jueves, noviembre 30, 2006

Fuego interno - musica en la ofi

Si no fuera por AFI no habría terminado mi trabajo ayer. Diez horas consecutivas escribiendo, que artículos para el diario, que propuesta para un nuevo proyecto, que justificación, que anexo…

Hice bien en llevarme los audífonos a la oficina, aunque se malograron pronto. Afortunadamente, tengo amigas previsoras. Hacía mucho que no trabajaba con música y ahora recuerdo por qué me molestaron tanto las prohibiciones lanzadas por nuestro jefe de área, hace un año, acerca de “no perturbar el ambiente de trabajo con música, pues en el centro laboral no hay espacio para esas cuestiones informales”.

Alguien debería dar un curso de gestión de personal por aquí y otro de diseño de interiores, que no es tan fácil pasarse ocho (o hasta doce) horas al día en un lugar tan impersonal (menos mal que hasta hoy no me dicen nada de los afiches que tengo pegados en el murito de cartón piedra, frente a mi nariz).

AFI, AFI, AFI. Estoy a punto de entrar en sordera potencial otra vez. Conviene tener música fuerte, había olvidado que energiza. Energiza y anima a trabajar con más ahínco (casi no recordaba que los mejores exámenes de la universidad los di habiendo estudiado con un disco ochentero de MetallicA). Lo mejor: no te distrae nadie, aunque quiera. No escuchas nada más que tu monotonía, no sientes nada más que tus dedos tecleando y, de vez en cuando, Havok, que su voz me encanta y, según me dicen, en mi época estudiantil lucía igualita a él en el vídeo de “Silver and Cold”. Pero es mentira, Havok es más alto y a mí nunca me quedó tan bien el maquillaje.

Pero hoy compartiré otro vídeo, uno de una canción que dice que el amor sabe a invierno. Sí pues, es verdad, sabe a todos los inviernos del mundo, pero qué gusto da caer en el agua y hundirse poco a poco, teniendo la sensación de que el ser amado también se hunde contigo. Ilusión.

Ave AFI.

martes, noviembre 28, 2006

Mejor así, impersonal.

Ojalá puedas volver en febrero, precioso mío, y verme distinta a como me viste la última vez, asustada, con ganas de besarte, aún sabiendo que no era lo apropiado. Ahora no te besaría, pero añoro dormir a tu lado, oler tu respiración suave y mirar tu rostro dulce, radiante de calor y cariño.

Tienes contigo un pedacito de mi corazón, compuesto de gratitud, sonrisas y deseo. ¿Amor? Ya no sé lo que es eso, pero me basta sentirme bonita al recordarte, y saber mis ojos agolpados de lágrimas que no dejaré salir.

Gracias al Cielo no soy tuya ahora, o esta distancia repentina sería más dolorosa aún…

Amigo mío, valiente, todo está bien. Ve, con esa canción que nos dimos y los pocos recuerdos que vivimos, aferrándonos con todo el corazón a cortos presentes. Es bueno haberte conocido.

Te quiero mucho. Bye.
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lunes, noviembre 27, 2006

Damas en fuga

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Esa salida se la debía al Mario y también a la Su, que ya se va mañana a Chiclayo y casi no hay tiempo de conversar, porque anda de un lado a otro, citada por amigos y conocidos, aquí en Piura. Lástima que se vuelva a Holanda, dos años más sin vernos, tal vez tres.

Y el pobre Mario, armado de paciencia, arrastrado contra toda voluntad al centro comercial, acompañando a la niña a comprarse unos bonitos pantalones pegaditos y “escaldantes”, pésimos para utilidades prácticas, pero lucen ideales en fiestas, más un par de blusitas decentes, por si acaso salimos esta noche con la gente.
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Regresión tardía: suena una vieja canción en todos los amplificadores de Saga. Demon Lover, canta Mariska Veres, de Shocking Blue. Meses sin escucharla. "Esto no es el paraíso para mí, sino el infierno... But after all, I can't let you go 'cos I love you so, Demon Lover". Era la canción y la descripción de un amor pasado, que no fue eterno, pero sí desgarradoramente real. Mentiría si niego la sensación momentánea de tristeza, que disimulé con frivolidad adquisitiva y bromas a mi acompañante. Vaya pequeña mierda.
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Antes de volver a casa, pasamos por un ron, hielo y una botella de Coca Cola de vidrio, pues el español se empeñó en que fuera “de cristal”, y no de plástico. Es que es más rica, la verdad.

