miércoles, mayo 31, 2006

Azul


Quedan pocas heridas, de pequeño relieve y mucho fondo, que han de tomar un poquito más de tiempo en sanar. Nuevos sueños e ilusión de despertar cada mañana, ver el sol...

Sí eran ojos azules los del ángel, que no es un ángel, sino un rayo de luna. No viene por ella, pero tal vez sí. No viene a matarla, pero tal vez sí (nunca se sabe). Tal vez viene a darle vida, aunque viva está, renacida, suave, mayor.

Un rayo de luna.

Niña, bendito sea el corazón que no se ennegrece con el infortunio de cien pasados afrontados.

Parece que allí va, otra vez...

domingo, mayo 28, 2006

No voy a opinar...

Hoy me llegó esta foto de Alan García al correo, de cuando el genocidio aquél, en el penal de Arguedas, con el mensaje que va más abajo. No se me da esto de "entrometerme" en los buzones vecinos, al menos aquí lo ve quien quiera.

"Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario"

Ernesto Ché Guevara

sábado, mayo 27, 2006

Ideas viejas...

...de cuando el amor me daba miedo, sin saber por qué (ahora ya lo sé, así que puedo empezar a considerarme adulta, jejeje)…
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Esperó un poco. Hacía más frío aquella noche, y le parecía más oscura que nunca. Estupideces, supersticiones, dolor vacuo. Ya no siente el daño de aquella vez que alguien la vio sola, la vio libre, y se hizo de ella a voluntad, satisfizo sus placeres, la engañó de amores simples y llanos, y la despreció, cuando ella más lo amaba.

Eso fue hace tanto, y a veces siente pinceladas en su pecho, cargado de infecciones y tabaco. Sabe que no debe maltratarlo de tal modo, pero es sicario, nadie, un fantasma, el demonio, un condenado al infierno, una vergüenza social. ¿Qué más da si muere de cáncer o a balazos?

Al principio creyó que sería difícil matar, pero descubrió que el dolor de traiciones pasadas, de injusticias, el odio contra Dios, odio inútil, podía servirle de arma mortal, de temple, de escudo, de protección a ese corazón que nunca terminó de aceptar lo que hacía, pero que debió quedarse callado ante la laxitud de conciencia que provoca el hábito.

Y ayer mataron a su compañero. Ayer los emboscaron, seguramente fue aquél, el mejor cliente, el maldito, el perro falso de doble discurso, de triple cara. Ese que la contrata, que le paga a tiempo y de sobra, que la toca y la reclama para sí, pese al asco, al odio, a su rechazo a cualquier placer. Ese va a morir, como tantos otros, aunque le cueste la vida (¿qué vale la vida en esa noche oscura, más fría que nunca?).

¿En qué momento decidió matarlo? Ayer, en la emboscada. ¿Por qué decidió matarlo? No lo sabe… o no lo acepta. Tal vez porque su compañero cayó, protegiendo sus espaldas. Tal vez porque desmembraron su cuerpo, para usarlo de carnada. ¿Y por qué le importa ese perro tonto? ¿Por qué cae en la trampa, si sabe que lo es? ¿Por qué acude a la muerte?

Porque ya no hay nada… Su corazón palpita, pero no le quedan lágrimas. Su corazón arde en calor y tristeza, pero hace mucho que ella pensó olvidar lo que era amar. No sabe qué extraño instinto la mueve, sólo siente rabia: rabia de haber perdido a su único amante sincero, a su compañero eterno, al hombre leal que le ayudaba a matar, que compartía sus ganancias, la carne podrida, la peste de la noche y la muerte, la cama limpia en aquel lugar escondido, que nadie conoce.

Aquél que nunca la habría dejado, porque estaba tan perdido como ella, aquél que compartía su abismo, aquél que la abrazaba para protegerla del frío y que destruyó y restituyó sus escudos, sostenidos por el odio y la mala voluntad, aquél… está muerto, desmembrado, convertido en anzuelos macabros.

Ese cliente que tantas veces le ha hecho matar sin preguntar, ese que confiaba la destrucción de sus temores más profundos a aquella maldita mujer sin conciencia, ese mismo es el asesino. ¿Por qué? ¿Para qué? No importa, no va a averiguarlo, ni nada. Sólo lo matará, igual que ha hecho él con su amigo… Amigo… compañero… sabe que esta vez actúa para vengar a otro ser, no a sí misma. ¿Miedo?

Espera… Y ese bastardo se acerca, rodeado de muchos, protegido, incapaz de caminar solo, muere de terror. Se acabó.

Ella sabe que atacar de frente es suicida. Ataca. Ella sabe que sólo tiene un chance de pegar al corazón. Ataca. Ella sabe que ellos la acribillarán. Ataca. Ella dispara antes, ella es más rápida. Ella consigue destrozarle el pecho, él ha muerto antes de llegar al suelo. Ellos dan rienda suelta a sus armas. Ella cae…

Ya no siente el frío de la noche, ni la oscuridad. Ya no late su corazón. Ya no se aturde negando su debilidad, su amor, su venganza. Simplemente, aún bella y totalmente muerta, sonríe.
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lunes, mayo 22, 2006

Encuentros

Gabo ha perdido las alas, se ha dejado contaminar para conseguir mezclarse entre éstos y aquellos, sin que la “joroba” llame la atención.

Es hermoso, es perfecto, estudiante modelo y galán misterioso que enamora con la mirada y encapricha con indiferencia. Él dice que no es provocado, que es su encanto. Bello como un ángel y presumido como el niño de papi más engreído de por estos lares, ¿qué diablos hace conversando conmigo cada tarde?

Alguna vez estudiamos juntos a Kafka y a Poe. Desde entonces, suele aparecer por aquí, sin que le haya dado yo permiso de hacerme perder el tiempo, con la cantidad de cosas que hay que hacer en la oficina.

Niño precioso, envergadura de hombre grande y sabio, ancianidad que sólo se nota en las pupilas azules y misteriosas. Gabo quiere tentarme hacia él, tal vez porque sí, porque está un poco aburrido de su eternidad y le ha provocado perderse en mi mediocridad mundana. No lo sé.

Pero Gabo, querido Gabo, tengo miedo. Te tengo miedo. ¿De dónde apareces cada tarde? ¿A dónde vas, luego de ese abrazo suave, que seca mis lágrimas y deja un nuevo vacío en mi pecho? ¿Eres un ángel demoníaco, o un demonio angélico? ¿Eres real, o he perdido totalmente la cordura? ¿Por qué sólo yo puedo verte así? ¿Por qué te llamo “amor”, si no tengo amado?

Gabo me está rindiendo a sus pies, pero día a día luchan mi decepción y mi esperanza. Día a día debo recordar que aún hay motivos de vida, aún hay colores por ver, aún hay fe. Gabo, ángel, ¿vienes a llevarme contigo? No puedo irme aún, no puedo seguirte, aunque te ame con toda mi alma. Esa felicidad incorpórea que hoy me ofreces, me está prohibida.

Soy un ser demasiado terrenal, mi querido ángel amigo, soy un ser demasiado comprometido con la sangre y el amor humano. No puedo ir contigo, salvo que me arranches, en algunos segundos de distracción, de admiración, de ensueño.

