsky.
País: USA.
Año: 2000.
Duración: 102 min.
Interpretación: Ellen Burstyn (Sara Goldfarb), Jared Leto (Harry Goldfarb), Jennifer Connelly (Marion Silver), Marlon Wayans (Tyrone C. Love), Christopher McDonald (Tappy Tibbons), Louise Lasser (Ada), Keith David (Gran Tim), Sean Gullette (Arnold el psiquiatra).
Guión: Hubert Selby Jr. y Darren Aronofsky; basado en la novela del primero.
Producción: Eric Watson.
Música: Clint Mansell.
Interpretación cuartetos de cuerda: Kronos Quartet.
Fotografía: Matthew Libatique.
Montaje: Jay Rabinowitz.
Diseño de producción: James Chinlund.
Dirección artística: Judy Rhee.
Vestuario: Laura Jean Shannon.
Decorados: Ondine Karady.

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Sueños muertos

Es dura, como aquellos sueños en los que caes al vacío. Sabes, por cientos de referencias, que no estarás feliz al terminar de verla. Sabes, también, que la certeza de que “sólo es una película” no te sirve. Sin embargo, nos empeñamos en verla. En grupo, por si acaso. En grupo, el pudor ayudará a mitigar las reacciones más inesperadas y habrá apoyo moral, de ser necesario.

No pude evitar encontrar pinceladas de mi propia vida. Tal vez haber estado a punto de fastidiarla algunas veces, me ayudó a entender mejor por qué, en qué momento sucede que decides perderte, pese a saber que te estás perdiendo. En qué momento decides, simplemente, morir, aunque disfraces ante ti mismo ese andar hacia el infierno, como el modo en que cumplirás tus sueños.

Cuatro casos extremos de drogadicción y obsesiones. ¿Recuerdas cuando eras niño y eras feliz sólo con saber que mamá nunca iba a morir? ¿Recuerdas cuando tus subidas o bajadas de peso se resolvían llevando tu ropa donde la abuela, para que meta o saque tela de las bastillas (que, a fin y al cabo, para eso están)?

¿En qué momento empezaste a tener valor sólo por lucir bien aquél vestido, o por el dinero que llevas en los bolsillos?

Sobre todo… ¿En qué momento dejamos de lado a las personas que amamos y, muy importante, que nos aman?

Después de verla, no puedo evitar que los cabellos de mi nuca se ericen si escucho parte de la banda sonora, sobre todo la composición vertebral, Lux Aeterna, de Clint Mansell.

Hay desgracias que se pueden evitar sólo con una palabra, sólo con confiar, sólo con acompañar un ratito o llamar por teléfono a tiempo, Angela.

Los protagonistas .



Réquiem por un sueño es la historia de cuatro personas: tres jóvenes adictos a las drogas, metidos hasta el cuello en narcotráfico y una mujer mayor, madre del protagonista, que un día recibe una invitación para participar en su programa de televisión favorito y decide que eso, sólo eso, es el motivo que ahora tiene para existir.

Viuda y con un hijo inteligente, bueno y guapo, quien últimamente sólo llega a casa para robarse el televisor (una y otra vez) y comprar tóxicos sofisticados, como heroína. Ella piensa que ya no tiene razón de ser, antes cuidaba de su familia, ahora, nada. Y esa invitación a la televisión es una bendición. Debe prepararse, debe ir elegantísima y hablar de su querido Harry, de sus amigas y de su vida sencilla. Irá de rojo, piensa, como a la graduación del joven, hace algunos años.

Pero el vestido no le queda, ha subido algunos kilos… ¿Y ahora, qué puede hacer?

Su hijo la ama. Sí, la ama, pero ha perdido el sentido de lo que significa amar a una madre, además, ella está ya tan vieja y no consigue entenderla…

Él vive aparte. Tiene un mejor amigo, Tyrone, uno de los mayores ejemplos de lealtad que he visto en el cine, aunque la relación de ambos se desarrolle en un pantano; y una novia preciosa, Marion, que lo adora, confía y se apoya en él. Pero ninguno de los tres se da cuenta, tal vez por esa soberbia propia de la edad o porque ya no piensan claro, que no están capacitados para soportar a nadie, sino más bien deben buscar ayuda.

Pequeños descuidos. Dejar pasar señales de auxilio clarísimas, pero el día a día nos gana, pues, y siempre hay cosas más importantes que hacer.

