sábado, marzo 18, 2006

Amigos míos


Quiero escribir un post, dedicado a los dos chicos que más quiero en el mundo (además de mis hermanos), pero veo la imperiosa necesidad de retroceder, para ello, un año y medio por lo menos. Así lo haré.
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SETIEMBRE 2004
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Angelito y David, en mi oficina, antes de que a ambos se les diera por cuidar sus niveles de colesterol y ponerse a dieta, en setiembre de 2004.

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Ángel y David, los conocí juntos, en el ’98, y pese a que me cayeron espesos (sobre todo el exhibicionista de las patillas), me gustó que fuesen descaradamente antipáticos, pues brillaban como joyas enterradas entre la hipocresía y la “diplomacia social”.

En ese entonces, segundo año de universidad, yo procuraba no ser amistosa con nadie. Un par de chicas agradables e inteligentes, y un interesante fumón buena gente, constituían todo mi grupo social. Del colegio y corta vida, en cuando a amistad, había sacado una poderosa lección: que no hay que confiar en nadie.

Era usual encontrarlos en una banca, rodeados por algunos amigos y amigas fieles (entre ellos el buen Nikki, otro chico valioso), y ver pasar por su lado a gente que, al escuchar sus conversaciones, aceleraba el paso con ojos desorbitados, totalmente escandalizada.

Supe en algún momento que esta tendencia a espantar a las personas era totalmente conciente, obedeciendo a algún prejuicio elitista, de andar sólo “con los más listos”. Insospechadamente, no eran un par de nerds, sino más bien muchachos con fama de librepensadores y hasta bohemios (¡já, bohemias, mis polainas!), que acabaron formando, junto con un profe egresado de La Católica y algunos chicos y chicas más, el primer club dedicado a estudiar y hacer literatura en la Udep (Taller de Creación Literaria).

Para ser fieles a la realidad, nunca pertenecí a su grupo de salidas, “chupetas” y poesía, pero casi sin darme cuenta, se convirtieron en un punto inevitable en donde podía detener mi paso, conversar y pasar un rato bonito.

Así, sin pensar, fue surgiendo cariño y muchísima confianza. Seguía sin compartir sus reuniones, pero me invitaban a alguna presentación, o coincidíamos en proyecciones de cine, talleres en la Alianza Francesa, teatro… Claro, dada la frecuencia con que este tipo de cosas ocurren en Piura, he de decir que nos veíamos poco en la calle, más bien siempre nos cruzábamos en la universidad.

Sin darme cuenta, empezaron a invitarme a sus cumpleaños. Casi nunca iba, por antisocial, por tonta o qué sé yo.

Un día, ellos y una amiga mía, aparecieron por mi casa en Sullana, con una torta, para celebrar mi cumpleaños. Papá y yo debimos salir a filmar ese día, así que hubo un cruce espectacular, y nunca nos vimos. Todavía les duele “la torta despreciada”.

Lo que era muy raro es que muchas personas pensaban que ellos y yo éramos íntimos amigos, porque siempre nos veían juntos. No lo éramos y, como dije antes, solíamos estar juntos en la Universidad, pero no mucho después. Ahora no consigo recordar cuál es la primera fiesta en la que coincidimos los tres (¿la hubo?).

Una vez, un chico que viajó conmigo de Piura a Sullana, me preguntó si Ángel y yo teníamos “algo” (somos bastante parecidos, no sólo de nombre, sino en actitudes generales). Le dije que no… y completé: Ángel es acogedor y me nace quererlo mucho. Quien podría decirte que me gusta un poco es David, pero es a ratos, luego se encarga de tirarme la fantasía de un manotazo, con lo bestia que es. Además, tiene enamorada, así que ni hablar…

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María Esther, Erika, Yo (ocupando la silla del Rector), Ángel y David, en foto para la posteridad, después de mi ceremonia de graduación.

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Siendo "nosotros mismos", en mi fiesta de graduación. La pequeñita es Fiorella, otra buena amiga.
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En casa me habían “prohibido” tener enamorado durante la secundaria, y ya estaba tan acostumbrada a no complicarme la vida con esos temas, que seguí igual los tres primeros años de universidad. Sin embargo, algún muchacho llegó a gustarme (y muchacha, porque además estaba en período de “indefiniciones”).

Porque vivía en Sullana y era más “parecido a mí”, me acerqué más a Ángel, “mi Angelito”, a quien, de no haberme curado en la adolescencia de este tipo de lenguaje, podría calificar de “mejor amigo”… No, mejor parafrasearé a Forest Gumm: Angelito es mi muy amigo más querido.

