sábado, junio 30, 2007

Ojos de Cielo

Tal vez mis actitudes delatan que estoy enamorada de ti, pero no importa. A fin de cuentas, es verdad. Pero no como podrías pensar tú o creerlo todo el mundo. Yo misma no me explico en qué momento caí en este idilio, pero está bien, me gusta, llena muchos espacios solitarios, aunque la soledad me sienta bien y estoy satisfecha con mi vida, salvo esos resbalones estrepitosos de los que ya te he hablado.

Llevo varios meses guardando esto en mi corazón y he debido aprender a colocarlo en un lugar seguro, donde no nos afecte de ningún modo, donde no haga daño, por si acaso.

Es extraño el modo en que te quiero. Confío en ti como en ninguna otra persona, eso me da mucha paz. En algún momento, un poco por soberbia y tras la búsqueda de mi salud mental, quise alejarme de ti y del apoyo que me significas. ¿Por qué no ser capaz de sostenerme sobre mis dos piernas, sin ningún bastón? ¿Por qué necesitar de ti?

Ahora lo sé: no te necesito, pero te quiero. Lo que sí necesito es que me escuches, porque mi corazón opina que sabrás darme las palabras adecuadas. Lo que sí me hace falta es un abrazo tuyo, donde sé que podré volar sin miedo a caer, y ser quien soy, no importa cuán fuerte o cuán débil, no tengo que fingir contigo.

Gracias por ser un amigo entrañable, corazón. Gracias por ser mi hermano y permitirme amarte en momentos precisos. Gracias por no juzgar mis desvaríos. Esta canción me recuerda a ti, desde que te conocí.

Todo mi cariño…

lunes, junio 25, 2007

Eto' andaluce


Los conocí en Villa Salvación, un pueblo de Madre de Dios donde está la sede técnica del Parque Nacional Manu. Trabajan en un albergue para niños abandonados, como voluntarios. Son de esa clase de personas de "buen karma", que transmiten sensaciones bonitas, aunque se adivine tras sus ojos la complejidad de cualquier ser humano y no se les entienda un rábano al hablar. Estuvieron en Cusco unos días.
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Sin ánimo de parecer "xenófoba"...
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Él pasó por mí, luego de la tremenda juerga de la noche anterió. Habíamos quedao con las niñas a eso de la’once’e la mañana, pa ir a Urubamba. Yo es que estaba encantá, porque el grupete aquél está geniá, además que me lo paso mu bien con ello, aunque se queden poco tiempo en Cuco, vamo.

Llegamo’al albergue a la hora acordá, él con un poco’e prisa, porque tenía que resolver uno’asunto con su billete de retorno a Epaña. No’encontramo con que una de la’niña, la otra andaluza, etaba mu mala. Había pasao la noche vomitando y vomitando, tal vé por alguna infeción. Supuse que se trataba de mal de altura. Esto de subir de golpe 3000 metros sobre el nivel del mar y salir de fiesta por ahí, es de cuidado.

Bueno pué, a’eperá que se ponga buena, mientra'el chico y yo acabábamo’uno trámite por ahí cerca, de su billete y tal.

Ante’e salí del albergue, como etaba claro que iba a pasá, uno se tardó die minuto en cambiarse el pantalón y la otra, casi lo mimo o aún má en darse un baño, a ver si así le pasaba la fiebre, porque le hacía mucha ilusión llegar hata Urubamba y conocé la casa de niño sin hogá que hay ahí.
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No’pusimo en camino recién como a la cuatro y media’e la tarde, o así. Una confusión a la hora de enviar el fax, por parte del niño, iba a retrazarno'aún má, pero eso era prioridá y podía entendelo (así como podía entendé que la niña estuviera enferma). Pero para entonces, las cosas ya estaban demasiado lentas…
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Por fin en la combi, quillo, ya era hora, ¿verdá? Pero la combi hata la etación de tasis, no al pueblo, aún no. Bajamo faltando tré cuadra. En el camino, la niña vio uno dulce en vitrina y dijo: “Qué hambre tengoooo, e que no he comio ná dede ayé. ¿Compramo dulce de eso que se ve tan bueno?”.