El drama podría parecer excesivo, pero no por ello irreal. Por supuesto, la vida no tiene una banda sonora tan sugerente y expectante, pero sí peores consecuencias, peores escenas, peores desenlaces.

Bastaba sólo con un poco de atención para acabar mejor, con darle vueltas a algunos problemas, aunque duela pensar en ello, nada más para estar presentes, atentos, aunque no encontremos rápidamente la solución.

Pero los jóvenes de Réquiem son demasiado jóvenes. Marion es una niña fina y de buena familia, dejada de lado, pero muy bien atendida mensualmente, en su cuenta de ahorros. Tyrone ni siquiera tiene claro por qué está donde está, pero sabe que, con un poco de suerte y “buenos negocios”, estará mejor. Harry los quiere a ambos y desea tener su propio departamento, su propia familia y mucho dinero. ¿Cómo lo conseguirán? Vendiendo heroína. ¿Está bien? ¿Está mal? Qué más da. La confusión es demasiado grande y la frustración de no poder cumplir sus sueños podría ser peor que la muerte.

Sin perdón


Darren Aronofsky consiguió narrar eficazmente la vida diaria e interior de cada personaje, apoyando una buena historia en imágenes sugerentes, planos subjetivos y aberrantes, musicalización sobrecogedora y un ritmo acelerado, aunque no por eso menos descriptivo.

No hay buenos, ni malos. Los héroes son, a la vez, antihéroes. Están enfermos, se están destruyendo y no hay marcha atrás. Sufren las consecuencias de la soledad, la ausencia de un guía que pudo evitar la tragedia, si actuaba a tiempo, o de exigencias universales de belleza y bienestar.

¿Tenían derecho a querer ser felices? Claro que lo tenían. ¿Fueron adecuados los medios? Tal vez no, pero… ¿Tuvieron alguna otra opción? Quizás sí, quizás no, finalmente, no vieron a tiempo cómo hacer las cosas de otra manera, y fueron tras sus sueños, muriendo a cada paso, pero no sin ello dejar de amarse, o de ser buenos.

Una película cruda, difícil de ver, aceptar y tolerar, pero absolutamente recomendable. De hecho, tengo un hermanito quinceañero a quien no le vendría nada mal verla… ¿Han escuchado hablar del aprendizaje por defecto?

Aquí, un trailer:


Recomendación póstuma: tengan a la mano chocolates, tal vez los necesiten al terminar.

viernes, julio 13, 2007

Dedicable

Podría darte tres vueltas si me diera la gana, lo que quieres de mí
Que no te tiemblen las piernas cuando saque las garras, lo que temes de mí
Que no te llenes de miedo si me quito la máscara
Si de repente una noche me levanto a tu hermana...

martes, julio 10, 2007

Coito interrumpido


Hace una semana, o dos, leí en el blog de Majo lo que cito a continuación, refiriéndose a la película "The Holiday":
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Uno de los personajes, casi al final de la película, grita desaforadamente “yes, yes!” luego de botar de su casa de vacaciones a su “amor tóxico”. La euforia era comprensible tras 3 años de infructuosa contemplación, porque el tipo en cuestión era un tremendo villano y porque, como dije antes, ese amor era “tóxico”. ¿Y qué es un “amor tóxico”? Es aquel que te sume en un grado de estupidez tal que te inhabilita de lograr el balance perfecto entre cabeza y corazón, con la consecuente pérdida de objetividad para darte cuenta de que la otra parte no le conviene a tu integridad física, psicológica y espiritual.
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Me dio una punzada en el corazón, que quedó latente. Busqué la película, la vi, por supuesto, compartiendo mis impresiones cinematográficas (es sosa, pero me ha hecho llorar) vía sms con aquél hombre respetado, admirado y amado (en un sentido espiritual del término), una vez más, como tantas otras.

Mi historia no tiene villano y se reduce sólo a un año. Un año estando sola, sin sentirlo totalmente, gracias a él. Un año de caídas, decepciones, daños, que daban igual, ahora lo sé, porque siempre estaban sus respuestas acertadas, sus consejos y su cariño.

¿Qué más se podía pedir, que no coactara mi libertad, ni mis desatinos? Mantenía, a la distancia, una relación de preciosa “amistad”, una amistad bonita, extraña, disimuladamente interesada. En el fondo, un amor-cariño que se hacía más fuerte, conforme crecía la admiración y la, debo reconocerlo, dependencia.