Pero no te pido que lo hagas, Gabo. Sólo sigue abrazándome como lo haces, dame paz, mátame poco a poco, si a eso has venido, pero déjame tiempo para no desamparar mis hermosas cadenas de amor, que algún día me harán grande, bajo el precio de la soledad.

He de amarte, mi ángel. Regálame más tardes como ésta. Dame tus alas perdidas. Dame libertad.

sábado, mayo 20, 2006

No more tears... (pero la de Ozzy Osbourne)

¿Qué diablos pasó? No lo sé, tal vez ya me cansé de ser la cojuda que siempre termina llorando y mordiendo el polvo. No quiero hacerme más preguntas tristes, cuando puedo preguntármelas con sarcasmo, a “caiga quien caiga”, carajo, porque sí, porque así es el mundo y ya se me están pudriendo los ojos de tanta lágrima sin sentido y tanto dolor muscular (porque el corazón, a fin de cuentas, es un músculo más).

Seguramente seguiré llorando, sí señor, porque no voy a dejar de ser cojuda de un día para otro, porque no voy a dejar de amar al jijuna aquél con un tronar de dedos, aunque las ganas me sobran. Porque voy a seguir sintiéndome estúpidamente sola e injustamente descartada. Pero ya pasará, ya me dejará de doler, ya se me secarán estos lacrimales traicioneros que tengo, ya se ordenará (mejor) todo en mi cabeza y luego, podré dedicarme a cosas más importantes (empezando por mí, que una buena dosis de egoísmo no me vendría nada mal).

Saludos y Fuerza. Por favor, recen por mí, pues tiendo a repetir el plato.

jueves, mayo 18, 2006

"Paquita"


Adiós, mi pequeñita sin nombre. Sé libre, escoge hacia dónde volar. Muchas, muchas gracias por tu compañía... Sé feliz.

Cuando muere quien te ama

A Pía y Josecarlos. A mi mamá.


Fue la primera Navidad que pasé sola. Comí pavo al horno, con pasas y nueces, que doña María me dejó preparar, acompañado con una botella de vino tinto, que compré en el supermercado, y otra de vino blanco, que encontré en la despensa.

Doña María prometió quedarse conmigo días antes, horas antes. Su hijo adorado, que vive sólo a 20 min. de la casa materna, no había manifestado ninguna invitación. La anciana nunca se llevó bien con la nuera, pero adoraba a la nieta. Resignada, me dijo que pasaríamos juntas la Noche Buena del año 2000, en Pamplona, España, tal vez asegurándose de que no hiciera planes por mi parte.

A eso de las 18.30 del día 24 dic., llamé a mis padres, para saludarlos y desearles felices fiestas. Lloré cuando hablé con papá, lloré mucho y él lloró también. Me sentía sola en aquel lugar, demasiado sola, y mi cabecita de veinteañera no me ayudaba a tomar las cosas con más madurez que esa, que asumirme lejos de casa, en una oportunidad única en la vida, pero sin las personas que más quería en el mundo, a mi familia. Y llorar.

Luego, cabizbaja, justificadamente nostálgica, volví a casa contando los adoquines de los pasajes subterráneos de Conde Olite (así se llamaba aquella plaza, si mal no recuerdo). Tomé la Tafalla, llena de bullicio y familias felices, y, justo antes de Carlos III, llegué a mi edificio de 5 pisos, sin ascensor (por supuesto, vivía en el quinto). Subí aguantando las lágrimas, y llegué donde doña María, que me esperaba con una "buena" noticia: “Mi nuera me ha invitado a cenar con ellos, me ha dicho que si no voy, el hijo se va a molestar con ella”.

Entonces, llena de ilusión por su nieta y su adorado retoño, me dejó, un tanto mortificada, con mi pavito preparado, que olía delicioso, mi botella de tinto y todos los buenos deseos en esa noche tan especial.

No llamé a nadie. No quise llamar a nadie. Intenté tomármelo deportivamente, como “adulta”. ¿Qué es la Navidad, finalmente, sino el cumpleaños de Jesús? Bueno pues, Jesús sería mi invitado y mi agasajado, él me haría compañía y eso me bastaría para ser feliz.

Las buenas intenciones duraron hasta el último vaso de aquella botella. Entonces puse música a todo volumen y bailé por el departamento como una verdadera bacante, estrepitosa, desenfrenada, loca. Asalté la alacena de doña María, ella entenderá lo del vino blanco, ya le compraré otro. Me lo bebí casi de la botella, casi de un tirón. Seguí disfrutando malamente de la música…

Entré a mi habitación, que olía muy rico, gracias al desinfectante que usaba para limpiar el piso de madera, y a aquél escritorio desarmable que acababa de comprar. María Pía y José Carlos, en Madrid. No pude viajar, la señora María me dejaba vivir en su casa a cambio de mi compañía, mi cuidado y la limpieza todos los sábados. Me necesitaba.

Sin bajar el volumen de la música, sentí un silencio aterrador. Busqué un papel en blanco, sólo encontré aquellas hojas cuadradas que usaba para tomar apuntes en la universidad (nos miran raro a los que llevamos cuadernos), y empecé a garabatear mariposas, calaveras, ojos… De pronto, sentí su presencia a mi lado, acompañándome, dándome frío, asustándome.

¿Abuelito? ¿Qué haces aquí?

Ni siquiera sentí las lágrimas sobre mi pantalón, empecé a dibujarlo. Aún conservo aquella imagen de mi papi Pedro, calvo y delgado, maldito cáncer, inservibles radioterapias, maldita operación en la garganta que le privó, en sus últimos días, de aquello que lo mantenía vivo y sonriente: hablar.

El anciano luce flaco, con esa sonda que odiaba y necesitaba para comer. Me mira, triste. ¿Qué haces aquí, papi Pedro? ¿Has venido a buscarme a mí? ¿Por quién has venido? Como sea, no te vayas, estoy sola aquí, te necesito…

También dibujé a una joven muerta, tirada en su habitación, sobre un piso de madera recién lustrado… No sé qué fue de aquél autorretrato, tal vez María Pía se lo llevó.

Desperté, aunque nunca me quedé dormida. Mi abuelo ya no estaba. Eran más de las 12 de la noche, ya Navidad. La señora María no llegaba aún, la esperé media hora. Nada. Bajé, necesitaba dar una vuelta, tal vez buscar a Teresa, seguramente estaría en casa, luego, no sé, tomar aire. No me sentía mareada de tanto vino vomitado, no me sentía cansada, sólo un poco asustada.

Encontré a mi doña en el portal, con su hijo. Le expliqué que iría por ahí, fumaría un cigarrillo y volvería. No hubo problema…

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Aquél sueño recurrente se repitió ese día: doña María llega a mi cuarto y me despierta a las 5 de la mañana. ¿Qué pasa? Te llaman de Perú, tu mamá. ¿Mamá? ¿Todo está bien? Hijita… tu papá te quería mucho…

Esa era la tercera vez que pasaba por una sensación similar. Me cerré, no iba a hacerle caso a premoniciones de niña asustada, ni a visitas de abuelos muertos. Qué demonios, no iba a sugestionarme.