En ese preciso momento, mi paciencia tuvo un pequeño resbalón y pronuncié decididamente: “Primero lleguemos a Urubamba, ¿ok?”. ¡Es que ahí la piurana era yo, joder! ¡La lenta, la pacientosa, la que se toma su tiempo para todo y va por la vida observando cada pajarito que se le atraviesa, era yo, no ellos! ¡Y ya les llevaba varios kilómetros de ventaja!

La francesa se acercó a mí. Por fin una de las dos había dado señales de hartazgo y vino a solidarizarse conmigo. Era el primer par de españoles tan relajados que conocía en mi vida. Por lo general, suelen estar corriendo de un lado para otro, midiendo cada segundo de su tiempo, hablan muy, muy alto, opinan cuando nadie les ha pedido que lo hagan y, en fin, la idea-prejuicio que todos tenemos. Estos eran diferentes, pero su tranquilidad ya había conseguido desesperarme. Afortunadamente, la niña es tiernísima y el niño, románticamente malagueño, lindo y guapo... ¡Qué si no!

Y bueno, ¿nos vamos ya? (a regatear con el conductor del taxi-colectivo). Un par de errores más en el camino, que costaron al buen hombre 80 soles. El gesto noble de uno de mis compañeros de viaje, que no olvidaré nunca y… Urubamba.

Conocimos el albergue, personas nuevas, niños y niñas aprendiendo a trabajar la arcilla, paisajes, dibujos. Lástima no tener la vida medianamente resuelta, para poder hacer de “voluntaria” alguna vez.

La cena-almuerzo fue otra historia. Tardamos 1 hora en decidir a dónde ir y cuarenta minutos más (ellos) en escoger la comida. La noche avanzaba, yo no estaba preparada para andar por la calle a esas horas (afortunadamente, la francesa me prestó una bufanda), y debía volver a Cusco apurada, cual Cenicienta, pues era la quema y despedida de Joha, amiga mía por buena y por Mónica. Cada vez se hacía más tarde…

Conseguimos, a eso de las 11.30, que un taxista nos haga la carrera. Cobró 50 soles, 20 más de lo que cobran de día, “porque de Cusco tenemos que regresarnos vacíos, pues, mamá”. Sin embargo, una vez en Cusco, el pedazo de perro nos dejó tirados en un grifo, menos mal que cerca del centro, “porque ya me voy a descansar” (o sea, so baboso, mañana igual te regresas haciendo algún servicio y estás que te haces el dramático, para ganar más).

Ni modo.

Los muchachos estaban convertidos en humildísimos trapeadores. Ninguno quiso/pudo acompañarme donde Joha. No entendía por qué estaban tan destrozados, si llevábamos el mismo ritmo desde la noche anterior... Pero en fin, yo tenía un compromiso importante con mis mejores amigas y amigos de Cusco y no podía dejarme contagiar del cansancio colectivo.

Fue un buen final y un buen amanecer. Al día siguiente, debí editar un vídeo en tiempo récord, porque a quien funge, por ahora, de mi jefe inmediato, se le ocurrió mandarlo junto con otros documentos, como informe final de proyecto (y ya sabemos que estos informes siempre se terminan a última hora). Quedó bonito, pese a la mala noche. Y todo bien, aunque a lo’andaluce, desde esa madrugada, no los he vuelto a ver.

martes, junio 19, 2007

Cherry Lee

Pese a una fuerte apariencia y ciertas costumbres “heavys-dark”, he de confesar que, a los 19 años, también me desnucaba con Dover, un interesante grupo grunge español que cantaba en inglés. He recordado esta canción y he sentido una gran nostalgia por los días aquellos de viajes diarios Sullana-Piura-Sullana, para ir a la Universidad, comer galletas dulces y Chiki de Concordia al mediodía, pues el almuerzo-cena me esperaba en casa, cada noche, al volver, cansada de combis, distracciones tontas, hormonales adolescentes tardíos y miles de chicas más lindas y delgadas que yo...
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¡Oh, bendita e incomprendida bulimia, que me hiciste entrar en pantalones talla 28, me provocaste caries blancas y me jodiste el estómago por el resto de mi vida!. No sé por qué he vuelto a pensar en estas cosas.