Dependencia emocional. Convencerme a mí misma que eso era lo que quería para mí: un amor sin ataduras, un bien recordado ex – novio de dos meses, una persona bastante madura en quién poder confiar, un ángel cariñoso que me sostenía en sus brazos imaginarios, cada vez que me veía caer hacia uno de mis tantos abismos, un potencial amante con quien compartir calenturas de medianoche, por el celular.

Fue maravilloso. Fue especial. Fue la relación más parecida al amor, que nunca tuve. La confianza entre ambos no tenía barreras, ni límites (al menos, era lo que yo pensaba). Su cariño nunca se acabaría, pese a mis múltiples amantes pasajeros y mis obsesiones narcóticas. Ahí estaba él, siempre él, cual dios pagano, protegiéndome, cuidándome, buscando mi bien.

Pero no era dios, sino humano…

La diferencia entre ambos fue nuestro nivel de tolerancia (que él llamaba liberalidad): yo podía estar con quien quisiera, eso a él no le molestaba en absoluto. Pero una tarde lluviosa de mayo, en medio de una selva contaminada de friajes, supe que yo no podría con algo así…

Aclarando un poco los detalles, una cosa era ir por ahí, vacilar, agarrar, tontear y se acabó. En esas andaba yo y chévere. A veces le contaba, a veces no. De todos modos, estábamos lejos y daba igual. Él, supuse yo, andaría en las mismas, ¿y qué? ¿Me molestaba? No…

Entonces, él me escribió que sería muy feliz por mí, si yo encontraba un hombre bueno, que me cuidara y me diera alegría, en una relación de verdad. Pero claro, añadió que prefería que entonces no me topara con algo así, pues sabía que necesitaba tiempo en soledad, para aprender más sobre mí misma y estar bien así.

Me di cuenta que no le importaba perderme. Admiré su desprendimiento, pero a la vez, su desinterés me sobrecogió. Algo en mi cabeza no conseguía encajar lo que estaba pasando.

Yo, lo entendí entonces, estaba dispuesta a continuar una relación así, sin compromisos, siempre y cuando ambos nos quisiéramos, por lógica, por coherencia. Pero… ¿Tú de qué vas, hombre?

Y fui sincera. Le dije que a mí me gustaría que él sea feliz también, que fuera capaz de enamorarse sin miedo, pero que… así como estábamos, no iba a ser capaz de aplaudir su alegría con otra, en primera fila y sin sentimientos ocultos.

Creo que nunca me expliqué bien. Lo quiero tanto, que me gustaría no desearlo de otro modo. Lo quiero tanto, que me gustaría poder ayudarle como a cualquier otro amigo amado y especial. Pero no puedo, no así, no ahora.

Le dije que necesitaba aclarar muchas cosas dentro de mí, para que esta relación no sea dañina para ninguno de los dos. Le dije que quería quererlo bien, sin interés, sin celos. Le dije que me gustaría ser capaz de saberme sola y ser feliz con ello.

Él me dijo que no le importaba si mi amistad era interesada, que le alegraba poder ayudarme a conseguir paz y que lo quisiera como yo quisiera, sin más.

Quedé de una pieza ante eso. No entendí bien y no quería entender mal tampoco, así que pedí tregua, separación, basta por ahora, necesito tiempo.

Y me di tiempo. Yo ya estaba desahuciada en muchos aspectos de mi vida, para entonces. Ya estaba metida en asuntos que ahora me cuesta dejar. Pero pude salir de eso, creí, y pese al dolor y las lágrimas, era lo mejor. Sí, era lo mejor, era lo mejor, debía convencerme de ello, debía hacerlo, debía…

No pude. Fue su cumpleaños algunas semanas después y reanudé el contacto. ¿Total? – pensé – es así como lo quiero y es así como me siento bien. Libertad. Amor sin ataduras. Confianza, más confianza que en nadie, eso es cierto, eso sigue en pie, eso no se va a acabar porque me alejo, ¿entiendes, corazón?

Y otra vez la compañía, pese a la distancia. Y la posibilidad de vernos.

La irresponsabilidad. Una crisis. Temo no poder con esto. Temo estar metida en esto. Temo desear esto con tantas ganas. Temo que mi madre o mis amigos me vean ahora, con escalofríos, la piel pálida, los ojos desorbitados y las pupilas dilatadas. Temo ser adicta. Temo irme al infierno. Pero no temo que él me vea. Lo sentí tan cerca, lo vi tan claro, y entendí que el amor es amor, que la necesidad se ha hecho fuerte y gracias, gracias por todo tu apoyo.