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Estúpidamente, en año nuevo no llamé a casa, estaba harta de extrañar a mi familia, de llorar y de sentirlos lejanos. Ya hablaría al día siguiente, luego de las celebraciones. Ya lo haría después. Pensaba en esto, a las 20.30 en España, 14.30 en Perú. En Perú, papá esperaba mi llamada, esos minutos de llamada que pudieron cambiar el destino, esos malditos minutos que nunca llegaron, sólo porque la imbécil, la miedosa, la engreída, no quiso, no pudo, no le dieron las fuerzas, no se le dio la gana… ¡Hija de puta!

Me fui a dormir. Esas son fechas feas para quienes estamos solos, no deberían existir para quienes estamos solos. Los chicos seguían en Madrid.

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1 de enero de 2001, 5.00 a.m.
Doña María llama a la puerta de mi cuarto, me despierta. ¿Qué pasa? Te llaman de Perú, tu mamá. ¿Mamá? ¿Todo está bien? Hijita, ¿por qué no llamaste ayer? Mamá… ¿mi papá está bien? Angelita… tu papá te quería mucho…

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Yo también estaba muerta. Avancé hasta mi cama y me eché a dormir, tal vez se trataba otra vez del sueño aquél, tal vez, aunque era real…

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Desperté. Lloré. ¿Qué pasa?, me pregunta doña María. Mi papá… ayer tuvo un accidente, en la moto, en la carretera. Murió.

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Hasta entonces, no sabía qué era aquello de no saber qué hacer, de no saber cómo pasan los días, de no saber si tienes hambre, si tienes frío, si estás viva. Una semana después de la noticia, pese a la compañía de amigos, a las oraciones de doña María y las llamadas de mi mamita, aún no me sentía dentro de mi cuerpo, aún no sabía cómo pasaban las horas…

Un mes después, descubrí que estaba deprimida. Pero no, hija, no estás deprimida porque estás triste, sino porque estás enferma y necesitas ayuda… Medicación y mucho cariño.

María Pía me enseñó a ser la mejor amiga del mundo. Pobrecita, a veces aún se me enrojecen las mejillas cuando recuerdo esa vez en que la saqué a gritos y empujones de mi habitación. Al día siguiente, llegó. No le abrí. Dejó chocolates por debajo de mi puerta. Al día siguiente llegó otra vez. No le abrí. Dejó chocolates por debajo de mi puerta. Al día siguiente…

José Carlos, con un estilo más masculino, tendía a granputearme y hacerme reaccionar “a la mala”. Doña María, de cuidada a cuidadora, se sentaba a un ladito de mi cama, “No estés triste, bonita, que él está con Dios y te cuida siempre”…

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El dolor me acompañó todo el tiempo. La primera noche, luego de la muerte de mi padre, lloré como nunca, en mi cama, arrodillada. Lloré y recé. Entonces, sentí el abrazo más dulce que hasta el momento había sentido, y una fuerza tierna me empujó hacia mi cama, a recostarme. Y todo fue paz, y pude dormir.

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Cuando volví de España, sabía que la responsabilidad sería grande. Había llegado a sentir la pérdida de mi padre más perjudicial para mis hermanos, que para mí. Es decir: yo tuve un papá hasta los 20 años, le conocí y doy gracias a Dios por ello. Mis hermanitos, en cambio, no tienen más de 8 años… Menuda tarea para mi madre y yo, ahora sí, a dejarme de engreimientos y tonterías, debo ser fuerte, debo ser adulta, debo trabajar y ser útil aquí, debo ser buena hermana.

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Pasó el tiempo. Salí con un chico y me ilusioné mucho con él. Nunca antes tuve una ruptura y aquella fue brusca y dolorosa. Estaba un poco ciega y no entendía bien, no sabía qué hacer con todos esos porqués que se le vienen a uno a la cabeza. Él dijo que esperaba que yo fuera más madura (putona) y más dura (putona, otra vez), pero en cambio, se había encontrado con una niña dulce, asustadiza, sensible y buena. No quiso hacerme daño y se fue.

Me puse muy triste, casi muerta… Pero no fue eso lo trascendente de la historia, sino lo que aprendí:

Un día, ante los regaños de alguna amiga o pariente, de tipo: “Tienes tantos logros en tu vida, has superado cosas peores, ¿y te pones así por un imbécil?”. Yo respondí, casi sin pensar:

“Es diferente… Papá murió y ante esa verdad, Dios te hace llegar una resignación absoluta. Papá murió y toda la familia lo lamenta, pero seguimos vivos y a pie de lucha. Papá murió, pero nos amó. Ahora mismo no está con nosotros, pero no porque haya dejado de amarnos. Aún nos ama, aún nos cuida, aún está en nuestros corazones, aún es parte de la familia. Papá no nos despreció, ni se fue de nuestro lado porque no quería querernos más. Y, lo más importante de todo, a papá lo puedo amar con todo mi corazón, lo puedo recordar con toda mi alma y puedo rezar por él, contar con él, pensar en él. A él no tengo que dejar de quererlo…”

Entendí qué era lo que me dolía, lo que sentía que no podía hacer, simplemente porque era algo que nunca antes tuve que aprender: dejar de querer a alguien que ha despreciado mi amor.

En ese momento, dejé de llorar.

miércoles, mayo 17, 2006

MeMe

¿Por qué te hago caso, Ernesto?

1. ¿Por qué creaste o ingresaste en tu blog?

Mi mejor amigo tenía uno y me gustó la idea de expresarme en mente y corazón, con libertad. Además, me gusta escribir y el blog me “obliga” a tratar de hacerlo bien. Definitivamente lo puse en marcha la vez que terminé con un chico, en enero de 2005… Suelo tener más cosas por decir cuando mi corazón está roto y sirvió para no quedármelas guardadas. Ahora, luego de que ha pasado el tiempo y de haber conocido a personas muy interesantes aquí, debo decir que le agradezco el “chote” ;)

2. ¿Cuántas bitácoras lees al día aparte de la tuya?

Depende. De lunes a viernes reviso mi blog, a veces lo actualizo. Empiezo por quienes me han dejado comentarios, que serán entre 2 ó 4 personas. Los fines de semanas suelo leer entre 8 y 12 bitácoras, pero me canso rápido.

3. ¿Sabes lo que es un lector de rss? Si es afirmativo, ¿cuál usas?

No sé.

4. ¿Has baneado alguna vez a gente de los comentarios?

Los SPAMs y un par de comentaristas desagradables…

5. ¿Cuál es el beneficio y cuál el perjuicio que te ocasiona este mundo de los blogs?

Beneficio:
  • He conseguido contactos interesantes, no sólo a nivel de bloggers, sino también profesionales que han podido aconsejarme, ayudarme con algunos temas y hasta trabajar conmigo para sacar adelante proyectos.
  • Considero beneficio también a un error que cometí una vez, al quejarme de una persona con nombres y apellidos, en el ámbito laboral. Encontró mi post, se indignó y me invitó a conversar. Creo que es una de mis “conocidas del trabajo” más valiosas. Evidentemente, saqué aquél post.
  • Catarsis… consejos y ayuda desinteresada… Mucho apoyo en las cosas que hago y disfruto, además. De hecho, va siendo una experiencia agradable esto de llevar mis bitácoras.