Hace ya 8 años de toda esta historia…
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Por cierto, me han contado que, actualmente, la vocalista de Dover pronuncia muy bonito el inglés y su música está bastante empalagosa. La verdad es que hace mucho les perdí el rastro.

Necesito de alguna garantía, amigo mío, pues aún conservo mi dignidad...

sábado, junio 16, 2007

Por mi cumple

Sólo le pido a Dios
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Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente,
que la reseca muerte no me encuentre
vacía y sola sin haber hecho lo suficiente.
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Sólo le pido a Dios
que lo injusto no me sea indiferente,
que no me abofeteen la otra mejilla
después que una garra me arañó esta suerte.
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Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.
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Sólo le pido a Dios
que el engaño no me sea indiferente,
si un traidor puede más que unos cuantos
que esos cuantos no lo olviden fácilmente.
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Sólo le pido a Dios
que el futuro no me sea indiferente,
desahuciado está el que tiene que marchar
a vivir una cultura diferente.
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Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.
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León Gieco

sábado, junio 09, 2007

Un imbécil

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, imbécil es un adjetivo derivado del latín imbecillis, que refiere a una persona “alelada, escasa de razón”. En buen cristiano, “tonto o tonta”. El documento académico señala que esta palabra también puede ser usada como sustantivo.

De acuerdo al uso bíblico del término, imbéciles son aquellas personas que hacen o dicen tonterías, que se apegan tercamente a creencias falsas y hacen escándalo con ello, sin darse cuenta que están destruyéndose a sí mismos y a quienes tienen alrededor.

Amalgamando ambas definiciones, podríamos determinar que un imbécil es un “tonto porque quiere”, pues, teniendo la oportunidad de obtener conocimientos más certeros sobre varios temas, parcializa su criterio a lo que más le conviene y hace alarde de estupidez extrema, al presumir de su improbada sabiduría ante otros seres humanos, que bien podrían caer en el juego y dejarse arrastrar por la imbecilidad, o acabar escribiendo textos como éste, para hacer catarsis, luego de una graciosa y alturada huída.

Primer episodio: El encuentro


Me disponía a tocar el timbre del portal de mi amiga Mónica, cuando un hombre de cara y cuerpo redondos, y fuerte acento argentino, me interrumpe y dice: “Disculpa, ¿sabes cuál es el timbre de _______ (completar con el nombre israelí que se les ocurra)?”.

Yo, asidua visitante de aquella quinta, le dije: “Ese, el del intercomunicador”. Ni siquiera terminé de responder, cuando un joven, marcadamente judío, abrió la puerta. Aproveché para entrar, y caminé con paso firme hasta la casa de mi amiga. El hombre redondo me siguió y, con una actitud bastante ruda, me detuvo. Empezó este diálogo:

- Oye, tú no eres cusqueña, ¿verdad? Se te nota en la cara.
- No, no lo soy…
- ¿Y no te interesaría trabajar en una discoteca? Perdóname, mi nombre es
(no recuerdo), y soy empresario. Voy a inaugurar una nueva discoteca en Cusco, la próxima semana (como si no hubieran ya bastantes discotecas en esta ciudad, pensé yo)… Es una discoteca moderna, nada parecido a lo que hay. Mi propuesta es presentar una decoración oriental… Es que yo soy mitad peruano y mitad japonés…. La discoteca tiene un estilo completamente minimalista y moderno… Estoy buscando chicas lindas (¡¡¡¿¿¿JUAT???!!!) que quieran trabajar conmigo y tú tienes el tipo ideal… Además, no eres cusqueña, que es un requisito indispensable para trabajar conmigo (¿acaso las cusqueñas tienen lepra o algo así?).