Mi amor, me siento perdida, me siento avergonzada por lo que he hecho, crisis, miedo, por favor, prométeme que vendrás a Cusco, de verdad estoy asustada, prométemelo. Te lo prometo, amor, haré todo lo posible, pero no te hagas daño.

Pudimos vernos, en circunstancias diferentes a las esperadas. Pudimos vernos y estar juntos. Pude ver que me quiere y necesita mi necesidad, que el cariño que lo envuelve todo es dulce y de colores bonitos. Y pude ver, también, que hay una persona llamándole por teléfono con regularidad, haciéndole sonreír. Pude ver que esa persona estará cerca de él muy pronto, por algún tiempo. Pude ver que tal vez es su oportunidad de tener algo real y de terminar con esto, de dejar de hacernos daño, de dejar de hacerme daño.

Me contó que se trataba de algo superficial, pero una mujer sabe. Una mujer mira las señales. Una mujer buena, porque soy buena, no provoca dolor a personas inocentes, aunque jamás hayan tenido con ella esa consideración, “en nombre del amor”. Una mujer, además, tiene aliadas en todas partes, mujeres también, que están cansadas de llorar y ver llorar, y saben cuándo decir lo apropiado, aunque duela, porque la verdad siempre es mejor.

Una dama, ¿recuerdas la última película que vimos juntos y abrazados, cariño?, una dama sabe cuándo debe retirarse.

No sólo es especial, también le amo, sin estar enamorada de él. Pero tengo que irme.

Es duro, ¿saben? Esta mañana me fue difícil dejar la cama sin sus palabras de aliento y sin saberlo cerca de algún modo. Sin embargo, creo que soy más libre que antes, ¡pero, Dios mío, cómo duele!

Un par de consejos:
  1. Nunca se involucren sentimentalmente con alguien más, apenas terminen una relación. Eso no les ayudará para nada a superar el asunto solos/as, sino que les confundirá. A la larga, puede que hayan postergado muchas batallas, que se les vendrán encima cuando menos se lo esperen.

  2. Las personas que nos quieren merecen cariño, respeto y confianza. Sin embargo, si van a apoyarse emocionalmente en alguien, procuren que no se les haga costumbre y asegúrense de quererle de manera alegre y desinteresada. Si en algún momento se les cruza por la cabeza el deseo de hacerle el amor, ¡olvídenlo! ¡Cambien de confidente! No es bueno jugar con fuego, ya saben por qué..

Créditos finales: gracias Majo y Malu, por la inspiración y el valor. Gracias, Monki, por los chocolates. Gracias, Carlita, por existir.

Belleza


¿Estás buscando algo bueno, mi niña? ¿Estás esperando que el príncipe de los cuentos tontos que a todos nos cuentan cuando somos pequeños, venga por ti y te rescate de ti misma?

No… No va a venir, no existe.

Seca tus lágrimas y olvida que has hecho mal. Tienes el atenuante de no haber dañado a nadie aún, o casi, pero sin querer, porque de haberlo sabido, seguramente no lo habrías hecho.

Seca tu lágrimas, deja de sollozar y mira qué bonito es esto, y esto otro. Mira tus dedos dando forma a tu corazón, a tantas personas que te quieren bien. Mira lo que ha producido tu cabecita todo este tiempo, entre distracciones.

No te enorgullezcas de lo que has hecho, sino conserva esa sencillez que nos hace corresponder con calor a tu sonrisa. Pero míralo y reconoce que no es malo, que es bonito, que ayuda.

Recuerda esos ojos tan negros y achinaditos, que brillan con ilusión al verte llegar, pese a todos los días y meses que le haces esperar. Recuerda que te llaman “hermanita” o “angelito”, aunque creas que vives metiendo la pata todo el tiempo.

No todas las personas fueron hechas para recibir tu corazón y todas las personas del mundo pueden equivocarse y hacer daño. Sin querer o queriéndolo incluso, que te dé igual. Las heridas se curan con el tiempo, pero no puedes provocarte dolores más grandes con tus propias manos, porque no es justo para ti, ni para quienes te queremos.

No reniegues, pequeña testaruda. Los demás sí importamos cuando buscamos tu bien. Sabes que estamos cerca, por si te ocurre aquello que antes solía ocurrirte, cuando entrabas en momentos oscuros y sólo buscabas oscuridad definitiva, para acallar el llanto de tu corazón.

Los niños rezan por ti, todos los niños, cuando piden a Dios que proteja a la gente buena y dé sabiduría a quienes están errando. ¿Ves cuántas oraciones? ¿Puedes sentirlas?