Perjuicio:

  • Mi ex novio más reciente lo leía e interpretaba según su criterio, que para entonces ya estaba bastante cerrado y con ganas de desaprobar cualquier actividad mía (¿aló? Yo sabía que él lo estaba leyendo, entonces no tenía nada qué ocultar, ¿verdad?). Digamos que lo utilizó como una de las pruebas en mi contra a la hora de decidir que “esta relación no va más, el “nosotros” está completamente destrozado, todo lo construido es inútil y ha sido tan corta que no hay nada por qué luchar”. En fin, hombres.
  • Luego, un par de seres humanos que se sintieron aludidos en algún artículo, me han reclamado mi falta de “discreción”, pero en realidad nunca dije quiénes eran, y tampoco son el centro del universo, como para que cualquiera de mis lectores los identifique. Y entérense: LAS MALAS ACCIONES/INTENCIONES SE PAGAN, JAJAJAJAJAJA!!!
  • Otra cosa mala es que me quita tiempo de trabajo, porque a veces me “prendo” con el blog o me inspiro para escribir algo en la oficina.

Ahora le paso la pelota a:

martes, mayo 16, 2006

Mi Juanquita


Amigo de mi corazón, perdóname por no haber asistido a tu despedida. Desde que llegué a este trabajo, has estado presente, como compañero, guía y un amigo excelente. Me has ayudado cuando he necesitado un brazo fuerte, o una buena mandada a la mierda, para reaccionar. Has estado allí, con dos chelas bien puestas y con tu sonrisa acogedora y plena.

¡Hasta alcahuete has sido, ahora que lo recuerdo!

Esa noche, tú última en Piura como parte del equipo, distraje mi atención conversando con alguien que formaba parte del círculo de la persona a quien más quería entonces. Ahora sé que no era necesario estar allí, sino más bien contigo, amigo mío. Pero he de confesarte que las despedidas están casi en la punta del ranking de las cosas que más me duelen (pese a haber tenido muchas de esas en mi vida, que la vida está llena de ellas).

Me alegra saberte bien en Lima, me alegra saberte amado y contento con tu familia, me alegra saberte en un trabajo que te llena de satisfacción. Sigue para adelante, siempre, que eres capaz. Sólo… ¡No hagas tanto hígado!

Te quiero mucho. Te dejo un recuerdito en mi blog, pues es justo que aquí también haya espacio para las personas que han estado a mi lado, sin hacerme daño.

Más adelante escribiré sobre “Nuestra Gorda”, la “Chisme” y otros personajes interesantes.

Un fuerte abrazo, mi querido amigo.

viernes, mayo 12, 2006

C'est tout


Hoy he llegado a la oficina de madrugada, hay que armar una presentación.

He pensado mucho en mí, en mis virtudes y defectos.

He descubierto que soy capaz de amar hasta hacerme del otro completamente, pero eso duele si el otro no es Dios. Ahora sé que hasta el amor hay que compartirlo a cucharaditas, despacio, con cuidado, o te puedes desgastar (y además, en vano). Yo creía que el amor no desgastaba y que el sacrificio, que siempre duele, nos hacía mejores personas.

También sé que quien te quiere evita tu tristeza, pero la evita porque no quiere que estés triste, más no porque su equilibrio emocional se va al diablo, o porque su orgullo no le permite saberse acompañado por una persona que no es feliz a su lado.

Sé, además, que al decir: “perdóname”, o “lo siento”, es necesario aceptar que has hecho mal, sin ninguna duda. Yo he hecho mal tantas veces, según mi corazón y mis ganas de que él esté bien. Sin embargo, ¿cuándo he oído un “lo siento” sincero, sin luego ser culpada de “no dar libertad”, “no dejar ser”?

Tantas veces pedí respeto… Tantas veces me repitió que no lo dejaba ser quien es. Tantas veces le dije: “si no te dejo ser, vete. No sigas conmigo si sientes que te corto la libertad. Prefiero no tenerte a hacerte daño”. Ahora se me acusa de algo peor, por sentirme así: de no haber amado.

Estoy convencida de que al proclamarme "protector" de alguien a quien amo, es necesario empezar por protegerlo de mí misma.

El miedo no es desconfianza, pero tampoco es gratuito. El miedo, cuando hay amor, se comprende. El amor no cura milagrosamente los defectos, ni las heridas del pasado. Eso ocurrirá con el tiempo, paciencia y cariño.

He retomado viejas metas, que espero cumplir. Voy a estar sola mucho tiempo, pero si todo sale bien, valdrá la pena. Si no hago esto, moriré de tristeza, porque la felicidad tranquila y bonita, con la que soñé y sonreí, se ha ido.

Llevo con orgullo una responsabilidad humana, que no puedo obviar en mi vida. Desde ahora, es lo primero que importa, es el más sublime de mis tesoros, lo que me da amor y calor. Quien me ame, tendrá que amarme con esto o no valdrá la pena.

La independencia, tan buscada, tan envidiada, tan recurrente a la hora de hacer juramentos emancipadores, siempre trae consigo el miedo de enfermar o morir a medianoche, sin que nadie se entere. Trae consigo lágrimas secas y quejas consoladas por los ángeles. Trae consigo soledad.

Yo soy independiente, pero a veces quisiera no serlo tanto…

Sé que es posible querer a alguien haciendo cosas, no diciéndolo. También sé que es importante decir: “te quiero”, “ayúdame”, “escúchame”, “confía en mí”, “te creo”. Y he aprendido, amargamente, lo fácil que es decir "te amo" en la euforia del placer o la felicidad temporal. Fácil y tal vez falso. Pero cuando sientes que tu amado te está dañando, qué duro es decir: "te quiero, por eso te entiendo", ", te quiero, por eso esperaré a que conversemos", "te quiero, por eso no quiero dañarte", "te quiero, por eso me afecta lo que digas de mí", "te quiero, por eso sigo aquí, aunque duele un poco", "te quiero, aunque me estoy muriendo de miedo y quiero salir corriendo", "te quiero, aunque me estoy cansando de discutir sin llegar a nada", "te quiero, aunque la incertumbre me está matando", "te quiero y por eso estoy llorando".

Sé que si alguna vez me enamoro de nuevo y él viene a mí cada dos fines de semana, o una vez al mes, porque trabaja lejos, sabré valorar su sacrificio y lo amaré con todo mi corazón, aunque sólo llegue para discutir conmigo. Esos viajecitos de pocas horas y harta nostalgia, sólo para ver tu rostro, sentir tu olor y tocar tus manos en minutos contados, suelen estresar bastante (emocional y presupuestalmente)… Comprenderlo es humano y es amor.

He llevado la cuenta de mis días más ansiosos esta temporada, mis días de retroceso, de tragos amargos y defensas bajas. Ahora sé que mi síndrome premenstrual dura 10 días.

Hace poco, un amigo que ya no es mi amigo, y a quien quise mucho, tuvo a bien envilecer todo lo que he hecho por él, o hemos hecho juntos, desde que nos conocimos. Todos los motivos por los que llegué a amarlo han perdido importancia para él, nuestra amistad nunca fue profunda, nuestra sinceridad no fue suficiente, no asistí a todos sus cumpleaños y mis intenciones eran “malas” desde que estaba con su anterior novia.