En ese momento, sentí cierta empatía con el tipo y comprendí su tosco entusiasmo. He experimentado sensaciones similares cuando, a la búsqueda de un personaje para algún corto o fotografía, veo pasar por ahí a la persona “indicada”. Por supuesto, por ser mujer, pequeñita y encantadora (¡já!), mi exceso de alegría no asusta al interlocutor, como casi ocurrió en el caso que expongo.

Para mí, hablar con Mónica era un asunto de vida o muerte. Entonces, le dije que podríamos encontrarnos en un sitio específico (le hizo ascos a la fuente de la Plaza de Armas), a la hora tal, y que al menos le dejaría explicarme de qué iba la cosa.

Quedamos, pues. Me entregó publicidad de su discoteca, donde, además de la inauguración, anunciaban una competencia de bikinis -con el bonito poto de una rubia en calzón rosa transparente- y se fue donde el israelí, que lo esperaba ya con impaciencia.

Segundo episodio: El allanamiento



Faltando diez minutos para la hora pactada, me disponía a dejar la casa de mi amiga y caminar las pocas calles que me separaban del sitio de encuentro. En eso, tocaron la puerta de Mónica, que sólo estaba junta, no cerrada. La dueña de casa invitó a pasar al visitante. Era su vecino, el israelí, preguntando por la amiga que había llegado hace un rato.

Tras él, el empresario discotequero, quien, apenas verme, entró como una bala a la casa, empezó a hablar y hablar sobre cosas que no podía entender, se sentó, pidiendo perdón por sentarse, pero estaba cansado, y continuó haciendo preguntas que mi sorpresa ante tan violenta irrupción no me permitían escuchar. Sólo una cosa atiné a decir:

- Ella es Mónica, esta es su casa.

El tipo saludó a Mónica, aún hablando sin parar. Mi amiga nos dejó la sala para conversar y, marcadamente incómoda, se fue a su habitación.

La conversación dio vueltas en lo mismo: que la discoteca será A-1, que necesita gente que dé una atención de calidad, que no quería a esta humilde servidora sólo de mesera, sino también como anfitriona (perdón, amigo, ¿no has notado, debajo de mi chompa de alpaca, que tengo las tetas demasiado pequeñas y poca “armonía voluptuosa” en general, para hacer las veces de anfitriona?), que podría adaptarse a mi horario…

Intenté dejarle claros algunos detalles: “Amigo mío, te recomiendo buscar a una persona que tenga experiencia en estos temas y que, además, necesite el trabajo. Yo ya tengo uno, a veces hasta dos, y me conviene poner toda mi atención en lo que hago, pues es parte de mi especialidad profesional y me encanta. Además, en una discoteca se trabaja hasta la madrugada, y yo debo estar en mi oficina desde muy temprano. Lo siento, no puedo…”

Él le ponía “peros” a todo, como buen empresario innovador. Intentaba convencerme con argumentos bastante básicos, como que mi rostro tal, mi tipo cual, la sensación que le daba y bla, bla, bla… En fin, adulaciones vacías que a esta señorita hace tiempo no le mueven un pelo, aunque lleve casi siempre el ego alicaído.

De todos modos, y ya para quitármelo de encima, acepté ver su local.

Salimos de la casa de Mónica, no sin que antes el buen hombre, distraído ejecutivo pegado al celular, pisara al gato de mi buena amiga, enfureciéndola aún más.

Me llevó en su linda camioneta. En el camino, me explicó que los cusqueños no tienen idea de cómo debe ser una buena atención, por eso no quería trabajar con ellos. Saludó a una familia lugareña, tal vez vecinos de negocio, con mucha amabilidad. Luego: “¿Ves? Ese es el único tipo de relación que puedo tener con los cusqueños, pero nunca tendría un vínculo laboral, porque sé que me van a quedar mal”.