Ya no llores, llorona. Se te va a malograr la carita y las cremas de belleza no pueden disimular las cicatrices que dejas crecer en tu rostro. No llores, porque nadie se ha muerto. No llores porque tu corazón sigue latiendo, aunque tengas un nudo grande en la garganta y creas, por enésima vez, que todo se acabó.

¿Ves que todas las veces que creíste haber acabado, aún no era el final? Ahora tampoco. Mañana tampoco.
Además, tú misma me dijiste un día que era bueno que algo termine del todo, bien o mal, qué importaba. Que era bueno que algo termine del todo, porque así podías empezar a andar, sin voltear a mirar para atrás.

No vale la pena olvidar por algunas horas, si sabemos que con el tiempo olvidarás igual y sin temblar por las noches, y sin perder tus sueños, y sin necesitar de susurros amorosos que no son tales, y sólo han conseguido llenarte de soledad.

Yo me equivoco muchas veces, pero nunca te diré una mentira, ni siquiera para que te duela menos. Porque te quiero, evitaré hacer cosas que podrían dolerte, para luego no tener que mentir. Y si no puedo, te diré la verdad, aunque no entiendas, pequeñita mía, aunque no quieras hablarme por algún tiempo. Ya sé que eres así y ya sé que se te pasará, porque sé que me quieres como yo a ti.

Corazoncito mío, levanta la carita, sécate las lágrimas, por favor. Que no te duelan las sienes hoy, ni nunca, salvo sea porque has estallado de felicidad.

Quiere como sabes querer, no tengas miedo. Yo te correspondo. Nosotros, tu gente, te correspondemos. La gente sin malicia también. La gente que apenas te conoce, corresponde igual, porque ese brillo de tus ojos los hechiza.

Si te dañas, se dañará tu espíritu y confundirás lo bueno de lo que está mal, más de lo que sientes que ya lo confundes ahora. Pero no estás perdida y no estás sola. Aquí estoy. Aquí estamos. Nos tenemos entre todos, hombros, brazos, piernas, ojos. Aquí estamos.

No duermas con dolor esta noche, porque mañana debes despertar agradeciendo el día nuevo, el cielo, el techo y las frazadas que te cobijan, y todas las imágenes que viajando, trabajando, celebrando y equivocándote, has podido guardar. Todo eso que es tuyo, que nadie podrá quitarte nunca, que te sopla las palabras dulces o amargas que a veces dices, que te hace ser tú.

No duermas llorando, porque tu carita estará hinchada en la mañana y te arderán los ojos. No duermas llorando, porque no podrás tener sueños bonitos. No duermas llorando, porque esta vez, aquello que te hizo llorar, tampoco lo merece y… pronto pasará.

Descansa, mi niña. Descansa recordando lo bueno que te ha pasado el día de hoy.

Un besito.

miércoles, julio 04, 2007

Inti Raymi

¡Napaykuykin, Qhapaq Inti!
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Ya has tonteado mucho, me dije. Ya te queda poco tiempo. Sí, sí, todo bien, la experiencia, los amigos, alguna aventurilla tierna. Dejaste las clases de quechua cuando empezaste a viajar, del monte a la selva y de la selva al monte. Y has tenido tiempo de caminar, conocer, leer, ver películas que los piratas de Piura ni siquiera consideran dignas de reproducir, siendo verdaderas joyas del cine internacional. ¿Que qué más se puede pedir?

Paz en el mundo, que nunca viene mal. Justicia. Sabiduría para los gobernantes y buena voluntad para los pueblos. Hum… Que pronto empiecen a remunerar el trabajo de mamá, que la adolescencia de los hermanos menores no sea tan dura, sobre todo para ellos… Que papá esté en el cielo y no se entere de mis burradas, que los buenos amigos y las buenas amigas no salgan nunca del corazón, más algunas peticiones personales-no-egoístas que siempre rondan en las cabezas humanas, quieras que no…

No noté que hiciera más frío que otras veces, ese 21 de junio, pero sí hubiera preferido no tener que caminar desde donde Elías y Karma, hasta mi casa, algunas calles más arriba, creo que con la presión baja (porque yo me lo busqué) y colada hasta los huesos. Saliendo del jardín tantas veces recorrido, noté en el techo una sombra humanoide, que me asustó por algunos segundos, no lo voy a negar.