Él me reclamó duramente haberle dejado ampollar los pies y entumecer las uñas aquella vez, en la montaña. Le dije lo que no pude en aquél entonces, porque no era apropiado:

No dormí contigo para darte calor, porque me dijiste que estabas bien. Si estabas bien, no era necesario darte calor. Si no era necesario, no habría sido correcto. No era correcto por respeto a tu enamorada, a ella no le habría gustado saber que dormimos juntos en la caminata, habiendo dos camas, aunque no hubiera pasado nada. A mí no me gustaría…

No nos detuvimos en el camino de regreso al pueblo, porque temí lluvia o frío a 0 C. Era necesario llegar, era lo menos malo y sabía que podías. Yo estaba muy cansada, yo tenía ampollas en los pies, también me dolía la espalda, pero no debía quejarme, porque era una aventura, porque era tu guía y debía darte seguridad.

Sin embargo, no le conté que a veces pensaba en el modo de llevarlo en hombros, de ser necesario, o que me habría quedado con él a la intemperie, si no podía más, sólo por cariño, porque era mi amigo, porque era un ser humano, porque nunca lo habría desamparado y nunca le hubiera pedido algo de lo cual no hubiera sido capaz…

Pero ha envilecido todo. Y dicen que cuando alguien quiere ahogarse, lo conseguirá aún con salvavidas.

Ahora sé que las “bromas” continuas acerca de la superioridad sobre los demás, siempre ocultan egos inflados y complejos reales. Sé también que el amor se daña cuando uno quiere que se dañe. Una pareja son dos personas, si una se rinde, creerá que está todo perdido y ensuciará el amor del otro, aunque el otro no tenga culpas, o sus culpas no sean graves.

Ni siquiera importa que he confiado a ciegas, he apostado todo y he querido con mi corazón entero, porque supe que era bueno justamente cando fue mi amigo. He aprendido que la etapa en que dos enamorados se ganan la mutua confianza y el cariño incondicional, no debe ser desatendida, no debe faltar, sean quienes sean.

Sé que soñé demasiado, tuve miedo, volé muy alto y ahora, me muero…

Sé también que no me voy a morir de verdad.

Sé que mi corazón merece mucho amor y mucha paz. Sé que aquí no la voy a encontrar. Sé que no soy un desastre como novia. Sé que esta vez, por fin, me enamoré de verdad y es por eso que estaba tan asustada... pero he perdido...

Dios a veces golpea demasiado e insiste, e insiste, e insiste. Aún no entiendo bien el mensaje, sólo sé que debo seguir moviéndome.

Me siento andando por los montes, cuesta arriba. He caminado durante varios días buscando un pueblito bonito, donde me dijeron que estaba mi prenda más preciada. Busqué, creí encontrarla, pero no fue así. Ahora voy de regreso, hace frío, va a llover y la lesión en mi rodilla me hace padecer a cada paso. Quisiera detenerme a descansar un rato, pero no debo, si lo hago, tal vez me gane el dolor, y me alcancen la lluvia y la helada. Sigo, pero cómo duele, Dios mío… cómo duele…

domingo, mayo 07, 2006

Mi dulce niño...

No te avergüences de tus virtudes, aunque por ellas te hayas sentido mal anoche. El dolor que te causó todo lo que ocurrió es la mejor prueba de que tú misma sabes cuánto valen las cosas buenas que haces…

El cura siempre escucha y siempre está ahí, para ayudarme. Todas las personas abandonadas en su momento, en pos del amor, están conmigo, nunca se fueron. Mis amigos y amigas de siempre, los y las que me quieren con todo el corazón, permanecen alrededor. Incluso mi tía, la “gorda horrible” de mi tía, a quien nunca faltaré al respeto, pues no tengo cómo agradecerle todo el apoyo que presta, diariamente, a mamá y mis hermanos.

No puedo permitir que mis seres amados sean juzgados nuevamente, no puedo permitir que se conviertan en objeto de burla y murmuración, aunque las ofensas provengan de un ser aún más querido. Menos aún puedo permitirme dar lugar a esas ofensas, quejándome, aunque quien me escuche sea dueño de mi corazón, sea, en mi romántica ingenuidad, “mi mitad”.
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Viernes por la noche. Salí con las chicas y me he sentido peor desde entonces. Se han portado bien conmigo, no lo voy a negar, y constantemente demuestran cuánto vale mi amistad para ellas. Son buenas.

Sin embargo, ¿cuán diferentes somos? ¡Tanto, a veces! Las cosas iban bien, incluso me animé a usar el pantalón a la cadera de ella, y esa blusita marrón, sin sujetador, que me hacía ver tan flaca como un niño de Burundi, y por tanto, “regia”.

Pensé que estaríamos conversando, cerveza en mano, toda la noche, en el famoso bar aquél, al que casi nunca me animo a entrar por resultarme un forzado concentrador de la “crema y nata” de Piura. Mentira, no es tal, en realidad es abierto al público, pero los precios de las bebidas casi nunca van con mi presupuesto.

A veces no sé quién demonios soy. Por trabajo y por doctrina de vida, suelo tener poca vergüenza para moverme tranquila en las circunstancias más extremas. Sin embargo, a veces me han despreciado, me han tratado de “chola”, “negra” y “gorda”. Me han dejado con ganas de volar algunas cabezas y quedarme en mi rincón.

Hoy el cura me lo dijo: “te gusta coger tu mochila e irte a caminar al campo, tomar fotos –que te salen bonitas-, ser libre. Sin embargo, noto que no te muestras entre la gente de aquí, que te ocultas. No debes ocultarte, no debes tener miedo. Entiendo que a veces la presión es fuerte, es estresante. A nadie le gusta ser el punto de atención, de miradas y comentarios, eso cansa”.

El cura me mira comprensivo, sus ojos brillan de tanto amor y tanta piedad. Me anima, sí, a mejorar un poco mi imagen y sentirme más segura. Sabe que soy capaz de sentirme perfectamente segura en cualquier circunstancia, pero para ello es necesario que me dejen hablar, que me dejen sola, de cara al problema, que me dejen ser, que soy buena y valgo. Él, y mi amiga la sicóloga, me han dicho que es normal sentir miedo ante lo que no se conoce, o se conoce poco. Que eso no me hace tonta, ni acomplejada. Que es un proceso natural.

A veces soy incapaz de reconocer el “nivel” de la gente con la que me relaciono. A mis conocidos los clasifico del siguiente modo: “me caes bien o no”. Al que me cae bien, incluso puedo acogerlo, luego, como amigo. Al que me cae mal, lo observo un poco, le doy chance. Si el prejuicio se destroza y es pertinente, lo recibo en mi corazón, sin mirar atrás. Si el prejuicio se confirma, me alejo. Fin del problema.

Pero debo aceptar que las diferencias sociales me entorpecen el tino. Si me presentas a tu trabajadora doméstica, la saludaré con un beso, aunque protocolarmente no sea correcto. Soy estúpida para estas cosas, gracias a Dios.

Reconozco que, de plano, los “pitucos” o “pijos” me causan antipatías. Pero dejan de ser “pitucos” si empiezo a conocerlos y quererlos, es más, se me olvida que alguna vez, en mi compleja cabecita, lo fueron.