Recuerdo tardes interminables los domingos, en su casa, haciendo de todo, ¿total? Nunca nos aburríamos. David siempre estaba, de todas maneras. Era tan bienvenido en casa de Ángel como un hermano más, y en los cumpleaños nos entramábamos en conversaciones que parecían no tener solución. Son recuerdos llenos de luces, música y alegría.

Cuando estuve en el extranjero, un año, no me comuniqué con ninguno de los dos, porque estábamos “peleados”. Antes de irme, David hizo alguno de sus “caballazos” y Ángel lo secundó. Me molesté con ambos. Hace algunos meses supe que me habían organizado una fiestita de despedida, a la que nunca fui, porque no supe que existía.

A mi regreso, todo volvió a ser bueno. David seguía con la enamorada de toda la vida, Ángel seguía fanatizado por “X Files” y los animes, yo seguía enamorada del chico guapo que a veces pasaba por nuestra banca, y nunca me miraba.

Entre tonterías y último ciclo universitario, a punto de pasar por un terrible “síndrome del graduado”, empecé a valorar aún más la compañía de estos chicos, de los cuales sólo sabía lo poco que me había esforzado por aprender. Ángel era realmente un amigo de los mejores, y siempre estaba allí para escucharme, sobre todo luego de alguna decepción amorosa.

David, en general, era bastante más arisco a todo, al menos así lo sentía yo, pero nunca dejó de brindarme su tiempo. Sabía que podía recurrir a cualquiera de los dos cuando quisiera hablar o despejarme de cosas no tan buenas, disfrutar la música con la que crecí, estar bien.

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Ángel, hace poquito nomás, pretendiendo que mi pequeña lechuza suba a su pie (nótese la mancha crema y marrón al lado se su zapato).

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David, en una reunión con amigos, hace un par de meses (ignórese por completo mi marcado interés en sacarle fotos sólo a él).
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He llorado mis penas de amor en los hombros de ambos (sí, a veces me daba la impresión de sólo buscarlos cuando estaba triste, sobre todo a David). Ambos, pese a mis ingratitudes, siempre me acogían y reconfortaban. Es un poco difícil explicar, pese a mi emoción al escribirlo, cuánta confianza sentía con ellos y cuán segura estaba siempre de estar bien si alguno andaba cerca.

No, no éramos íntimos, pero sí amigos. Y ahora que he tenido que pensármelo, me doy cuenta que he sido afortunada por haberme cruzado con este par.

MARZO 2006…

A veces, cuando debo caminar por los pasillos de la Universidad, los extraño. Ángel aún anda por aquí. Luego de tratar de pasar (sin regurgitar) la carrera de Derecho, que nunca le gustó y no sé por qué mala influencia la escogió, decidió cambiarse a Comunicaciones. Le va muy bien y se le ve en su salsa, “como pez en el agua”. Seguimos siendo muy amigos, aunque con menos tiempo para estar juntos. Él refuerza todos mis recuerdos más bonitos de niñez.

David terminó Derecho, está en Lima, haciendo prácticas y buscando su propio trampolín a la independencia. Espero que lo encuentre pronto, y que además le guste mucho. Con él está un pedazo muy grande y vital de mi corazón.

3 comentarios:

Angel dijo...

Oye, gracias por lo escrito. Mientras lo leía se me han removido varios recuerdos de la época en la que nos conocimos y me he quedado nostálgico y medio cojudo (sí, más). Fuímos afortunados, ciertamente, por encontrarnos, por tener los amigos que tenemos, por ser las personas que somos. Te quiero muchísimo Angeloca, un abrazote para tí y para el exhibicionista de las patillas.

P.D. Así que nosotros te caíamos espesos?? Si mal no recuerdo tú también eras descaradamente antipática!

Angel Castillo Fernández dijo...

...mira que ya tenías un amigo Angel. Pero podrías tener otro, ¿no? Saludos.

Angela dijo...

¡Yo también te quiero muchísimo, Angelito!... Y me ha dado gusto escribir sobre tí y David, aunque no haya podido explayarme lo suficiente para contar de las 5 veces que te pregunté si querías ser mi enamorado (2 de las cuales iban en serio)... Bueno, tú te lo perdiste, jejejejeje... ¡Besito!

Mi querido Ángel, por supuesto que puedo tener otro amigo tocayo. Es gracioso, cuando Ángel y yo estábamos conversando juntos y alguien que nos conocía a ambos pasaba por nuestro lado, nos saludaba diciendo: "Hola, ángeles"... jajajajaja...

Gracias por las visitas y los comentarios. Un fuerte abrazo!