Es un muñeco, me dice Elías. Los ponen allí para que espante a los espíritus malos, sobre todo en esta época de fiesta, donde los traviesos demonios salen a pasear entre los transeúntes, porque no quieren que se haga la oración al sol. Es 21 de junio, amiga mía, solsticio de invierno. Hoy la tierra está más lejos del sol, por eso el Inti Raymi se celebraba en esta época…

Para pedir al Inti su calor y su luz, que traen prosperidad a estas tierras.

Cusco es una de las ciudades con más feriados que he conocido, ¿sabes? Días libres, puentes, como lo entiendas mejor. En mayo es la bendición del Señor de los Temblores. La segunda semana de junio, el Corpus Christi, con los santos que llegan desde todos los distritos colindantes a la ciudad imperial, llevados en andas, entre danzas y ceremonias cristiano-paganas, que si los curas no se quejan, nosotros menos, pues. Esto, sin contar que el pueblo en su totalidad se vuelca a las calles y al estadio cada vez que hay partido del Cienciano.

Da gusto encontrarse a las comparsas en las avenidas (les encantan los bailes del Altiplano, por lo visto), pero no tanto si por ellas cierran el tránsito y acabas llegando a tarde a todos lados, peor que en Lima, ya te digo.

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Pero a partir del 18 de junio todo es peor, o mejor, o particular, sin dar una clasificación valorativa. Personalmente, me gustó. Me pasaba las mañanas, muy de mañanita, mirando con la boca abierta, cual provinciana recién subida, todas las danzas y desfiles. Colegios, instituciones varias, públicas y privadas, pasando todos coloridos y musicales, ante (léase con bombos, platillos y voz de animador de fiesta pegándoselas de solemne) “¡La contadora colegiada, Dra. Marina Sequeiros, alcaldesa de Cuscooo!”, experta en colocar botes de basura sólo en las zonas de mayor concentración turística y cambiar el sentido del tráfico en calles estrechas, de un día para otro (es de lo que los taxistas viven quejándose aquí).

Muy aparte de la parafernalia armada por los políticos y su séquito de organizaciones afines (introduzcamos en el paquete al Instituto Nacional de Cultura), estas fiestas son aprovechadas por el pueblo para dar rienda suelta a sus emociones espirituales más íntimas. A saber:

  • Las señoras beatas, esas que se ven por todas partes, aprovechan para hacer lo que mejor saben hacer públicamente: rezar y hablar mal de quienes no rezan como ellas.
  • Las familias de rancio abolengo, tradicionales, siguen las celebraciones vestidos de gala (terno, vestido y sombreros), sacando pecho y disfrutando de sus privilegios en primera fila.
  • Las familias adineradas, pero no arraigadas, aprovechan para irse a sus casas en el Valle Sagrado, o cualquier otro lugar, lejos del mar de gente, turistas e “indios” que llenan la plaza y alrededores.
  • Los de la clase media "culta", representada mayoritariamente por funcionarios públicos, maestros, catedráticos y estudiantes, disfrutan la festividad y participan en los desfiles y danzas. Además, se reúnen en los quiosquitos de las plazoletas adyacentes al centro de la ciudad, y disfrutan de una gran variedad de platos típicos: chicharrón, lechón, cuy y, específicamente en el Corpus Christi, “chiri uchu”, una orgía de carnes frías, tortilla, yuyo, cancha salada y queso, que tal vez no se lleve muy bien con hígados en proceso de adaptación a la altura, pero es, sencillamente, deliciosa.
  • Las personas pobres de la ciudad, que aprovechan la coyuntura para vender comida, artesanías y mendigar.
  • Los rateros, que se alistan para robar a la cantidad de turistas desubicados que encontrarán entre apretujones y música. Debemos señalar aquí que muchos de los ladrones de fiesta llegan de otros sitios y sólo para la ocasión.
  • Los campesinos, que son pobres y hacen algo de comercio, pero también aprovechan la coyuntura para rezar al Apu y al Apu Yaya (es decir, a mi cerro y a Jesuscristo, que es el papá del cerro, pero a los dos, sin distinción, con más cariño sentimental a uno, porque así me lo enseñaron en la parroquia, y con respeto ancestral al otro, como hacían mis abuelos). Sincretismo religioso, le llaman.
  • Los turistas... Cientos de turistas.
  • Los hippies y artesanos (incluyendo aquellos de Tumbes que sorprenden a las gringas de Máncora contándoles que son cusqueños).
  • Los visitantes coyunturales y demás bichos inclasificables, como esta servidora, y
  • Los que pasan totalmente del asunto.