Con mi último enamorado aprendí cuán clasista es la sociedad piurana. Sabía que existían grupos distintos y yo no formaba parte de alguno de ellos. Me molestan las injusticias, que unos tengan mucho y otros casi nada. Pero acepto que así es el mundo y agradezco que haya quienes, de un modo u otro, puedan manejar mucho dinero, pues algo de eso siempre va destinado a ayudar, sépanlo o no.

Él es un tipo bueno, que fluctúa entre lo que le hace feliz en esta etapa de su vida y lo que tiene que hacer, porque es lo que le toca. Lo amo, porque conozco ese conflicto, pero amarlo no es sano, pues él no me quiere más consigo.

Yo también tengo mis conflictos, todos los tenemos. Aquella bipolaridad, aquellos ambientes desconocidos en los que a veces debí moverme, tomada de su mano, me asustaron. Aquella incapacidad suya, seguramente temporal, de decidir entre uno u otro, me creó gran inseguridad. El desenlace ya se dio y duele. Dios sabe por qué hace las cosas. Tengo ahora la dolorosa y serena sensación de que el agua ha vuelto a su cause normal.

A veces, estando con él, llegué a sentirme “fuera de lugar”. Él siempre gustó de mi forma de verme y vestir, él mismo no se ocupaba mucho de su presentación. Sin embargo, él sabía tanto de protocolo, de buenas formas, de elegancia y glamour… Ante eso, una niña asustadiza como yo, no pudo sino sentirse triste, sentir que no podía llegar al nivel que él conocía (ojo, que no exigía). Tal vez ambos debemos aprender a ser más comprensivos.

Para mí era importante que en aquella fiesta, la gente me viera hermosa, junto a él, con el vestido más bonito del mundo. Para mí era importante que mi abuelita hiciera ese vestido. Para mí son importantes incluso las cosas más simples, que a otra persona tal vez no complicarían. ¿Por qué estoy llorando? Así soy.

Cuando vi la película “El jardinero fiel”, entendí que no era la única. Fui una mujer que debió callar sus ímpetus, para que él no mostrara su desaprobación. Fui una mujer que a veces no exigió más de lo que él podía hacer, simplemente para no permitirle decepcionar mis principios, por lo mucho que le quería.

Yo no deseaba brillar, sino que él lo hiciera. Con eso, me sentía satisfecha y orgullosa. A mí me basta con firmar lo que escribo y que mi nombre, al pie de mis fotos, se vea con claridad. Esta es mi presentación y sé que, una vez pasada la etapa de “entrar por los ojos”, las personas inteligentes lo valorarán.

Yo deseaba que él me llamara por teléfono una vez a la semana, sin olvidarlo.

Una vez él me dijo: “Por estar tanto tiempo con lacras sociales, ahora crees que eres una de ellos”. Fue cuando, estúpidamente, me comparé con su ex enamorada, linda, inteligente, perteneciente a ese grupo social que mira con atención tus ascendencias. Me comparé para quedar peor, por eso, por miedo. No tiene caso llorar sobre la leche derramada, a estas alturas. Ya alguien podrá quererme con esos miedos, los notará y se cuidará de no generarlos. Ya alguien me amará y se las arreglará.

Yo nunca he estado con “lacras sociales”, sino con personas “diferentes”, con problemas bizarros por los que tal vez yo nunca tuve que pasar. Ya no estoy en edad de pensar en “buenas o malas influencias”, pues tengo el control de lo que me hace bien y mal. Tengo amigos diferentes, tengo amigos extraños y menos extraños, tengo amigos buenos, sin más.

Ayer recordé todo esto, cuando las chicas me dijeron que, ante la implacable sociedad “burguesa” de Piura, debía cuidar mi imagen. Que no estaba bien no tener buena ropa para salir a una reunión, que no era un “muchachito”. Agradecí el consejo y les pedí que, a la quincena, me acompañaran a hacer compras y me ayudaran a escoger.

Sin embargo, ellas continuaron. Y opinaron sobre un tema que nunca debieron, porque me es sagrado. Sobre mis responsabilidades familiares, ante una madre viuda y dos hermanos en el colegio. Opinaron que no era mi obligación, que debía pensar más en mí y que esto no sería una “seguridad” a la hora de establecer una nueva relación.

Fue un momento de aquellos en que lo único que quiero es que mi mamá me abrace y mi papá me defienda. Una vez me pasó con mi ex enamorado, luego de un "caballazo" suyo, quien opinó (¿por qué todos opinan?) que eso de “querer que mi mamá me cuide” no era una actitud sana, siendo yo una mujer adulta.

Fui al baño del bar elegante, me encerré algunos minutos y empecé a llorar y a rezar… “Dios mío, Tú sabes, Tú sabes, Tú sabes… ¡Oh, Dios, Tú sabes!”…

Salí, con la cara limpia, como la princesa que soy, con una gran sonrisa, y continué allí, un rato más. Luego, fuimos a una discoteca de moda, a la que sólo he asistido tres veces, desde que se inauguró.

Sentí asco… Fue peor, recordé que con él nunca tuve que estar en un sitio así, porque tampoco le gustaba. Recordé las reuniones interminables con los chicos en su casa, lo a gusto que allí se estaba. Recordé que lo quiero y fue peor, peor, mucho peor.

Pero se trataba de estar contenta, de no pensar en “huevadas”. Bailé un poco, me presentaron a un muchacho que se me enquistó durante varias canciones. Me di cuenta de su intención y hace mucho que no estoy para estupideces. Necesitaba ayuda. Vi un ángel…

Se trataba de mi “eterno amor adolescente” (que será adolescente ante mis ojos por el resto de la vida, aunque ahora ya va por el tercer año en la universidad). Me saludó, con amabilidad y coquetería, aproveché un pare de la música y me acerqué a saludarlo, eufórica. Le dije, bajito, que me ayudara a quitarme de encima al muchacho ese. Fue mi cómplice.

Conversamos acerca de las vidas nuestras, en los últimos meses. Supo de mi dolor y me dio ánimos, a su manera, como un chico de 20 años sin complicaciones. Fuimos a bailar, y gracias a Dios nos tocaron todas las canciones que me oprimen el corazón, pues las bailé con mi enamorado, sintiéndome siempre la mujer más feliz del mundo.

Lágrimas. No llores, Angelita, me dijo el niño. Mi dulce niño… no él, la canción, esta que no tiene cuándo pasar de moda. Qué bueno, sonreí en mi llanto. Qué bueno, amigo, de ahora en adelante, cada vez que escuche esta canción, me voy a acordar de ti y de nadie más. No llores, Angelita.

Después de eso, volví al grupo. Apareció otro ángel. Un amigo de la universidad, mayor, tenor del coro (yo era soprano). Un hombre bueno, leal, más que bueno. Por fin, en toda la noche, me sentía ubicada y segura. Fuimos a la terraza, me invitó cigarrillos, aunque él no fuma, y actualizamos datos. No nos habíamos visto desde el 2003. Perdimos el mutuo rastro y él asumía que yo estaba fuera de Piura, fuera de Perú, siendo quien soy y aportando, representando, siendo feliz.

Le conté acerca de mi conflicto del mes y el conflicto de la noche. “Angelita, tú no debes preocuparte por agradar a esta gente. Tú no eres de las personas que deben seguir parámetros, sino que eres de aquellas quienes marcan nuevos parámetros, abren caminos. Eres capaz de hacerlo, y te veré haciéndolo, porque sé que puedes”.

