miércoles, febrero 01, 2006

Jodido vicio

(Y seguimos con el machismo)

Últimamente he estado fumando más de la cuenta. Muchas cosas se convierten en la excusa perfecta para mi ansiedad: el viaje a Lima por tiempo indefinido de mi enamorado, la sobrecarga laboral, alguno retos por afrontar, que me matan de miedo, y la dieta, la bendita dieta, a ver si me deshago de estos 5 kilos que he subido descuidadamente en los último meses.

Vamos, tampoco es que haya superado mi peso límite, pero por comodidad y por tacañería (no pienso comprar nueva ropa), he optado por comer lo que un conejo, y tratar de ser feliz con eso, al menos hasta recuperar mi equilibrio financiero y poder ir al gimnasio.

Por otro lado, soy conciente del daño que estoy haciéndole a mis pulmones, y que mi resistencia física se va a ir, poco a poco, al infierno, como siga con este ritmo. Pero imagino que será cuestión de tiempo y de fuerza de voluntad, para luchar con la adicción (que ya es tal, debo reconocerlo con algo de vergüenza).

Una vez dicho esto, quisiera contar el último acontecimiento ya no sé si indignante, que he vivido el día de hoy. Pero primero, un pequeño (trataré) background:

Cuando fui profesora del taller de periodismo de un colegio en Sullana, conocí a muchos chicos y chicas valiosísimo, que luchaban constantemente por buscar su identidad (adolescentes tiernos) en medio de una sociedad que les exigía mantener siempre en cuenta una serie de prejuicios, para poder sobrevivir con elegancia, y no de forma pírrica, como muchas veces ha pasado con esta servidora.

Entre los jovencitos y jovencitas que decidieron brindarme su confianza y amistad, estaba un “niño” de 13 años, que siempre se mantenía en silencio en las clases, más por estrategia que por carácter (su madre era profesora del mismo colegio).

Un chico terriblemente maltratado sicológicamente en todas partes, por ser pequeño, delgado, de voz fina y llanto fácil. Lo que más le dolió siempre: sus padres.

La mamá, una mujer abnegada, obligada por su mala elección (así que no hay a quién culpar) a vivir con un marido violento, golpeador y machista de los de antaño. Su actitud ante la vida, según pude ver, era tratar bien a todos, y desarrollar extraños resentimientos contra quien se viera siempre alegre y despreocupado. Además, apoyar en todo al esposo, y desfogar con su hijo mayor, el muchacho en cuestión, cualquier frustración.

El padre, autoritario, violento, en fin… Cumple sacramentalmente su función de “hombre de la casa”. Pone para la comida, pone para la educación de los hijos, y procura que sean “todos unos hombre de respeto”.

J, el mayor, era constantemente mortificado por cometer errores imperdonables, siendo varón, como no llegar de las fiestas vomitando de borracho, no fumar como loco, no tener una enamoradita medio linda y medio “ruca” con quien tirar, no aceptar bajo ninguna circunstancia iniciar su vida sexual en un burdel, aislarse, llorar y tener más amigas que amigos.

Entre los insultos más usuales que el santo señor lanzaba a su hijo, eran “maricón”, “inútil”, y el bajísimo “siempre me decepcionas”. J aprendió a vivir con eso, a hacer oídos sordos a palabras necias y seguir tranquilo construyendo su vida a futuro, para tener a dónde “quitarse” cuando se diera la oportunidad. Es decir: estudiar.

Antes de acabar el colegio, J ingresó a la Universidad. Ambos padres, orgullosísimos, han optado por dejar de fastidiarlo mucho con el tema de “convertirlo en un verdadero hombre”, a raíz de este logro. Bien por él. Sin embargo…

Hoy J vino a verme a mi oficina. Lo recibí con mala cara, pues estaba ocupada autocompadeciéndome y acabando de redactar un documento que debe ser publicado ayer. Pero él estaba contento, sonriente y diciendo mil cosas con esos ojos enormes y expresivos. Le pedí que me acompañe a cafetería, a comprar cigarros y algo de comer, que me moría de hambre. Fuimos.

En el camino, ¿quieres cigarros? ¡Yo te invito!

¿Y tú, desde cuándo fumas? ¡No fumo!... ¿Entonces por qué tienes cigarros?... Mi papá me los da. Vive regalándome cajetillas de cigarros y yo siempre se las doy a mis compañeros que sí fuman. Yo no quiero, la verdad es que no me llama la atención.

¿Qué decir ante esto? Te agradezco que me ofrezcas tu cajetilla y respeto que tú no quieras fumar. Yo sí fumo, a veces compulsivamente, tengo una adicción y me cuesta depresiones dejar de hacerlo. Una pena. No tengo autoridad moral para decirte nada, pero sí puedo felicitarte por tomar decisiones de este tipo, pese a la presión. Bueno, y te recomiendo que no le cojas el gusto al tabaco, si no quieres estar nervioso por un “pucho”, como yo.

J me contó, además, que su papá ha insistido con eso de llevarlo al burdel, pese a sus deseos. Bien por ti, J. No dejes que te metan esas ideas al corazón. Tú sabrás cuándo tener relaciones, escogerás con quién y será más bonito que cualquier otra cosa.

En fin. Aquí estoy, posteando para recuperar inspiración y seguir con mi documento. Aún tengo en la lengua el sabor del primer Lucky Strike rojo de la cajetilla de J, quedan nueve. Y en fin…

Paz a todos y todas.