¡Intillay! ¡Taytallay!

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El sol de Cusco muerde la piel. En Piura o Sullana, mueres deshidratado doquiera que vayas. En Cusco no, bajo sombra, la temperatura baja considerablemente, pero busca que te dé en el rostro y los hombros, puedes sentirlo presionándote fuerte, aunque esté lejos en esos días de cambios climáticos y movimientos planetarios.

La vida nocturna en el centro del mundo es atractiva las dos, tal vez tres primeras semanas. Luego, la oferta se acaba. Si quieres conocer gente realmente interesante, mejor permanece sobrio. Si quieres sentir el paso de los días, aléjate del exceso que te lleva a arañar el suelo, por más y más. Sólo, disfruta cómo el sol destroza tu epidermis por algunos minutos, sin excederte, para evitar el cáncer a la piel, y mira con atención cada terraza, cada construcción colonial, cada piedra de muchos ángulos incrustada magistralmente en el muro, cada detalle que no se repetirá para ti, si estuviste distraído, ebrio o drogado.

Es fácil cometer excesos en una ciudad diferente, sobre todo en Cusco, disfrazada de cosmopolita por la cantidad de extranjeros que andan sus calles, pero bastante conservadora, elitista y parcializada respecto a su propia cultura, que se deja ver claramente en la pésima atención de muchos establecimientos públicos, liderados por jóvenes de la ciudad. Nada que ver con el mundillo académico (quienes, literalmente, creen vivir en el "centro del mundo"), ni con las mamachas del mercado, que en español y quechua se gritan la vela verde y pelean a verso limpio por sus clientes. Es la diferencia entre saber quién eres y quedarte en término medio; entre sentir orgullo por lo que tienes y no valorar lo que posees ante los demás.

El día del Inti Raymi, domingo 24 de junio, valía la pena despertar más temprano que un domingo convencional. Valía la pena, también, mantenerse abstemio, para entender la ceremonia, con un ínfimo conocimiento de quechua, y conservar siempre una actitud abierta y respetuosa con cada símbolo, con cada individuo, con cada espíritu.

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La ceremonia empieza en el Qoricancha (Recinto de oro), que fue durante el Imperio Incaico un templo dedicado a la veneración del sol. Los conquistadores españoles, en su afán por erradicar el paganismo, construyeron sobre él el actual Monasterio de Santo Domingo, convirtiéndolo en una de tantas muestras de sincretismo religioso andino-cristiano. Afortunadamente, dejaron las bases de piedra pulida, los jardines y algunas habitaciones, que hoy pueden ser visitadas como parte de cualquier “city tour”.

El Inti Raymi, por supuesto, también fue prohibido en épocas de evangelización. Sin embargo, los pobladores del ande peruano se las arreglaron para seguir venerando a sus apus, tras la simbología católica convencional (vírgenes con ropas triangulares, asemejando a montañas o cruces plantadas al este, por donde sale el sol, como simples ejemplos).

En el año 1944, un grupo de artistas e intelectuales cusqueños iniciaron un movimiento que buscaba revalorar la cultura nativa del Perú. Fueron rescatadas muchas manifestaciones religiosas, gracias a las narraciones de la población quechua, cronistas e historiadores. Desde entonces, la Fiesta del Sol se impuso como una celebración anual, cada 24 de junio, coincidente con el aniversario de Cusco, y representada por un grupo de teatro y danza que ensaya siempre con muchos meses de antelación. Ser el Inca es todo un honor.

La representación de la ceremonia al sol empieza en el Qoricancha. Luego, el Inca y su séquito se dirigen a la Plaza de Armas, donde ofrendan chicha de jora y productos agrícolas, pidiendo por la prosperidad de la región. Después, todos se trasladan a Sacsayhuaman, centro ceremonial y administrativo, situado en una colina, al norte de la ciudad de Cusco. Aquí son recibidos con el sonido de los pututos, tocados por los sinchis, guerreros situados en las partes más altas de los muros de enormes piedras talladas, portando banderas del Tahuantinsuyo.

Ese día, cientos de personas peregrinan hacia las famosas ruinas.

Los turistas y visitantes que no pagamos la entrada a la platea principal (cuesta entre 80 y 300 dólares, habrá que confirmar preguntándole a Bill Gates), debemos sentarnos en las colinas de alrededor (“platea alta”), para apreciar el espectáculo y tomar las mejores fotografías posibles. Las familias cusqueñas, rurales y urbanas, llevan preparados sus platos típicos, a base de papa, queso y cuy, y pasan un bonito día de campo.