Tal vez no sea verdad lo que dice (aunque a veces siento que sí), pero fue bueno pasar las dos últimas horas de fiesta hablando con él. Fue de mucha paz para mí, de mucha paz.

Al volver a casa, ya amaneciendo, aún sentía dolor. Hice algo de lo que no me arrepiento (pero, por si acaso, procuraré mantener mi celular sin saldo, hasta que esto se me pase) y por fin pude dejar de llorar, y dormir.

Hoy el cura me dijo todo y más, y mi Eli, compañera de oficina, ha demostrado, por enésima vez, cuán pura y fuerte es su amistad y su amor por mí.

Gracias, Dios, por todo lo que me das. Gracias por esta gente que me ha sostenido. Gracias.


P.D.: No compraré ropa esta quincena, sino que me matricularé en clases de teatro, que empiezan el mismo día de pago. Los trámites de fuga siguen…

jueves, mayo 04, 2006

Despechadas

Toda mujer que se precie de ser mujer y tener un cierto nivel de conocimientos empíricos de la vida y el amor, debe poseer en su haber (y su memoria) al menos una lista de canciones de “supervivencia”, es decir, de éstas que reafirman cuánto valemos como seres humanos, pese a que nos han abandonado, luego de hacernos picadillo, y cosas por el estilo.

La canción de despecho y supervivencia por excelencia, mundialmente conocida, es el clásico disco “I will survive”, de la gran Gloria Gaynor. En ella reza con toda dignidad: “Estuve realmente asustada, petrificada, pensando que no podría vivir sin ti a mi lado. Y desperdicié muchas noches teniendo lástima por mí misma, y lloré mucho, pero he vuelto a la vida… Tengo todo mi amor para dar, tengo toda mi vida por vivir, sobreviviré, sobreviviré, claro que sí”.

“I will survive” sería realmente una canción que merecería todo mi respeto, si no dijera en algún momento: “ahora vuelves y quieres entrar de nuevo en mi vida, pero vete, porque no eres bienvenido. Ahora hay alguien que me ama”. Es aquí donde pierde todo el sentido de reivindicación, pues deja abierta la posibilidad (estúpida, por cierto), de que el “monstruo” que hizo el daño vuelva arrepentido a pedir disculpas. Supongo que eso pasará en algunos casos, pero la actitud más saludable que yo conozco es no esperar nada (y escribir esta clase de textos, que a fin de cuentas, me dan risa). A un muerto se le entierra bien, para que no huela mal. Sólo Dios sabe lo que pasará mañana, ¿así que para qué me voy a preocupar yo?

Otra idea que repruebo de la canción de la Gaynor es justamente que ella esté tan feliz ahora que alguien más la ama, como si no fuera posible encontrar consuelo en la tranquilidad y la soledad. ¡No es recomendable salir del sartén para caer en el fuego, muchachas! Mucho menos si uno no se ha curado las heridas anteriores, pues el daño es más profundo… ¡Háganme caso, por el amor de Dios, que no hablo sin conocimiento de causa!

A diferencia de algunas personas masoquistas que conozco, soy enemiga de escuchar canciones que me repitan hasta el hartazgo lo bonito que fue, lo mucho que lo quiero, lo mucho que lo extraño, lo mal que me siento, la esperanza de estar juntos otra vez, lo mal que se la debe estar pasando con ella, lejos de mí, y en fin, un montón de cosas más que, por ejemplo, una de mis primas se enterca en oír cuando anda de ruptura amorosa. No, gracias, ya bastante me cuesta controlar el instinto asesino-suicida sin estimulantes.

Yo prefiero las de “reafirmación”. Y es que además, si le pasó a Shakira, Brithney Spears, las Destiny’s Child, Christina Aguilera, Pink, Gwen Stephany y otras bellezas pop del medio, ¿por qué esta hija de vecinos clase media va a tener que ser la privilegiada? No pues, son cosas que a todos nos pasan desde que somos libres de escoger. Y es que no somos Dios, nos equivocamos (tanto eligiendo, como llevando las relaciones, claro está).

Y a veces caemos en el error aún sabiéndolo. El amor, indudablemente, es ciego y no entiende razones. Luego tienes a todos los adultos viejos que te conocen y te quieren diciendo cosas tipo: “yo me di cuenta desde el principio, pero no te dije nada porque no quería meterme, y porque, de hecho, no me ibas a hacer caso”. Y sí, pues, no iba a hacer caso. Pero en el fondo la estupidez es anulada por el instinto de supervivencia, el que me hizo sentir algo identificada con una canción de Ana Karina, que no tenía nada que ver con amores bonitos… ¡Quiero recuperar algo de decencia!

Una vez le conté a uno de mis enamorados lo de mi lista de canciones para el despecho y me dijo: “bótalas, que no las vas a necesitar”… Sobra decir que sí las necesité, jejejejeje… Creo que más que “I will survive”, en ese entonces escuché con potencia y furia “Survivor”, de Destiny’s Child. Es más sentida, sí que lo es, y en el vídeo salen las tres mujeres, regias como ellas solas, perdidas en una isla desierta. Comienza diciendo: “Ahora que estás fuera de mi vida, estoy mucho mejor…” y el coro entra algo así: “Soy una sobreviviente, no me voy a derrumbar, no me voy a detener, voy a trabajar duro. Soy una sobreviviente, lo conseguiré, sobreviviré y me mantendré con vida”…

Pareciera que se le da mucha importancia a lo que una ruptura puede significar para una mujer enamorada. Es verdad que durante una relación el tiempo de uno se convierte en el tiempo de dos, se abren los corazones para acogerse uno al otro, y se comparte mucho, a veces demasiado, desgastándose quien más da (dicen que al final, el que más da es el que más pierde. Creo que es verdad).

Sin embargo, una vez superada la etapa en que el piso bajo tus pies desaparece y tienes la impresión de que tu pecho nunca dejará de sangrar, una vez que recuperas control sobre el dolor y sobre las cosas que ordinariamente haces, ya es más suave todo. Por supuesto, los seres humanos somos muy propensos a formar hábitos, y de este modo, “nos habituamos” a alguien. Otra de las etapas más duras luego de una ruptura es, justamente, deshabituarse, desacostumbrarse a la compañía, a las caricias, incluso a las peleas.

Las parejas rompen por muchos motivos, a veces estos son totalmente justificados, otros no tanto y otros, llegan al colmo de la estupidez (que es donde coloco los motivos de mi más reciente ruptura). Y bueno, luego de quedarse ahí, “plantada con tu historia acabada y frente a ti una enorme cuesta arriba”, analizas lo bueno y lo malo. Hoy sé que el egoísmo y el amor son totalmente incompatibles. Pero cualquier tipo de egoísmo, hasta el más chiquitito, pues, ¿qué es amar sino darse, entregar de sí, aunque canse, duela, y ser feliz con la felicidad del otro?

Esto… es muy difícil de conseguir así como está el mundo, pero es importantísimo tenerlo en cuenta.