No es el primer foráneo que veo con esta actitud. Yo sólo pensaba en cuánto le cuesta a algunas personas ser, por lo menos, gratos con la gente que habita el lugar que les está dando la oportunidad de crecer y trabajar.

Tercer episodio: La dimensión desconocida



La discoteca, aún con material de construcción regado en algunas partes, y sin detalles culminados, prometía ser, realmente, una de las más bonitas de Cusco. La atención que el empresario pretende, el tipo de música… Todo parece ser de primera y, por supuesto, costoso.

Admirando la infraestructura me encontraba (y no atinaba a decir más que “chévere”, por algún bloqueo mental que seguramente me provocó el olor a pintura fresca y la incomodidad general que sentía), cuando atendí nuevamente a los comentarios de mi entusiasta acompañante:

- … Y mira, la barra permite que alguna gringa, si quiere, se suba a bailar en ella. Es más, una de las cosas que tendrán que hacer mis chicas es subir a bailar a la barra, cada cierta hora. Algo sencillo, nomás, Shakira, Byoncé…
- Eh… Malas noticias, no sé bailar.
- ¿Qué? ¡Una chica del norte, que no sabe bailar! ¡Eso es imposible!
- Pues no, no es imposible.
- ¿O sea que no te gusta bailar?
- ¡Bailar me encanta! Pero no hago pasos de academia, ni sé coreografías. Bailo como me place, a mi aire y cuando me siento cómoda, sin más.


Se sostenía la cabeza y lustraba el cabello, ya casi desesperado. La verdad es que, según pude ver en sus ojos, el pobre hombre acababa de encontrarse con la mujer más extraña y exasperante de toda su vida. Yo mantenía mi sonrisa de media cara y mi mirada desconfiada, y no cesaba de repetir: “¡Chévere, chévere!”, por no tener más que decir.

Continuando con sus ladridos y argumentos para convencerme, me dijo que necesitaba de chicas diferentes, interesantes… Y que, suponía él (bien bueno) que yo en la cabeza tenía más que pelo…

Casi para cortarle, le dije:

- Mira, a mí me gusta salir con mis amigos y divertirme un rato. Me gusta beber, no te lo niego, y si son esos tragos dulces y de colores, mejor, aunque una buena cerveza nunca me viene mal. Sin embargo, y por ser coherente con mi trabajo y mi forma de pensar, procuro nunca gastar más de 20 soles en una noche de juerga, porque hay necesidades más importantes y no me perdonaría salir toda borracha por ahí, y encontrarme de nariz con alguno de esos señores que suelen morirse de hipotermia en la Plaza de Armas, en época de heladas, porque no tienen dónde dormir.

Vi cómo sus ojos se abrían y podría jurar que le salieron un par de nuevas canas, no por sufrimiento real, sino por ego herido. Continué…

- Yo respeto lo que las personas quieran hacer, entiendo las necesidades, admiro a los especialistas en sus respectivas materias, me encantaría aprender a hacer tragos y no tener ningún problema en trabajar en este sitio, que está chévere, pero… no es lo mío, no me sentiría cómoda, pues ni siquiera lo haría por atender a una necesidad económica. Si puedo evitarlo, preferiría no ser parte de todo esto… Entiendes, ¿no?

No, no entendió ni una palabra. Insistió en seguir conversando conmigo e invitarme un café…

Cuarto episodio: Mate de Coca

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Me llevó a un sitio donde podría escuchar música andina. Saludó amablemente a los dueños del lugar, me contó que lo habían inaugurado el día anterior y no asistieron más que él y una amiga suya.

Nos sentamos junto al balcón, que daba a la calle Procuradores, la mejor abastecida de restaurantes de comida internacional, souvenirs, ropa novoandina, marihuana y cocaína, en todo Cusco. Pedí un mate de coca. Él, sorprendido por mi extraña elección, decidió pedir lo mismo. Le pregunté si alguna vez había chacchado, me dijo, con cara del asco y horror: “¡No, jamás!”.