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¡Causachun, Qosqo!

Al terminar las celebraciones de aniversario, empieza el trabajo duro para los responsables de limpieza y el Instituto Nacional de Cultura. Es que un mar de gente no puede desaparecer sin dejar estragos: papeles, restos de comidas, marcas de meadas en las esquitas de los muros de Sacsayhuaman (sí, tal como lo leen)...

La ciudad vuelve a su normal desequilibrio y vistosos contrapuntos socio-económicos. El arte bohemio recobra su señorío en el barrio de San Blás, las discotecas abren y a volver a la rutina, que el lunes no tarda en llegar y eso también es bueno.

¡Oh, Cusco! Tus contradicciones te hacen aún más bello y apasionante, como apasionante y bello es el Perú.


Foto


Una vez me propuse sacar siempre lo bueno de todo. A partir de ese día, mi vida se complicó más de lo que ya estaba, porque para ver “lo bueno, pese a todo”, es necesario ser fuerte y yo no lo soy tanto. También es necesario saber perdonar y yo aún estoy en proceso de aprendizaje. Me ayudó poseer confianza y optimismo, gracias a cierto idealismo heredado, que se sostiene, quién sabe cómo, de mis entrañas dañadas, pero jóvenes aún.

En fin, que sigo respirando y hay para rato…

domingo, julio 01, 2007

Intro


Hombre, yo sé que eres el idiota más bueno del mundo, y yo soy la reina de las estúpidas. Vaya pareja. Pero bien, todo bien. Es decir, estoy un poco hecha mierda y sé que a ti no te gustaría verme así, pero eso no me preocupa, estás demasiado lejos y, aunque quieras, de todos modos no volverás a verme.

El fin de semana tuve miedo, ¿sabes? Es que aquello amargo que probamos juntos, o tú por tu cuenta y yo por la mía, porque en realidad así fue siempre, me gustó más de lo que esperaba. En realidad, me encanta, lo deseo con cada célula, aún más cuando sé que no lo tendré.

Hace unas cuantas madrugadas recobré el sentido, sintiéndolo latir en mi garganta. Pasó muchos días junto a mí la última vez, tantos que perdí la cuenta, aunque mi estado “automático” puso cara profesional y asistió al trabajo diariamente, horas más, horas menos, hay que avanzar y quedar bien, no hay mancha que valga en el CV, mucho menos en el nuestro, salvadores del mundo, idealistas de pacotilla, que apenas separan los sueños del delirium tremens.

¿Crees que soy dura? ¿Acaso no lo fuiste tú, varias veces, en aquellos días cuando jugábamos a querernos, sin querernos de verdad? Días que repito, por cierto, pero no duelen, ya no. Es… como si sólo unas pocas personas pudieran ahora remover algunas fibras humanas que quedan repartidas entre mi pecho y mi estómago. Y esas personas son buenas. Y esas personas besan mis ojos cada noche, desde donde están, para velar por mis sueños. Y esas personas me aman. Y yo… tal parece que me he propuesto decepcionarlas, aunque hace rato supe que debía mantenerme viva por mí misma, no por ellas.

No estoy triste, sólo quiero recriminar mi propia estupidez, a mí misma, aquí, donde me sea más íntimo y doloroso, donde sé que va a joder de verdad, en el orgullo, en el ego, en la bilis y en la genialidad en embrión, con riesgo de nunca llegar a desarrollarse por aquello amargo, por aquello que duele en la cerviz al día siguiente y para siempre, por eso que huele tan bien y cómo gusta, cómo gusta, carajo, al punto de arder en la yema de los dedos cuando sé, cuando sabes, que no pues, que ya estuvo bien de huevadas, que ya estamos grandes para vomitar y para creer que tenemos derecho a desgraciarnos más de lo que ya nos hemos desgraciado conociéndonos.

El fin de semana tuve miedo y me encerré en la madriguera pituca que nos hemos conseguido, aquí, donde todo es usual, sin embargo, tan nuevo. Y tú, quien quiera que seas, cabrón, ni siquiera te lo imaginabas, ni siquiera te interesaste en saber porqué o qué. Nada, pues. Necesitamos ayuda, cariño. Pero esta vez, yo soy primero, ¿vale?

Es bueno saber, pese a todo, que somos fuertes. Es bueno saber que esto nos sirve para recuperar la humildad y dejar de juzgar, joputa, compañero querido, tú.