Ya instalados y libres de todo mal, Ronald y Manu, que se quedó con nosotros anoche (¡lindo, Manu!). Mya apareció hacia las 22.30 y tomamos algunos tragos, entre que me daba una ducha y seguíamos todos viendo vídeos, fastidiando al dueño de la laptop, tomando fotos y tonteando, mientras decidíamos qué hacer.
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De pronto, se acabó la Coca Cola. Los muchachos, prestísimos, ofrecieron ir por más, a cambio de la llave del auto de Mya. Ni hablar, así nomás. Tomen taxi.

Quedamos esperando, cual decentes damiselas, a que “nuestros hombres” volvieran en breve. Pasaron 20 minutos, y llegó a mi celular el inverosímil sms: “No hay Coca Cola por aquí. Nos vamos al centro”.

Algunos minutos más de prórroga, que sumaron media hora. Igual se han quedado en el barcito bohemio que hay en la esquina, o se han metido a alguna fiesta. Media hora más. Fotos entre amigas, baile “dance” en habitación ajena (cortesía de Su), una serie de timbradas insistentes, hasta que nos cansamos de oír la vocecita metálica del buzón de voz de Manu.
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¡Qué carajo, estos se han ido de juerga! Vamos a hacer algo nosotras también.

Darle vueltas a mi cuarto, actividad femenina, le llaman. Maquillaje, espuma de pelo (del chico "regio" de cabello largo), ropita nueva, sandalias veraniegas, polvo, lápiz labial nacarado, ¿qué tal me veo?. Te ves lindísima.

Una última foto, de mensaje para los chicos. Hay que ser considerados, ¿no? Así no se preocupan por nosotras y al menos sabrán qué estamos haciendo:
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Bonita noche, noche de chicas solas, con un auto que va gritando con mucho estilo el “Dark Light”. Somos felices, regias y hoy nos comemos el mundo.

Bailamos hasta tener hambre. Comimos hasta sentir cargo de conciencia de tanta caloría. Volvimos. Manu y Ronald, dormidos. Mario, en esta misma laptop: “¿Dónde estuvisteis, muchachas? Pues por ahí.

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Por cierto, Su, te quiero mucho... ¡Y te extraño! Ha sido un honor tenerte en casa estos días. Y Mario: ¡Disfruta Cuzco, por Ronald y por mí! Hasta pronto, par.

viernes, noviembre 10, 2006

Violinista en el Tejado


Mis padres la vieron tantas veces que yo, aún pequeña, tarareaba las canciones y sabía cuál venía luego. Cuando me dejaron verla, a una edad en que mi aburrimiento no faltaría el respeto a tal obra de arte… para qué negarlo, me aburrí.

Hasta que, poco a poco, fui dejando mis prejuicios de niña mimada, empecé a leer los subtítulos y traté de entender esta historia de campesinos judíos, radicados en una aldea llamada Anatevka, en la Rusia del final de los Zares. Me conmovió.

Hasta hoy, “Violinista en el tejado” (Estados Unidos, 1971) es una de mis películas favoritas, no sólo por la cinta en sí, historia que inicialmente fuera representada en Broadway, sino que muchos de sus momentos dieron lugar a conversaciones familiares. Casi no consigo ver a Topol bailando en el establo, sin recordar a mi padre, o la danza en los rusos en la taberna, sin pensar en mi madre.

La película casi se convirtió en un referente entre amigos, ya en la Universidad, cuando poquísimas personas sabían de su existencia, y no entendían las bromas de mujeres aderezadas con el estribillo “matchmaker, matchmaker, make me a match”… Una elite agradable, de amores fraternos que perduran hasta hoy.