A estas alturas de mi vida, mis descarríos y mis vueltas al rebaño, sé que todos los aprendizajes son importantes, ya sea por efecto o por defecto. Siempre sirven de algo en el currículo de la existencia personal. Ya lo dijo Christina Aguilera en “Fighter”: “Nunca pensé que puedas llegar a ser tan cruel, pero tú no me detienes. Gracias por hacerme más fuerte, gracias por hacerme más lista, gracias por hacerme más sabia, gracias por hacerme una luchadora”…

Insisto, qué manera de hablar por la herida todas las autoras (o autores, nunca se sabe) de estas canciones. Mejor me quedo con la dulce Brithney Spears y “soy más fuerte que ayer, ahora no hay nada excepto mi camino, mi soledad no me matará más”… Vaya, ni tan dulce…

Puf… para ser honesta, me gusta más pensar en “Ex girlfriend”, de los No Doubt, sobre todo la partecita aquella de: “Ahora soy otra ex novia en tu lista, pero debí pensar en eso antes de besarnos…” Es decir, a lo hecho, pecho, y qué más da si no te valoraron como esperabas, ya se acabó… Lo bueno de acabar es que tienes la oportunidad de volver a empezar.

Eso sí, yo no paso la página, porque eso significaría que puedo releer lo escrito. Yo quemo lo escrito… Radicalidades adquiridas luego de comprobar que el diablo existe, hace algunos años.

En fin, nada más, era algo que quería compartir con ustedes. Lo prefiero, a dejarlo dándome vueltas en la cabeza, que ya bastante trabajo tengo manteniendo bajo custodia a las mariposas, hasta que sus alitas se curen y puedan volar libres y sin miedo, otra vez.

Una última cosa: amigas queridas, escuchen a Madonna en su canción “Learn to say goodbye”… “Tu corazón está cerrado, entonces debo irme…” ¡Esa mujer es sabia! Si no, miren lo regia que está a su edad, vaya. ¡Aprendan a decir “adiós”! (prima, esto va para ti).

¡Abrazos y besos!


P.D.1: No encuentro mi pasaporte, creo que tendré que sacar otro :(

P.D.2: Ojo, tampoco deben ver películas de amor, son DEVASTADORAS. Lo comprobé anoche, luego de "MEMORIAS de una Geisha"... Buena peli, fea sensación. Ni modo, es temporal.

miércoles, mayo 03, 2006

Corazón de Vampiro

Para Yuri. Gracias por tu tiempo, la hamburguesa, el hombro y tu valiosa amistad :)
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Creo que ha llegado la hora de confesarlo todo: los conocí una madrugada de esas, el año 2003, en las que me quedaba trabajando hasta las 2 ó 3 de la mañana, con el launch de yahoo puesto, oyendo sólo, pues entre textos y diseños, casi no me daba la vida para mirar los vídeos, salvo que la música me llamara mucho la atención.

Fue así que un día sentí mi oído inquieto por unos acordes de teclado, que eran el inicio de una canción medianamente enérgica, cantada por una voz dulce, dolorosa y grave, todo a la vez. Decidí mirar y me encontré a la criatura nocturna más bella que vi jamás: el perfecto andrógino, el ser indefinido que no cae en el amaneramiento desacertado, pero algo muy sutil y fragante en él no lo deja convertirse en un “hombre de PH rompe camisetas”.


Era él, Ville Valo, vocalista de HIM, en ese entonces aún llamado “His Infernal Magesty” (menos más se les dio por olvidar tamaña huachafada, ¡mi Dios!). Cantaba “Join me”, donde aparece vestido de príncipe medieval, perfectamente maquillado, acompañado de su banda de “vaqueros” y una modelo que asemejaba a la “señora de las nieves”, hermosa, sobrehumana y, por supuesto, menos femenina que su caballero andante, el buen Valo.

Desde entonces, me ocupé de hacerme de toda la música posible, pues la voz del tipo y la melancolía de sus canciones de amor (casi todas de amor trunco, de amor imposible, de amor y muerte, etc.) me llegaron al alma. Pedí casi rogando a mi buen amigo Alberto, español buena gente a quien alguna vez le dediqué un post pequeñito, pequeñito, en este blog, que me enviara lo que encuentre de la banda finlandesa.

Mis deseos fueron órdenes para Alberto, al cabo de dos meses tenía un paquete de 5 discos, las producciones que había logrado encontrar de HIM, desde 1996 hasta 2004. Fui feliz, realmente feliz. Amé a Alberto tanto como alguna vez ya lo había amado (esto no es un secreto, así que ya qué más da). Me consideré realmente afortunada. La verdad es que no recuerdo qué otras vicisitudes de la vida estaba pasando en ese entonces…

Insistiendo con HIM en mi blog, encontré otros asiduos admiradores, quienes fueron alcanzándome vídeos, información, fotos, etc. El buen Ernesto se unió a mis filas y un día, luego de asistir al último concierto que Valo y los suyos dieran en Madrid, me dedicó un post, contándome todos los pormenores (¡no sé si quererte con todo mi corazón, o envidiarte con todo mi hígado, colega!).

Conseguí que alguna de mi gente, todos varones y medio locos, se fanatizaran también, al punto que conocen a la banda en cuestión y de vez en cuando, encuentran cosas en Internet para mí.

El año pasado, por ejemplo, mi amigo Erick, uno de los mejores dibujantes de Piura, dio con el vídeo de “Rip of the wings of a butterfly”. Todo un cambio de look del vocalista, quien pese a las manías delicadas, se veía más masculino, más gótico y más saludable (tal parece que olvidó la anorexia por un momento, el pobre). Me enteré del nuevo álbum y pensé un rato… ¿A quién puedo chantajear emocionalmente para que me obsequie el disco original? Revisemos mis contactos europeos, a ver…

La inspiración llegó: ¡Adrián! ¿Por qué chantaje emocional? Porque era mi ex y volvíamos a hablar después de algunos meses de total corte de comunicación, luego de la ruptura. A este chico también le he dedicado un post en este blog últimamente, agradeciéndole el disco y además, toda la dulzura que recuperó en mí, al ser, simplemente, bueno conmigo. Cosas que uno puede hacer sólo cuando ha olvidado y puede querer en “limpio”, sin más.

Bueno, pues el chantaje emocional tardó algunos meses en surtir efecto, ¡pero funcionó! Entonces, un día de aquellos, hace un par de meses, llega el disco, con una cosa más que debía devolverme, porque ya no le tocaba tenerla a él. En fin, historias.

Del disco “Dark Ligth”, nombre que no me sorprende en absoluto viniendo de esta banda de buena música, aunque un poquitín “posera” (a mi parecer), me llamó la atención inmediatamente “Vampire Heart”. Suficientemente oscura y potente para mantener mi atención y darme fuerza.

De tanto oírla, sobre todo en los últimos días, pues fuerza es lo que más he necesitado, la he acabado entendiendo, al punto de no haber usado ningún traductor de la Web para atreverme a lanzar algunas letras, que muestro a continuación.

Es increíble que esta canción se adapte de tal manera a cómo se siente mi corazón. Prometo que no lo noté antes, salvo el coro, que es lo que más lento se canta. Iré a Europa, buscaré a Valo y le pediré que se case conmigo, ya vi que es mi alma gemela. La pregunta del millón: ¿sería mi marido, o mi mujer?

¡Paz y concentración en el trabajo, para todos y todas!