Me contó de sus viajes a Canadá, Asia, Argentina (he ahí la "justificación" de su acento). De sus trabajos… Me pidió que le contara de mí. Poca cosa, por supuesto. Comunicadora Social. Trabajo aquí y allá, viajes, visiones, sensibilidad… No quise entrar en detalles, pero él, en su infinita amabilidad, quiso burlarse de mí diciendo que había tenido una “angelada” la única vez que decidió dejar un trabajo interesante, a cambio de cumplir con un compromiso previo.

Me preguntó en qué universidad había estudiado. Le dije. Se quedó callado, de golpe, con el mismo histrionismo demostrado hasta el momento. “¡Odio al Opus!”, dijo con desprecio categórico. Respondí: “Yo no odio a nadie”. “¡Yo sí!”, insistió. “Yo no”, dije sin alterarme. Y agregué: “Hay de todo en todas partes”.

Fue el mate de coca más largo de mi vida…

Al final, le pedí que me llevara a casa, pues tenía cosas importantes por hacer.

Quinto Episodio: Frases memorables de camioneta


- Ya que no quieres trabajar como anfitriona, trabaja como cajera. Noto que eres una persona honrada y me gustaría tenerte en mi equipo…
- Eso es más tranquilo, me llama más la atención. Sin embargo, ya te dije que en mi trabajo suelo viajar y no quiero distraerme.
- Pero podemos hacer un horario para ti…
- No… Te aconsejo que dediques tu energía a una persona que realmente te va a responder bien y, sobre todo, que necesite el empleo. Así haces un bien a alguien más y no te complicas la vida.
- Pero yo quiero que estés tú…
- No puedo. Lo de ser cajera es una gran responsabilidad, tendría que cerrar todos los días a las 3 ó 4 de la madrugada, debo estar en mi oficina al día siguiente a las 8 de la mañana. Voy a acabar molida y no haré bien ni una cosa, ni la otra…
- ¿Qué? ¿Acaso no tienes aguante?
- La verdad que no. Mi cara se demacra con facilidad cuando no duermo bien varios días seguido…
- Oh… eso sí sería un problema, porque tu cara es lo más bonito que tienes…
- …
- Hum… bueno, piénsatelo bien. En el bikini contest no creo que quieras participar, porque con eso que has estudiado en el Opus, me imagino que no usarás…
- Sí uso.
- ¡Claro, me imagino! ¡Eres mujer, tienes que usar bikini!


Mientras él repetía su discurso cual disco rayado, a mí se me ocurrían muchas cosas. La primera: ¿cómo criará a sus hijas este baboso, cuando las tenga? La segunda: ¿Se puede tener tanta plata y ser tan neandertal? La tercera: ¿Se puede tener tanta plata y ser tan asquerosamente impertinente? La cuarta: ¿Se puede ser todo un empresario y no saber tratar a la gente? La quinta: ¿Qué carajos hago conversando con este tipo?

- Aquí vivo. Me bajo. Gracias por todo.
- Oye… Pero dime que me vas a apoyar, por favor…
- Ya te dije que no puedo…
- Mira, piénsatelo y te llamo mañana.
- Mañana me voy al Coyllur R’iti.
- ¿Qué es eso?
- Un... algo.

Supuse que no le interesaría tener más detalles al respecto...

- ¿Cuándo estás de vuelta?
- El domingo por la tarde.
- Ya, entonces, el domingo te llamo para invitarte a cenar y a bailar.
- Si quieres, me llamas. Acepto acompañarte a cenar, pero no puedo ir a bailar, porque trabajo el lunes. Chau.


Me fui. De más está decir que nunca recibí su llamada. Lo cierto es que llegué muy tarde el domingo, pero no había ningún número extraño registrado en mi celular.