No sigo, pues no consigo analizar “Violinista en el tejado” sin hacer referencia a mi propia historia y afectos, así que muchos datos técnicos no saldrán de aquí. Pero sí que es bueno verla; la música es espectacular y ya clásica; la historia es dulce, cruda, real y conmovedora.

Hoy encontré este vídeo en YouTube y ha traído a mi corazón imágenes de las personas que más he querido –y quiero- en todo el mundo. Vean el simpático y brutalmente realista final de esta escena.

Traduzco la canción, a mi modo.

“Querido Dios, hiciste mucha, mucha gente pobre. Yo sé, por supuesto, que no es una vergüenza ser pobre… ¡Pero tampoco es un gran honor! Entonces, ¿qué tan terrible sería si yo tuviera una pequeña fortuna?”

Si yo fuera rico… cantaría todo el día.
Si yo fuera un hombre adinerado, no tendría que trabajar duro.

Construiría una casa grande con habitaciones por docenas, justo en el centro del pueblo, con un fino tejado y pisos de madera. Con una larga escalera sólo para subir y otra, para bajar. Y otra para nada especial, sólo para mostrar…

Llenaría mi granja de pollos y pavos y gansos y patos, para que el pueblo los vea y escuche, como una trompeta en el oído… Y la gente diría: “allí vive un hombre adinerado”.

Si yo fuera rico… cantaría todo el día.
Si yo fuera un hombre adinerado, no tendría que trabajar duro.

Vería a mi esposa, mi Golde, como lucen la mujeres de un hombre rico: gordita, supervisando la preparación de las comidas que le provoquen. La veo dando órdenes a los sirvientes noche y día, con aires de pavo real… Oh, qué feliz sería ella…

Los hombres más importantes del pueblo vendrían a pedirme consejo, pues sería tan sabio como Salomón. “Disculpe, Señor Tevye…”, “Si gusta, Señor Tevye…” ¡Planteando problemas que cruzarían los ojos de los rabinos!
Y no habría ni la más pequeña diferencia si respondo bien o mal, porque cuando eres rico, todos piensan que realmente lo sabes todo.

Si yo fuera rico tendría el tiempo del que ahora carezco, para ir a la sinagoga y rezar. Y tal vez me gane un sitio en la Pared del Este. Y discutiría los libros sagrados con los hombres instruidos, varias horas, cada día… Eso podría ser lo más dulce de todo.

Si yo fuera rico… cantaría todo el día.
Si yo fuera un hombre adinerado, no tendría que trabajar duro.

Tú, Señor, que creaste al león y al cordero. Tú que decretaste lo que soy, ¿arruinaría algún plan eterno que yo sea un hombre adinerado?
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martes, noviembre 07, 2006

Una película de "horror"

MAESTRA Susan Sarandon en memorable secuencia de infidelidad. El estribillo de su canción me cambió la vida. Y cito: "Touch-a, touch-a, touch-a, touch me... I wanna be dirty".
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Y bueno, pareciera que con los del piso nos hemos propuesto seguir con la misma temática en películas (mentira, entre lentejuelas y maquillajes, tuvimos tiempo de ver el precioso documental francés “El viaje del emperador”).

Digo, porque les animé a ver “The Rocky Horror Picture Show” (Estados Unidos, 1975), que descubrí hace algunos meses, en compañía de mi buen Angel. Recuerdo que moría por el personaje que interpreta Tim Curry y hasta quería vestir igualito a mi novio de entonces, por puro morbo (dulce) transexual… Lástima que no tuve tiempo de proponérselo, terminamos antes (jejeje), pero sé que le habría encantado la idea.

¿Quién se anima ahora? Le prometo que seré muy “sucia” si lo hace, así como la dulce Jannet (Susan Sarandon).

Todo un acontecimiento de película, la verdad, un absurdo tras otro, pero divertida y novedosa (aún para ser de los años 70). Ay, la lujuria.
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Les dejo una de mis secuencias favoritas, la aparición en escena del "malévolo" Dr. Frank (Tim Curry). Toda una reina (¿alguien lo duda?).
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¡Miles de besitos!
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