Epílogo

Ayer fue la inauguración del lugar. Hoy es el bikini contest. Todos los amigos y amigas que tengo en Cusco están emocionados con la idea. Por supuesto, irán. Yo no, hoy me quedo en casa, me toca una buena película.

No sé si me estoy volviendo vieja, o se me ha llenado la cabeza de humo y me estoy convirtiendo en una hippie insoportable. No importa, a seguir nomás y ver qué sorpresas me depara el fin de semana. .

Tal vez yo también sea una imbécil. De hecho, lo soy de vez en cuando, incluso ahora, que me he atrevido a juzgar a alguien de este modo. Acepto que el tipo no tenía malas intenciones, pero es que... Hay gente que se supera a sí misma, claro que la hay...

miércoles, junio 06, 2007

Romeo

Me hizo recordar cuando era niña y salí del restaurante donde mis padres solían llevarme, delicioso y económico, como siempre en Sullana, situado en un asentamiento humano de nombre tan, tan común, que está ya confundido entre muchas otras palabras comunes que guardo en mi memoria.

Creo que tenía 8 años...

Esperaba aburrida junto a una de las motos fieles de mi papá, en la sombrita, porque a horas de almuerzo es suicida pararse debajo del sol en esos lares. Jugaba con piedritas, o tal vez con hormigas, hasta que la voz de un niño…

- ¡Hola! ¿Quieres caña de azúcar?

Los padres siempre hablan de no aceptar nada de comer a desconocidos. Los padres, burgueses o socialistas, suelen olvidar la sencillez y la gratitud, cuando sus pequeños hijos, primogénitos, son quienes se llevarán el bocado invitado a la boca. Por ejemplo, mi mamá me dijo… Perdonen, lo olvidé.

- ¡Sí, sí quiero! ¡Gracias!

Sin pensarlo mucho (como toda niña sin malicia, ni complicación), empecé a saborear el pedazo de caña de azúcar invitada por mi nuevo amigo desconocido. Y conversé con él hasta reír. Y me gustó que un niño mayor, tal vez de 12 años, se acercara a mí, que fuera amable conmigo (no como los del barrio, con quienes siempre estábamos compitiendo).

Me enamoré del chiquillo, sin ningún prejuicio. Quedé prendada de sus cabellos gruesos, empapados de sudor, por venir de jugar fútbol con sus amigos. Me gustó su polo viejo y sus sandalias extremadamente usadas. Ese niño me vio sola, jugando con piedritas, y se acercó para convidarme un poco de azúcar y hacerme compañía. Era prefecto.

La magia quedó rota repentinamente: salieron mis padres. Él conversó “amablemente” con el niño desconocido y ella me dijo, con señas y susurros, que dejara de comer “eso”.

Nos fuimos en la moto. Mi chico me hacía adiós con su manito, yo me quedé mirándolo hasta que no me dio para más el cuello.

Al rato, mis padres se detuvieron en una frutería, a comprar algo: caña de azúcar. Los palitos eran blanquitos, limpiecitos, perfectamente recortaditos. Capté la buena intención y empecé a mordisquear uno. Pero no estaban tan ricos… De inmediato dejé de comer, “ya no quiero, estoy llena”, y subí en medio de ambos, para seguir el camino a casa, aguantando algunas lágrimas que ya había olvidado.

Conocí a Romeo hace poco, en el Manu. Nativo Harankbut, con IPod y cámara digital. Fue bueno conmigo. Afortunadamente, pese a su trato con turistas y citadinos, aún no ha aprendido a jugar juegos vacuos, a no querer de verdad y sentirse satisfecho con la cabeza llena de aire y los brazos vacíos. Yo sí, aunque estoy tratando de olvidar esas lecciones, que sólo me han convertido en una persona escéptica.

De todos modos, fue triste darme cuenta que me he vuelto incapaz de volver a amar al niño bueno que me invita azúcar, sólo por ser bueno. Yo era una niña simple y feliz… ¿En qué momento dejé que tanta “modernidad” entrara en mi corazón?